Sector Agropecuario: endeudamiento y deterioro de los términos de intercambio

Cuadernos De Marcha. Entrevista de Carlos Vargas
Setiembre del 2000

 Carlos Vargas – Las demandas del sector agropecuario han sido crecientes desde finales de la administración Sanguinetti, y ningún intento de solución ha sido satisfactorio para el sector. ¿El gobierno ha sido incomprensivo y ciego, o los productores demandan soluciones y financiamiento imposibles de otorgar?

Rodolfo Irigoyen – Ninguna de estas dos posiciones extremas creo que sea correcta. A mi juicio el marco externo que había sido muy favorable desde inicios de la década, se empezó a deteriorar rápidamente a partir de 1997 con la crisis asiática, continuó con la rusa en 1998 y en 1999 la devaluación brasileña volvió crítico también el contexto regional. A eso se sumaron desarreglos climáticos graves a partir de la primavera pasada. Estos factores sacaron a la luz el gran deterioro de los términos de intercambio que soportó el sector agropecuario, básicamente durante la administración Lacalle, y que la bonanza externa había disimulado. El endeudamiento en términos reales –expresado como porcentaje del producto sectorial- crece explosivamente en coincidencia con la casi nula recuperación de los precios derivada de las crisis antedichas. Con este panorama es fácil entender que entre los reclamos de los productores y las medidas tomadas por el gobierno exista una gran distancia.

– ¿Considera justo y conveniente que el conjunto de la sociedad transfiera recursos al sector, cada vez que sufre una crisis, cuando en la actualidad el conjunto de la sociedad está atravesando dificultades económicas, y más aún cuando la Educación, el Poder Judicial o la Salud, tienen problemas presupuestales desde hace décadas?

– El tema de las transferencias entre sectores es tan viejo como la economía. Lo que considero que no es válido es tomar la situación actual como un dato que nos cayó del cielo e iniciar el análisis a partir de los cambios a introducir a partir de ahora, como que lo actual fuera «lo normal». Los dos gobiernos anteriores, pero en particular el de Lacalle, administraron el principal precio de una economía abierta como la uruguaya, que es el tipo de cambio, como herramienta de control de la inflación. El tan manido atraso cambiario implicó una enorme transferencia de recursos desde los sectores exportadores –básicamente el agro- hacia el resto de la economía. Esa es a mi manera de ver el origen primigenio de la situación actual, agravada por las crisis posteriores de nuestros mercados de exportación. Además, como ocurre siempre, cuando las cosas van bien el crédito abunda y el agro recurrió al mismo en forma importante para financiar las inversiones que se requirieron para el importante aumento de la productividad que se constató en esos años. Así llegamos a la situación actual, con precios bajos para nuestros productos, costos muy altos en dólares y con un endeudamiento explosivo. El actual gobierno hereda esa situación en un marco recesivo grave, y con otras demandas muy válidas como las que Ud. menciona. Pero tampoco reniega de los lineamientos macroeconómicos que llevaron a esta situación, y apuesta a una reversión muy gradual de la misma. Lo que hay que ver es si existen tiempos económicos y políticos para esa reversión, sin que la situación social y económica –desocupación, déficit fiscal, caída del producto- se haga insostenible.

– El actual contexto recesivo de la economía ha agravado la situación del agro, sin embargo hay sectores que parecen arrastrar crisis estructurales de falta de rentabilidad. ¿Cómo se configuran ambos elementos en la crisis actual y qué soluciones pueden vislumbrarse tanto para los problemas coyunturales como para los estructurales?

– Creo que los aspectos coyunturales provienen en mayor medida del exterior, como la caída de los precios de los commodities, la suba actual del petróleo o la política económica de nuestros vecinos, sobre lo que poco podemos hacer. Respecto a las crisis estructurales, hace diez años decíamos que el sector agropecuario tenía problemas estructurales que determinaban una baja productividad. La productividad creció más que en cualquier otro sector, pero la rentabilidad es ahora más baja que cuando se producían la mitad de los quilos de carne, trigo o arroz por hectárea de los que se producen ahora. Uruguay es el único país del mundo –junto con Nueva Zelanda- capaz de producir leche a 12 centavos de dólar el litro, pero la mayoría de los tamberos se está fundiendo. ¿Qué es lo que nos ocurre? No quiero dar una respuesta monocular al problema, pero creo que un factor determinante es el hecho de que, por diversos métodos, cuando el sector tiene posibilidades de acumulación importantes, como ocurrió en el período 1991-97, que permitían un salto cualitativo (con financiamiento propio) en los aspectos estructurales que Ud. menciona, esas posibilidades se le cercenan. En otra época fue por medio de la política impositiva, en los 90 lo fue por la política cambiaria, pero siempre el agro termina financiando otras actividades o al consumo. En alguna medida esto es lógico que sea así, por tratarse del sector más competitivo de la economía, pero creo que se actúa con un cortoplacismo nefasto. Esto no quiere decir que el empresario rural esté exento de culpa, creo que también actúa en general con una perspectiva muy de corto plazo. Pero las crisis enseñan, y pienso que actualmente se está progresando en ese sentido, buscando mejores niveles de integración entre las cadenas agroindustriales, buscando bajar los costos de transacción, explorando en formas asociativas que mejoren la escala de producción y bajen costos, etc.

