¿Quién gana con la Ganadería?

El Mercado Agropecuario
Julio de 1994

Mucho se ha escrito y hablado sobre los comportamientos cíclicos de la ganadería en el Uruguay. Desde el trabajo pionero de Secco y Pérez Arrarte de 1975, pasando por la negación de los ciclos y por los ciclos como religión, hemos completado dos décadas de controversias. Pero es claro que los ciclos de precios y faenas de la producción de carne vacuna , se cumplieron con bastante regularidad hasta 1986, cuando los efectos del Plan Cruzado alteraron el comportamiento esperado de aquellas variables. Posteriormente, la sequía de 1988-89 también distorsionó la evolución de stock vacuno, que hacia 1993 aparece como definitivamente reconstituido.

Pero el objetivo de este artículo no es abundar sobre pasados conflictos, sino plantear algunas hipótesis, con el fin de reflexionar sobre aspectos vinculados a estos temas, que tienen permanente vigencia en relación a la producción ganadera. En este sentido, pretendo analizar algunas implicancias del hecho de que los gastos del establecimiento, e incluso del propio presupuesto familiar del productor, se solventen exclusivamente con los ingresos generados por el establecimiento, o por el contrario, puedan sustentarse con ingresos generados fuera del predio, o por lo menos, fuera de la explotación ganadera. Me voy a referir por lo tanto, a predios ganaderos no diversificados, es decir que no tienen otra actividad que la producción de carne y lana. Se excluyen entonces los predios que simultáneamente realizan otra actividad productiva, como por ejemplo la agricultura o lechería, y con mayor razón, aquellos en los que el empresario cuenta con otras fuentes de ingreso fuera del sector.

El nivel de gastos de un establecimiento ganadero es bastante inflexible a la baja. En una actividad que utiliza escasos insumos prescindibles, la función de producción no puede alterarse mayormente en el sentido de disminuir el nivel de los gastos. Por eso en la gráfica adjunta se los representa con una recta. Los principales componentes del gasto –sanidad, impuestos, salarios, mantenimiento y reparación de mejoras fijas, y rentas cuando las hay-, se encuentran, desde hace mucho tiempo, en niveles básicos muy difícilmente reducibles sin comprometer la continuidad de la actividad productiva. Incluso el presupuesto familiar del productor –que erróneamente se incluye algunas veces como “gastos del establecimiento”- suele ser también bastante inflexible a la baja. Cuando alguno de estos gastos se difieren en el tiempo –no se repara un alambrado, se “atrasa” un impuesto- su posterior puesta al día, a mayor costo, actualiza el nivel de gasto temporalmente disminuido.

Por su parte los ingresos, aún con volúmenes físicos de producción constantes, son muy variables. No solo estacionalmente debido a la zafralidad de algunas actividades, sino por variaciones de mediano y largo plazo en los precios reales de los productos ganaderos. Estas variaciones pueden presentar evoluciones cíclicas regulares, como la de la gráfica, y por lo tanto relativamente predecibles, pero generalmente son más erráticas. Ejemplo de variaciones que responden a cierta regularidad, ha sido el ya mencionado caso de la carne vacuna, mientras que los precios de la lana son un buen ejemplo de variaciones erráticas.

Dados los dos elementos anteriores –gastos constantes y precios variables de los productos- el cierre de la ecuación económica se logra haciendo variar los volúmenes de ventas, que funcionan así como variable de ajuste. Este ajuste, necesariamente, se realiza con acumulación o liquidación de stocks, dado que la tasa normal de extracción no cubre el volumen requerido en los períodos de bajos precios, para generar los ingresos mínimos necesarios para cubrir el nivel de gastos. Por supuesto no se consideran acá las variables del nivel productivo debidas al clima, que pueden acelerar o enlentecer la acumulación o liquidación antes mencionada.

Lo anterior se muestra en la gráfica adjunta, donde las variaciones de precios se presentan como un ciclo regular, aunque, como se dijo, no siempre es así. En t3, con precios reales bajos, el volumen de ventas es alto, mayor a lo que correspondería a una tasa de extracción normal. De esta forma se cubre “el presupuesto”, lo que implica una pérdida de activos. En t1 se da la situación inversa. Con precios reales altos, el nivel de gastos se cubre con ventas de un volumen menor al normal, es decir que se incrementan los activos, recomponiéndose el stock perdido en t3. Es el momento en que se actualizan gastos diferidos, tanto productivos –el alambrado o el impuesto del ejemplo- como de consumo –cambio de camioneta, alquiler de casa en la playa- etcétera.

