¿Duplicaremos la producción agropecuaria?

El País Agropecuario
Febrero del 2005

En los últimos meses se han difundido nuevos intentos de un ejercicio académico caro a nuestros ambientes agronómicos: el de evaluar en forma de prognosis el potencial productivo del agro nacional, estimando así a lo que podríamos llegar si todos los productores aplicaran los paquetes tecnológicos hoy probados y disponibles para los diferentes rubros que lo componen, en el contexto dado por nuestros recursos naturales.

Desde los tempranos años 60, cuando se empezaron a aplicar las enseñanzas, las semillas, los fertilizantes y el manejo que producían el milagro neocelandés, hasta la actualidad, se han reiterado, actualizando las metodologías en concordancia con el desarrollo de las técnicas de análisis que ofrecen la estadística y la computación, los intentos de dimensionamiento del potencial no realizado. Lo que también podría entenderse como la medida de la apatía, negligencia o tozudez de los empresarios rurales, porque la “brecha” con Nueva Zelandia se mantiene o se amplía.

De esos nuevos intentos nos referiremos a los dos realizados el año pasado de mayor alcance, por el esfuerzo analítico y el marco institucional en que se desarrollaron: el primero, “Estimación del potencial de producción de carne vacuna en Uruguay” realizado por Convenio entre Inac y Fucrea, y el segundo, “El agronegocio uruguayo: pilar del país productivo” dentro del proyecto Agropecuaria Uruguay 2020 realizado por el IICA.

El primero, que en principio solo se refiere a la carne vacuna, presenta la particularidad de incorporar datos climáticos a la información originada a nivel de productor y a las bases de datos estimando la producción por zonas agroecológicas. El procesamiento y el análisis de la información se realiza con diferentes modelos de simulación y sistemas de información geográfica

Los resultados obtenidos con los sistemas mejorados generarían un aumento del 80 al 100% en la producción y faena de vacunos. Si paralelamente se duplicara la población de ovinos, el aumento en la producción de carne solo se reduciría un 14%­­; si el área agrícola se duplicara respecto al promedio de las zafras 01/02-02/03, el aumento en la producción de carne se reduciría solo un 7%; mientras que si se aumentara el área forestada en 400 mil hectáreas, el aumento de la carne solo disminuiría un 2%.

Es decir que los resultados posibles del sector cárnico no solo son muy auspiciosos, sino que también muestran gran robustez, al conservarse casi incambiados frente a importantes incrementos de los principales rubros que le pueden competir por los recursos naturales a los que todos acceden. Es importante destacar que en este trabajo solo se habla de producción física, sin incluir precios, como sí se hace en el siguiente, que estima el posible incremento del valor bruto de la producción sectorial. [1]

El trabajo del IICA empieza reafirmando el enorme potencial de la producción agropecuaria para impulsar el crecimiento del conjunto de la economía. En una primera sección sobre el contexto dentro del que se deberá desempeñar el agronegocio uruguayo en los próximos 15 años, el trabajo pone énfasis en los nuevos escenarios tecnológicos, donde se transitará del mundo de los commodities donde predomina la búsqueda de la competitividad por medio del aumentos de la productividad y/o la reducción de los costos, a un nuevo escenario donde lo principal es la creación de oportunidades tomando en cuenta el conjunto de la cadena de valor. Lo que ocurre a cada nivel condiciona y es a la vez condicionado por las características y requerimientos de los restantes.

La irrupción de la biotecnología y la informática se enmarca en un tránsito hacia la sociedad o la economía del conocimiento, donde “los ganadores serán los que sean capaces de hacer más efectivamente la transición hacia los esquemas institucionales para que la tecnología pueda expresar todo su potencial”.

Nuevos temas como la dimensión ambiental y el mercado de los servicios ambientales, el turismo ecológico y la calidad y la sanidad en el comercio agroalimentario, son de creciente relevancia en el proceso de “descomoditización” dentro del cual se ampliarán las condiciones de mercado para nuestros productos, en correlato con la creciente complejidad de gestión de los sistemas productivos y comerciales que se requerirá para aprovecharlas.

Cuando se pasa a evaluar el potencial productivo del agronegocio, llama la atención que en un mundo de tanto dinamismo e incertidumbre, se estimen tasas anuales de crecimiento para el período 2004-2020 que, desde el escenario “conservador” hasta el escenario “optimista” solo varían dentro de un rango que va del 3,0 al 3,6%, lo que equivale a decir que prácticamente se sabe lo que va a pasar.

Al final se genera un crecimiento del valor bruto de la producción sectorial de entre 59 y 75% en el mismo período. A nivel de subsectores se concluye que “es posible (en el escenario intermedio) duplicar los volúmenes de producción de carne vacuna, y obtener incrementos del orden del 172, 52 y 24% respectivamente, en las producciones de carne ovina, leche y arroz”.