– Respecto al endeudamiento con el sistema financiero público y privado ¿Las tasas de interés son demasiado altas para la rentabilidad de la producción nacional, o los productores son ineficientes y carecen de «cultura empresarial»?

– Hay de todo un poco. Fíjese que en la propuesta de reperfilamiento de deudas ofrecida por el BROU a deudores menores a US$ 50.000, se fija una tasa de interés de Libor más 4, lo que arroja en el momento actual una tasa de entre 11 y 12%. Esto es un 50% mayor al costo que tiene el dinero internacionalmente para el Uruguay. Entonces tenemos una gran ineficiencia de nuestro sistema financiero, que se le traslada a las empresas, y poco menos que bajo un rótulo «ayuda». Lo mismo que el Imaba, que pretende gravar la actividad bancaria, y se traslada íntegro a la tasa de interés que paga el tomador del crédito. Volviendo a la pregunta, sin duda que las tasas de interés son demasiado altas para la rentabilidad sectorial. Pero eso no quiere decir que no haya productores ineficientes, o que muchos no tengan la suficiente cultura empresarial como para evaluar correctamente el riesgo implícito en los financiamientos. Pero lo mismo ocurre en la industria, el turismo y la administración pública, por citar algunos ejemplos.

– El Presidente de la República ha hecho especial hincapié en señalar que los subsidios de la Unión Europea a los productos agropecuarios, y la falta de apertura de los mercados son los dos grandes problemas que afectan nuestra producción, y por tanto, las grandes batallas que el país debe dar. ¿Qué opinión le merecen estos temas?

– Sin duda que el proteccionismo de los países desarrollados –no sólo de la UE- nos afecta muy seriamente. Pero sostener que esa es «la» batalla que debemos dar, me parece, dicho con todo respeto, una posición simplista, que pasa por alto las relaciones de fuerza que existen entre los países y bloques. Creo sí que debemos ser coherentes en nuestras posiciones en contra del proteccionismo –cosa que no siempre hacemos- pero sin esperar milagros, dado que los países poderosos van a seguir haciendo, básicamente, lo que quieren. Nuestro gran desafío es a nivel interno, y resolver nuestra crisis de identidad como país de base agropecuaria, pero que vive de espaldas al campo, no es un tema menor.

– En sentido inverso, el doctor Batlle ha señalado que «apuesta a las vacas», refiriéndose a las recientes colocaciones de carne en nuevos destinos como EEUU y México, así como en los mercados de Oriente, con productos «inimaginables» antes como la lengua. ¿Ud. cree que por esa vía puede mejorar la situación del sector?

– Algunos de estos productos «inimaginables» se exportan desde hace 50 años. Por supuesto que el de la carne vacuna es uno de los rubros en que somos más competitivos, a pesar de que no explotamos nuestras condiciones de producción pastoril, a cielo abierto, sin hormonas ni enfermedades, que los mercados de altos ingresos privilegian y que no sabemos vender bien. Pero la cosa es bastante más complicada que encontrar un nicho de mercado, para un subproducto, en un momento. Bienvenidos esos emprendimientos exportadores, pero las soluciones simples para los problemas complejos siempre son equivocadas. Al menos eso dice Umberto Eco. Tenemos muchísimas cosas que hacer en nuestra cadena cárnica, que no hemos podido resolver en todo un siglo. Me refiero a un funcionamiento más orgánico y armonioso entre los distintos sectores involucrados –productores, intermediarios, industriales, Estado- de modo que la ganancia de uno no sea necesariamente la pérdida del otro, como ocurre generalmente. Es decir que logremos un funcionamiento más sistémico, donde lo que se privilegie sea la eficiencia del conjunto de la actividad, que es lo que le conviene al país. Eso ha demostrado ser mucho más difícil de lograr, que alcanzar un nivel de producción física o incursionar en un determinado mercado, sin desconocer que estos pueden ser logros muy importantes. Los temas vinculados con la organización institucional se vuelven cada vez más relevantes, como contexto viabilizador de las posibilidades que existan en los planos productivo, industrial y comercial.

