La sustentable oveja uruguaya

El País Agropecuario (Nº 100)
Junio del 2003

Presentación

Pocas actividades productivas en el mundo muestran una sustentabilidad económica y ambiental tan largamente probada, como la ganadería desarrollada en la región pampeana a la que pertenece el territorio uruguayo. Con matices ambientales propios de las subregiones o diferencias del contexto económico propio de los países involucrados, la producción vacuna de carne o leche y la ovina para lana y carne, desde su introducción en la región por los españoles hace 4 siglos hasta la actualidad, han sido y siguen siendo pilares del desarrollo económico regional.

Desde su expresión primaria original, inicialmente extractiva, luego productiva, siguiendo por su desarrollo industrial –cárnico, lácteo, textil, del cuero- del último siglo, y la multiplicidad de servicios de pre y post producción que se desarrollan al amparo de la competitividad de cada fase de las cadenas productivas, la ganadería, en su expresión más amplia, aparece como indisolublemente unida no solo al desarrollo económico de nuestros países, sino también al de nuestras naciones en su calidad de tales.

Este artículo se centrará en la producción ovina uruguaya, que durante los dos últimos siglos, con sus idas y venidas hacia la lana fina o gruesa, hacia la carne de adulto o de cordero, hacia la exportación primaria o hacia la industrialización en el país, ha sido siempre protoganista medular de la evolución de nuestra ruralidad y también de nuestra urbanidad, tanto en los flujos como en los reflujos de las mismas.

Algo de historia

Introducidas junto con los vacunos por Hernandarias y los jesuitas de las Misiones del Alto Uruguay en las primeras décadas del siglo XVII, las ovejas se multiplicaron en la “Vaquería del Mar” como llamaban los misioneros a lo que hoy es nuestro territorio. Treinta años después de la fundación de Montevideo, a mediados del XVIII, se censaron en los alrededores de la ciudad 71.620 ovejas. El siglo XIX presencia la importación de razas francesas e inglesas, la “merinización” que hacia fines de siglo nos hacía conocer en el mundo con la lana “tipo Montevideo”, temprana referencia al puerto exportador antepuesto al campo productor.

El advenimiento del frigorífico produce un vuelco en la orientación de la cría ovina hacia la producción de carne durante las primeras 3 décadas del siglo XX, con un equilibrio posterior entre los extremos laneros y carniceros logrado con la razas “doble propósito” de origen australiano, que simultáneamente atendían la creciente demanda interna de carne y de la industria textil –con lo que en esa época se consideraba “lana fina”- la que muestra su período de mayor dinamismo en el cuarto de siglo que transcurre entre 1930 y 1955.

Es la época de las “vacas gordas” pero también del “oro blanco”. Época en que la rentabilidad del negocio ganadero dio lugar al manejo de la categoría “excedente” para su explicación, y a partir de la misma, de su recorte a través de la política impositiva y cambiaria. Época en que ese “excedente” financia en forma explícita la industrialización sustitutiva de importaciones, pero también, en forma menos defendible pero más visible, los lujos urbanos, las dos construcciones de la rambla de Pocitos, primero con “chalés”, más tarde con edificios de apartamentos.

La tendencial caída de los precios internacionales de los productos agrícolas a partir de mediados de la década del 50, hace que, a medida que se reduce el “excedente”, se agudicen los conflictos por su distribución. Las exportaciones de lana que promediaron las 78 mil toneladas en el período 50-55 caen a 64 mil en promedio del 56 al 70. La política de reintegros a las exportaciones instaurada desde mediados de los 60 promueve la reestructura de la industria, aumentando el peso relativo de tops, hilados y tejidos, descendiendo paralelamente la participación de la lana sucia y lavada. En los 70 la política de protección industrial se mantiene en forma errática, hasta llegar a los 80 en que los estímulos prácticamente se suspenden aplicándose la reducción de aranceles acorde con la política de apertura económica en vigencia.

