Dos dinámicas divergentes

El País Agropecuario
Junio de 1999

 Reiteradamente se discute en ámbitos agropecuarios sobre la dicotomía existente al interior del sector. Una sensación de crisis generalizada coexistiendo con “números macro” -como se los ha dado en llamar- que muestran un sector dinámico y en crecimiento. O como alguien ha dicho, una “sensación térmica” muy diferente  a la temperatura que indica el termómetro.

Esta dicotomía tiene su expresión más paradójica en un Ministro de Ganadería y Agricultura que reconoce, ante los reclamos gremiales, que se enfrenta a la peor crisis que recuerda en su larga trayectoria en distintos ámbitos sectoriales, mientras que simultáneamente su oficina técnica asesora -OPYPA- reitera en cada anuario su mensaje de optimismo.[1]Si bien este se refiere básicamente a la producción de carne, la dicotomía, con excepción de la lana, aparece prácticamente en todos los rubros.

En este artículo intento avanzar en una línea argumental que he venido exponiendo por medio de estas páginas durante los últimos años. Aunque se hará referencia principalmente a la ganadería, las hipótesis manejadas –no hay un trabajo de investigación que las confirme o deseche- pueden, con algunos ajustes, aplicarse a todos los rubros.

Partamos de la base de que, como sostiene OPYPA, durante la anterior administración se produjeron una serie de avances –algunos atribuibles al Gobierno de turno y otros no- que mejoraron las expectativas para la inversión en la ganadería, lo que llevó a una importante mejora de una serie de indicadores de producción y de productividad. La autorización de exportación de ganado en pié, la declaración de país libre de fiebre aftosa, la liberalización de la comercialización de cueros, la eliminación del stock regulador, la reforma tributaria de 1995, aparecen como los principales ítems en la mejora de la normativa para el sector ganadero.

Con esta mejora en la normativa, coincidió la recomposición del stock ganadero  luego de la sequía del 88-89, y el efecto externo positivo derivado de los exitosos planes de estabilización de Argentina, principalmente en el período 90-94, y de Brasil en el período 94-98. Como resultado de todos estos factores, y de la caída del precio de la lana, entre 1990 y 98 el stock vacuno creció un 20%, la faena un 28% y la producción de carne un 29%, mientras que el stock ovino caía un 34% y la producción de lana un 25%. Las exportaciones de carne vacuna, crecen en volumen un 31% mientras que en valor lo hacen en un 65%. Las praderas artificiales se incrementan en un 74% mientras que el total de mejoramientos lo hace en un 54%. Los novillos de dentición incompleta pasan del 20 al 50% del total de la faena.[2]

A estos éxitos “macro” de la ganadería de carne se contraponen resultados promedios a nivel de predio que resultan francamente insatisfactorios. Tomando los datos de las carpetas ganaderas de FUCREA, tanto como los de la determinación del ingreso neto de la hectárea media pecuaria realizada por OPYPA, se llega en los últimos años a ingresos netos por hectárea del orden de los 15 a 20 dólares, lo que determina rentabilidades que en promedio se ubican en el eje del 2% anual. ¿Cómo puede crecer un sector cuya rentabilidad promedio es significativa y consistentemente inferior a la de cualquier otra decisión de inversión en la economía?

En cualquier actividad productiva existen escalas mínimas que determinan umbrales que deben superarse para que la actividad sea económicamente factible. Los umbrales pueden estar vinculados con la superficie, el nivel tecnológico, el nivel de capitalización o la capacidad gerencial. En general, lo que existe es una combinación de todos ellos.

La tesis central que se plantea en este trabajo es la siguiente. Existen umbrales no muy elevados en superficie y nivel tecnológico, pero sí altos en capitalización y gerenciamiento, que deben superarse para tener la posibilidad de obtener rentabilidades elevadas. Una vez alcanzados esos niveles, que serían la condición necesaria, la rentabilidad dependería de dos aspectos adicionales que se consideran determinantes, es decir que serían la condición suficiente. Esos dos aspectos son: la existencia de ingresos extraprediales y un uso intensivo de insumos productivos transables en relación al nivel de uso de insumos no transables.

Los ingresos extraprediales pueden independizar la toma de decisiones empresariales, de los resultados de corto plazo de la actividad ganadera. De esta forma no se vende si los precios son bajos o incluso se puede comprar aprovechando la baja. Las necesidades presupuestales dejan de interferir en la eficiencia del proceso productivo, no hay multas ni recargos por pagos fuera de fecha, los insumos se adquieren con la ventaja del contado. En el mejor momento desde el punto de vista económico productivo, esos ingresos externos incorporados a la empresa, pueden ser restituídos. Es el equivalente a tener un acceso instantáneo al crédito, sin certificados ni garantías, al costo de oportunidad del dinero.

El uso intensivo de insumos transables en relación al uso de no transables, permite internalizar el abaratamiento relativo de los primeros, a favor de la empresa, disminuyendo simultáneamente el efecto contrario producido sobre la misma por el encarecimiento de los no transables. Ambos fenómenos –abaratamiento de unos y encarecimiento de otros- derivados del atraso cambiario generado en el país en la primer mitad de la década. Dado que el mayor uso de transables se vincula con el mayor nivel tecnológico –fertilizantes, semillas, maquinaria, alambre, productos veterinarios- relativamente se abarata la producción de mayor nivel tecnológico, causal de importancia en el proceso de aumento de la productividad observado en el período.

