¿Es sustentable la euforia ganadera?

El País Agropecuario
Junio de 1995

Durante 1994 fue ganando cuerpo en el ambiente ganadero un estado de optimismo respecto al desempeño futuro del sector, que, con el correr de los meses, se ha ido transformando en un estado que se podría catalogar de eufórico. Precios de carne y lana, cambio de estatus en el tema aftosa, estabilidad regional, año electoral y clima, coadyuvaron en la generación de optimismo. Y, luego, el propio ambiente de optimismo, retroalimentándose, está teniendo manifestaciones -a mi juicio desmedidas- si se las visualiza dentro del contexto actual y de las perspectivas existentes. Pero veamos los hechos.

En relación a los precios de los productos ganaderos, el incremento ha sido notable en el último año. En primer lugar, la lana, como resultado de la drástica reducción de la oferta australiana y de la reactivación de las economías desarrolladas, experimentó en el último año un fuerte incremento de precios, en términos nominales. Claro es que venía de un período –1992-94- donde los precios reales recibidos por el productor uruguayo fueron los más bajos desde que se llevan registros, por lo que el nivel actual, hablando siempre en términos reales, no llega, en una comparación histórica, siquiera a ser bueno.

La carne vacuna, que había mantenido valores nominales relativamente estables en los años anteriores, experimentó, a partir del segundo semestre del 94, un aumento importante, como resultado de la masiva demanda brasileña, derivada del Plan Real. El incremento de la demanda se manifestó a todos los niveles, pero tuvo especial impacto en la exportación de ganado gordo en pie. Esta fue la causa de que, internamente, la faena mostrara un incremento de la proporción de animales con dentición incompleta, lo que erróneamente ha sido interpretado como una manifestación del avance tecnológico de la producción primaria.

Lo anterior se observa en la gráfica, donde se muestran los precios del kilogramo de novillo gordo, expresados en dólares corrientes y en pesos constantes de abril del 95. Pero, antes de seguir con los precios, el tema de “reales y nominales” merece párrafo aparte.

A esta altura de la historia de la inflación en el Uruguay, a nadie se le ocurre hablar de precios en pesos corrientes. Pero llevamos 10 años de inflación en dólares, a pesar de lo cual mucha gente toma los precios en dólares como expresión de moneda constante. Aunque el deflactor por IPC admita críticas –entre otras razones porque no todos los componentes del costo de producción varían sus precios en base a dicha tasa-, es, por lejos, el indicador que se aproxima más a la realidad de la producción ganadera. Impuestos, servicio de deuda, salarios y alimentación, entre otros, son componentes directamente vinculados con el IPC. Incluso, elementos naturalmente más vinculados al tipo de cambio, como los insumos importados, tienen siempre una parte no despreciable del costo al productor afectada por el IPC. En el caso de los combustibles, esto se ve incrementado, además, por un impuesto.

Volviendo a los precios, la lana Corriedale, en la zafra 1994-95 alcanza, en términos nominales (dólares corrientes), un valor 20 por ciento superior al promedio de las últimas 10 zafras, pero en términos reales (pesos constantes) sólo llega a 68 por ciento de dicho promedio. Para la lana Merino, estos valores son de 13 por ciento por encima del promedio, y 62 por ciento del mismo, respectivamente. En la carne, en términos nominales, el precio del ejercicio 1994-95 fue 24 por ciento superior al promedio, pero en términos reales solamente alcanzó a 71 por ciento del promedio de los últimos 10 ejercicios. Son datos coyunturales positivos, pero muestran, también, lo lejos que estamos de precios realmente buenos.

Otra manifestación de la “euforia” es el incremento de las inversiones. Aunque no se conocen datos muy concluyentes al respecto, no sería de extrañar que existiera un aumento relativamente importante de los mejoramientos de pasturas, dado que los precios relativos son favorables. En este otoño se pudo hacer 1 hectárea de pradera en cobertura con el precio de 2 capones, o, con 1 novillo, 7 hectáreas.

Si bien estas relaciones son importantes desde el punto de vista del financiamiento de la inversión, no tienen nada que ver con la rentabilidad que arrojará la producción que se realice con ella, dado que son inversiones que se descuentan en un período relativamente largo, durante el cual los precios varían. La “rentabilidad instantánea” que surge del cálculo en base a costos y precios del momento, puede tener poco que ver con la rentabilidad real. Que hoy los mejoramientos sean “baratos”, en relación al producto, induce a hacerlos y bienvenidos sean, pero no asegura que serán rentables (esperemos que lo sean).

