¿Mil o catorce mil millones?

El País Agropecuario
Setiembre del 2001

Cuando manejamos magnitudes de uso cotidiano, es imposible que confundamos una cifra con otra, diez, cien o mil veces mayor. El ejemplo más evidente surge con las distancias. Jamás confundiremos una distancia de un metro con otra de un kilómetro, porque es mil veces mayor, y ambas, el metro y el kilómetro, nos resultan familiares. Pero si leemos que entre dos galaxias existe una distancia de 6 mil millones o de 600 mil millones de kilómetros, como no nos afecta nos da lo mismo, aunque la segunda distancia sea cien veces mayor a la primera.

Lo mismo ocurre con el dinero. Tenemos muy clara la diferencia entre deber o ganar mil pesos o un millón. Pero si oímos, por ejemplo, que la deuda externa de los países de América Latina alcanza a los 90 mil millones de dólares o a 900 mil millones, nos resulta indiferente, porque el volumen sideral de las dos cifras –aunque una sea diez veces menor a la otra- escapa a nuestra percepción cotidiana de las magnitudes del dinero.

En estas mismas páginas, publiqué en 1995 una estimación del traslado de ingresos desde el sector agropecuario hacia el resto de la economía derivado del atraso cambiario producido durante 1994. En 1999 repetí el cálculo, para todo el período en que la evolución del tipo de cambio y del IPC fueron significativamente diferentes -1990 a 1996- concluyendo que el atraso cambiario total era del orden de los mil millones de dólares. [1]Como con posterioridad a esa fecha ambas variables evolucionaron en forma similar, concluyo que el traslado de ingresos, en lo que a ese origen se refiere, se mantiene incambiado.

En los últimos meses la devaluación ha sido mayor al IPC, es decir que, si se mantienen las bases del cálculo anterior, se estaría produciendo un adelanto cambiario respecto al nivel de equilibrio anterior, es decir que la cifra mencionada se estaría reduciendo. Tomando los valores de producción sectoriales del 2000, y anualizando la actual evolución de la devaluación y del IPC, la reducción alcanzaría un monto de 107 millones de dólares anuales[2] siguiendo la misma metodología que en los trabajos anteriores.

Es decir que, con la tasa devaluatoria y el IPC actuales, y con todos los demás factores incambiados –lo que en economía se conoce como caeteris paribus- se requerirían entre 9 y 10 años para que el traslado de ingresos hacia el sector agropecuario compensara al que, en sentido inverso, se dio en la década pasada.

Ante la agudización de la crisis y el consiguiente aumento –en frecuencia y tono- de los reclamos gremiales, se ha vuelto frecuente la mención de una cifra proveniente de otra estimación del atraso cambiario [3] que cuantificó el  mismo al año 1998 en 11.826 millones de dólares, es decir una cifra más de diez veces superior a la estimación citada precedentemente. En el 2000 se habló de 12 mil millones, pero como en la metodología usada está implícito que, aún con IPC y devaluación evolucionando a tasas iguales, el monto calculado se incrementa en 2.140 millones anualmente, en este año ya se habla de 14 mil millones como estimación del atraso cambiario.

A continuación haré algunos comentarios críticos respecto a la metodología que lleva a estas conclusiones, a mi modo de ver fuera de realidad, pero que, por la magnitud extraordinaria de las cifras manejadas, las mismas se aceptan y manejan sin mayor análisis de su validez.

En primer lugar, la cotización del dólar, aunque sea libre, puede evolucionar igual, por debajo o por encima del IPC. Lo más probable que en la primera mitad de los 90, dada la abundancia de dólares en el mercado, lo hubiera hecho por debajo. Tomar el IPC como referencia de la evolución esperada del tipo de cambio en caso de que este fuera libre, es solo una aproximación -dada la relación directa generalmente existente entre la evolución de ambas variables- que puede servir para dar órdenes de magnitud, nunca como un monto “a pagar”.