Los establecimientos en los que el peso relativo de los no transables –salarios, impuestos, costos de transacción, servicios- es mayor por unidad de producto, cargan con todo el peso del atraso cambiario, dado el encarecimiento en dólares de estos “insumos”, sin obtener ninguno de sus beneficios. Si además dependen más estrechamente de  rubros que hayan experimentado mayores caídas de precios, como es el caso de la lana, que es mano-de-obra intensiva, la situación se vuelve crecientemente complicada.

Se definirían así dos dinámicas divergentes. La primera, la principal responsable de los buenos “números macro”, que podríamos definir como el “círculo virtuoso de la productividad” al que acceden un número relativamente bajo de productores que reúnen las condiciones descriptas con anterioridad. Esas mismas condiciones, en particular el nivel de capitalización, determinan un perfil productivo claramente orientado a la producción vacuna y especialmente a  la invernada, con alto nivel tecnológico y productivo.

La segunda, la que aparece en los promedios, la que caracteriza la crisis, que definiríamos como “el círculo vicioso de la exclusión”, en el que se encuentra la gran mayoría de los productores. Los elementos determinantes no pasan por la estructura productiva o el nivel tecnológico [3] sino por el no cumplimiento de las condiciones necesarias y suficientes antes descriptas

En la siguiente tabla se muestra una caracterización esquemática de ambos grupos.

 

Características del “círculo virtuoso de la productividad”
·         Tamaño de predio: medio a alto
·         Nivel tecnológico: medio a alto
·         Nivel de capitalización por hectárea: alto
·         Capacidad gerencial: alta
·         Nivel de ingresos extraprediales: importante
·         Uso de insumos transables por unidad de producto: alto
·         Uso de insumos no transables por unidad de producto: bajo
·         Relación ovino/vacuno: baja
·         Relación novillo/vaca: media a alta
·         Productividad por hectárea: alta
·         Número de productores: 1 a 3 mil
Características del “círculo vicioso de la exclusión”
·         Tamaño de predio: todos los tamaños
·         Nivel tecnológico: todos los niveles
·         Nivel de capitalización por hectárea: bajo a medio
·         Capacidad gerencial: todos los niveles
·         Nivel de ingresos extraprediales: inexistente a bajo
·         Uso de insumos transables por unidad de producto: medio a bajo
·         Uso de insumos no transables por unidad de producto: medio a alto
·         Relación ovino/vacuno: media a alta
·         Relación novillo/vaca: baja a media
·         Productividad por hectárea: todos los niveles
·         Número de productores: entorno a 30 mil

No está demás reiterar que estos no son resultados de trabajos de investigación, solo son hipótesis, puestas a consideración de las personas o instituciones interesadas en el tema. Si estas hipótesis fueran correctas, podría aventurarse la siguiente reflexión.

El modelo de desarrollo seguido por la ganadería uruguaya en esta década, ha sido exitoso en el sentido del incremento de la producción global alcanzada, fenómeno inédito en el país desde hacía varias décadas. Como ocurre generalmente en los procesos que implican incorporación de tecnología, se genera un fenómeno de exclusión de todos aquellos productores que no accedan a escalas mínimas en tamaño, en capital, en nivel tecnológico o gerencial. En el caso uruguayo, este fenómeno “natural” se vio potenciado, aumentando sus efectos socioeconómicos negativos, por las implicaciones de la política macroeconómica sobre el sector.

En este sentido deben destacarse  dos aspectos centrales: en primer lugar, el efecto depresivo general sobre la rentabilidad, de por sí baja, del sector, por el deterioro de los precios relativos de productos e insumos. En segundo término, este efecto negativo fue particularmente relevante para aquellos rubros que hacen un uso relativamente intensivo de insumos no transables.

En definitiva, los avances en la política sectorial constatados a inicios de la década, que fueron uno de los factores determinantes de los aumentos de producción y productividad alcanzados por el sector, habrían sido más que contrarrestados por las implicancias sectoriales de la política general de estabilización, sin que existieran otras trasferencias, hacia el sector, que compensaran esas implicancias negativas.

 

[1] “En este marco, la ganadería de carne vacuna ha tenido un excelente desempeño, pero fundamentalmente se han ido consolidando expectativas alentadoras que refuerzan la dinámica del rubro, ya que esas expectativas no hacen sino aumentar la inversión en el mismo” Anuario 98, pág. 51, OPYPA.

[2] En base a información de OPYPA y DIEA, MGAP

[3] De hecho en este grupo se presentan todo tipo de estructuras productivas, aunque con cierto sesgo hacia la cría y la producción ovina, pero mas como consecuencia que como causa del no cumplimiento de las condiciones determinantes. Lo mismo para lo tecnológico, se encuentran en este grupo todos los niveles, incluso muy altos, pero que por no cumplir con las condiciones determinantes, aunque aumenten la producción, no representan una solución económica para la empresa.

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