Los análisis estáticos, con precios y volúmenes constantes, representan la situación que se muestra en t2, donde la tasa de extracción es la promedio, lo mismo que los gastos y los ingresos. El resultado económico, dado estos datos constantes, solo depende de la eficiencia productiva. Este enfoque “productivista”, al pasar por alto, no solo las variaciones en los precios (que a largo plazo se compensan y coinciden con el promedio), sino, fundamentalmente, las diferentes condicionantes para la toma de decisiones que esos cambios generan, no refleja lo que ocurre en la realidad. Como resultado se logra una visión idealizada, donde los “buenos productores”, es decir los más eficientes desde el punto de vista productivo, siempre ganan, y los “malos productores”, los ineficientes, siempre pierden. Lo que, obviamente, no es cierto.

1994-7 quien gana

En circunstancias como estas, el manejo del crédito y de las inversiones se vuelve extremadamente delicado. Respecto al primero, con tasas reales de interés muy altas como las actuales, cuando el endeudamiento supera un nivel del orden del 20% del capital de la empresa, se vuelve ilevantable (dentro de las reglas de juego “normales) si no se puede recurrir a ingresos extraganadería. Respecto a las inversiones productivas, muchas veces exacerban estos procesos. Generalmente se realizan en momentos de precios altos, cuando se piensa que existen buenas perspectivas. Pero si los compromisos generados por el financiamiento de la inversión deben enfrentarse en momentos de bajos precios, la inversión, aún en el caso de que haya sido un éxito desde el punto de vista productivo, resulta en un fracaso desde el punto de vista económico.

Cuanto mayor es la variabilidad de los precios, y por lo tanto la incertidumbre, la actividad productiva va perdiendo cada vez más su carácter de tal, volviéndose cada vez más especulativa. Esto es así porque las expectativas de ganancia por compra y venta de ganado, se hacen cada vez más atractivas frente a la tasa de ganancia que brinda la actividad estrictamente productiva. Pero pocos son los empresarios que realmente tienen la libertad económica para elegir, especulativamente, el momento más favorable para vender o comprar. La mayoría, “atada” a sus necesidades presupuestarias, vende, obligada, en los momentos de bajos precios y recompone sus activos cuando cubre los gastos con bajos niveles de venta, que son los momentos de precios altos. Su dependencia estricta de los ingresos ganaderos, lo lleva a un comportamiento equivalente a una especulación errónea: vende con bajos precios, cuando conviene retener, y compra con precios altos, cuando, si se tiene una correcta estrategia de largo plazo, conviene liquidar.

Los que cubren, total o parcialmente, su presupuesto con ingresos extra-ganaderos, están en condiciones de lograr ganancias mucho mayores. Lo conseguirán o no, en función de su habilidad para elegir los momentos correctos de acumular o liquidar stocks, pero están en condiciones de hacerlo.

Si estos razonamientos fueran ciertos –tendrían que ser probados por trabajos de investigación- y las expectativas de ganancia radicaran más en las variaciones patrimoniales que en la realización de una tasa de extracción que mide la eficiencia productiva, las grandes variaciones en los precios de los productos ganaderos estarían representando una limitante real al desarrollo productivo de la ganadería.

Algunas características de la ganadería uruguaya, como las que se enumeran a continuación, quizá sean, en alguna medida, consecuencia de los fenómenos analizados anteriormente.

  1. Estancamiento productivo de largo plazo de la ganadería tradicional de carne y lana.
  2. Movilidad social desfavorable, dado que se estimula la sustitución de empresarios con propensión a la producción, por otros empresarios, con mayor propensión a la especulación.
  3. Pérdida de lugares de trabajo, al requerirse cada vez menos mano de obra al disminuir las actividades productivas.
  4. Efectos económicos negativos, tanto “hacia atrás” (menor demanda de insumos y tecnología) como “hacia delante” (sobre las industrias frigorífica, textil y del cuero, menor demanda de fletes y otros servicios vinculados a la producción ganadera, disminución de ingresos fiscales).
  5. No llevarían a grandes concentraciones de tierras, que no son necesarias para estos procesos especulativos, y son gravadas progresivamente.
  6. Desde el punto de vista social, estas características coadyuvarían al despoblamiento de la campaña y a la crisis del comercio y los servicios vinculados a la ganadería.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.