La década del 80 muestra la consolidación del desarrollo de la fase del lavado y peinado de la lana, ubicando a Uruguay como segundo exportador mundial de tops. Razones salariales pero sobre todo ambientales impulsan la relocalización de la industria topista europea, y Uruguay aprovecha esa coyuntura. Se realizan importantes inversiones, se peinan cada vez lanas más finas, aumentando no solo la cantidad sino también la calidad de los tops uruguayos, la competitividad del sector primario se extiende a la primer fase de la industrialización. Al final de la década se asiste al último gran pico de precios internacionales, resultado de la creciente intervención en el mercado de la Corporación Lanera Australiana, se acumulan gigantescos stocks y al inicio de los 90 se produce el derrumbe. Comienza la década negra de la lana.

 Evolución reciente

En 1991 Uruguay alcanza el máximo en existencias ovinas de su historia: 26 millones de cabezas. En el 2002, las más bajas desde el siglo XIX: 11 millones. La producción de lana cae casi en la misma proporción, se pasa a importar lana sucia porque la producción nacional no es suficiente para abastecer a la industria topista. Para explicar esa caída en una producción pecuaria que involucra animales de ciclo de vida relativamente largos –distinto es el caso en un cultivo anual-  se tienen que reunir factores de distinto origen, externos e internos.

En primer lugar, la “digestión” de los stocks acumulados en el 89/90 en Australia (que exporta el 50% del total mundial), proceso que insume 10 años, en los que los precios internacionales, salvo breves coyunturas como las del 94/95 y 96/97, se mantuvieron extremadamente bajos. En segundo término, el atraso cambiario que soporta la economía uruguaya durante el mismo período, perjudica a la lana más que a cualquier otro producto exportable, dado que, al exportarse el 95% del total producido, y todo hacia fuera de la región, la lana en ningún momento se benefició de los atrasos cambiarios aún mayores que hubieron en Argentina y Brasil en ciertos períodos, como ocurrió con otros productos como la carne, el arroz, los lácteos o la cebada. Por otra parte, al ser mínima la participación del mercado interno, no existe ese “colchón”, y los aumentos de consumo resultan insignificantes.

En tercer lugar, las buenas condiciones que existieron para la carne por la demanda brasileña en el período 94-98 y la condición de libre de aftosa sin vacunación entre el 96 y el 2001, y al ser los vacunos competidores de los ovinos en el pastoreo conjunto, fueron determinantes para que “las vacas empujaran a las ovejas en la bajada”. Por último, el avance de las fibras artificiales y sintéticas sobre el mercado de las naturales, presiona tendencialmente a la baja de los precios.

Semejante conjunción de factores adversos hubiera hecho desaparecer otra producción menos competitiva que el complejo lanero uruguayo. Durante el 2001 y el 2002 las condiciones vuelven a la normalidad (¿por cuánto tiempo?) tanto en el plano de los precios como en el cambiario, y el sector productivo inmediatamente reacciona. Pero las inercias en los ciclos biológicos largos no se revierten en un año, y además el clima fue muy perjudicial para los ovinos por el exceso de lluvias durante 2002 y 2003, por lo que el stock y la producción de lana aun no retomarán la senda del crecimiento en este año –incluso es probable que todavía se reduzcan marginalmente- aunque la tendencia declinante claramente se ha revertido.

La situación actual

Caímos tan bajo, que nos llevará bastante tiempo volver a alcanzar un nivel de existencias que permita abastecer sin sobresaltos la demanda de lana y carne ovina de las respectivas industrias textil y frigorífica. Si elegimos un quinquenio de gran crecimiento del stock, como fue por ejemplo el del 75 al 80, la tasa acumulativa anual alcanzó en el mismo al  5,9%.  Tomando este crecimiento como un máximo teórico y partiendo de los 11 millones actuales, en 5 años recién llegaríamos a 14,5 millones y en el 2010 podríamos estar en los 16,5 millones. Claro que no se puede descartar un “salto” tecnológico que supere estas proyecciones, pero para que el mismo ocurra –la tecnología está disponible- se requiere que las condiciones económicas favorables tengan un mínimo de estabilidad, lo que no es moneda corriente en nuestro país. Dicho esto no por los precios, que nos vienen dados, pero si por la política cambiaria e impositiva, que definimos nosotros.

