El sinceramiento del 2002

El País Agropecuario
Noviembre del 2004

Hablar de la crisis de la economía uruguaya en el 2002 es un ejercicio que en los últimos 2 años se ha realizado hasta el hartazgo en nuestro país. Y no es para menos.  Analistas de diferentes ámbitos académicos y políticos coinciden en que esta crisis quizá haya sido la mayor que viviera nuestro país en su historia como nación independiente. La ubicación temporal en el 2002 está directamente asociada a la corrida bancaria del primer semestre, que  hiciera colapsar al sistema financiero del país a mediados de aquel año, como corolario inevitable de la crisis terminal de la economía argentina de fines del año anterior. Acontecimientos estos que obligaron a dar un golpe de timón a la conducción económica uruguaya.

Pero cabe preguntarse ¿lo del 2002 fue realmente “la crisis”? ¿O fue la eclosión final de un largo proceso de crisis en el sector real de la economía que, como no podía ser de otra forma, terminó por arrasar con un sistema financiero hipertrofiado, siendo los factores externos adversos solo el detonante de una situación a esa altura insostenible? Si fuera así, los traumáticos acontecimientos del 2002 deberían interpretarse como un “sinceramiento” de la economía, tanto más violento como retardado el momento de su ocurrencia­.

Si lo del 2002 fue la crisis, entonces sus efectos perniciosos sobre la economía deberían observarse a partir de ese momento, y en los años inmediatos siguientes. Y, por el contrario, antes de ese momento las cosas deberían haber andado bien. Veamos algunos datos de la parte real de la economía y de su sistema financiero, que pueden resultar ilustrativos.

 

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En las gráficas adjuntas se muestra la evolución de 4 variables principales de la economía para los últimos 10 años, en forma de índices con base 100 en 1995. Los 5 años previos al 2002 muestran 2 panoramas contrapuestos: las 3 variables del sector real de la economía, PBI, exportaciones y desempleo, muestran un deterioro continuo y acumulado [1] –las dos primeras que conviene que suban, bajan, y la tercera, que conviene que baje, sube-, mientras que la variable que nos dimensiona el sistema financiero –el nivel de depósitos- aumenta también en forma continua y acumulada.

Mucho hemos reiterado, a lo largo de los años, el papel determinante del atraso cambiario en la ocurrencia de estos fenómenos, la sangría que el mismo representa en una economía exportadora como la uruguaya, tanto por la pérdida de competitividad del sector exportador como por el incremento de la competencia de productos importados en el mercado interno. Todo lo cual lleva al cierre de empresas y al aumento del desempleo, al que, en el caso uruguayo hay que sumarle la migración. En una palabra: aumento de la exclusión social.

Claro que paralelamente brinda posibilidades de ganancia muy interesantes a nivel financiero, con la seguridad del tipo de cambio preanunciado y las altas tasas de interés internas en moneda nacional. Si a eso le sumamos la vecindad con Argentina, donde siempre hay gente con plata y queriéndola sacar, se explica la venida masiva de capitales hasta el 2001. Capitales que le permiten al Gobierno financiar sus crónicos déficits, mantener o aumentar los salarios públicos, tener bajo control a la inflación y conformes a los sindicatos. Porque los desempleados no están sindicalizados, porque no tienen con que presionar.

Cuando un proceso parecido explota en la Argentina a fines del 2001, se nos viene la maroma, y en 6 meses el “sólido sistema financiero uruguayo” es desfondado y nos salvamos del default y de la cesación de pagos gracias a un apoyo “milagroso” del gobierno de Estados Unidos a través de los organismos de crédito, que implicó un enorme incremento de la deuda externa. Los efectos inmediatos sobre las empresas fueron terribles, básicamente por el incremento del endeudamiento en términos reales y la desaparición del crédito, lo que aumentó en el corto plazo las quiebras y el desempleo.

Pero en pocos meses, el sinceramiento que implicó el fin del atraso cambiario reactivó a toda la economía, empezando por sus sectores más competitivos. Las gráficas correspondientes lo muestran con claridad. En 2004 se llega a un crecimiento del producto inédito en la historia del país –cerrará por encima del 11%- que asegura además un crecimiento por arrastre de por lo menos el 8% para el 2005. Las exportaciones también baten récords históricos y el desempleo empieza a disminuir consistentemente.

¿A que viene este recordatorio de asuntos tan sabidos por algunos y a la vez tan tozudamente desconocidos por otros? En los últimos tiempos se han reiterado reclamos ante el Estado –es decir ante el representante del conjunto de los uruguayos- provenientes de sectores que se dicen perjudicados, y efectivamente lo fueron, por la crisis del 2002. Y se toma como patrón de comparación la situación previa a la misma, cotejando la situación actual con los datos del 2001. Lo que implica que aquella situación se considera la normal, a la que corresponde volver.

No es el único caso, pero la crítica situación de la Caja Bancaria es un claro ejemplo de lo que intentamos describir. Durante muchos años, los administradores de la misma eran celosos guardianes de su autonomía, que nadie se metiera. Ahora se muestran datos de “antes de la crisis” (léase, cuando había 25 bancos, que pagaban los mejores sueldos y daban los mayores beneficios sociales a sus muchos miles de empleados, y la Caja pagaba espléndidas y tempranas jubilaciones y pensiones) y se comparan con la realidad actual, donde hay más pasivos que activos y el déficit corriente es gigantesco. Y se piden “soluciones”. Es decir, se compara la situación de “un país de mentira” con la del país real, y se pretende volver al primero, y que lo paguemos todos.

El nuevo Gobierno que asume el 1 de marzo próximo, seguramente se verá enfrentado a esta y otras situaciones similares. Donde los reclamantes se quejan porque se terminó el jolgorio que arruinó al país, y del que fueron beneficiarios, y exigen que el Estado cargue con el muerto. La actitud que asuma el Gobierno ante estos reclamos, dependerá en gran medida del diagnóstico que tenga sobre las reales causas de la situación actual.

Por eso, la distinción entre el significado de los términos “crisis” o “sinceramiento” de la economía para describir lo ocurrido en el 2002, no es un tema semántico, sino que hace al rumbo que deba tomar la conducción económica del país. Si quiere volver a la fantasía financiera, o prefiere que la economía real se siga fortaleciendo. La primera es una apuesta de corto plazo, del tipo de la adoptada por blancos y colorados durante los 90, y que a la larga, tan malos resultados le diera, al país y a esas colectividades políticas.

La otra es la apuesta de largo plazo que el país reclama hace décadas, con menos rédito político inmediato, pero que es la apuesta al crecimiento, ineludible condición para el desarrollo, para empezar a disminuir la exclusión, para posibilitar la justicia social. En una palabra, para cumplir con la promesa de apostar al “país productivo”,  tan reiterada durante la campaña electoral.

El autor agradece la colaboración del Ing. Agr. Pablo Jiménez de Aréchaga

[1] El PBI y las exportaciones están medidos en dólares corrientes, y por lo tanto también influídos (inflados)  por el atraso cambiario hasta el 2002. Si se los expresara en pesos constantes, la caída sería aún mayor.

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