El impuesto cambiario

El País Agropecuario
Octubre de 1995

La reforma de la tributación agropecuaria anunciada por el gobierno en setiembre pasado, como no podía ser de otra manera, provocó respuestas de diferente tono. La inmediata aprobación en el ámbito de la Asociación Rural, el cuestionamiento más o menos enfático de las “gremiales intensivas” y hasta algún comentario tipo “otro regalo para los estancieros” en algunos sectores urbanos con vista al mar y/o al pasado.

El propósito de este artículo es ubicar el tema impositivo, cuantificándolo, en el contexto al que pertenece, que es el de la política económica, y el de la instrumentación que ésta ha tenido en el país durante los últimos años.

Desde mi punto de vista, por este camino se puede demostrar que los impuestos, desde hace tiempo, han dejado de ser el vehículo de traslación de ingresos del agro al resto de la sociedad, papel que ahora desempeña el atraso cambiario.

Respecto a los impuestos, la distribución de la carga impositiva agropecuaria por subsectores ha sido fuertemente asimétrica. La elevada incidencia de los impuestos sobre la tierra (Contribución Inmobiliaria, Patrimonio, aportes patronales al BPS, Imagro y Educación Primaria) que recaen básicamente sobre la ganadería, hacen que el aporte de este subsector, sólo por este concepto, más que duplique lo que aportan los demás sectores -agricultura, lechería, granja-, por todo concepto.

El mérito de la reforma

Y acá surge el eterno tema de discusión, el de la tierra como sujeto imponible; un debate en el que se confunde, habitualmente, la filosofía tributaria con los instrumentos para su ejecución.

Desde el punto de vista filosófico, creo que a esta altura es indefendible el argumento que la tierra, como factor productivo, reúne especificidades que la hacen sujeto de una imposición especial.

Esta defensa se fundamenta -sin tomar en cuenta razones personales que pueda tener cada uno- en un enfoque estructuralista, que tuvo su auge allá por los años 60, y que supone que la mera posesión de la tierra genera rentas extraordinarias, mayores a las de otros activos, por la condición monopólica que dicha posesión generaría.

El “rentismo” a que esta condición daría lugar sería el que “permite” una explotación extensiva, en contraposición a las “intensivas”, que utilizan poca tierra. Cualquier análisis económico serio puede probar que esto es falso, que la “extensividad” de la producción ganadera es efecto, y no causa, del contexto económico en que se desarrolla la actividad.

Los instrumentos utilizados en la política impositiva son otro cantar. Sin duda, es más práctico gravar la mensurable y sólida tierra que una escurridiza renta real, en gran parte volatilizable por quien pueda pagar un “buen” estudio contable.

El tema es complejo y supera el alcance de este artículo, pero, para analizarlo, creo que debe partirse de una clara diferenciación entro lo que se quiere hacer y cómo hacerlo. En cuanto a la reforma en sí, creo que su mérito radica en intentar corregir la asimetría antiganadera tradicional al sistema.

Acerca de la efectividad de su instrumentación, habrá que ver los resultados. Lo que parece claro es que, en términos de la presión global, la reforma no implicaría cambios, si nos atenemos a estimaciones aparecidas en medios de prensa, que la ubican en más/menos 5 por ciento, con respecto a la recaudación de 1994. En relación al monto bruto aportado por el sector, del orden de los US$ 150 millones en 1994 (que significa de 11 a 12 por ciento del Producto agropecuario), no parece exagerado, tomando en cuenta la participación del sector en el Producto nacional.

Las viejas banderas

Yendo a lo que considero el centro del problema, el tipo de cambio (TC) es el principal precio en una economía abierta como la uruguaya. En la determinación de este precio, en nuestro país, el mercado opera sólo dentro de una banda de flotación fijada por la autoridad monetaria.

Más que el nivel real al interior de la banda, lo que interesa es el hecho de que la banda exista, de que el Estado intervenga, asegurando un determinado nivel (más/menos 3,5 por ciento), lo que condiciona el comportamiento de los agentes económicos.

El fenómeno del atraso cambiario, como es bien sabido, se refiere al desfasaje entre la evolución del TC y de la inflación, medida por el Índice de Precios al Consumo (IPC). Dicho desfasaje se viene dando desde hace varios años, pero, en particular, desde 1990.

Desde hace 36 meses, la devaluación es de 2 por ciento mensual, lo que, anualizado, da 27 por ciento, mientras que la inflación bajó, de 53 por ciento, en 1993, al entorno de 44 a 45 por ciento, en el 94 y el 95 (en este caso según previsiones).

Sin duda que, para el cálculo del atraso cambiario, estos dos datos no son suficientes. Cabrían muchos ajustes metodológicos para calcular la magnitud real del atraso, pero estas precisiones no provocan cambios significativos, a los efectos de lo que se discute en este artículo.

