El costo y los beneficios de reactivar el agro

El País Agropecuario
Setiembre del 2002

Reventada la burbuja financiera, despiertos al fin del sueño del país de servicios, los ojos que miraban a la Ciudad Vieja y a Punta del Este se vuelven ansiosos al campo. Es que el país necesita desesperadamente recursos genuinos que respalden las cuantiosas transferencias recibidas del exterior para mantener a flote al sistema financiero y enjugar los crónicos déficits del erario público.

En un país como Uruguay –con sus recursos naturales y humanos, con su inserción geográfica, con su historia y la idiosincracia de su gente- el sistema financiero nunca puede ser la economía, sino solo un instrumento –imprescindible es cierto, pero solo un instrumento- para que la economía real funcione. En países como Islas Caimán o Liechtenstein puede ser que el sistema financiero sea la economía, en Uruguay nó.

El “país de servicios” es la expresión de un voluntarismo  digno de mejor causa. Con un turismo de dos meses al año dependiente de un solo país, con una línea aérea como Pluna que aún después de años de haberla regalado nos sigue dando déficit crecientes, con un Hospital de Clínicas donde hace cuarenta años venían a hacer posgrados desde toda América Latina y hoy no puede atender las urgencias, con un nivel educativo en permanente deterioro desde hace tres décadas, con los correos, las comunicaciones y los transportes más caros de la región, apostar a la competitividad de estos servicios, implica un total desconocimiento de la realidad económica del país.

Bienvenidos los aportes que estos sectores puedan realizar –o mejor dicho, los déficits que dejen de producir- pero de ahí a estructurar el sistema económico entorno a ellos, hay un abismo. Lo mismo puede decirse de los 80 millones de exportaciones de software, que ojalá aumenten, pero que están muy lejos de alcanzar magnitudes significativas dentro de nuestro balance de divisas.

Por más que no sea del gusto de eruditos polifacéticos que discursean en los medios sobre como debería ser el país, el sector agropecuario y la industria de primera transformación vinculada con él, son los únicos sectores genuinamente competitivos que tiene el país. No se trata de que pretendamos elegirlos entre distintas opciones, se trata de que no hay opción. Cuando las haya, deberemos optar por las más dinámicas y tecnológicamente más avanzadas, pero para que esto pueda ocurrir, deberemos trabajar mucho, durante muchos años, sin saltearnos etapas, ahorrando e invirtiendo con ese objetivo.

En la coyuntura extremadamente crítica que vive el país, para alcanzar algún nivel de reactivación económica, es decir para hacer algo más que poner parches, hay que lograr una reactivación rápida de varios rubros agropecuarios que tienen buenas perspectivas de precios, y para los cuales el país está particularmente bien dotado, de recursos naturales, humanos, tecnológicos y de capital. La gran restricción existente para poner a producir a buen ritmo esos sectores, es el financiamiento de los procesos productivos.

Aparentemente no existen recursos para dar los créditos necesarios, aunque al país ingresen montos de miles de millones para apoyar al sistema financiero. Pero si los hubiera, es probable que, aún en el caso de que se pudieran instrumentar los mecanismos necesarios con la agilidad requerida, el crédito en dinero muy probablemente se destinaría a otros fines –compra de bonos para pagos de deuda, compra de dólares ante perspectivas de suba, pagos a acreedores etc- desviándose de los fines productivos originalmente previstos.

Existen en cambio cuatro grupos de insumos básicos –combustibles, fertilizantes, semillas y agroquímicos (herbicidas, insecticidas, productos veterinarios) cuya disponibilidad desata una serie de actividades directamente productivas a nivel primario e industrial, reactivando los servicios de apoyo a las mismas, hacia delante y hacia atrás en la cadena productiva. En una palabra, reactivan la economía, con un balance de divisas netamente positivo a corto y mediano plazo. En los párrafos siguientes se intentará una estimación –muy preliminar- de los costos e impactos esperables de una estrategia basada en el financiamiento de estos insumos por parte del Estado.

