La necesidad de un shock positivo

El País Agropecuario
Abril del 2000

Las peculiaridades económicas del sector agropecuario son tan reiteradas por los integrantes del mismo como difíciles de aceptar por los foráneos. No es tan extraño que esto ocurra, si nos atenemos al estudio de los textos de economía o al análisis de las cuentas nacionales. Al fin y al cabo es un sector económico que, como cualquier otro, utiliza insumos de otros sectores productivos, ocupa mano de obra, demanda servicios, genera un producto, paga impuestos, tiene empresarios de todo tipo y, mal que bien -en este caso más mal que bien- hace lo que los españoles llaman “gestión de entorno” y los norteamericanos “lobby”.

Pero para el que haya vivido o trabajado en el campo, y más aún, para el que haya asumido los riesgos inherentes a las actividades productivas agropecuarias, las peculiaridades son tan evidentes, como irritante la no comprensión de las mismas por parte de los que no tienen las mismas experiencias y/o viven “bajo techo”. Con dos agravantes: que el sector agropecuario ha sido fundamental en la construcción de ese “techo”, y que esa no comprensión suele manifestarse a través de comentarios sarcásticos, cuando no francamente ofensivos.

Porque es fácil la caricaturización de un sector o grupo humano por medio de un arquetipo despreciativo como puede ser “el estanciero panzón” para los productores agropecuarios, [1] “Manolito” para los almaceneros o “el porteño” para los turistas. Lo difícil, pero importante, es lograr que todos nos pongamos a trabajar para superar esa mala imagen, que lleva a la incomunicación, y con ella, a la ignorancia mutua. Un mal muy extendido en el Uruguay, país urbano “con vista al mar” que, por un lado desprecia su base económica agropecuaria, y por el otro, ve en lo “montevideano”, un sinónimo de vida fácil y a costa de los demás.

Volviendo a las peculiaridades, las mismas derivan principalmente de la invariabilidad y la duración de los ciclos biológicos determinantes de los procesos productivos, y del hecho de que esos mismos procesos se realicen básicamente a la intemperie, es decir sin control sobre el ambiente,  caracterizado por un clima tan errático en su comportamiento como lo es el uruguayo. Por eso los países que tienen sectores agropecuarios más desarrollados, lo han logrado poniéndolo a cubierto de esas peculiaridades adversas, ya sea mediante subsidios y otras formas de protección (Estados Unidos, Unión Europea, Japón), o por medio de tipos de cambio favorables para la exportación (Australia, Nueva Zelandia).

Las determinantes biológicas condicionan de forma tal los resultados económicos, que generan inercias en el comportamiento empresarial, difíciles de entender por un empresario no vinculado al sector. Esas inercias se manifiestan en expresiones del tipo “no me puedo bajar de la bicicleta” que vistas desde afuera y a posteriori de los hechos, dan la impresión de un comportamiento suicida. Pero ¿que hace un plantador de arroz que perdió mucho dinero en la zafra anterior, pero que tiene los equipos, el sistema de riego y la deuda en el banco? Se endeuda  más y vuelve a plantar, y si es posible mayor área, para ver “si se le dá”. Y con las especificidades del caso, lo mismo hace el ganadero, el lechero o el triguero, con el entore, la pradera o la siembra.

Cuando ese productor “jugado” lee o escucha comentarios del tipo “tan mal no les irá, si siguen invirtiendo” o “el sector está bien, los números son irrefutables”, es lógico que haga algo raro, como rodear el Palacio Legislativo, como hizo el 13 de abril del año pasado. Pero todo tiene su límite, esas inercias también se acaban, y ese es el punto de no retorno, al que lamentablemente están llegando muchos productores. Son los que ya no lo quieren volver a intentar, los que están viendo como salir (de un sector en el que todos quieren vender) los que bajaron los brazos, y se arrepienten de no haberlo hecho antes. Porque en el agro, cuando “los números macro” lo anuncian, es porque ya viene pasando hace tiempo.

