José Bové, un explotador con carisma

El País Agropecuario
Noviembre del 2002

Observamos constantemente, a través del bombardeo mediático, las actividades de algunos personajes que se asignan el papel de cruzados del bien y azotes del mal, dondequiera que el mismo se halle o de la forma que adopte. Algunos son muy notorios por el liderazgo político o religioso que ejercen, y esas listas son seguramente encabezadas por George Bush y Juan Pablo II. Pero los hay de otro tipo, dado el carácter supuestamente robinjudesco de sus actividades, lo que hace que su prédica subyugue, sin mucho análisis, a amplios sectores de la sociedad. Entre estos se destaca el francés José Bové, uno de los líderes del “movimiento anti globalización”, o de los “globalifóbicos” como les dicen sus oponentes.

Su currículum dice que se dedica a criar vacas y ovejas, que es fundador de la Confédération Paysanne (sindicato rural francés) y dirigente de la Vía Campesina (coalición internacional de organizaciones campesinas). Después de estos datos de aroma telúrico-progresista, vienen los de peso. “Es un hombre de acción que practica la desobediencia civil. En marzo del 2001 se sumó a los zapatistas mexicanos en su caravana de la dignidad indígena. Este año acompañó como escudo humano a Yasser Arafat durante el sitio de las tropas israelíes al edificio de la Autoridad Nacional Palestina en Ramallah. En febrero del 2001, junto al movimiento de Trabajadores sin Tierra de Brasil, destruyó plantaciones de maíz transgénico” (Brecha, 28/6/02, tomado de La Jornada, de México). Se hizo famoso en 1999 cuando junto a un grupo de seguidores destrozó un local de McDonald´s en Milán en protesta contra las restricciones estadounidenses a la importación de productos agrícolas franceses.

El supuesto que subyace a la enumeración de todas estas acciones, es el que, como las realiza la misma persona, son todas del mismo signo, todas apuntan a un objetivo común, porque todos sus “defendidos” -campesinos franceses, indígenas mexicanos, palestinos, trabajadores rurales brasileños etc- tienen un enemigo común: “la globalización”. Y eso sería condición, necesaria y suficiente, para que sus intereses sean comunes. Pero esto es una falacia que se debe combatir, independientemente de lo simpática que pueda resultar alguna de esas acciones.

En caso de hacer un análisis clasista, se diría que la única clase que Bové objetivamente defiende es la propia, la de los campesinos franceses. Y defiende esos (sus) intereses, que son objetivamente contrapuestos a los de los campesinos no europeos, incluyendo  los sin tierra brasileños, los indígenas mexicanos, o los paisanos uruguayos. Cuando destruye el McDonald´s, protesta porque EEUU le hace a la UE lo mismo que ambos nos hacen permanentemente a nosotros, y de lo que Bové es beneficiario. Lo de la marcha, lo del escudo humano, es parte del circo. El “internacionalismo campesino” que nos quiere vender, es, como el proletario, otro internacionalismo que no existe.

Francia como los demás países de la UE, como Estados Unidos, como Japón, utiliza los enormes recursos de su economía para proteger su producción agrícola, que en un régimen de libre competencia sucumbiría ante la de los países del “tercer mundo”, que producen con costos muy inferiores. Ese proteccionismo es posible dentro de  la OMC porque el comercio de productos agropecuarios fue excluido de las negociaciones desde los inicios de la organización (cuando era el GATT), como excepción solicitada por EEUU en el entendido (de los países desarrollados) que la agricultura representaba un “sector especial” por razones de seguridad alimentaria. Esto implicaba la posibilidad de aplicar restricciones a las importaciones agrícolas, prohibidas para los demás productos (los que ellos exportan). Se autorizaba además la utilización de subvenciones a la exportación, que, con esta normativa favorable, se fueron multiplicando a lo largo del tiempo.

Con esta fundamentación, los países desarrollados limitan o cuotifican nuestras exportaciones preservando mercado para sus propios productores, y exportan sus excedentes agrícolas con enormes subsidios –o hacen donaciones con los mismos,- bajando los precios internacionales en perjuicio de los países agroexportadores. Es cierto que esto puede beneficiar a algunos países pobres que reciben esos alimentos regalados o baratos, pero acá se aplica aquello de regalar un pescado o enseñar a pescar. Por otra parte, la ayuda de los países ricos al tercer mundo se estima en 54 mil millones de dólares, mientras que los subsidios a sus agricultores se estima en más de 300 mil millones anuales (se habla de mil millones diarios) La relación es de 6 a 1. Nos ganan por goleada.

