Los principales desafíos para el sector agropecuario y agroindustrial

Revista “Agro Cooperativo”
Presentación de las ponencias del 11º Encuentro Nacional de las Cooperativas Agrarias Federadas.
Setiembre de 1996

Los cambios en las reglas del juego

En la exposición anterior el Ec. Fernando Antía analizó las perspectivas de la economía uruguaya en el contexto del Mercosur. Este contexto es el que está, mayoritariamente, determinando los cambios en las reglas del juego para el conjunto del sector agropecuario y agroindustrial.

Este proceso de integración económica regional y de liberalización comercial, en que se encuentra el país, inaugura una etapa inédita de posibilidades y riesgos en relación al desarrollo económico sectorial y nacional.

El propósito de esta charla es el de plantear algunas cuestiones vinculadas a la esturctura productiva agraria y agroindustrial, que en principio aparecen como condiciones previas para poder capitalizar, internamente, las potencialidades que brinda el proceso de integración.

Es oportuno mencionar, que los procesos de liberalización comercial y de integración, están estrechamente  vinculados con el incremento de la especialización en los procesos productivos. Los principales efectos benéficos de la especialización a nivel agroindustial, son los de que las empresas alcanzan una escala adecuada, operan con costos decrecientes y aumentan posibilidades de inversión, mejorando así su posición competitiva.

También dentro de la especialización, generalmente se constata un incremento de la especialización intra-industrial , en desmedro de la inter-industrial. Es decir de que las principales opciones no se plantean a nivel de ramas productivas en forma global, en el sentido de especializarse en las más eficientes y abandonar las otras, sino que, en cada actividad, se mantienen ciertas líneas de producción y se abandonan otras. La evolución del sector vitivinícola uruguayo en el último quinquenio, es un buen ejemplo de lo anterior.

Los procesos productivos, y en especial los agroindustriales, deben, no solo orientarse a la especialización, sino que la misma debe ser altamente flexible. Esta flexibilidad debe manifestarse en la capacidad de diferenciación del producto, de forma de satisfacer las variaciones de la demanda; en la capacidad de innovación, creando nuevos productos o mejorando los existentes; en el uso de tecnologías flexibles, fácilmente adaptables a los cambios, y finalmente, los principios de organización empresarial deben actualizarse permanentemente.

Dado que con el proceso de globalización la especialización  se vuelve inevitable –sobre todo para un país chico- y que esta debe ser flexible, es oportuno mencionar un par de aspectos centrales para el éxito de la misma.

A nivel macro, es necesario un contexto macroeconómico estable, que evite distorsiones en los equilibrios clave de la economía (tipo de cambio real, tasa de interés, etc.), y un sistema de incentivos orientados a la competitividad.

A nivel micro, un aspecto central de la especialización flexible es el nuevo tipo de relacionamiento que plantea. Debe combinarse la competencia de las empresas, con la cooperación entre las mismas; debe fomentarse el diálogo más amplio entre el sector productivo –empresarios, trabajadores- con el sector científico y el sector público; el estímulo al sector privado con un Estado que asume un papel central como orientador, coordinador e impulsor de políticas de formación activa de ventajas competitivas.

La aplicación de estos principios generales es pertinente en la coyuntura actual de las cadenas agroindustriales uruguayas, que históricamente han mostrado, salvo excepciones, una articulación más antagónica que asociativa, entre las distintas fases que la integran. En el punto siguiente se tratará, en forma individual, la situación y perspectivas de algunas de estas cadenas.

Ganadería de carne y lana

Carne vacuna

El momento actual –invierno de 1996- independientemente de la coyuntura climática ocurrida, de sequía y mucho frío, representaba a priori un momento de máximo riesgo de crisis forrajera, dada la presión de pastoreo existente, y a que las inversiones en pasturas no crecen, generalmente, al mismo ritmo que el stock total.

Es conocida la existencia de una importante brecha tecnológica entre la producción promedio del país –65 a 70 kg de carne equivalente- con lo alcanzado a nivel experimental, donde se quintuplican estos valores. Son múltiples y complejas las razones por las cuales esta brecha no se reduce significativamente en el país. La incertidumbre respecto al retorno económico –condicionado por riesgo climático y de precios de los productos- de las inversiones requeridas para levantar las restricciones alimentarias, aparece como una causa central del bajo nivel de adopción de las tecnologías existentes y probadas en el país.

