Medio lleno o medio vacío

El País Agropecuario
Diciembre del 2000

 Ahora si, en serio, con el año se terminan el siglo y el milenio. Hay bastante menos bullicio del que generó la estrategia marketinera del año pasado. Signo de los tiempos, la verdad, para la mayoría, no es la de la razón sino la del mensaje de los “medios”.

Punto en el tiempo, fecha, de asombrosa redondez la que nos toca vivir. Solo hubo otra similar en la historia, en la que el hombre fue consciente de su existencia, la del 31 de diciembre del año 1000. Porque los límites entre los milenios anteriores los fijamos mucho después de ocurridos, a medida que creábamos nuevos  calendarios.

Lo del milenio está tan lejos de la dimensión individual del hombre, que solo podemos verlo pasar, como a un cometa. Lo del siglo sí tiene una dimensión humana. Tanto que una persona que haya cumplido 100 años antes del 31 de diciembre, y viva por lo menos hasta el 1 de enero del 2001, habrá vivido, al menos según el calendario, en 3 siglos diferentes. Por eso a todos nos surge la tentación de tratar de hacer algún tipo de cierre o balance con motivo del fin de siglo, que es nuestra época, la de nosotros con nuestros padres y nuestros hijos.

Sin duda que una de las características que los historiadores resaltarán del siglo 20 que termina, es la del asombroso crecimiento de la capacidad del hombre de producir bienes y servicios para satisfacer sus necesidades, en correlato con el mantenimiento de su asombrosa incapacidad para distribuir con equidad esos mismos bienes y servicios. Como si la vieja definición de Economía se hubiera partido al medio, alcanzando la mitad referida a la producción dimensiones gigantescas, a costa del raquitismo de la mitad referida a la distribución. Según se mire una parte o la otra, se verá el vaso medio lleno o medio vacío.

Del enorme crecimiento económico de algunos países o sectores dentro de países, algo “gotea” hacia el resto. Y eso tiene un impacto que también puede verse desde dos perspectivas : como disminución real de la pobreza de “los otros”, o como muestra de lo mucho que se podría hacer si se distribuyera mejor, y de lo poco que se hace.

Algunas cifras pueden ser muy reveladoras[1].  Para los que ven el vaso medio lleno, el Informe de Naciones Unidas de 1997 les informa que en los últimos 50 años, la pobreza se ha reducido más que en los 500 años anteriores. El avance de algunos países ha sido espectacular, y explica gran parte de aquella reducción. En China la pobreza se redujo en los 20 años que van de 1978 a 1998, del 33 al 7%. Porcentaje en sí mismo extraordinario, pero más aún cuando se aplica a la población china en términos absolutos, porque quiere decir que salieron de la situación de pobreza 250 millones de personas.

En el mismo sentido, es decir en la visión optimista de los que ven el vaso medio lleno, en los “países en desarrollo” -expresión eufemística según los que ven el vaso medio vacío- en los últimos 30 años la esperanza de vida aumentó en 10 años, al pasar de 55 en 1960 a 65 años en 1998. En las dos décadas que van de 1980 a 1999, la mala nutrición se redujo en los países en desarrollo del 37 al 27% y la proporción de niños con problemas de crecimiento también disminuyó, del 47 al 33%. La tasa de mortalidad de niños pequeños disminuyó en más del 40% : del 110 por mil en 1970 al 64 por mil en 1998. A nivel educativo, también hubieron avances impresionantes: la tasa de alfabetización de adultos pasó del 48% en 1970 al 78% en 1998, mientras que la tasa combinada de matriculación primaria y secundaria neta aumentó en el mismo período del 50 al 72%.

El extraordinario crecimiento económico experimentado en gran parte del mundo desde el fin de la segunda guerra mundial, ha sido la explicación de estos avances inéditos en la historia de la humanidad. Los análisis realizados por los organismos internacionales especializados destacan la relevancia del crecimiento económico en la explicación de la disminución de la pobreza. Desde Uruguay, que había mejorado estos indicadores socio-económicos ya en la primera mitad del siglo y que redujo mucho su crecimiento en la segunda, nos cuesta internalizar el hecho que otros países del mundo, que estaban peor que nosotros, nos pasen de largo.

