La nueva dimensión del abigeato

El País Agropecuario
Julio del 2003

“…tu abuelo fue servidor, tu padre carneó una oveja, y está preso por ladrón” Con esa maestría que con tanta facilidad le reconocemos a los poetas ajenos y con tanta dificultad a los propios, Osiris Rodríguez Castillos pintó en “Camino de los quileros” el drama del paisano marginado de nuestra sociedad rural. Carne de cañón en las patriadas, ladrón ocasional para alimentar a “una caterva de hijos”, o contrabandista “pa´remediar” de algún alimento y algún “vicio”, la imagen del “delincuente social” cuyos delitos están justificados por un entorno agresivo y excluyente, se ha internalizado tan profundamente en nuestra sociedad, que se tiende a interpretar con esa perspectiva cualquier robo de ganado, en particular del ovino.

Por otra parte, los niveles de desempleo y marginación que estigmatizan nuestra época, pueden hacer pensar a un observador externo que los problemas de abigeato que se denuncian a diario son función lineal de aquellos niveles. A mayor desempleo rural, más abigeos, al igual que a mayor desempleo urbano más punguistas o rapiñeros. No se trataría de un fenómeno nuevo, sino del incremento de uno tradicional. Sin descartar este tipo de explicación, que sin duda es parte de la verdad, a quien esté en contacto con nuestra sociedad rural le consta que estamos en presencia de un fenómeno nuevo, sustancialmente diferente del “delito social” que ha acompañado desde siempre a nuestra producción ganadera.

Así como la diferencia entre el contrabando del “quilero” y el de las organizaciones con aviones y pistas clandestinas para introducir drogas, no es solo cuestión de escala o de montos diferentes, tampoco es lo mismo el carneador ocasional de una oveja, que las organizaciones de ladrones de ganado, con transportes, “contactos” que permiten el traslado y el procesamiento la carne, y carnicerías para su venta. Distinguir ambos fenómenos es el primer paso para su combate. El segundo es que a cada uno le caiga el correspondiente peso de la ley, que los ladrones no sean tratados como desamparados, sean abigeos o saqueadores de supermercados, aunque ambos puedan argumentar que lo que roban son alimentos porque tienen hambre.

Otra diferenciación imprescindible es no confundir robo con informalidad. La venta de carne en los pueblos de campaña o en zonas más o menos marginales de las ciudades, se realiza por lo general, informalmente, lo mismo que la venta de leche sin pasteurizar o de tortas fritas en la calle. Otro tanto quizá ocurra con la venta de ropa o alimentos en las ferias o en los quioscos callejeros. El primero –el robo- es un tema penal, el segundo –la informalidad- es un tema económico. Uno es un ladrón, el otro es alguien que desarrolla su honesta actividad por fuera de la economía formal, sin pagar impuestos ni recibir servicios ni beneficios sociales. Al primero hay que tratar de erradicarlo, al segundo hay que tratar de incorporarlo a la economía formal.

Pero sin duda, la informalidad muchas veces encubre al robo. Almacenes que venden chorizos o hamburguesas de dudosa procedencia, pueden ser un negocio familiar al que  solo se le puede culpar del no cumplimiento de alguna norma bromatológica, o pueden ser bocas de salida de organizaciones de ladrones de ganado.

Del abigeato lo más notorio es el robo de lanares, dado que por las dimensiones y los hábitos del animal resulta más fácil su captura y traslado. Esto no quiere decir que no sea muy importante también el robo de ganado vacuno, de caballos o cerdos. Las formas son variadas: desde matar una vaca lechera de un tambo para robarle un cuarto y que el resto se pudra, hasta llevarse un camión de novillos gordos de una estancia, o toda una generación de toritos de plantel de un establecimiento dedicado al mejoramiento genético (estos no son ejemplos inventados sino casos reales). Pero los lanares son la víctima preferida por el abigeato, en número y frecuencia de robos, lo que representa un grave escollo para la tan esperada recuperación del rubro ovino.

La magnitud de los robos es muy difícil de cuantificar globalmente. No existe un registro sistemático a nivel nacional de las denuncias de robos, y si lo hubiera su confiabilidad sería relativa por tratarse de denuncias y no de hechos comprobados. La estimación en base a información de Dicose presenta muchas dificultades. Además de los datos de existencias y nacimientos, se requerirían todos los datos de faena –formal e informal- y una relativa certeza en el número de cueros vendidos por los establecimientos y perdidos en el campo. En todos los casos se trata de magnitudes importantes, de millones o cientos de miles de animales y cualquier pequeño error en las estimaciones generara grandes variaciones en la cifra final atribuida al robo.

El análisis de toda esa información arroja tradicionalmente un “faltante” no explicado del orden de las 600 o 700 mil cabezas lanares, que incluye el robo, el contrabando, animales perdidos o muertos y no registrados o no declarados ante Dicose. En declaraciones a la prensa meses atrás, el Presidente del Sul estimaba que de ese total, lo atribuible al robo estaría en el orden de las 150 mil cabezas anuales.

Tomando esta última cifra como una aproximación aceptable y valorizándola a precios actuales, e incrementándola en un 50% para considerar el robo de vacunos y de otras especies, se podría hablar de un monto del orden de los 5 millones de dólares anuales de pérdidas por abigeato. Aunque se trata de una cifra muy importante, el mayor daño probablemente no sea esta pérdida, sino la que se produce como consecuencia del desestímulo o incluso la imposibilidad de desarrollar la producción ovina en una parte importante del territorio.