Sector pecuario. (Carne vacuna y ovina, lana y leche). La disponibilidad de insumos mencionada impactaría básicamente sobre la producción de forraje requerido en la fase primaria de estos rubros, con el subsiguiente impacto en las respectivas cadenas agroindustriales como consecuencia del aumento en cantidad y calidad de la materia prima. Los mejoramientos forrajeros, muy golpeados por la sequía del 2000, no se han podido reimplantar o refertilizar por la crisis financiera en que está inmerso el sector, agudizada por la aftosa a partir del 2001, por lo que su productividad se ha visto seriamente disminuída. El riguroso invierno que está finalizando ha profundizado el deterioro de la base nutricional de los ganados, resintiendo seriamente todas las cadenas productivas dependientes de los mismos.

El año pasado hubo un nivel récord de nacimiento de terneros, lo que probablemente se repetirá este año. Esto es tanto un problema –creciente demanda de forraje- como una excelente oportunidad para incrementar la producción de carne. Las perspectivas de precios de la misma, si bien no son excelentes, vienen mejorando ya que se estarían reabriendo en breve plazo algunos mercados con los que se empezaría a revertir la tendencia a la baja de los precios.

En la lana y la carne ovina las perspectivas son mejores, aunque ahora solo tenemos 11 millones de ovinos, lo que obliga a que, para recuperar el stock liquidado en los años del atraso cambiario, haya que disminuir la oferta para faena. La mejora en la tasa reproductiva es clave en este sentido, y para ello hay que mejorar la base forrajera.

La lechería se encuentra en un momento muy crítico, con precios en dólares en mínimos históricos. Pero los costos expresados en esta moneda también han caído, y un apoyo en la producción de forraje disminuiría aún más los costos unitarios, provocando un salto productivo en los próximos meses que sin duda mejoraría el resultado económico del sector primario, en correlato con una mejora en la actividad industrial.

El costo de reactivar la base forrajera mejorada (2.47 millones de hectáreas) se estima en el orden de los 150 millones de dólares [1] a utilizar en los próximos dos años [2]. El incremento directo en las exportaciones de los 4 rubros se estima en 60 millones anuales durante el 2003 y 2004, con incrementos decrecientes en años subsiguientes. El costo neto durante los dos primeros años sería por lo tanto de 15 millones de dólares anuales, ampliamente amortizables en el mediano plazo.

Sector agrícola. Se consideran los siguientes cultivos: girasol, soja, maíz y arroz (2002/2003) y trigo y cebada (2003).  Las perspectivas de precios son muy buenas en los oleaginosos (girasol y soja) lo que llevaría a una importante ampliación del área sembrada de ambas, de no existir las restricciones financieras para los cultivos.

Otro tanto ocurriría con el arroz, aunque las perspectivas de precios son menos favorables. Pero la gran reducción del área operada en los años anteriores, ha generado una importante capacidad ociosa (de tierras, aguas, maquinaria) que si se levanta la restricción financiera se expresaría en un área que se estima en un 30% por encima de la del 2001/2002.

Otro tanto puede decirse de los cultivos de invierno del año próximo (trigo y cebada) que este año ocupan áreas muy reducidas (estimadas en 70 y 100 mil hectáreas respectivamente) y de los que habría una expansión muy importante (70 y 40% respectivamente) levantada la restricción financiera.

En síntesis, se estima un costo global para los cultivos mencionados originado en los insumos antedichos de US$ 142 millones [3] para un ciclo agrícola completo, y con las áreas que se estima se sembrarían en caso de que exista financiamiento para dichos insumos. El ingreso incremental a nivel de la producción primaria se estima en US$ 102 millones (237 sin financiamiento vs. 339 con financiamiento) a los precios actuales de estos granos.

Para el conjunto del sector agropecuario se deberían financiar 292 millones de dólares en insumos productivos –combustibles, fertilizantes, semillas y agroquímicos- para recuperar toda el área de pasturas mejoradas destinadas a la producción pecuaria y para un ciclo agrícola completo (principales cultivos de verano e invierno). Para el mismo período, se lograrían incrementos en el valor generado de la producción primaria de 222 millones de dólares (respecto a la situación “sin proyecto”), aunque parte de esas inversiones generan un valor residual (porque la vida útil de los mejoramientos es mayor a dos años) que no aparece en este cálculo. En definitiva los requerimientos netos de financiamiento serían de 70 millones de dólares al final del proyecto, aunque existe un desfasaje de menos de un año en la agricultura y la lechería y de más de un año en la ganadería, desde que se invierte hasta que se recauda.

