Aftosa: irresponsabilidad criminal

Publicado en Cartas de los Lectores de “Búsqueda” con el título “Aftosa” (corrección del editor) el 5 de octubre del 2000 (el primer brote de aftosa se declaró en Artigas el 23 de octubre del 2000, y en abril del 2001 se generalizó a todo el país)

Al otro día que la aftosa entre al país, todos los uruguayos seremos más pobres. No es un problema “de los estancieros” o de los frigoríficos. Es un problema del país, es decir de todos nosotros, de cada uno de nosotros. La mitad de nuestras exportaciones de carne vacuna -nuestro principal rubro de exportación- se dirige a los mercados no-aftósicos como son Canadá, Estados Unidos, México, Chile y países del área del Pacífico. Si hay un rebrote de aftosa en Uruguay como ya lo hubo durante el último mes en Argentina, Brasil y Paraguay, al otro día los mercados no-aftósicos se cierran a nuestras exportaciones, lo que tendría un impacto terrible sobre nuestra economía.  Además de impactar negativamente en la balanza comercial, otros procesos que se desatarían sería el cierre de frigoríficos con su secuela de desempleo; la caída en el nivel de actividad en los servicios de apoyo a la actividad ganadera, como ser transportes, venta de insumos y equipos; la caída generalizada de ingresos en la actividad ganadera con sus correspondientes secuelas a nivel de la recaudación de las Intendencias, de la DGI, del BPS; el aumento de las dificultades para atender el servicio de la deuda del sector con sus efectos sobre el BROU, y un largo etcétera, en una coyuntura ya de por sí particularmente difícil. Y es impredecible el tiempo y los recursos que insumiría volver a la situación actual.

Uruguay erradicó la enfermedad en 1994, y desde entonces no se vacuna más en el país. La gran mayoría del rodeo vacuno nació después de esa fecha, por lo tanto nunca ha sido vacunado, por lo que no tiene ninguna inmunidad, lo que lo hace mucho más vulnerable que los rodeos de los países vecinos. Por lo tanto las pérdidas directas por el sacrificio de los animales infectados también serían en nuestro caso mayores. Y la posibilidad de infección es muy alta. La aftosa la provoca un virus que puede ser trasladado por cualquier agente, como ser las ruedas de vehículos, los pájaros etc. Pero el mayor riesgo es por animales o productos cárnicos contaminados, cuya entrada al país por supuesto que está prohibida desde el primer día en que reapareció la enfermedad. El tema es como se controla eso, como se cierran efectivamente las fronteras.

En Brasil un pollo o un quilo de frankfurters o de mortadela, vale 20 pesos. Son mercaderías  privilegiadas por el bagayo, el chico y el grande. En circunstancias normales un bagayero puede ser -generalmente lo es- “el pobre que va por pan”. Pero en la actuales, puede convertirse -generalmente se convierte- en un peligro público. Que siga viviendo de la yerba, el azúcar o la cocacola que pasa. Pero debe saber que si intenta pasar carne, va preso, o al menos así debería de ser. Ni que decir del bagayo grande, el que tiene camionetas con radio, que viene con autos punteros, el que abre picadas fuera de los pasos de frontera. Esos son verdaderos criminales. ¿Qué se ha hecho para evitarlo? Se ha intensificado lo que se hace en tiempos normales. La mercadería incautada se decomisa y destruye, pero el responsable queda libre para volver a intentarlo. Y tampoco se cierran ni se multan los innumerables comercios, de toda laya y tamaño, que venden esos productos, por lo que la demanda sigue en pié.

Quiero creer que el Ejército, la Policía y las dependencias del MGAP involucradas están haciendo los mayores esfuerzos por controlar la frontera. ¿Pero de qué sirve si los responsables de esos atentados criminales, porque no deben catalogarse de otra forma, no son encarcelados, si sigue siendo “legal” la venta de lo que logran pasar? Quien introduce animales o derivados cárnicos -cuyos residuos van a parar a la basura con la que posteriormente se crían cerdos susceptibles a la enfermedad- deben ser considerados como traidores en tiempos de guerra, y como tal tratados. No sé que prevé la legislación al respecto, pero esto es una emergencia, y debe actuarse en consecuencia.

Aparentemente no se ha tomado consciencia, a nivel de la opinión pública, de la gravedad de la situación, del enorme peligro que se cierne sobre nuestra ya maltrecha economía, a pesar de los llamados de atención del Ministro González y del Presidente Batlle. Porque si esa consciencia existiera, el país entero estaría pendiente de lo que pasa en la frontera, exigiendo los más estrictos controles, reclamando el castigo a los irresponsables que juegan con nuestro destino como país. No podemos perder un minuto más, no podemos seguir esperando que ocurra el milagro de que no pase nada. Nuestra apatía también puede ser criminal, también debemos combatirla.

¿Qué estamos esperando? ¿Qué carajo estamos esperando?

 

Ing. Agr. Rodolfo M. Irigoyen

 

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