“Búsqueda” y el Emperador Adriano

Cuadernos de Marcha
Agosto de 1994

El siguiente artículo fue enviado a la sección “Cartas de los lectores” del emanario “Búsqueda” el 3/1/94. Según se le informara al autor, estuvo a consideración del director del semanario, pero, hasta la fecha, no ha sido publicado.

Marguerite Yourcenar, por boca del emperador Adriano, se “indignaba por el apasionamiento que pone el hombre en desdeñar los hechos en beneficio de las hipótesis”. Las comillas que el semanario “Búsqueda” sigue usando cuando pone “atraso cambiario” entre otras categorías (inflación, desequilibrio fiscal, comercial) no entre comilladas y por lo tanto más dignas de crédito (ver titular de contratapa del 30/12/93) llaman a la reflexión en ese sentido. Se trata de un claro caso de excesivo “beneficio de las hipótesis” cuando hasta los propios integrantes del equipo económico han reconocido la existencia del atraso cambiario, hasta hace unos meses “mala palabra” usada solo por los opositores sistemáticos.

Veamos algunas cifras extraídas de las páginas de economía de este mismo semanario. Si tomamos la evolución del IPC y del tipo de cambio entre el peso uruguayo y el dólar desde 1985 a 1993, observamos que la relación entre la inflación acumulada en los nueve años y la devaluación también acumulada en el mismo período, es de 2,55. Lo que equivale a un “atraso” del 155 por ciento. Si se le quiere hacer una lectura partidaria, de comparación entre las administraciones de los doctores Sanguinetti y Lacalle, la cifra anterior puede desglosarse en un 44 por ciento correspondiente al quinquenio 85-89 y en un 77 por ciento del cuatrienio 90-93, cifras que acumuladas, dan el 155 por ciento del conjunto de nueve años. Aunque haya variado el énfasis, la tendencia ha sido la misma en todo el período, ya que en cada uno de los nueve años considerados, el IPC fue mayor que la devaluación, siendo la mínima diferencia la del 87 (2,6 por ciento) y la máxima la del 90 (31,8 por ciento).

Se dice que esta es una forma grosera de medir la evolución del tipo de cambio real, y es cierto. El dólar también varía su valor real, y la comparación, en puridad, debería hacerse frente a una canasta de monedas integrada por las respectivas de los países con los que Uruguay comercia, ponderadas por la importancia relativa de nuestro comercio con esos países.

Este cálculo, que ha sido realizado por diferentes autores, confirma la existencia del atraso cambiario, aunque la magnitud de la distorsión de este precio relativo, varía según la metodología utilizada.

El adelanto cambiario respecto a Argentina -cada vez menor dicho sea de paso- mitiga el atraso que existe con todos los demás países con los que Uruguay tiene intercambios comerciales. Pero estas son diferencias de grado, que no hacen al tema de fondo, al del atraso cambiario, sin comillas. Porque lo que importa no son las disquisiciones teorizantes, sino las consecuencias reales de este fenómeno. El recurso de discutir la metodología -ejercicio en general muy sano y recomendable- pierde todo sentido y se vuelve una negación ciega de la realidad, cuando el resultado básicamente es el mismo, sea cual sea la metodología utilizada.

La realidad muestra que el aparato productor de bienes del país, tanto agropecuario como industrial, se está haciendo pedazos. Durante décadas se ha pregonado la necesidad de orientarnos “hacia la exportación”. Esta orientación, cuya validez está fuera de toda discusión, es incompatible con la evolución de los precios relativos descritos anteriormente. Empresas que producen para la exportación cuyos ingresos están vinculados con la evolución del tipo de cambio, y cuyos costos lo están fundamentalmente con la evolución del IPC, no pueden, en este contexto, siquiera sobrevivir, cuanto más reconvertirse y competir exitosamente en los mercados internacionales. La situación del sector agropecuario, de la pesca, de las industrias textil, frigorífica, del cuero, etcétera, son ejemplos patéticos de lo antedicho.

También se dice que la pérdida de importancia de los sectores primarios y secundarios -agropecuario e industrial- en beneficio del terciario -los servicios- es una tendencia mundial. Y también es cierto.

Pero no se puede forzar el argumento hasta el extremo de confundir una tendencia secular comprobable en los países desarrollados, con un desastre a nivel productivo, acompañado de un coyuntural aumento de la venta de servicios turísticos a argentinos con “plata dulce” o a los pocos uruguayos beneficiarios netos del modelo importador.

El aparato productor de bienes es vital para el país, porque ocupa a su gente, porque genera gran parte de lo que se consume y la totalidad de lo que se exporta, incluso porque subsidia con lo que se le extrae vía tipo de cambio, los supuestos éxitos del modelo, como la ligera caída de la inflación y el aumento del consumo de bienes importados. Pero un aparato productivo competitivo tiene un problema difícil de entender por mentalidades “bancocentralistas”. Y es que su desarrollo insume décadas, y no puede estar sometido a períodos relativamente largos de política económica sostenidamente adversa.

Porque un tambo o una fábrica no son como un ventilador que se desenchufa y a los seis meses se vuelve a enchufar y funciona igual. Porque después de estar liquidados no re “reabren” de un día para otro como un cambio o una oficina importadora. Porque, yendo a ejemplos muy manidos, los tan mentados “Tigres Asiáticos” han accedido a la categoría de grandes felinos, debido a sus exportaciones de bienes materiales.

Bueno señor director, esto (la carta, claro) va demasiado larga. Pero me he extendido porque creo que todos los fanatismos son peligrosos. Tanto los de un modelo económico que al fanatizar un objetivo loable como el combate de la inflación, racionaliza cualquier desastre originado por éste y lo presenta como un éxito, como el de los defensores fanáticos del modelo, que encorcetados en sus prejuicios ideológicos, recurren a artilugios sintácticos para relativizar los efectos adversos del mismo. La omisión puede implicar tolerancia, y como también decía Adriano, “toda tolerancia acordada a los fanáticos los mueve inmediatamente a creer que su causa merece simpatía”.

Como no quiero ser omiso, señor director, es que me he permitido abusar de su paciencia y de su espacio. Lo saluda atentamente.

Ing. Agr. Rodolfo M. Irigoyen

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