Ecología y “ecologistas”

El País Agropecuario
Febrero del 2000

Es difícil exagerar cuando se habla de la creciente importancia de los problemas ambientales a que se enfrenta el Uruguay. Sin ser, en absoluto, un especialista en estos temas, me atrevo a mencionar algunas áreas temáticas, y al interior de las mismas, algunos problemas concretos donde la situación del país es cada día más crítica.

Sin que el ordenamiento implique priorización, un primer ámbito temático a destacar es el de la protección de las áreas naturales. Uno de los problemas concretos en este ámbito es el de poseer el triste récord de ser el único país de América del Sur que no tiene un sistema de áreas protegidas, es decir que carece de la normativa básica para este tipo de preservación ambiental. Lo que implica que, aspectos ecológicos esenciales vinculados a la preservación de recursos hídricos y genéticos, no cuentan con la protección institucional que el conjunto de la sociedad debe proveerles.

Tampoco el país  cumple con tratados internacionales que ha firmado, como el de Ramsar, que lo obliga a proteger los bañados del Este, declarados patrimonio de la Humanidad. Se habla mucho sobre el asunto, pero en concreto, la resultante de las acciones de los diferentes agentes económicos, tiende más a la reducción de los bañados -aumentado el riesgo de extinción de muchas especies que lo habitan- que a su preservación. En otro plano, la tala del monte nativo, supuestamente no permitida, queda en evidencia con solo entrar a cualquier parrillada.

Otras dos áreas temáticas centrales, son las del control de la contaminación ambiental y la calidad de la vida urbana. En este sentido, el vertido a la red cloacal o a cursos de agua de efluentes industriales de todo tipo, sin los mínimos tratamientos exigibles, es moneda corriente. Paralelamente, la creciente marginación social y la falta de educación ambiental de la inmensa mayoría de la misma sociedad, genera una serie de acciones que degradan el ambiente. A título de ejemplo, el procesamiento de la basura  sumado al uso irresponsable de materiales no degradables, generan paisajes urbanos de tono apocalíptico, como el que presentan luego de una creciente los arroyos de las áreas urbanas de Montevideo y Canelones, con las ramas de sus matorrales y montes ribereños convertidas en tendederos de millones de bolsas de nailon.

La sustentabilidad ecológica de nuestra producción agropecuaria es un área temática que nos atañe muy directamente. En este ámbito hay una normativa vigente -la Ley de Suelos y Aguas- que es condición necesaria pero no suficiente para la real preservación de esos recursos. Cualquier agente económico puede provocar -y en los hechos provoca- pérdidas irrecuperables de suelo fértil por la realización de prácticas productivas que los erosionan, sin que existan controles efectivos y mucho menos sanciones. El tema del agua es mucho más acuciante. Aunque naturalmente el Uruguay está muy bien dotado de este recurso básico, su mal manejo lleva a que según UNESCO, nuestro país ocupe el sexto lugar entre los que dispone de menos agua potable por habitante, en toda América Latina.

La contaminación de las napas por el lavado de agroquímicos y otras causas, se está convirtiendo en una restricción cada vez más importante a nivel de la cuenca lechera en lo referido a la calidad de la leche, tema esencial para el desarrollo del complejo lácteo. La expansión del área forestal ha puesto sobre el tapete el tema del agotamiento de las napas profundas, dado que los eucaliptus -que explican el 80% de lo forestado- actuarían como verdaderas “bombas de succión”. Al respecto se citan datos del extranjero, pero no sabemos lo que realmente está pasando acá, en nuestro ecosistema, aunque la Ley Forestal tiene más de 10 años de vigencia. Quizá el problema tenga la mitad de la gravedad que se denuncia, quizá tenga el doble, no lo sabemos, sencillamente porque no lo hemos estudiado.

Los anteriores son algunos ejemplos que los ecólogos pueden aumentar y profundizar. Este vistazo solo pretende dar una idea general sobre la magnitud y urgencia de nuestros problemas ambientales concretos, y de lo escasas o nulas que son las acciones, también concretas, que somos capaces de instrumentar para solucionarlos. Y se exponen solo como el contexto imprescindible para ubicar correctamente al tema central de esta nota.

El tema que se pretende discutir, es el de las formas que adoptan ciertas “defensas del ambiente” que a mi juicio son claramente contraproducentes. En concreto me refiero a la presencia de “ambientalistas” uruguayos entre los exitosos boicoteadores de la reunión preparatoria de una nueva Ronda de Negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC) celebrada en Seattle en octubre pasado.