El Poder Ejecutivo de la actual Administración es sin duda conciente de todo esto, ha manifestado su preocupación, y está trabajando en la instrumentación de medidas de política sectorial que implican una sensibilidad y un cambio de rumbo sustancial respecto al Gobierno anterior, donde primaba la idea de que la creación de un ámbito desregulado donde los agentes económicos se movieran con la mayor libertad, era no solo condición necesaria, sino también suficiente para el óptimo desarrollo del sector.

Lo grave, para los productores y también para el Gobierno, es que la cosa a esta altura no se soluciona con paños tibios. Las secuelas de la sequía son muy graves, el endeudamiento [2] pesa enormemente y la recuperación de nuestros principales mercados no es tan rápida como sería de desear. En estas condiciones es extremadamente difícil instrumentar medidas de política que tengan un impacto importante a corto plazo, y que además no sean desequilibradoras de la política macroeconómica o socialmente inaceptables (como los “perdonazos”).

El atraso cambiario, la crisis asiática, la rusa, la brasileña, y al final la sequía, fueron un cúmulo de situaciones adversas que compensaron con creces el buen contexto regional existente hasta 1998. Fueron shocks negativos, que requieren de otro de sentido contrario para recomponer mínimamente la situación. La toma de conciencia del conjunto de la sociedad respecto a la necesidad de asumir costos sociales para obtener -en principio- beneficios privados, es un punto crucial en el cual durante el último año se ha avanzado bastante, aunque se trata de una tarea sumamente difícil. Porque para aceptarlo, antes hay que entender dos cosas: primero, que previamente han existido enormes transferencias de sentido inverso, y segundo, que esos beneficios privados, en el mediano plazo redundarán en mayores beneficios sociales (vía aumento de la recaudación fiscal y de las Intendencias, dinamización de los servicios de apoyo, repago de deudas, aumento de las exportaciones etc)

El shock positivo que el sector agropecuario reclama exige de un gran esfuerzo al país en su conjunto. Pero hay que ser conciente que, entre las expectativas de los productores y las posibilidades reales del Gobierno, existe una distancia apreciable. Lo mismo ocurre entre los plazos: se requieren soluciones inmediatas, pero las más factibles de instrumentar maduran a mediano y largo plazo. Por eso, hoy más que nunca es imprescindible que desde ambas partes se proceda con madurez y realismo.

Se han anunciado algunas líneas de acción, como ser el reperfilamiento de pasivos y rebajas tributarias para aliviar la situación financiera, nuevas líneas de crédito para siembras de cultivos y pasturas para enfrentar el próximo invierno, priorizando el sostenimiento de la estructura productiva. A más largo plazo, se encara el apoyo a una mayor apuesta tecnológica, al fomento de formas asociativas, a la capitalización de las empresas y al aumento de la eficiencia de las cadenas productivas agroindustriales, lo mismo que al fortalecimiento institucional necesario para canalizar esos apoyos.

Bienvenidas sean estas medidas, y ojalá puedan instrumentarse en forma rápida y efectiva. No serán del gusto de algún guardián de la fé liberal, que añorará la década pasada sin estas “distorsiones” (y con estos resultados). Pero el que conozca el sector y sus peculiaridades, venga del tronco liberal o de cualquier otro, sabe que se trata de acciones imprescindibles e impostergables.

 

[1] A pesar de esta difundida imagen, el 95% de las empresas ganaderas, con el 64% de la superficie, en función de sus ingresos son definibles como microempresas, mientras que el 5% de “grandes” empresas ganaderas, apenas supera el ingreso de las “pequeñas” empresas urbanas (Ver “La dimensión económica de las empresas ganaderas” El País Agropecuario, Agosto de 1999)

 [2] En la actualidad se ubica en el entorno del 90% del producto sectorial, cuando hace 5 años no superaba el 40%. El nivel de endeudamiento relativo actual solo ha sido superado por el registrado en el bienio 1983-84, inmediatamente después de “la tablita”, cuando superó al 100% del producto.

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