Pero en la actualidad la situación en relación a las posibilidades de crecimiento es diferente a la del pasado. Hasta mediados de los 90, la carne que se consumía y que se exportaba provenía básicamente de animales adultos, capones y ovejas de descarte, que ya habían cumplido con su ciclo productivo lanero. Los corderos solo se consumían en las fiestas de fin de año. Pero desde 1996 se empieza a realizar un potencial productivo que el país no había explorado: la producción de carne de calidad por medio del “cordero pesado”, que en condiciones de equilibrio del stock no es competitiva sino complementaria de la de lana.  Mientras fue muy bajo el precio de la lana, el costo de oportunidad de destinar un cordero, macho o hembra, a la faena, era también muy bajo, lo que favoreció (no fue la única causa) el espectacular aumento de la faena de corderos, que a lo sumo alcanzaban a dar un vellón de lana antes de ser sacrificados.

Hoy el que produce un cordero tiene dos opciones, ambas atractivas, pero mutuamente excluyentes: lo retiene, especialmente si es hembra, para aumentar el stock y la producción de lana, o lo engorda o vende para engordar –con buen retorno económico en ambos casos- sacándolo a corto plazo del circuito lanero. Ya en el año pasado y en lo que va de este, se nota una restricción en la oferta de corderos para faena, a pesar de los buenos precios, lo que denota la intención de recuperar existencias. Pero a la inversa, si se privilegia la opción carnicera, cada cordero que se faena, un año más tarde podría ser un borrego que diera 3 o 4 quilos de lana.

Con los escasos 3 millones y pico de corderos que producimos, es difícil crecer en ambos mercados simultáneamente. Existe el potencial para aumentar esta cifra en un 30 a 40% sin aumentar necesariamente el número de ovejas, pero para ello habría que dar el salto tecnológico mencionado. Para que el mismo se dé, el mantenimiento de las condiciones económicas son la condición necesaria, que se harán suficientes si se le suman el esfuerzo de los productores y de las instituciones involucradas.

Lo anterior se refiere al imprescindible incremento de la tasa de procreos (relación entre los corderos logrados y las ovejas encarneradas) principal limitante al crecimiento de las existencias. Históricamente Uruguay produce en promedio entre 60 y 65 corderos por cada 100 ovejas (en los últimos 2 años no llegamos a 60). La fertilidad y fecundidad del ovino permite alcanzar valores muy superiores, como lo demuestran países de ovinocultura superior, como Nueva Zelandia, que promedia un 130%, explotando la aptitud mellicera e incluso trillicera de la oveja.  Pero esta no es la única restricción.

La elevada pluviosidad es perjudicial para el ovino, por varias razones. El exceso de humedad deteriora la calidad de la lana, y afecta la salud, y por tanto la producción y reproducción de los ovinos, pero en particular los perjudica por el gran incremento de los parásitos que lo atacan. La sanidad se vuelve entonces una restricción importante, lo que en los últimos tiempos se ha agravado por la resistencia que generan los parásitos, a los principales medicamentos utilizados en su control, lo que disminuye progresivamente la efectividad de los mismos.

 Las perspectivas

Uruguay tiene un gran potencial para la producción ovina, lo ha demostrado históricamente, con espectaculares crecimientos de la producción cuando las condiciones económicas han sido lo suficientemente atractivas, en intensidad y duración. También ha demostrado tener problemas serios –algunos se mencionaron en los párrafos anteriores- para superar algunos umbrales tecnológicos tanto de orden genético, sanitario y de manejo, que otros países con potenciales similares han superado largamente. Un problema adicional cada vez más grave lo constituye el abigeato, que será tratado en profundidad en un próximo número de esta revista.