El cuadro adjunto muestra el valor bruto de la producción (VBP), el de las insumos (IS) y el del valor agregado bruto (VAB) de los principales subsectores agropecuarios para 1994, en millones de dólares. A continuación se define un “factor de corrección” del atraso cambiario, derivado de la relación entre la inflación anual y la devaluación en el mismo período, que se utilizará para recalcular el Producto sectorial.

El conjunto de la producción agropecuaria -salvo algunos productos muy perecibles, pero de muy baja incidencia económica en el total del sector, como las hortalizas de hoja- es transable internacionalmente. Por lo tanto, sean exportados o no, tienen precios condicionados directamente por el tipo de cambio. A los efectos del cálculo realizado, se estimó que el TC incide, no sobre el total, sino sobre 80 por ciento del VBP, mientras que los aspectos estrictamente condicionados por el IPC incidirían sobre 20 por ciento del valor de la producción.

Veamos el caso de los insumos usados en la producción, que, en algunos casos son transables -los importados y algunos nacionales- pero en su mayoría no lo son y/o varían mayoritariamente en función del IPC (insumos nacionales, los servicios y otros componentes de los costos como los impuestos, etcétera).

La incidencia del tipo de cambio es variable por subsectores, siendo mayor cuanto mayor sea la utilización de insumos importados. Se calculó la participación de éstos por subsectores y, ponderándolos en función del total de insumos utilizados, se estimó la incidencia del tipo de cambio sobre los insumos en 26 por ciento para el conjunto del sector; el 74 por ciento restante está determinado, básicamente, por el IPC.

A continuación se recalcularon el VBP y los insumos, utilizándose el factor de corrección y los respectivos ponderadores. Ambos valores son mayores a los realmente alcanzados, pero la diferente ponderación hace que sea mayor el incremento del VBP, lo que aumenta el monto del VAB, que surge de la diferencia entre los anteriores (VBP-IS)

Esta diferencia alcanza a los US$ 181 millones, que sería el monto del traslado de ingresos que, vía atraso cambiario, el total del sector agropecuario realiza anualmente al conjunto de la sociedad.

Valor Bruto de Producción, Insumos y Valor  Agregado Bruto
(con información del BCU, 1994)
Millones de dólares
Agricultura
VBP 630
IS 261
VAB 368
Silvicultura
VBP 168
IS 10
VAB 158
Pecuario
VBP 1047
IS 304
VAB 743
Total
VBP 1844
IS 575
VAB 1269
IPC 1994 (%) 44,11
TC 1994 (%) 26,82
Factor de corrección (1) 1,1363
Ponderación VBP: IPC:20%
TC: 80%
Ponderación IS: IPC: 74%
TC: 26%
VBP corregido 2045
Insumos corregid 595
VAB corregido 1450
VAB corr.-VAB 181
(1): 1,4411/1,2682
Agricultura incluye las producciones vegetales, menos silvicultura. Pecuario incluye todas las producciones animales, incluida lechería.

En un trabajo realizado en 1992 por el ingeniero agrónomo Carlos Pérez Arrarte, con una metodología diferente, se calculaba en U$S 72 millones el efecto del atraso cambiario sobre el sector agropecuario en el ejercicio agrícola 90/91; en U$S 172 millones en el 91/92, y se estimaba que, para el siguiente ejercicio, el 92/93, podía llegar a los 200 millones(CIEDUR -Centro Interdisciplinario de Estudios sobre el Desarrollo, Uruguay-, 1992).

Por supuesto que la corrección de un desequilibrio macroeconómico de la magnitud del atraso cambiario (que se sigue acumulando) no puede hacerse de un plumazo, como los cálculos.  Además, una aceleración del ritmo devaluatorio afecta a todas las variables de la economía y los resultados finales esperables sólo pueden estimarse a través de modelos macroeconómicos, y no mediante cálculos como el que acá se presenta, donde se cambia una variables y “todo lo demás permanece igual”.

Pero, a pesar de ello, la cifra estimada -del orden de los U$S 200 millones anuales- aporta una idea de la magnitud de lo que el sector primario transfiere, por mecanismos no explícitos, al conjunto de la economía, en particular al consumo y a los sectores importadores. A esto habría que sumarle lo que también transfieren las agroindustrias y otros sectores industriales que producen bienes transables.

Promedialmente, los uruguayos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades reales en los últimos 5 años, a costa del deterioro de nuestro aparato productivo agropecuario e industrial. El actual cierre de empresas y el creciente desempleo nos están pasando factura.

El gran impuesto que pagan los sectores productores de bienes, sin pasar por ninguna ventanilla, es el impuesto cambiario. En su contra deben ir los reclamos, por lo que creo que es hora de deponer viejas banderas, que, quizás por inercia, algunos sectores siguen enarbolando.

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