La industria lanera y la fábula del cerdo y la gallina

El País Agropecuario
Noviembre de 1998

La gallina le dice al cerdo “Tú y yo podemos hacer grandes cosas juntos” y el cerdo le pregunta “¿Pero qué?”. La gallina, sin inmutarse, le responde “Vender huevos con jamón” El cerdo se queda pensando, y de pronto se da cuenta que para realizar esta “acción conjunta”, debe aceptar que lo corten en fetas.

El que recuerda la fábula, un dirigente sindical italiano, expresa en esta forma simpática, el viejo principio de que toda buena negociación debe basarse en un “toma y daca” es decir que cada parte interviniente debe ceder en algo para obtener otra cosa en contrapartida.

Durante décadas, las industrias procesadoras de materias primas agropecuarias, basaron su competitividad en su poder de determinación del precio de la materia prima, con lo que se aseguraban un margen aceptable, o muy bueno, según las circunstancias. En contraposición, los productores agropecuarios se enfrentaban al “enemigo” manipulando su oferta de materia prima -reteniéndola, sacrificando calidad en aras de cantidad o de reducción de costos etcétera- también según sus posibilidades y circunstancias.

El aumento de la competencia entre la industrias, el acceso de organizaciones de productores a las fases de industrialización, la apertura de mercados, la mejora en los sistemas de información, y otros factores, llevaron a que, con el correr del tiempo, mejorara la transparencia de los negocios agroindustriales, y con ella se aclararan bastante las cuentas. Y con el aumento de la transparencia, fue tomando cuerpo la idea de que es imprescindible la instrumentación de “acciones conjuntas” donde se repartan equitativamente los beneficios, y no como en la fábula mencionada.

Un ejemplo claro es el de la industria lanera. Durante años el SUL promovió, con escaso éxito, el acondicionamiento de la lana durante la esquila, lo que redunda en mejoras del producto industrial. Apelaba a la conciencia del “buen productor”, el que no recibía ninguno de los beneficios, pero pagaba los costos de la mejora de la calidad del producto. Recién cuando las peinadurías de lana empezaron a pagar precios diferenciales que no solo cubrían los costos sino que además premiaban el acondicionamiento, el mismo empezó a hacerse, y actualmente se acondiciona una proporción importante  de la producción total.

En el mismo sentido, la industria textil lanera también presenta un ejemplo de flexibilidad en la estructura industrial, que en definitiva redunda en beneficio de las distintas fases productivas, al ser una de estas empresas propiedad de productores primarios. En 1990, una cooperativa nacional -Central Lanera Uruguaya- se asoció con una transnacional -ADF- instalando una planta industrial en sociedad. Esto era impensable en Uruguay hasta esos años. Algunos podían catalogarlo hasta de “traición” a los principios cooperativos.

Pero esa decisión le permitió a CLU acceder a una escala industrial eficiente, a la mejor tecnología disponible, y cada uno hizo su negocio, sin interferir con el otro. La cooperativa sobrevivió -que es la primer condición para poder seguir aplicando los principios cooperativos- los que siguió aplicando, sin ver menoscabada su autonomía. Y la industria ha crecido, a pesar de la aguda crisis de la producción lanera.

Los casos anteriores pretenden ejemplificar respecto a la necesidad, cada vez más imperiosa, de buscar mecanismos asociativos simbióticos, que mejoren la eficiencia del conjunto del complejo productivo. Para ello hay que apostar a la transparencia y a la creatividad, para buscar soluciones que se basen en principios de equidad. Para ello debemos superar antiguos resquemores que, aunque muy fundados en su momento, no nos pueden mantener en el inmovilismo, al que nos lleva el ver, al que debe ser un socio, como el enemigo a derrotar.

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