El país de los diamantes

Cuadernos de Marcha
Junio de 1999

 Se trataba de un país pequeño, una especie de isla que había preservado su independencia en medio de poderosos vecinos. Su ubicación geográfica fue considerada estratégica en algún momento del desarrollo mercantil. Pero más tarde el comercio mundial empezó a desarrollarse por otras latitudes. Los primeros diamantes aparecieron en la misma época de la declinación comercial, por lo que el país pronto se convenció de que la producción diamantífera era su destino manifiesto.

Lo que empezó por ser una actividad puramente extractiva, pronto dio los primeros pasos de un proceso de industrialización. Impulsada por los vientos favorables de la sostenida demanda mundial de diamantes, la incipiente industria diamantífera empezó a desarrollarse y diversificarse. Favorecida por los adelantos tecnológicos alcanzados en los países desarrollados, que fueron tempranamente incorporados, la industria local pasó de la simple extracción, clasificación y empaquetado, al pulido y fraccionamiento de los diamantes, a la utilización cada vez más integral de las gemas.

Claro que no era lo suficientemente competitiva como para llegar a la producción de bienes de consumo final, como joyas e instrumentos, ni para poder funcionar importando la materia prima, frente a un eventual agotamiento de los yacimientos nacionales. Tampoco llegó a desarrollarse la industria de los bienes de capital para la producción diamantífera, que permitiera la producción nacional de los equipos para la extracción e industrialización. Pero en las etapas iniciales del procesamiento de los diamantes, la industria local sí alcanzó un buen grado de desarrollo.

De la mano del desarrollo industrial, dieron los primeros pasos los servicios de apoyo a la producción. Inicialmente solo se trató del papeleo necesario para la exportación. Pero en la medida que el volumen de extracción y los procesos de industrialización avanzaban, los servicios de pre y post producción también lo hacían. Todo esto generaba riqueza, y el país, a pesar de sus escasas dimensiones físicas, pronto se ubicó dentro de los de mayor nivel de desarrollo de su región.

Para que lo anterior ocurriera, fue necesario el desarrollo de un Estado relativamente fuerte, que logró cierta consolidación de la identidad nacional captando y redistribuyendo parte de las rentas generadas. Primero, con impuestos a la exportación, recortó las rentas mineras y con ellas apoyó el desarrollo industrial. Posteriormente –el desarrollo económico también trajo la diversificación de los instrumentos distributivos, alguno de los cuales hasta era de mal gusto nombrar- fueron recortadas las rentas del conjunto del aparato productivo de bienes y con estos recursos se apoyó el desarrollo del sector terciario de la economía.

Entre los primeros servicios públicos que se desarrollaron, estuvieron la salud y la educación, que aumentaron la esperanza de vida y la cultura de la población, consolidando una leyenda que se perpetuó a lo largo de los años. Pero también crecieron los servicios privados, empezando por la propia salud y educación, ya que en ambos terrenos el sector público cada vez respondía menos a las demandas de ciertos sectores de la población.

Pero además la industria, casi toda vinculada directa o indirectamente con los diamantes, se reconvertía tercerizando crecientemente actividades como mantenimiento, limpieza, seguridad, alimentación del personal, envíos, etcétera, por lo cual el sector servicios seguía creciendo. En el mismo sentido operaba el comercio, que en gran medida crecía al influjo de las importaciones de bienes de consumo que la abundancia de divisas hacía posible.  También se fue consolidando una corriente turística hacia el país que, aunque estacional y sometida a los vaivenes de las economías regionales, fue importante en el desarrollo de servicios vinculados a las comunicaciones y la hotelería, aunque no faltaban opositores que sostenían que también servía para el desarrollo de actividades menos deseables.

Entre tantos adelantos, desde tiempo atrás el país contaba con Cuentas Nacionales. Ellas fueron ilustrando a la población sobre la evolución de la estructura económica de un país en desarrollo. Los diamantes, que mineros de pocas luces consideraban la base de la economía nacional, en la actualidad no llegaban a explicar el 10% del Producto Bruto Interno, mientras que la industria apenas alcanzaba al 30%. Lo verdaderamente  importante habían pasado a ser los servicios, que daban cuenta de más del 60% de la riqueza generada en el país. Lo que no dejaba de ser un motivo de orgullo dado que se aproximaba al peso relativo que presentaban los sectores primario, secundario y terciario en los países desarrollados.

Un buen día, negros nubarrones oscurecieron el cielo del país de los diamantes. En primer lugar, algunas modas –frívolas por definición- le estaban volviendo la espalda a lo que parecía una natural inclinación humana al consumo de joyas. Además ya se experimentaba con la producción de diamantes artificiales, y algunos usos industriales habían sido sustituidos por productos sintéticos, todo lo cual había disminuido la demanda por diamantes y por consiguiente su precio. A todo esto se sumaba una creciente crisis económica regional que sumía en la recesión a los principales socios comerciales del país.

Los mineros bajaban a la ciudad y leían proclamas incendiarias, la inquietud popular iba en aumento. En tanto, los economistas del Gobierno pedían calma. Cuentas Nacionales en mano, explicaban que la crisis de los diamantes, además de ser un hecho normal en la economía, no tenía mayor importancia para el país, que tenía una economía diversificada, donde lo realmente importante eran la industria y sobre todo los servicios. El sector primario solo representaba el 9% del PBI y ocupaba poca mano de obra, dado el desarrollo tecnológico que habían experimentado los procesos extractivos. Por otra parte, poca gente vivía en las zonas mineras, lo que no dejaba de tener su importancia.

Cuando la tensión social llegó a su clímax, me desperté, sobresaltado, empapado en sudor. Todo había sido un sueño. Poco a poco me fui serenando, al tomar conciencia de que estaba en mi querido Uruguay, con su economía diversificada, con su estabilidad a prueba de los remezones de los mercados, gozando de la plena confianza de los inversores internacionales. Nada teníamos que ver nosotros con esas republiquetas de monocultivo, llámese bananas o diamantes, cuyas economías dependen del sector primario. Al fin logré tranquilizarme. Pero no pude volver a dormirme.

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