Eficiencia y “eficientismo”

El País Agropecuario
Diciembre de 1996

En los últimos años, conceptos tales como “eficiencia”, “competitividad”, “calidad total” y otros de eco parecido, se han incorporado al léxico cotidiano, generando no poca confusión. Esta proviene muchas veces del hecho de que un concepto que tiene una connotación positiva, cuando se lo usa en forma abusiva, acrítica y/o fuera de contexto, cansa, confunde y genera una reacción contraria a la que su acepción original merece.

Algo de este tipo ocurre con el concepto de eficiencia. Por eficiencia se entiende el lograr un producto o resultado con la mínima cantidad de insumos o de esfuerzo. O visto en el otro sentido, partiendo de una determinada cantidad de insumos o de esfuerzos, lograr, a partir de ellos el máximo resultado posible. Nadie puede estar en contra de esto, de que hay que ser lo más eficiente posible, porque equivale a negar un principio elemental de sentido común y de economía, sea esta doméstica, de la empresa o del país.

El “eficientismo” es algo muy diferente. El sufijo “ismo” denota doctrina, religión o partido. El “eficientista” eleva –más bien habría que decir que pervierte- el concepto de eficiencia a un rango doctrinal, lo encara como una religión. Cuando además es fanático de la defensa de la doctrina, el daño que hace a la sana eficiencia es enorme. Gente bien intencionada reacciona mal cuando le hablan de eficiencia porque la confunde con lo que acá llamo “eficientismo”. Un par de ejemplos referidos a nuestra producción agropecuaria, vienen a cuento y quizá aclaren más las cosas.

En la lechería, no menos de 2000 productores en un total que no llega a 6000, enfrentan crecientes problemas de sobre vivencia como tales, dados sus mayores costos unitarios de producción, resultado de los avances tecnológicos que minimizan esos costos a escalas productivas –medidas en tierra, capital y tecnología- cada vez mayores. Estos productores, que explotan predios de escasa superficie y presentan un tamaño económico insuficiente para acceder a las escalas productivas que minimizan los costos unitarios, están siendo progresivamente marginados.

Un análisis microeconómico demuestra que no son competitivos, es decir que producen con un costo superior al precio de venta, y por consiguiente, en una actividad crecientemente volcada al mercado externo, el “evangelio de la competitividad” los condena a desaparecer como productores. Los “eficientistas” afirman que lo lamentan, pero que el país, si pretende ser competitivo, no puede darse el lujo de tener productores ineficientes. La eficiencia la miden solo por el costo de producción.

Pero este es un criterio muy estrecho de lo que es la competitividad, que se crea a varios niveles y a través de una serie de instrumentos, a demás de los costos de producción a nivel primario. A título de ejemplo , hay que tener en cuenta la integración y la eficiencia global de las cadenas agroindustriales, las acciones que desarrolla el Estado, el marketing externo, las formas explícitas o implícitas de preteccionismo, el tipo de cambio real, etcétera. Pero este es un tema muy amplio y complejo, cuyo tratamiento excede el alcance de este artículo.

En lo que sí quiero poner énfasis, es en las implicancias internas de ciertas soluciones “eficientistas”, como la mencionada anteriormente. El productor, el tambero y su familia que participa del trabajo, sus empleados si los tiene, representan un capital humano difícil de cuantificar, pero que sin duda ha costado mucho formar. Son, desde una perspectiva nacional, un patrimonio a defender.

Aún si se dejaran de lado elementales principios de equidad social y de demografía, desde una perspectiva estrictamente económica, para el país es “mal negocio” que esos productores desaparezcan. Porque es gente que “sabe hacer”, que tiene incorporado un gran bagage de conocimientos, de experiencia práctica en la producción. Gente que no se forma de un día para otro, y cuya eventual inexistencia es la principal limitante que enfrenta cualquier país que quiera desarrollar un sector productivo. No nos podemos dar el lujo de perder esa gente, entre otras cosas porque en poco tiempo podemos volver a necesitarla, y nos costará años y mucho dinero volver a formarla.