Los incrementos constatados en la asociación de praderas con trigo, se han deteriorado en estos últimos dos años, por el incremento del precio de los granos, que llevó a que se araran muchas praderas y que se prefiriera sembrar trigo solo, buscando maximizar la producción de granos. También los mejoramientos extensivos que se habían incrementado en el norte, se han visto reducidos por razones climáticas.

En condiciones más “normales” de precios relativos granos/carne y de clima, se espera que la base forrajera pueda incrementarse por estas vías, lo que puede también fomentar una mayor especialización en la producción de carne, con zonas de cría y recría, e invernada asociada a la agricultura.

Los logros sanitarios alcanzados por el país, no han tenido un correlato  en los precios internos, dados los bajos precios en EEUU por la fase de liquidación de stocks debida a la suba de los granos, y los efectos adversos sobre la demanda de carne en Europa, derivados de la enfermedad de la “vaca loca”. A pesar de lo anterior –o por causa de ello- el nivel de faena ha venido creciendo sostenidamente, en particular en lo que va del 96, en que creció 26% respecto al año anterior.

Lana

El stock ovino en el país decreció al 5% anual entre 1992 y 95, pasando de 25.0 a 20.3 millones de cabezas, estimándose que esa caída se ha detenido en 1996, producto de las buenas pariciones de 1995. La disminución en los precios reales de la lana en el período, aunado a las mejores perspectivas asignadas a la carne, derivó en una sostenida sustitución de ovinos por vacunos.

Además, en las zonas agrícolas, la difusión del uso de herbicidas, dada la caída en sus precios, llevó a que en muchos establecimientos se dejara de tener ovinos, salvo los de consumo, pues ya no se justificaba su papel como “limpiador” de chacras.

Como contrapartida, se ha constatado una mejora en la calidad de la lana que llega a la industria, derivada del aumento del número de lotes acondicionados. La política de estímulos en el precio, fue determinante para que esto sucediera.

De todas formas queda un gran camino para recorrer en cuanto a la reducción de fibras coloreadas, vía manejo de la majada y durante la esquila. También hay una brecha de calidad importante derivada de la presencia de “pelos negros”, problema de origen genético que perjudica la calidad final del producto de lana. Pero poco avance puede esperarse en estos aspectos mientras el precio de la lana no haga más redituable la explotación.

En relación a los precios, las perspectivas no permiten ser demasiado optimista. Quedaron remanentes de la zafra anterior en los países productores, que aumentan la oferta en este año. Por otra parte, no se visualiza una dinamización de la demanda de nuestros principales compradores, en particular de China.

En cuanto a la industria topista, sigue trabajando a pleno ritmo, exportándose más de las tres cuartas parte de la zafra en forma de lana peinada. Incluso en las últimas zafras ha recurrido a la importación, de Argentina, Brasil, Chile y otros países, como forma de abastecerse de materia prima. Esto se ha debido a razones de precio y por tipos especiales de lana. Pero es claro que la existencia y el nivel tecnológico de nuestra industria topista, ha sido determinante para evitar una mayor caída del precio al productor, al poder acceder al principal mercado mundial, el chino, que compra básicamente lana peinada.

Una mención especial cabe al tema de la carne ovina. Las experiencias iniciadas por el SUL y Central Lanera con el Frigorífica San Jacinto, para la producción de corderos pesados diente de leche, marca el camino a recorrer para lograr una producción eficiente y de alto valor. El cumplimiento por parte de la industria de la nueva tipificación de carne ovina aprobada recientemente, es fundamental en ese sentido.

Respecto a la producción tradicional de capones y ovejas de descarte, la faena presentó un importante aumento en 1996, faenándose más de 300 mil cabezas en el trimestre abril-junio, más del doble que en el mismo período del año anterior. Para ello ha coadyuvado el bajo precio de la lana y el aumento en el precio de la carne ovina derivado también de la crisis de la “vaca loca”. De confirmarse esta tendencia, el stock volvería a caer en 1997, producto de la elevada extracción anual.