En dicha Ronda, nuestro país, junto con sus aliados del Grupo de Cairns,  lograron establecer las bases para iniciar un proceso, de largo plazo, de reforma del comercio de productos agropecuarios, coincidente con los objetivos generales de las negociaciones acordadas. Esto implicaba constituir un sistema de comercio equitativo y orientado al mercado, teniendo en cuenta la seguridad alimentaria y la preservación del medio ambiente.

En marzo del año pasado, el Grupo de Cairns planteó que, en la próxima Ronda del Milenio, el comercio de productos agrícolas debía ponerse en el mismo nivel de negociaciones que el de los otros productos, eliminando todas las subvenciones distorsionantes. Esta era la batalla que íbamos a dar en Seattle. Los que boicotearon la reunión de hecho apostaron al mantenimiento de la situación actual.

En ella, la ambigüedad en el manejo de conceptos tales como la “multifuncionalidad” de la agricultura, genera confusiones entre “lo agrícola”, con aspectos no directamente ligados al comercio de estos productos, como el mantenimiento de la biodiversidad, la preservación de la viabilidad de las áreas rurales y de la población rural en el campo, el mantenimiento del paisaje agrícola y de la herencia cultural. Y al abrigo de esta “confusión”, los países más desarrollados integrantes de la OCDE siguen manteniendo el comercio de productos agrícolas fuera de las normativas generales de la OMC, lo que les permite mantener subsidios agrícolas con montos difíciles de imaginar: 280 mil millones de dólares anuales.

Las negociaciones debían contribuir a evitar esas confusiones. Para ello, era imprescindible lograr que las preocupaciones relativas al ambiente, el desarrollo rural, la seguridad alimentaria y otras por el estilo, fueran remitidas al ámbito de las políticas específicas en ese sentido, desconectadas de la producción y el comercio de bienes agrícolas, que deben regirse, a juicio de los países del Grupo de Cairns, por las mismas normas que rigen para los demás bienes.

Aunque nadie sensatamente esperara que en Seattle se lograran soluciones inmediatas a los problemas de los países agroexportadores, la reunión estaba llamada a ser el inicio -con el reconocimiento del problema que esto implica- de un largo camino tendiente a reducir la competencia desleal a nuestras exportaciones agrícolas, con la consiguiente revalorización de las mismas. Pero la Reunión fue boicoteada y fracasó, lo que posterga indefinidamente -al menos por el momento- el inicio de ese camino.

La Ecología y sus problemas, son demasiado importantes para permitir que se conviertan en un nicho ideológico desde el cual sustentar posiciones maximalistas “contra el sistema”, independientemente de lo que esté en juego. Posiciones estas que hace dos o tres décadas al menos tenían una base política de sustentación, pero que hoy, más que erróneas, aparecen como ridículas. La movilización de protesta pasa a convertirse así en un objetivo en sí mismo -objetivo de acumulación en términos políticos-  negándose cualquier espacio de negociación y por consiguiente a la resolución concreta de los problemas. Ninguna concesión “al sistema”, y por lo tanto ningún avance real.

Está muy bien la defensa de la Ballena Azul, pero esta no puede ser motivo para que sigan siendo favorecidas las producciones agrícolas super artificializadas de los países ricos, en detrimento de producciones mas “amigables” como las de América del Sur y Oceanía, aún con los problemas ambientales que las mismas generan. Que adhieran a este entrevero honestos ambientalistas suecos u holandeses no debe extrañarnos, porque para ellos “lo ambiental” es independiente de las preocupaciones cotidianas por la alimentación, la educación o la salud, cuestiones que tienen resueltas. Pero que se suban al mismo carro algunos de nuestros “ecologistas”, es inadmisible, porque implica un total desconocimiento -cuando no desprecio- de las condiciones objetivas de nuestro funcionamiento económico.

Nuestra condición de tomadores de precios de los productos agrícolas, solo nos deja margen de acción sobre los costos, a los efectos de aumentar nuestra competitividad, y a ese nivel son inevitables las pugnas distributivas internas. Pero a nivel de los precios, que por definición se fijan en el exterior, deberíamos tener la mínima lucidez como para presentar un frente interno monolítico, en el que todos los sectores políticos bregaran en favor del sinceramiento del comercio internacional, única forma de que nos paguen por nuestros productos lo que realmente deberían valer en un régimen leal de competencia.

Flaco favor le hacen a la preservación de nuestro ambiente, quienes vuelcan su esfuerzo en acciones que, en lo que a nosotros atañe, en definitiva solo aportan a la preservación de nuestra pobreza.

 

 

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