Las zonas más pobladas, las cercanías de los pueblos y ciudades, se han vuelto “inhabitables” para las ovejas. Zonas del litoral y el sur, con gran potencial productivo, especialmente aptas para invernadas de corderos pesados, no pueden desarrollar esa producción porque la concentración de animales gordos en zonas pobladas, es, en términos económicos, suicida.

En el caso de los ovinos existen otros problemas paralelos o asociados al abigeato, como es el de los perros. En cercanías de los balnearios, a fin del verano miles de perros de la zona o abandonados por turistas, quedan sin comida y salen a buscarla al campo, y las ovejas son las víctimas preferidas. En Maldonado y Rocha se han registrado casos de productores que liquidaron sus majadas por este motivo. Pero también los perros son usados para robar, haciéndolos entrar a un campo y repuntar una punta de ovejas contra la calle. O cometen destrozos por irresponsabilidad de sus dueños: hay denuncias de matanzas de ovejas por perros amaestrados para matar, como son los de los cazadores de jabalíes, al quedar fuera del control de sus propietarios.

Como siempre que se está frente a un problema complejo, surge la tentación de la explicación fácil, del maniqueísmo que indefectiblemente lleva al diagnóstico erróneo y la solución equivocada. Acá no se trata solo de productores y ladrones, de “buenos y malos”. El gran incremento de los robos en el medio rural, de los que el abigeato es el más notorio, es otra manifestación de la ruptura del pacto social que durante muchas décadas rigió el comportamiento de la sociedad uruguaya.

En mayor o menor grado, todos tenemos algún grado de responsabilidad en que estas cosas ocurran. El productor que no tiene “los números” en orden y al día, o que no contramarca todo animal comprado, o que no declara correctamente ante Dicose, es un colaborador pasivo. Ni hablar de los productores que incurren en actividades delictivas como el contrabando. También el intermediario que para “no complicar” emite una guía propia en la que sin especificar van animales con distinta marca, está generando condiciones para que se “blanquee” la comercialización de ganado robado.

La Policía y la Justicia se acusan mutuamente de ineficacia o de “mano blanda”, además de coincidir en que no tienen los medios adecuados y suficientes para cumplir con sus funciones, y seguramente ambas tienen parte de razón. Pero es clara la falta de eficiencia y de coordinación entre las instituciones oficiales. Son frecuentes los casos de policías involucrados en robos, o de  carniceros que son procesados por vender carne de animales robados, pero la carnicería sigue abierta –atendida por un cómplice- porque cerrarla es competencia de Inac, que considera que no hay motivo para hacerlo.

Se sabe que hay zonas donde los robos son mucho más frecuentes, porque en las mismas operan bandas locales que son conocidas, pero que por alguna razón no se los encarcela. No es muy difícil concluir que tienen “padrinos” que los amparan, y que seguramente se llevan la porción del león. Y la irresponsabilidad de la mayoría de la gente en el tema de los perros es atentatoria contra normas esenciales de convivencia.

Como se ve, la solución global del problema no es nada fácil. Pero hay soluciones parciales que se pueden tomar, de eficacia demostrada. Lo más claro es el caso de las carnicerías que, incluso por los precios de sus productos, se sabe que venden robado. En Salto tiempo atrás se cerraron algunas de éstas, e inmediatamente aumentó la faena registrada en el matadero municipal. Clausurar las bocas de salida a plena luz, es en el caso del abigeato, lo mismo que en el del contrabando, mucho más eficaz que perseguir delincuentes por las noches.

En los últimos meses se han realizado reuniones en todo el país con amplia participación de representantes de la Justicia, de la Policía y de gremiales de productores, donde se han discutido soluciones. Bienvenidas sean, ojalá se expresen en acciones concretas que generen un cambio en la percepción que del problema se tiene desde el sector productivo, porque el país lo necesita. Una de esas soluciones, instrumentada en Rocha, ha consistido en proveer a la policía, por parte de un grupo de productores, de caballos y celulares, además de darle alojamiento y alimentación en los establecimientos –como un servicio 220- para hacer más eficaz la prevención y control del robo.

El problema del abigeato es grave, y viene aumentando. Afecta directamente a muchos productores, y quizá la mayoría de ellos, si se analizan sus ingresos, estén por debajo de la línea de pobreza. También aumenta la sensación de impotencia de parte de los afectados. La autodefensa aparece cada vez como más justificada por los hechos, con todos los riesgos que la misma implica, para quien la realiza y también para el resto de la sociedad. Hace poco en Rivera un productor baleó a los que lo estaban robando, un abigeo fue herido en una pierna, el productor fue preso unos meses, los ladrones quedaron libres. Si el ladrón hubiera muerto, hubiera sido un drama para dos familias, la del muerto y la del productor que hubiera estado probablemente preso durante años.

Cuando ese drama ocurra, la sociedad se verá seguramente sacudida, y parte de ella tomará partido por la víctima, y otra parte por el matador. Se harán notas y quizá hasta alguna película –hay antecedentes- que empujará a la opinión pública hacia el maniqueismo, donde el que defiende su propiedad -que es la defensa de su casa y de los ingresos de su familia- aparecerá como un asesino, cómplice de terribles autoridades represivas, y el ladrón como una inocente víctima.

La única consecuencia segura es que se profundizará el divorcio entre el campo y la ciudad, con todo el deterioro que el mismo implica para el desarrollo de una sociedad más próspera y equitativa. Aunque en muy diferente medida, todos tendremos alguna parte de responsabilidad en que esto ocurra. Ojalá estemos a tiempo, y tomemos las medidas necesarias para evitarlo.

 

El autor agradece los comentarios de la Dra. Alejandra Giuffra y del Ing. Carlos Salgado

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