Agricultura

La agricultura nacional, después de una reducción importante del área durante las décadas del 70 y 80, se ha estabilizado en superficie, con un marcado incremento de los rendimientos. El aumneto de la producción resultante, ha transformado al sector en crecientemente exportador. Ejemplo de esto es el hecho de que la producción de arroz y cebada –los dos cultivos típicos de exportación- ya es superior en volumen al conjunto de los demás sectores. Pero además, el girasol ha dejado saldos exportables en las últimas 5 zafras, y el trigo en las dos últimas.

El aumento de largo plazo de la productividad estuvo asociado a una fuerte reducción del número de productores pequeños y medianos, del orden del 25% entre 1980 y 90. Aunque no hay datos más recientes, se estima que esta caída se ha reducido sensiblemente, habiéndose, probablemente estabilizado el número de productores en esta década.

Otro es el caso del arroz, donde, entre 1980 y 90 creció la producción (27%) pero también el número de exportaciones (23%) con reducidos incrementos en la productividad.

Este crecimiento de la producción agrícola y de su perfil exportador, se ha dado en un contexto de creciente desregulación del comercio regional. Sólo la cadena del trigo y los oleaginosos quedaron en régimen de adecuación dentro del Mercosur, llegando a arancel 0 en 2000. El arancel externo común disminuyó al 10% para el trigo, y al 8% para oleaginosos, maíz y sorgo.

El intenso cambio tecnológico fue posible por una serie de razones entre las que deben destacarse las siguientes:

* ubicación de los cultivos en suelos y zonas de mayor aptitud

* generalización y racionalización en el uso de insumos

* mejora en los materiales genéticos

* incremento de las rotaciones con pasturas

* aumento del tamaño de la maquinaria y equipos agrícolas

Un tema central en el futuro agrícola es el de la calidad. En el caso del trigo, históricamente hubo poca presión de la industria, hasta que la apertura permitió la entrada de productos importados de mayor calidad –que compiten favorablemente con los nacionales- lo que ha llevado a que aumenten las exigencias de calidad hacia la base primaria del complejo.

En la cebada en cambio, el liderazgo de la industria condujo un proceso de mejora constante de la calidad del grano. En el girasol, el cambio ha estado vinculado a la sustitución de los materiales genéticos por otros con híbridos con porcentajes mucho mayores de aceite. En el arroz, está en proceso un cambio en la forma de pago que favorezca la tradicional producción de arroz de alta calidad, ante el avance de variedades de menor calidad pero mayores rendimientos.

En cuanto a las perspectivas agrícolas, se esperan buenos precios para las próximas zafras, sin llegar a los picos de 1996. El precio actual del trigo a enero del 97 se ubica en los U$S 165, mientras que el maíz, para abril del 97 se estima en U$S 145. Pero todos los precios se caracterizan por su gran volatilidad, basta un anuncio del USDA, para que se produzcan fuertes variaciones especulativas al alza o a la baja.

En lo productivo, la principal incógnita es el área que finalmente se sembrará de arroz, dado el gran déficit hídrico existente, con muchas vacías a un mes de la toma de decisiones sobre el área a sembrar. Las otras producciones presentan en general buenas perspectivas en las fase primaria, pero con reparos en cuanto a la competitividad futura de la fase industrial, tanto de la industria molinera como de la aceitera.

Lechería

La lechería, es el rubro que presenta mayor crecimiento de largo plazo en el país, después del arroz. En el período 85/95 las tasas de crecimiento de la producción (3,6%) de la remisión (4,4%), del consumo (3,0%) y de la leche con destino a la industria (5,2%), muestran una clara aceleración del crecimiento en los últimos 5 años.

Dada la relativa saturación del consumo interno, la industria ha contado con una disponibilidad creciente de materia prima, a pesar de la exportación hacia Argentina de leche fluida, constatada en los dos últimos años.

Los precios de la leche al productor han crecido en dólares corrientes a una tasa del orden del 3% acumulativo anual, pero si se expresan en pesos constantes, la evolución marca una caída del 6% anual. En el mismo período los precios de exportación han crecido en dólares al 3,3% en el caso del queso, al 4,5% la manteca y al 7,6% la leche en polvo. Los precios en el mercado interno han crecido a tasas mayores, que varían entre el 6% para la leche fluida, hasta el 15,6% para el queso rallado.