Pero también tienen razón los que ven el vaso medio vacío. A pesar de las cifras antes mencionadas, la pobreza estructural y la marginación social alcanzan también hoy niveles inéditos. En el informe del 2000 del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) se destaca que en el siglo XX las desigualdades de ingreso a nivel mundial aumentaron en mayor proporción que en cualquier otro momento anterior : la diferencia del ingreso entre los países más ricos y más pobres era del orden de 3 a 1 en 1820, subió a 35 a 1 en 1950 , a 44 a 1 en 1973, para alcanzar el 72 a 1 en 1992.

Vistas con una perspectiva global, las consecuencias de este extraordinario proceso de concentración del ingreso se manifiestan en que la cuarta parte de la población mundial vive en la pobreza : 1.300 millones de personas viven con un ingreso inferior a 1 dólar diario mientras que 790 millones de personas pasan hambre y 30 mil niños mueren diariamente de hambre o de enfermedades curables. El citado Informe del PNUD lo resume así : “Pese a los enormes progresos del siglo XX, el mundo de la actualidad hace frente a un retraso enorme de privación y desigualdad que deja disparidades inmensas dentro de los países y regiones”

Todo apunta a que la “teoría del derrame”, el paradigma de la no interferencia en el proceso de crecimiento de la torta para su posterior distribución, ha fracasado. Paralelamente, hemos presenciado el derrumbe de las experiencias distributivistas que pretendieron invertir el orden del proceso, y terminaron distribuyendo miseria. En consecuencia los reclamos en procura de una reorientación de la economía en el sentido de dar mejores soluciones a los problemas de desempleo y marginación social son cada vez más frecuentes.

Salvando las distancias, en Uruguay pasa lo mismo. Hasta hace 2 o 3 décadas ni soñábamos con tener 7 mil dólares de producto per cápita, ni tantos autos ni televisores ni computadoras ni en veranear en el Caribe. Pero simultáneamente, en Montevideo,  hay niños “hurgadores”, gente que recolecta basura en carritos tirados por caballos, que pertenecen a la tercera generación en el “oficio” : son hijos y nietos de hurgadores. Y hasta hace 2 o 3 décadas, esa figura urbana no existía, como tampoco existían los lavadores de parabrisas y malabaristas de esquina.

Volviendo a salvar las distancias -que son enormes- a nuestro sector agropecuario también le pasa algo parecido. Hace 3  décadas, la producción de 6000 litros de leche por hectárea, o de 4500 quilos de trigo u 8000 de arroz, o de 500 quilos de carne vacuna o 600 de carne de cordero por hectárea, solo se daba en sueños de algún Director de Estación Experimental. Hoy es una realidad en los productores “de punta” en nuestro país. Nunca hemos producido tanto ni de tan buena calidad.

Pero simultáneamente el campo se ha vuelto una colección de taperas, se ha vaciado de gente, sus  pueblos albergan poco más que algún empleado público y unos cuantos viejos, en el mejor de los casos jubilados. Son manos de alambrador, de chacrero o esquilador las que reciben la propina que se le da al cuidador de autos que hay en cada cuadra de la ciudad. Son los hijos de esos mismos trabajadores los que no llegan a conocer una opción laboral digna, y si pueden, emigran, y si no, agarran para el carrito basurero, o a robar, o a buscar unas monedas haciendo pruebas con 3 naranjas frente a la cola de autos en el semáforo.

También acá, el vaso medio lleno o medio vacío. Gran crecimiento económico, pero excluyente, basado en cada vez menos empresas de elevado nivel tecnológico, con alta productividad. Pero que requieren para su funcionamiento cada vez de menos gente por unidad de superficie o de producto. Y que además desplazan, con su crecimiento, a otras empresas que no disponen de la escala física ni financiera para acceder a esos niveles de productividad, y van quedando por el camino. El “círculo virtuoso de la productividad” con su contra cara, “el círculo vicioso de la exclusión”

Obviamente este no es un fenómeno exclusivo del Uruguay. En EEUU en los últimos 20 años el número de empresas agrícolas se redujo a la mitad, a pesar de los gigantescos subsidios del Gobierno, y lo mismo pasa en muchos otros países, aunque la OECD (los 29 países más ricos) invierte 1000 millones de dólares diarios en subsidios a la agricultura.

El desafío productivo a nivel mundial es enorme y aparece siempre como prácticamente inalcanzable, porque simultáneamente no mejoramos la distribución. Porque además muchos recursos no son renovables y la presión demográfica sigue en aumento. FAO estima que la disponibilidad de tierra  disminuirá de 0,50 a 0,15 hectáreas por habitante en un futuro cercano, pero a pesar de ello dentro de 30 años se necesitará un 60% más de los alimentos que se producen actualmente.