La línea argumental que se sigue para borrar con el codo lo que se escribió con la mano, es decir, para no aceptar a nivel agrícola lo que se nos impone a otros niveles, pasa por lo que los europeos han dado en llamar la “multifuncionalidad” de la agricultura. Se sostiene que más allá de las funciones primarias tradicionales, como son la producción de alimentos y de algunas fibras, y de ser el sostén de la “seguridad alimentaria”, la agricultura cumple otra serie de funciones. Ellas son, por ejemplo, el mantenimiento de la biodiversidad, esencial para el mejoramiento actual y futuro de animales y plantas y para la salud humana, la preservación de la viabilidad de las áreas rurales y a la población rural en el campo, al mantenimiento del paisaje agrícola y de la herencia cultural.

Estas dimensiones no-alimentarias de la agricultura tendrían características de “bienes públicos” que justificarían una intervención gubernamental. El enfoque basado exclusivamente en las fuerzas del mercado tendría limitaciones para el tratamiento de los bienes públicos, y por lo tanto la agricultura debe ser tratada por separado en el sistema multilateral de comercio. En una palabra: exactamente lo opuesto de lo que le interesa a los países cuyo sector competitivo es precisamente el agropecuario, como es el caso de Uruguay, los que se verían enormemente beneficiados por una liberalización del comercio de estos bienes.

Por supuesto que una eventual liberalización del comercio agrícola, por parcial que fuese, también incluiría una serie de aspectos que acá no se analizan, porque exceden claramente el alcance de este artículo.  Estos aspectos se vinculan con los productos seleccionados y los ritmos y plazos de caída de las barreras arancelarias, con el no surgimiento de nuevas barreras para-arancelarias que sustituyan las anteriores, y sobre todo, por lo que nos pedirán a cambio, porque nada se regala en el comercio internacional. Todo esto se debe negociar, avanzando de a poco. Pero lo primero es llegar a ponerlo sobre la mesa de negociaciones, cosa que hasta ahora no se ha logrado.

Lo que argumentan los países agroexportadores –que en la OMC se nuclean en el “Grupo de Cairns” del que Uruguay forma parte- es que los países desarrollados pueden mantener a sus agricultores en el campo y atender a la “multifuncionalidad”, a través de mecanismos de pagos directos con ese fin –como los seguros por desempleo- eliminando así las distorsiones que generan esas intervenciones, responsables de enormes traslados de ingresos desde los países del “tercer mundo” hacia los desarrollados importadores de alimentos baratos. Lo que nosotros pedimos y los europeos niegan, es que las legítimas preocupaciones relativas al ambiente, al desarrollo rural, la seguridad alimentaria y otros por el estilo, sean remitidas al ámbito de las políticas específicas en ese sentido, desconectadas de la producción y el comercio de bienes agrícolas. Pero esto no convence a Bové y los suyos, que de esta forma dejarían de aparecer como la reserva moral y ecológica del eficiente mundo desarrollado, para aparecer como lo que realmente son, sectores artificialmente mantenidos de las economías más poderosas del mundo.

Otro aspecto que representa una amenaza creciente para la liberalización del comercio agrícola, es el de las normas sanitarias y fitosanitarias y las reglamentaciones técnicas, que cada vez más son usadas como instrumentos de restricción al comercio, en forma de barreras no-arancelarias. En este sentido apuntan las iras de Bové contra los transgénicos, y como este tema también está totalmente ideologizado, se mezclan sin pudor los intereses de Bové con los del Movimiento Sin Tierra.  Esto era lo que construía el líder campesino cuando destruía los cultivos de maíz transgénico en Brasil.

Que Bové adhiera a algunas causas que se pueden compartir (esto queda a juicio de cada uno) y que se juegue por ellas como es justo reconocer que lo hace, no implica que su objetivo central deba también ser compartido desde acá, desde el sur. Una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Pero a los que se refugian bajo un cascarón ideológico que de todo los protege, contra el que rebota cualquier razonamiento, estos argumentos le suenan a disquisiciones destinadas a encubrir los malvados designios de los poderosos contra los pobres del mundo. Y desde una posición supuestamente progresista aplauden entusiasmados cuando Bové defiende los intereses de un campesino francés cuyo ingreso es de 30.000 dólares anuales, en perjuicio de uno brasileño, cuyo ingreso es de 300.

 

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