Las malas palabras

El País Agropecuario
Noviembre de 1997

Como es de público dominio,  hay un Sumo Pontífice en Roma, y mínimos pontífices desparramados por la Viña del Señor. Estos, a diferencia de aquel, responden a diferentes dioses, y por lo tanto pontifican sobre temas variados, pero con un denominador común  en relación a su prédica : es la expresión de una verdad absoluta. Por consiguiente, quien ose cuestionarla, es un réprobo que, cuando menos, merece el desprecio de la parte sana de la sociedad, de la cual, el mínimo pontífice se declara portavoz. Una de las tareas del pontificado es la elaboración del index, la lista de las prohibiciones, y entre ellas, la de las palabras que no deben pronunciarse, las palabras tabú.

La palabra tabú es de origen polinesio y tiene dos significados opuestos : sagrado, y peligroso, prohibido, o impuro, es decir, que es lo que nos despierta un “temor sagrado”. Incapaces de diferenciar entre palabras y objetos, los salvajes imaginan que el eslabón entre un nombre y el sujeto u objeto denominado, no es una mera asociación arbitraria e ideológica, sino un vínculo verdadero y sustancial. Esta  concepción materialista de las palabras, que llevaba a que se prohibiera nombrar a los dioses, los muertos, los reyes o sumos sacerdotes, so pena de severos castigos, no está para nada erradicada en nuestra sociedad moderna.

En lo que a economía se refiere, desde que se derrumbó el mundo socialista y Francis Fukuyama postulara que asistíamos al fin de la historia, con el triunfo irreversible del liberalismo económico en su versión más radical, los pontífices que responden al dios Mercado  fueron dominados por la soberbia. Decretaron que toda realidad económica que no se ajuste a dicha concepción de la economía, es un error que debe subsanarse lo antes posible.  Y hemos llegado al extremo de que las palabras que denominan esos errores, son malas palabras, cuya pronunciación está prohibida.

Una de las “malas palabras” que ocupa un lugar destacado en el índex de estos pontífices, es la palabra “subsidio”.  Pero como el mundo sigue lleno de estos errores, de alguna forma hay que nombrarlos. Como el sustantivo “subsidio” está prohibido, se usa el sinónimo “apoyo” o el adjetivo “subsidiario”. Y es así como en el Uruguay oímos hablar del “apoyo a la forestación” o del “componente subsidiario” de tal o cual proyecto.

En uno de sus ensayos, Octavio Paz, tan erudito como ingenioso, nos dice que “al mercado no se lo puede dejar solo, porque es ciego”.  Paul Samuelson, tiene con Paz dos cosas en común : ambos ganaron el Nóbel -el mexicano de literatura, el estadounidense de economía- y ambos son insospechados de tener simpatías por la intervención del Estado en la economía.

A pesar de ello, Samuelson enseña que “el concepto de economías o deseconomías externas es importante…estas externalidades suponen efectos económicos buenos y malos para otros  provocados por el comportamiento propio. Dado que todas las personas a la hora de perseguir el bienestar y las ganancias individuales solo tienen en cuenta los beneficios o costos monetarios privados, tal como ellos los ven, existirá una divergencia entre los costos sociales y los pecuniarios privados. Esto significa que existe entonces una buena razón para la acción colectiva, por medio de subsidios o del control público, para expandir las situaciones que dan lugar a economías externas ; y lo mismo para contraer, mediante impuestos o prohibiciones, las actividades que implican deseconomías externas”

Cuando un pequeño productor ,“ineficiente” porque produce con costos unitarios mayores que el promedio, abandona finalmente la producción y se va a la ciudad, además del desarraigo, de la inserción siempre traumática, muchas veces marginal a la nueva realidad social, genera una serie de deseconomías para el conjunto de la sociedad.

Las más importantes son la pérdida del capital humano que ese productor, como tal, representa ; las eventuales necesidades de infraestructura -calles, saneamientos, luz, agua, escuelas etc- que tarde o temprano la sociedad deberá proveerle ; el costo del control y la prevención de la delincuencia que la marginación genera; el aumento de la desocupación. Pero además están todos los aspectos vinculados con el vaciamiento poblacional del país, con la necesaria ocupación del territorio, ocupación en cuya preservación , otras sociedades muy urbanizadas como la uruguaya -pero más lúcidas- invierten enormes sumas.