– Durante la campaña electoral, el actual Presidente señaló que debíamos ser un país agroexportador, siguiendo el modelo de Nueva Zelanda. ¿Ud. cree que dicho modelo es el más conveniente para el país? ¿Ese modelo requiere de políticas específicas, o la libertad del mercado las creará por sí sólo?

– En este momento Nueva Zelanda está en una profunda crisis, a pesar que desde 1984 «ha hecho todo bien» desde la perspectiva liberal tan cara al doctor Batlle. En un reciente artículo del FINANCIAL TIMES, (reproducido en este número de CUADERNOS DE MARCHA) se afirma que en un ranking de libertad económica, Nueva Zelanda se ubica junto a Hong Kong y Singapur, por encima de Gran Bretaña y los EEUU, y muy por encima de Europa Occidental. Pero desde la liberalización de toda la actividad económica a partir de 1984, el crecimiento económico, la productividad y los niveles de vida apenas crecieron, mientras que en las demás naciones desarrolladas han disfrutado de una sostenida expansión. Creo que esta es una prueba concluyente de que la liberalización, por sí sola, no soluciona los problemas, en general los agrava. Esto no quiere decir que no sea necesario eliminar muchas regulaciones innecesarias o liberalizar ciertos mercados, como se hizo en nuestro país a principios de los 90 y que fueron beneficiosos para el sector agropecuario. Pero nuestra experiencia actual muestra, una vez más, que la liberalización puede ser condición necesaria, pero no es suficiente para el desarrollo sostenido del sector. Es decir que no debería implicar la inexistencia de políticas activas para el sector. En el Nuevo Espacio hemos definido tres ejes programáticos para el sector agropecuario, que son el de la mejora de la competitividad, el del combate a la exclusión y el de la preservación del medio ambiente. Creemos que en los tres hay que tener políticas activas, y no confiar solo en las fuerzas del mercado.

– En definitiva, ¿qué salida visualiza Ud. para la actual situación del agro?

– Los países agroexportadores lo son por alguna de estas dos herramientas: o subsidian la producción y las exportaciones como EEUU, la Unión Europea o Japón, o tienen tipos de cambio altos que mejoran la competitividad del sector, como hacen Australia, Nueva Zelanda o Brasil. Y esto es así, porque las actividades agropecuarias en general son menos rentables que las orientadas a otros sectores normalmente más dinámicos, como la industria o los servicios. Pero no es un problema del «tipo de empresario» sino del tipo de actividad. En Uruguay se da el absurdo de que no se subsidia –salvo excepciones como la forestación- y simultáneamente se tiene un tipo de cambio sobrevaluado durante 10 años, lo que implica una transferencia en sentido opuesto. ¡Y todo con una supuesta estrategia de país agroexportador! Creo que el gobierno tiene que optar por una de las opciones anteriores, porque fuera de ellas solo existen fundamentalismos –en este caso el liberal- sin correlato con la realidad. Se dice que esto se está corrigiendo porque la pauta devaluatoria es en este momento mayor que la inflación. Pero la diferencia son 2 o 3 puntos porcentuales, que no se sabe hasta cuándo durarán. Con ese ritmo, volver a precios relativos que nos permitan ser competitivos, llevaría más de 20 años, lo que es impensable en una situación tan crítica como la actual. Quizá una mezcla de subsidio a algunas actividades claves inyectando recursos frescos al sector, dé alivio al problema del endeudamiento sobre todo bajando las tasas de interés activas, y un aumento del ritmo devaluatorio, permitirían alcanzar un equilibrio entre la mejora de la situación y los costos que la misma implicaría para el país. Estos por supuesto que son temas muy discutibles. Pero si no se alcanza alguna solución de consenso de este tipo, que permita una salida con cierta «prolijidad», el propio mercado se encargará de encontrar un nuevo equilibrio, seguramente en forma explosiva y con costos sociales mucho mayores.

 

 

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