Hoy las condiciones económicas son buenas, y aunque el rubro está muy golpeado, ya ha reaccionado a los estímulos recibidos. Como el punto de partida es muy bajo, por rápido que se crezca, el incremento en términos absolutos será pequeño al menos por unos años. Este año será el del rebote, el del fin de la caída y del principio de la recuperación. Los mercados externos tanto de lana como de carne están firmes, si dejamos de lado a la coyuntura adversa por la salida de China del mercado lanero por el cierre temporal de fábricas textiles debido a la neumonía atípica. Si esto se supera, como esperamos, no se prevén grandes amenazas desde el frente externo.

El mayor peligro es de entre casa.  Tantas son las premuras financieras del Gobierno, tantas las obligaciones a cumplir, tantos los que reclaman, que nadie puede estar seguro. Los primeros síntomas ya están a la vista. Pago de intereses exorbitantes en Letras en pesos para obtener financiamiento de corto plazo para cubrir el déficit fiscal, provoca ventas masivas de dólares y con ellas la caída de su precio, la entrada de capitales especulativos para captar las tasas reales altísimas que se logran en esas inversiones. Cuando aún no se ha cumplido un año de su desaparición, el atraso cambiario vuelve a asomar el hocico. Los que hasta el 2001 sostenían que la política económica era la correcta, se incorporan sobre las ruinas del país y pregonan que se necesita más de lo mismo. “La historia se repite, la primera vez como drama, las siguientes como farsa” sentenció un filósofo hace 150 años, pero acá parece que no lo hemos aprendido. Pero seamos optimistas y esperemos que prime el sentido común,  que el aparato productivo nacional no sea nuevamente rehén de los mal llamados equilibrios macroeconómicos, que desequilibran los pilares productivos y terminan derrumbando al país entero.

Si esto ocurre, el sector crecerá, ocupará gente en el campo en empleos de alta productividad, pero más en términos numéricos en la industria y los servicios vinculados. Todo lo que crezca se reflejará en mejora de la balanza comercial, tanto por aumento de las exportaciones como por disminución de las importaciones de materia prima para la industria. Pero para que ese crecimiento no se quede “a mitad de tabla” también debemos encarar las asignaturas pendientes a nivel primario.

Ya se mencionó la necesidad imperiosa de tener sustanciales incrementos de los procreos, tanto mediante el manejo como por el mejoramiento genético. Debemos buscar resistencia genética a los parásitos internos, el distinto comportamiento de los individuos ante el mismo problema nos está mostrando el camino. Debemos desarrollar programas de mejoramiento genético en las diferentes razas en variables de importancia económica, como el diámetro de fibra, las fibras pigmentadas y el color de la lana, avanzar en la incipiente producción de Merino superfino. Debemos profundizar nuestro conocimiento en todo lo relativo al cordero pesado en sus distintas variedades, tanto en lo genético como en lo nutricional y desarrollar nuestro conocimiento en calidad, valorización y diferenciación de producto. Hace años que conocemos pero no desarrollamos debidamente la enseñanza y difusión del uso de perros para trabajar con lanares. El control del foot-rot y la certificación de predios libres es cada vez más imperiosa, en particular con años llovedores. Debemos mejorar todo lo relativo a los residuos contaminantes, por baños y marcas, que deterioran el valor de la lana. Y muchas cosas más que escapan a esta enumeración.

Nos consta que las instituciones involucradas están trabajando en todos estos temas. Como todo el mundo, cada una tiene sus problemas, a veces de recursos, a veces de burocracia, no falta alguna rencilla parroquial. Todos los que estamos de una u otra forma en el sector tenemos nuestra cuota parte de responsabilidad de que estas cosas ocurran, que por otra parte son inevitables cuando de seres humanos se trata. Pero hoy más que nunca el país requiere de una ovinocultura vigorosa, de que públicos y privados, instituciones técnicas y gremiales, productores rurales e industriales, empresarios y trabajadores, aunemos esfuerzos para que la sustentable oveja uruguaya pueda nuevamente llegar a ser uno de los símbolos de un país productivamente más eficiente, económicamente más próspero y socialmente más justo.

 

El autor agradece los comentarios de los Ings. Fabio Montossi y Raúl Officialdegui

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.