Los criterios contables, aunque estuvieran bien aplicados, nunca pueden sustituir a los económicos, porque la contabilidad es una rama de la economía, no es  la economía. En un análisis económico entran una cantidad de consideraciones no contables, se usan supuestos -que deben ser lo más realistas posibles y deben explicitarse para que cada uno sepa a que atenerse- se manejan las expectativas que luego se cumplen o nó, etcétera.

En segundo término, el trabajo también se fundamenta en el cálculo de la productividad del sector, en base a la evolución de su PBI. Aunque no lo explicita, en estos casos siempre se hace referencia a la productividad del factor tierra, es decir lo que aumenta el volumen físico de producción por unidad de superficie (kg de trigo, leche o carne por hectárea). Al calcular la productividad en base a la evolución del PBI que es una medida de valor (cantidad por precio, por algo se expresa en millones de dólares) se está introduciendo el tema precios, que en principio es independiente de la productividad. Si el precio del trigo sube, aumenta el “producto” generado por el trigo, aunque se hayan producido los mismos kg por hectárea.

Para calcular la evolución de la productividad, hay que valorar el volumen físico  por un vector de precios fijos, correspondientes a un año que se elige como referencia, lo que se conoce como “valor de la producción a precios constantes”. El gran incremento de la productividad que se menciona en el trabajo citado (81,25% a partir de los años 94-95) al expresarse en valor, corresponde en cierta medida al incrementos de precios de los productos agropecuarios expresados en dólares.

Con esto no pretendo decir que la productividad física no subió, lo hizo y en forma importante, tanto la productividad de la tierra como la del trabajo. El problema es que al medirla en valor se mide mal, y eso confunde. El razonamiento es circular: el atraso cambiario –o inflación en dólares- aumenta los precios en dólares de los productos agropecuarios, estos aumentan el PBI agropecuario, pero esto se plantea como el resultado del aumento de la productividad, que se realiza… para compensar el atraso cambiario.

En realidad la productividad sube porque mejoran las expectativas –contexto regional muy favorable para la competitividad sectorial, disponibilidad de tecnología, abundancia de financiamiento- y un número no muy alto de productores pero importante en su volumen de operaciones, están en condiciones de invertir y producir más, aunque endeudándose. Otros se endeudan para vivir.

A continuación el trabajo cuantifica los montos alcanzados por el atraso cambiario. Lo hace como porcentajes del PBI sectorial perdidos cada año, y los va cumulando, llegando a 1998 con un 141,41% respecto a 1990, equivalente a 2140,9 millones de dólares. Pero a continuación, suma los acumulados, llegando a la cifra de 11.826 millones, lo que implica una enorme duplicación. La pérdida total operada, debería ser la estimada para el último año, 1998, es decir 2.141 millones (que ya incluye la acumulación de los años previos) y no 11.826, que es la acumulación de los acumulados parciales.

Esto tiene implícito que el monto del atraso del primer año, de no existir esa pérdida de ingreso, se hubiera reinvertido en un 100%, generando, en forma lineal, un producto proporcionalmente mayor, sobre el cual al año siguiente se vuelve a producir un traslado incrementado, y así todos los años. Detrás del error contable, hay además un supuesto económico completamente irreal.

Si se siguiera con esta forma de cálculo y suponiendo  evoluciones exactamente iguales de IPC y TdeC a partir de 1999, lo que aproximadamente ha ocurrido en la realidad -es decir no generándose más atraso según la definición original del mismo- el atraso total de igual manera se incrementaría anualmente en 2.141 millones, lo que es un absurdo. Pero es lo que se maneja: se hablaba de 12 mil millones en el 2000 (que sería el cierre de 1998), se habla de 14 mil en el 2001…