Un proceso no tan explosivo por los plazos como el de la lechería, pero de mucho mayor magnitud en términos numéricos, es el de la ganadería. Por ser un sector mucho menos dinámico, en el cual se invierte menos y en el que por lo tanto el cambio tecnológico es más lento, la expulsión de los pequeños productores ganaderos no ha alcanzado las proporciones que tiene en la lechería o en la agricultura. Existen también razones técnicas, como el hecho de que hasta el momento, no se perciban claras economías de escala que favorecieran la concentración.

Pero todo esto está cambiando. El progreso técnico, que le llega a la ganadería por diversos vías, como ser los avances en mejoramiento genético animal y vegetal, el desarrollo de asociaciones con la agricultura como son las praderas consociadas al trigo o sobre rastrojos de arroz, los mayores conocimientos en manejo y sanidad, el gerenciamiento de las empresas, etcétera, pueden llevar a que en pocos años las economías de escala empiecen también a ser desequilibrantes en este sector. Un elemento adicional no menor, es la desaparición de las tasas progresivas de los impuestos sobre la tierra, elemento que mientras estuvo presente, significó un claro desestímulo a la concentración de tierras.

Hechas estas relativizaciones, el caso de la ganadería tiene enorme trascendencia por su magnitud en términos cuantitativos. De un total de casi 30 mil productores ganaderos, no menos de 20 mil verían más comprometida aún su posibilidad de permanecer en el sector, si se acelera la tendencia al incremento de las escalas de producción. Y lo que se mencionaba para los pequeños productores lecheros vale también para los pequeños ganaderos.

Además de las razones económicas, algunas de las cuales ya fueron mencionadas, existen poderosas razones de índole social para que tratemos de evitar la marginación de todo ese sector de productores. Su expulsión de la producción implica además la pérdida de su lugar y estilo de vida, estrechamente vinculado a la activudad productiva, y su inserción, siempre traumática, casi siempre marginal a la vida urbana, aumentando los cinturones de miseria de las ciudades.

Allí requerirán obras de infraestructura y servicios que seguramente serán más onerosos al conjunto de la sociedad que las acciones que puedan desarrollarse para evitar, o al menos disminuir, su marginación de los procesos productivos. Y eso sin entrar a considerar los efectos sobre los niveles de desocupación que esta marginación implica. Si el resto de la economía estuviera demandando mano de obra, otra sería la historia, pero este no es el caso.

El conjunto de la sociedad subsidia explícita y generosamente al sector financiero o a la forestación, donde los grandes beneficiarios son empresas extranjeras, a veces transnacionales. Sin entrar en la discusión de si esto está bien o mal –el hecho de que hayan subsidios y de quienes sean los principales beneficiarios- creo que es evidente que la sociedad debería por lo menos discutir a fondo la pertinencia de destinar volúmenes importantes de recursos, no al asistencialismo (solo aceptable en casos extremos) pero si al desarrollo de mecanismo tendientes a mejorar la escala productiva de los pequeños productores.

Sólo a título de ejemplo, algunas experiencias ya comunes y otras no tanto, que se deberían ampliar y mejorar, y para lo que se requieren recursos: el desarrollo de los campos de recría, el uso común de maquinaria por grupos de productores, la producción de forraje fuera del predio, la asistencia técnica especializada en los problemas de los pequeños productores, la definición de producciones o “nichos” de mercados que puedan ser atendidos específicamente por productores familiares, las obras de infraestructura que mejoren su inserción en el mercado, las experiencias de producciones asociativas etcétera. Algunas de estas acciones son responsabilidad del Estado, pero otras pueden y deben ser encaradas por los privados –organizaciones de productores, agroindustrias, proveedores de insumos etcétera, eventualmente con apoyo estatal.

La eficiencias del funcionamiento del conjunto de la sociedad probablemente se vería así favorecida, aunque esto sea difícil de aceptar por los “eficientistas”, que a través de la medida de una sola variable –la más simple, la más inmediata- buscan modelar en forma simplista el conjunto de las complejas interrelaciones entre los sectores productivos y la sociedad en su conjunto.

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