¿Alguien midió las “economías” que implica para el conjunto de la sociedad el hecho de que ese pequeño productor no abandone la producción, y con ella su lugar y forma de vida ? Si se hiciera, quizá descubriéramos que alguna forma de subsidio que lograra este objetivo, no solo sería socialmente justa, sino que sería la más eficiente desde el punto de vista económico.

Y no es porque en Uruguay no se subsidie, dados los compromisos internacionales asumidos ante el Mercosur o la OMC, o debido a la propia  línea económica del gobierno. Ninguno de estos elementos son limitantes, y las pruebas están a la vista. Se subsidia la asistencia técnica de pequeños y grandes productores, por medio de programas como el Pronappa, el Pronadega y el Plan Agropecuario ; se subsidian inversiones, en riego mediante el Prenader o en forestación al amparo de la Ley Forestal, y  la lista no es exhaustiva.

Lo que ocurre, a nuestro entender, es que se hace con vergüenza, con culpa, utilizando eufemismos, y lo realmente grave, no discutiéndolo abiertamente, porque es “mala palabra”. Y es así como los subsidios se disimulan, se los niega aunque estén a la vista, lo que les hace perder efectividad, y, por sobre todo, el conjunto de la sociedad no participa en su orientación ni su monto. Y es la que los paga.

Actualmente el país tiene 8 millones menos de ovinos de los que tenía hace 5 años, en el peor momento de la crisis de la lana. A los actuales precios de mercado, el valor de ese stock es superior a los 120 millones de dólares. Cuando los productores laneros pidieron un “apoyo”, se les respondió  “reconviértanse”. Hoy con las posibilidades de la carne ovina y cierta recuperación de la lana, probablemente estemos empezando a dar marcha atrás, a re-reconvertirnos, a volver a ser ovejeros. Inversiones y desinversiones tremendamente costosas, económicamente muy ineficientes, que si le tuviéramos menos miedo a las “malas palabras” quizá podríamos evitar, o por lo menos amortiguar.

El auge actual de la invernada lleva a que se faene un elevado número de vacas. Como por ahora hay reposición, no hay problema. Si miráramos hacia Argentina, veríamos que un proceso similar los llevó a diezmar sus rodeos, que ahora están recomponiendo con elevados costos.  ¿No se podría evitar esto “apoyando” a la cría, por ejemplo con un “premio” por ternero señalado ? Y que no se diga que los controles serían más onerosos que los beneficios. Hay toda una estructura montada que permitiría inspeccionar fácilmente a una muestra aleatoria de declarantes, con multas ejemplarizantes para el que haya hecho una declaración falsa ¿O como aplican sus controles los europeos y norteamericanos ?

Es que mientras los mercados ya se ajustan con velocidad electrónica, las vacas siguen tercas, demorando, entre gestación y otras yerbas, por lo menos un año en dar un ternero. Parece difícil que ambos ritmos se vayan  a acompasar en forma económicamente eficiente, sin que ninguna externalidad, en algún momento, que marque un poco el paso.

Además de las exoneraciones impositivas, el Estado subsidia el 50% de la plantación en  la forestación que se realice con determinadas especies, sobre suelos de prioridad forestal. Esta definición, cubre una amplia gama de suelos, incluyendo muchos con aptitud ganadera e incluso agrícola, lo que ha generado fuertes polémicas, en el plano económico y ecológico. Solo a título de hipótesis ¿no hubiera sido preferible subsidiar con el 100%, como hacen en Chile, pero solo a los suelos de aptitud estrictamente forestal ? Quizá faltó discutirlo, porque, dado que se trata de un tema prohibido, no había que “levantar la perdiz”.

Los ejemplos anteriores no pretenden ser más que eso,  podrían ser otros, y más numerosos. Podríamos entrar al sector financiero, pero el espacio es limitado. Solo a título de ejemplo, el Banco Pan de Azúcar le ha costado a la sociedad uruguaya, según la oposición, 45 millones de dólares, según el Ministro Mosca, solo 30. ¿O acaso estos no deben considerarse subsidios ?

Con estos ejemplos no se pretende dar recetas. Sí se pretende aportar a la  desideologización del tema de los subsidios, y aceptarlos como son, parte de la realidad cotidiana. Menos importantes que en otras épocas, por supuesto, pero para nada “tema laudado”. La interdicción sobre los temas no los hace desaparecer, solo logra que se traten y resuelvan peor de lo que se podrían tratar y resolver si se los discutiera libremente.  Los pontífices del Mercado, como otrora los del Estado, deberían comprender que el problema no son los temas, cualquiera que ellos sean, sino la pontificación sobre los mismos, cualquiera que ella sea.

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