Más adelante en el mismo trabajo, se sensibilizan las pérdidas sobre ingresos según distintos porcentajes de insumos no-transables, con lo que queda en evidencia una omisión anterior. Al calcular la pérdida operada se la calcula sobre el total del Producto, sin descontar la “ganancia” derivada de los menores costos derivados del abaratamiento de los insumos transables (básicamente los importados) ocasionados por el mismo atraso cambiario. Pero esta sensibilización no se la introduce en el cálculo principal. De hacerse, lo haría disminuir notoriamente. Si se efectuara este cálculo sobre la cifra de los 2.140 millones (eliminando el error en la acumulación) quizá coincidiría, en órdenes de magnitud, con el cálculo de los 1.000 millones citados al principio.

Pero un par de ejemplos pueden ser más gráficos que la árida discusión metodológica. Si tomamos 400 dólares como un valor promedio de la hectárea de campo ganadero, con los 12 mil millones “perdidos”, se podrían comprar 30 millones de hectáreas, es decir el doble de la superficie ganadera del país. Y con lo que perdemos cada año desde 1999 se podrían comprar otros 5 millones de hectáreas anuales, con lo que ya iríamos casi en el triple… El segundo: si estimamos el PBI agropecuario en 1.600 millones, lo “perdido” en 12 años alcanzaría a 7.5 años del producto sectorial total, agregándose más de un año de producto perdido por cada año que transcurra a partir de 1998.

Volviendo a lo del inicio, cuando hablamos de cifras fuera de la dimensión habitual de nuestros cálculos, un cero de más o de menos no nos impacta, aunque sepamos que en ese caso una cifra es 10 veces mayor a la otra. Pero cuando basamos campañas políticas o reclamos gremiales en esos cálculos, debemos ser muy cuidadosos con las cifras que se manejan. Porque se está hablando de cosas muy serias, que se desvirtúan si se las defiende con cifras completamente fuera de realidad. Flaco favor se le hace así a la causa defendida, dado que inmediatamente se asocia la justicia del reclamo con la seriedad de las cifras que lo fundamentan. Parafraseando el dicho popular, “a cifras necias, Ministros sordos”

 

 


 Atraso cambiario y competitividad sectorial

Son conceptos diferentes, aunque se entremezclan y confunden más un panorama de por sí confuso y opinable. El atraso cambiario (evolución de la devaluación por debajo de la inflación) afecta el poder de compra interno, de una canasta de bienes de consumo, y de otra serie de bienes y servicios no transables (que no están expuestos a la competencia internacional)  que no integran dicha canasta pero que evolucionan en forma similar a la misma. Los afectados son los sectores que tienen sus ingresos directa o indirectamente condicionados por el tipo de cambio, principalmente el sector agropecuario y agroindustrial.

La competitividad está fuertemente condicionada por el Tipo de Cambio Real (TCR), aunque no es, por supuesto, el único factor que la determina. El TCR está determinado por el TC Nominal  (relación  de intercambio entre la moneda nacional y la de exportación, generalmente el dólar) y los precios relativos de los productos transados entre los países intervinientes en la transacción.

Se puede definir un TCR agropecuario (exclusivo para las transacciones de productos de ese origen) que sería determinante de la competitividad sectorial, dada la elevada competitividad que el país presenta, para sus principales productos de exportación, en ausencia de distorsiones cambiarias.

El atraso cambiario se generó en el período 1990-96, aunque en el mismo período hubo incrementos del TCR agropecuario, y por consiguiente de la competitividad del sector, en particular en el período 1994-95 como consecuencia del Plan Real, que hizo que los precios en dólares de los productos agrícolas en Brasil aumentaran más que en Uruguay. El gran peso de Brasil en nuestro comercio exterior agropecuario[4] fue determinante del aumento de la competitividad del sector.

El importante aumento de la productividad sectorial es el resultado de las inversiones realizadas entre el 90 y el 98 ante la mejora de las expectativas dado el aumento de la competitividad registrada en el mismo período como consecuencia de los planes de estabilización argentino y brasileño, en un contexto de disponibilidad de tecnología probada, abundancia de crédito, mejoras sanitarias y de accesos a mercados etcétera.