Pero la mayor restricción parece venir por el lado del agua, dado que se volverá más importante la productividad por litro de agua que por hectárea de tierra utilizada. Es decir que habrá que producir más, pero con menos tierra, con menos agua, y en forma sostenible, porque el despilfarro de recursos es una ruta suicida.

Ante estas perspectivas, se abre la esperanza, siempre latente, del avance tecnológico, que ahora mediante los progresos de la revolución electrónica y la biotecnología, nos permite, tal como necesitamos, producir más, con menos tierra, menos agua, y en forma sostenible, prometiéndonos mejorar la calidad de vida de todo el planeta.

Los que ven el vaso medio lleno confían plenamente en este avance tecnológico, al que ven como el desideratum que siempre, y cada vez más, nos ha dado y nos dará respuesta a todos los problemas que nos auguran los profetas del malthusianismo. Y en parte tienen razón, el avance tecnológico ha sido exponencial, superando los pronósticos más optimistas.

Los que lo ven medio vacío, advierten que ese avance tecnológico cada vez más incursiona en terrenos desconocidos, pudiendo desatar reacciones absolutamente opuestas a las buscadas. Y que además esos terrenos son lindantes con la Ética, y esta prescribe una serie de principios y normas de conducta que deben ser aplicados por la Política y la Economía. Estaríamos corriendo el peligro de invertir el orden de subordinación, donde la Ética y la Política quedarían subordinadas a la técnica, en vez de ser subordinantes, lo que nos llevaría la dictadura de la “antropotecnia” es decir el hombre visto desde y para la técnica.

Por ahora no se le ve fin al enfrentamiento dialéctico entre “el medio lleno y el medio vacío”. Compatibilizar lo que hasta ahora se ve como una dicotomía sin solución, quizá sea el gran desafío del siglo XXI que se inicia en unos días más. ¿Qué podemos hacer desde este diminuto Uruguay que ayude en ese sentido? Y en particular, desde nuestro alicaído sector agropecuario ¿podemos hacer algo positivo o solo seguir viendo, según la idiosincrasia o posición económica y social de cada uno, el vaso medio lleno o medio vacío?

En mi opinión, lo primero es tratar de objetivizar al máximo el problema, planteándonos que el vaso está, en realidad, por la mitad, y analizando que podemos hacer para llenarlo. Recordemos el mensaje del profesor Vernon Ruttan en su visita al Uruguay el año pasado: “Si el mundo fracasa en la transición hacia un crecimiento sustentable de la producción agrícola, el fracaso será más debido a una falla en el área de la innovación institucional, que a las limitaciones ambientales y de recursos” Esto parece especialmente cierto para nuestro país, relativamente bien dotado de recursos, naturales y humanos. El estudio de la Economía Institucional se nos vuelve hoy tanto o más necesario que el del volumen de producto por unidad de suelo o de agua.

Producir más y de mejor calidad sí, por supuesto. Pero a la vez preocuparnos para que la distribución, tanto de los beneficios como de los costos, sea más equitativa. Para que crecimiento se vuelva sinónimo de desarrollo, porque ahora no lo es. Y que esta preocupación no se detenga en el reconocimiento del problema, sino que se concrete en la asignación de los recursos, propios de nuestra sociedad y los provenientes de organismos internacionales, por medio de políticas explícitas del Estado, hacia programas que tengan como objetivo la equidad, la sostenibilidad, el combate a la exclusión.

Se dirá, con razón, que esto es fácil de decir pero difícil de hacer. Y que no es poco lo que se ha hecho en Uruguay en este sentido, y probablemente también sea cierto. Pero es imprescindible que todos los decisores económicos, en particular los públicos dada su responsabilidad frente al conjunto de la sociedad, tomen plena consciencia de donde radica el verdadero desafío, que no es solo crecer, sino que es alcanzar el Desarrollo Humano. Y esto va mucho más allá del simple posicionamiento frente a la realidad juzgándola desde la perspectiva del “vaso medio lleno o medio vacío”. Solo así estaremos aportando nuestro granito de arena para edificar un siglo XXI más digno para todos los uruguayos, que es la cuota de responsabilidad que nos corresponde para hacerlo más digno para todos los habitantes del planeta.

[1] Los datos que se mencionan a continuación tienen como fuente las Naciones Unidas, y han sido extraídas de diversos trabajos presentados en las “VII Jornadas Nacionales de Ética y Economía” Buenos Aires, setiembre del 2000, en particular la ponencia del Dr. Daniel Prieto

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