Pero estas no son las cifras más importantes. Las que si lo son, pero no están calculadas porque trascienden los alcances de este trabajo, derivan de la reactivación y mayor nivel de actividad de todos los complejos agroindustriales involucrados, como la industria frigorífica y del cuero, los lavaderos y peinadurías de lana, la industria láctea, los molinos harineros y aceiteros, la industria arrocera, las raciones para los animales de granja. También derivan de la mejora del balance comercial y de la recaudación del Estado -por diversas vías, entre ellas la mayor venta de combustibles- del aumento de los transportes y de otros  servicios de apoyo a la producción primaria como son los talleres mecánicos, la actividad de escritorios y cooperativas y de un sinnúmero de pequeñas empresas que hacen a la vida rural.

¿Cómo se hace?  La instrumentación de estos apoyos no es nada sencilla. En primer lugar, porque los tiempos biológicos no se compadecen de los tiempos burocráticos, y estamos arriba de la fecha de la toma de decisiones para los próximos cultivos de verano, en particular del arroz. Se trata por consiguiente de no inventar nada, sino de utilizar con rapidez y eficiencia lo que ya existe. El país cuenta, felizmente, con una red institucional operativa en todo el territorio, básica para canalizar los recursos hacia los productores. A nivel público, el Banco República, las estaciones de Ancap, y el INIA y el Plan Agropecuario, entre otras. A nivel privado, el sistema cooperativo, las empresas proveedoras de insumos –fertilizantes, semillas, agroquímicos- y diversas formas de agrupamientos de empresas primarias y de servicios, “clubes de siembra”  algunos ya existentes, otros en formación.

Se trata entonces de que el Estado abra cartas de crédito a esas empresas proveedoras -públicas o privadas- para que suministren los insumos a los productores, contra prendas sobre cosechas o compromisos de comercialización a través de esas empresas, como ya hacen, por ejemplo, las malterías. La circulación de dinero es mínima –con los créditos que les da el Estado esas empresas proveedoras pueden pagar impuestos, financiar importaciones etc- y los productores reciben insumos y entregan cosechas. El Estado se resarce de los créditos concedidos a través de las exportaciones por medio del Banco República.

Esta es una propuesta muy primaria, pero el Estado cuenta con oficinas muy capacitadas, que están trabajando estos temas, y que pueden definirla con mucha mayor precisión. El apoyo que puede recibir de empresas privadas con experiencia en estos temas es fundamental. Hay muchos temas que acá no se han tocado por razones de espacio, pero que deben ser definidos. Quizá el principal, sea el de la búsqueda de alguna forma organizativa que lleve a que todos los actores involucrados tomen parte del riesgo implícito en estos emprendimientos, es decir que nadie se la lleve “de arriba de las bolsas”.  Otro no menor es el de los seguros, que no cubren riesgo de sequía, lo que es una limitante en una apuesta fuerte a los cultivos de verano.

Pero hay que animarse y apostar al país productivo, pero en serio, no en discursos o panfletos, sino haciendo cosas concretas para lograr la reactivación económica, bajar el desempleo, aumentar las exportaciones, disminuir la emigración. Para detener la rodada, y empezar de a poco, pero en seguida, a subir el repecho que tenemos por delante.

Ahora que se fue el Ministro que se ocupaba solo de las Finanzas y vino uno que debe ser, principalmente de Economía, quizá hayan empezado a darse las condiciones básicas para lograrlo.

 

El autor agradece los comentarios de los Ings. Agrs. Eduardo Xavier y Gonzalo Souto

 

[1] Se estiman costos unitarios de US$ 100 por hectárea para praderas convencionales y cultivos anuales, 70 para siembras en cobertura, 50 para mejoramientos extensivos y 30 para refertilizaciones.

[2] Un calendario tentativo sería el siguiente: US$ 25 millones en la primavera del 2002, 50 en otoño del 2003, 25 en primavera del 2003 y 50 en otoño del 2004

[3] El calendario tentativo sería en este caso: US$ 82 millones en la primavera del 2002, 50 en el otoño y 10 en la primavera del 2003

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