Confundir estos fenómenos lleva a argumentar que se invirtió y se produjo más, no porque las expectativas fueran buenas, sino para compensar lo que se perdía por el atraso cambiario, lo que implicaría una actitud absurda: “más me sacan más produzco”

El TCR agropecuario (y por consiguiente la competitividad sectorial) es bastante más volátil que el TCR de la economía, dada la mayor variabilidad de los precios agropecuarios, resultado de una demanda rígida con oferta variable al depender de ciclos biológicos largos, variaciones climáticas etcétera. La devaluación brasileña de enero de 1999, hizo caer el TCR agropecuario, y con él la competitividad del sector agropecuario uruguayo [5] en mayor medida que la del conjunto de la economía.

La suma de estos factores, el atraso cambiario que venía de antes, mas la pérdida de competitividad derivada de la devaluación del Real, a la que se sumó la recesión argentina, potenciaron la crisis, y a la vez la “urbanizaron”. Porque el atraso cambiario afectaba más que nada a los rurales, pero los otros factores generalizaron la crisis haciéndola llegar a los que no solo no la sufrían, sino que incluso habían sido los beneficiados por el atraso cambiario. Por eso resulta tan irritante para los rurales, que se ubique el inicio de la crisis con el momento de la devaluación brasileña.

En definitiva, la ausencia de un TCR de equilibrio, es decir aquel que mantiene en equilibrio las principales variables de la economía, tanto a nivel interno (mercado de bienes no transables) como externo (cuentas nacionales), resultado de utilizar el TCR como instrumento estabilizador, fue determinante en la generación de la actual crisis.

Los desequilibrios generados por la política económica seguida no fueron compensados por políticas sectoriales focalizadas, especialmente necesarias en el sector agropecuario, dada la mayor volatilidad “natural” de su TCR. Por supuesto que el sector externo se ha tornado especialmente adverso, pero eso no exonera a la línea económica, que a grandes rasgos se mantiene desde 1990, de responsabilidad frente a la crisis actual. El sector externo existe siempre, en las buenas y en las malas, no vale “descubrirlo” en el momento en que se nos vuelve desfavorable.


 

 

[1] El cálculo arrojó una cifra de 1.023 millones de dólares, aunque reiteradamente se menciona en el trabajo que se trata de un orden de magnitudes, y no de una cifra exacta a manejar. Se reclamaban estudios detallados que, afinando la metodología, pudieran brindar cifras más confiables, pero los mismos no han sido realizados.

[2]  Esta cifra está sujeta a una serie de supuestos, que no necesariamente deben cumplirse. En primer lugar, las cifras del 2000, tanto para el valor bruto de la producción  (VBP), los insumos (IS) y el valor agregado (VAB) sectoriales son superiores a los que se alcanzarán en el 2001, lo que hará que la cifra de US$ 107 millones, por este concepto, se reduzca. En segundo término, se extrapolan a 12 meses tanto el ritmo devaluatorio actual (1.2% mensual) como la inflación estimada para todo el 2001 (5%). Ambas cifras que se aplican a todo el año son pues, hipotéticas, y por consiguiente también lo es el resultado de su utilización.

[3] “Medidas Políticas para mejorar la capacidad de competencia del Sector Agropecuario. Algunos fundamentos de la propuesta” de la Asociación Agropecuaria de Dolores. Mimeo, Abril de 1999

[4] Para el período 1990-2000, Brasil explicó el 40 % de las exportaciones agropecuarias uruguayas, mientras que el segundo país en importancia, la Argentina, explicó el 9.5 %

[5] En el período previo a la devaluación (95-98) Brasil explicó el 44% de nuestras exportaciones agropecuarias, cayendo al 30% en el bienio siguiente (99-00)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.