Para evaluar el impacto que, para el conjunto del sector, pueden tener estos mejoramientos, se debe considerar que, para mantener la base forrajera en la ganadería, se requieren entre 200.000 y 300.000 hectáreas nuevas de praderas por año. El incremento por encima de estos valores será el que realmente genere mayor producción. Cuando estén disponibles los datos del 95, se conocerá la real magnitud del incremento del potencial productivo que se anuncia.

El tema de los impuestos se suele manejar en un tono reivindicativo que no se caracteriza por su objetividad. Después del “ajuste” de inicios del anterior gobierno, que elevó la presión impositiva, medida como porcentaje en relación al PIB (Producto Interno Bruto) sectorial, de 11,9 por ciento (en 1989) a 14,1 por ciento (en 1990), la presión sobre el sector fue disminuyendo y se llegó al último año electoral con apenas 9,1 por ciento.

Pero en el 95 la cosa está cambiando. Además de “ajuste” de rigor, la fuerte valorización de los inventarios (superior al 80 por ciento, si nos atenemos a la Canasta Ganadera del BROU) generará un aumento de la base imponible, coadyuvará a provocar un “pico de presión” cuando se comience a pagar el ejercicio 1994-95.

El ingreso del país al circuito no aftósico es otro de los pilares del optimismo. Y, ciertamente, es un logro importante. Pero creo que se exageran sus alcances. El 85 por ciento de las compras de Estados Unidos son de carne manufacturada, a precios no muy diferentes de las exportaciones actuales de Uruguay. El 15 por ciento restante, al igual que los mercados de Lejano Oriente, son segmentos de muy difícil acceso, por tratarse de mercados muy protegidos. El tener una cuota asignada abre una puerta a esos mercados, pero no asegura nada. Veremos cómo nos va en su conquista.

Un elemento que resaltamos cuando nos perjudica –pero que mencionamos poco cuando nos beneficia-, es el clima. Los meteorólogos coinciden en que la “fase cálida del Niño”, que se iniciara hacia 1990 en esta región, genera niveles de precipitaciones y temperaturas mayores a los normales. Las mayores temperaturas medias –aunque sólo hayan sido, en el período 1990-94, de alrededor de 1 grado más, en promedio- tienen un efecto muy importante en las pasturas.

Dado que también ha llovido más que el promedio en este período, aumenta el nivel de humedad, que actúa como buffer, y hace que se eleve significativamente el nivel de las temperaturas mínimas, que disminuyan las heladas y que se reduzcan, también, los picos de máximas temperaturas. Elementos todos que favorecen la producción de forraje.

Dado que ambas variables –temperatura y precipitaciones- crecen en Uruguay de sur a norte y de este a oeste, el fenómeno antedicho tiene aún mayor incidencia en la zona ganadera, en particular en el Basalto, los suelos más susceptibles a la sequía. Hay coincidencia, también, en que la “fase”, que responde a un ciclo de largo plazo, no debería durar mucho más de los 5 o 6 años que ya ha durado, por lo que la bonanza climática de los últimos años podría estar cercana a su fin.

Los elementos anteriores dan, a mi juicio, para un moderado optimismo, porque sacamos la cabeza de abajo del agua, lo que no es poco. Pero de ninguna forma dan lugar a que se genere un ambiente de euforia, que, crecientemente, va distorsionando el marco en el que se toman decisiones. Y esto es muy peligroso, porque la toma de decisiones fuera de contexto es una lotería, donde lo que se apuesta es mucho más que el valor de un billete.

Las personas que forman opinión tienen una gran responsabilidad en este sentido, ya que llevados, quizás, por la mejor de las intenciones, generan expectativas de dudosa realización. Este voluntarismo, que alcanza su máxima expresión cuando se recomienda compensar los efectos negativos del atraso cambiario –tema macroeconómico- mediante un mágico incremento de la productividad a través de grandes inversiones (de dudosa rentabilidad) a nivel de predio –tema microeconómico- tiene antecedentes muy dolorosos en el país, que se pueden revisar en muchas instituciones, incluidos los juzgados. Cuando no compartimos los riesgos, debemos ser doblemente cautos en las recomendaciones.

1995-6 es sustentable

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