Las exportaciones de lácteos crecieron espectacularmente en la última década, con tasas del 16,3 y 13,7% respectivamente en volumen físico y valor. En cuanto a la composición de las exportaciones, se constata la pérdida de importancia relativa de algunos productos tradicionales como el queso, la manteca, la caseína y el butter oil, y el aumento de importancia de la leche en polvo, y otros productos como la leche larga vida.

El sector exportador presenta una alta dependencia del mercado brasileño, donde ha mejorado mucho su nivel de inserción, sobre todo en Río Grande del Sur. El gran potencial de demanda de este país, las posibilidades de acceso vía Mercosur a Chile, los vínculos con México, Perú, etc., abren perspectivas optimistas para el futuro del sector.

A nivel interno, el ingreso de la transnacional Parmalat ha mejorado los niveles de competencia, lo que ha redundado en beneficio del conjunto del sector. La asociación de Conaprole con la transnacional francesa Bongrain para la elaboración de quesos finos con destino al mercado sudamericano, también es una señal positiva, por lo que implica en incorporación de tecnología, acceso a mercados y valorización de la marca.

Dos aspectos aparecen como temas conflictivos de difícil solución. El primero es el tema de los pequeños productores. El desarrollo de una tecnología que requiere crecientes escalas de producción, está implicando una creciente marginación de aquellos productores de menor superficie y reducido nivel económico.

Esto implica un problema económico y social que debe ser encarado con políticas específicas -tecnológicas, de créditos, de reconversión, etc.- que impidan la marginación de este importante núcleo de productores, estimados, conservadoramente, en no menos de 1.000. Además de los aspectos sociales, estos productores representan un invalorable capital humano que el país no puede perder.

El segundo es el tema de la calidad de la leche. El desarrollo industrial requiere de mejoras sustanciales en la calidad de la materia prima, como forma de mejorar el producto final, y permitir la elaboración para exportación, de productos rápidamente perescibles. Si bien Uruguay en el contexto regional no está mal posicionado en el tema de la calidad de la leche, para competir internacionalmente debe mejorar en varios aspectos.

Hay problemas de higiene, de calidad del agua, de aguado, etc., que redundan en elevados recuentos bacteriológicos y mala composición de la leche. Si bien el pago por calidad está aprobado, empezará a ser aplicado en 1997, iniciándose un camino inevitable, pero cargado de dificultades.

Horti-fruticultura

En términos generales, puede decirse que el país presenta un mayor nivel de competitividad en fruti que en horticultura, quizás debido al carácter más empresarial de aquélla. Dentro de la misma, frutales como durazno y pera aparecen relativamente mejor posicionados. Un rubro de gran importancia dentro de la fruticultura es el de los cítricos, que este año se han visto muy afectados por el clima.

En la horticultura, un fenómeno destacable es el de los cultivos en superficies protegidas, básicamente morrón y tomate. Esta superficie, que llegaba a 73 hás en 1990 (16 en el norte y 57 en el sur), alcanza hoy las 230 hás, habiéndose desarrollado mucho más rápidamente en el norte, donde alcanza las 190 hás, frente al sur, donde llega a 40 (1995).

Este crecimiento se basa en un buen nivel tecnológico, mayores rendimientos, y al hecho de que llega al mercado en momentos de mejores precios. Pero estos cultivos también crecen en zonas cercanas de Argentina, por lo que la competencia también es creciente.

Fuera de los invernáculos, el ajo y la frutilla muestran un cierto desarrollo tecnológico que mejora sus perspectivas. En el caso de cultivos más extensivos como la papa, se ha dado una gran concentración de la producción. En 1990 se censaron 6.000 productores, frente a 22.000 que había en 1970. Esta reducción se vio acompañada por un gran crecimiento en los rendimientos promedio, que en el mismo período pasaron de las 11 a las 25 toneladas/há.

En general puede decirse que las perspectivas del sector hortícola no son promisorias, salvo algunos productos que presentan un mejor  posicionamiento tecnológico. Esto no quiere decir que los demás vayan a desaparecer, pero sí que al sector lo espera un proceso de reconversión de importancia

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