Ambos trabajos coinciden en que los incrementos esperados no son el resultado de alcanzar los “techos tecnológicos” actualmente disponibles, sino de generalizar niveles de adopción tecnológica ya alcanzados por un determinado grupo de productores (trabajo de Inac-Fucrea) o alcanzables según “senderos de adopción” definidos en función del nivel tecnológico actual y el escenario futuro considerado (trabajo del IICA).

Hasta acá el muy breve bosquejo de los trabajos mencionados. A continuación se harán algunas consideraciones relativas al contexto en el que esos incrementos productivos se tendrían que viabilizar.

Es sabido que lo que ocurre en cada nivel de las cadenas agroindustriales (CAI), condiciona y es a la vez condicionado por lo que ocurre en los otros niveles. Pero además de esa interdependencia interna a la cadena, existen otras con distintos ámbitos económicos y sociales, tanto del contexto interno como del internacional.

Está muy fresco en el recuerdo de todos, los tremendos impactos recibidos por las CAI, provenientes de la política macroeconómica seguida por el país durante los últimos 10 años [2], que provocaron bruscas alteraciones de la capacidad de competencia de las mismas.

Y a este y otros elementos del contexto interno, se le deben sumar los provenientes del exterior, como el de los flujos de capital, la inserción de nuestras CAI en los mercados de insumos y productos, las implicancias por la creciente preocupación por los temas ambientales y sanitarios, etcétera.

La estabilidad macroeconómica nacional y regional, se constituye sin duda en condición –necesaria pero no suficiente- para que, tanto los agentes económicos individuales como las CAI en su conjunto, sean capaces de desarrollar estrategias competitivas de largo plazo, imprescindibles para que el potencial productivo a nivel primario pueda manifestarse.

Pero nuestra concepción de las bases en que se asienta la competitividad también está cambiando día a día. El desarrollo de la informática asociada a las comunicaciones y la biotecnología nos muestra cuán perimidas están las viejas concepciones basadas en las ventajas comparativas. La sociedad del conocimiento genera cambios en los sistemas productivos pero también sobre los marcos institucionales en los que estos se desarrollan, a los que ningún país se puede sustraer.

En el mundo globalizado, el conocimiento deviene en factor productivo esencial, por eso, por buena que sea nuestra dotación de recursos, la brecha tecnológica con los países desarrollados no disminuye sino que más bien se amplía.

En algunos países con rapidez, en el nuestro con lentitud, el Estado redefine sus funciones, reduce su actividad en el plano productivo, incrementándolo en el de la regulación y control de las mismas actividades que antes desarrollaba, se ocupa del ordenamiento territorial, de la legislación y control de todo lo referido a las nuevas tecnologías vinculadas a la ingeniería genética, a las comunicaciones, o a procesos productivos de riesgo ambiental.

Los agentes privados, además de aumentar la cooperación entre ellos –lo que no quiere decir que no compitan- deben adecuar su forma de relacionamiento con el Estado en función de estas nuevas realidades, para propender entre todos -públicos y privados, empresarios y trabajadores- al desarrollo de condiciones genuinas de competitividad. Y todos estos cambios impactan, más temprano que tarde, en la competitividad de las CAI y por esta vía en la productividad del sector primario.

Como bien aclara el trabajo de Inac-Fucrea, no se tiene que esperar del mismo la explicación de porqué ya no se adoptó por parte de todos los productores el nivel tecnológico “mejorado”, ni el tiempo necesario para la transición. Pero es indudable que los elementos mencionados anteriormente tienen que ver con dicha explicación.

El peligro radica en querer encontrar esa explicación solo “de porteras adentro”. Y es peligroso porque por esa vía se cae inevitablemente en maniqueísmos que solo nos alejan de las verdaderas soluciones, que son muy complejas y que, en mayor o menor medida, involucran a todos los miembros de la sociedad.

Quizá dupliquemos la producción, pero no será solo echando más fertilizantes y semillas a nuestros campos. Quizá cuando la hayamos duplicado, ya se haya generado tecnología que permitirá quintuplicarla. No nos preocupemos por esta carrera, que no tiene fin. Sí debemos preocuparnos por generar condiciones estables de competitividad para nuestras CAI, que es la forma más efectiva e inmediata de generarlas para el país.

[1] La publicación del IICA no menciona los precios utilizados, por lo que se supone que se utilizaron los precios actuales de insumos y productos, para todo el período considerado.

[2] Recibidos y que se siguen recibiendo. En el 2004 –luego del “salto” competitivo por la devaluación del 2002- la inflación en dólares (por no hablar de atraso cambiario que requiere una base de comparación) fue del 19,6%, determinando una caída de la competitividad del 7,7% (datos del BCU)

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