La inflación contumaz

El País Agropecuario

Junio del 2005

En su única obra literaria, El Gatopardo, que póstumamente se convirtiera en un clásico de la literatura italiana, Giuseppe Lampedusa enseñó como cambiar en apariencia las cosas, con el objeto de que todo siga como está. Tan convincente fue su enseñanza, que en la segunda mitad del siglo pasado, el término “gatopardismo” [1] se acuñó como adjetivo, calificándose con el mismo toda acción que quiera cambiar las cosas solo en apariencia, para dejarlas en definitiva igual que antes, pero evitando subrepticiamente los reclamos a favor del cambio real.

Cuando en la campaña electoral del 2004 todo el sistema político se juramentó respecto a las dos premisas que debían guiar a quien fuera el nuevo gobierno, a saber “apuesta al país productivo” y “nunca más atraso cambiario”, no se discutían metodologías o cual debería ser el año base para la comparación, todos sabíamos de lo que estábamos hablando. Se trataba de no repetir la nefasta experiencia de los años noventa, cuando se utilizó el ancla cambiaria para abaratar el dólar, sobrevalorar el peso y vivir, mientras durara la ilusión, por encima de nuestras posibilidades como país. Al precio de fundir el aparato productivo, generando los mayores niveles de endeudamiento y cierre de empresas y de tasas de desocupación y de emigración de que se tenga memoria.

Después que “el país de los 7.000 dólares de PIB per cápita” les implosionó entre las manos, la mayoría de los políticos y sus economistas asesores, recibido el baño de realidad que también debió ser de humildad, prometieron cambiar y de ahí lo de las dos premisas mencionadas. Claro que una parte de la factura (quizá exagerada) le fue endosada a la cleptocracia y en particular a aquellos banqueros que forman parte de la misma [2]. Pero en marzo asumieron el gobierno otros políticos, sin embargo en lo que al tema cambiario se refiere, la actitud es básicamente la misma que la de los anteriores, aunque ahora con una variante: no es “atraso cambiario” sino “inflación en dólares”.

“Atraso cambiario” es un término relativo, expresa que el precio del dólar está atrasado, que su valor en pesos ha crecido menos de lo que correspondería a partir de una determinada fecha que se toma como base y en la que se estima que la relación entre ambas monedas era la correcta. A dicha relación se le denomina el “tipo de cambio real de equilibrio”[3] Cuando el Ministro de Economía dice que la competitividad (en gran medida determinada por el tipo de cambio) de nuestras exportaciones es ahora un 30% superior a la de enero del 2002, utiliza este mes como base, porque el atraso cambiario de aquel momento era enorme [4]. Pero si cambiamos la base del 2002 al 2004, observamos que la competitividad global cayó en el último año un 10%, la extrarregional un 20%, ante Argentina un 12% y ante Brasil un 10% (ver gráfica) pero estas comparaciones no se realizan.

“Inflación en dólares” quiere decir, sencillamente, que los precios de la mayoría de los bienes y servicios, si se los expresa en dólares, están aumentando, que es casualmente lo mismo que ocurre cuando se está generando atraso cambiario, pero sin las implicancias metodológicas de la base de comparación. A los efectos prácticos que le interesan al “país productivo”, es lo mismo [5]: se pierde competitividad porque los costos de producción aumentan, tanto en términos absolutos (insumos cotizados en dólares) como relativos al ingreso real obtenido en la producción (con los mismos dólares obtenidos, se pagan menos salarios, impuestos, servicios, etcétera, por el menor valor de la divisa)

Pero se insiste con que no es lo mismo atraso cambiario que inflación en dólares, lo que en términos estrictamente técnicos es cierto, pero que no interesa respecto al tema de la competitividad, porque cuando el tipo de cambio real –el poder de compra de un dólar- disminuye, la competitividad, sea a nivel agropecuario, industrial o de servicios también lo hace, independientemente del nombre que le pongamos al fenómeno.

Pero cuando se argumenta esto, los responsables de la conducción económica responden que la competitividad no depende solo del tipo de cambio, lo que también obviamente es cierto. Sabemos que también influyen en la determinación de la competitividad, la tecnología, la escala de producción, las tarifas públicas, la disponibilidad de infraestructura, la forma de inserción en los mercados, etcétera, aspectos en los que, dicho sea de paso, el estado uruguayo no se caracteriza por brindar condiciones muy favorables a las empresas exportadoras. Pero el tipo de cambio, en una economía abierta como la nuestra, es la polea de transmisión de los precios de los bienes y servicios (directamente en los de exportación, indirectamente en los del mercado interno) que son la principal señal de la economía. Ningún instrumento de política económica actúa con la inmediatez, universalidad y efectividad con que lo hace el precio del producto o insumo en cuestión [6].

El equipo económico también argumenta que la inflación en dólares va a ser menor en el 2005 de lo que fue en el 2004. Y también probablemente sea cierto. Pero lo que importa no es que baje la tasa, sino que cambie de signo la tendencia, que en vez de seguir aumentando -aunque lo haga más lentamente que en el pasado- empiece a disminuir [7], a recomponer el poder adquisitivo del dólar.

Después de los argumentos de índole metodológica se recurre a la comparación internacional, explicando que Uruguay no puede ser una excepción en un mundo y una región donde la abundancia de dólares determina la caída de su valor. Y también esto es parte de la verdad. Lo que se pasa por alto es la actitud que se asume, a través de la política interna, ante esa contingencia externa. La política monetaria fuertemente restrictiva que ha imperado desde mediados del 2004 hasta ahora, durante el final del ministerio de Alfie y el principio del de Astori, ha aumentado la oferta interna de dólares para paliar la escasez relativa de pesos –determinada por el BCU- actuando en el mismo sentido que el del contexto externo. La libre entrada y salida de capitales, cualquiera sea su destino en el país, opera en el mismo sentido.

Los que ven la inflación en dólares como un problema, como lo hace Chile y últimamente también Argentina, actúan en sentido contrario, evitando en la medida de lo posible la valorización de la moneda local. Políticas contracíclicas que atemperan la inflación importada, mientras que acá se la estimula, valorizando el peso por medio de una política monetaria que promueve su escasez.

Para justificar la inflación en dólares también se recurre al método de mostrar la otra cara de la moneda: los aspectos negativos, cuya existencia es innegable, de un mayor nivel de devaluación. Si sube el valor del dólar, aumenta el peso de las deudas nominadas en esta moneda, que son la inmensa mayoría en una economía dolarizada como la nuestra, y ni hablar de la deuda externa. También cae el salario real, dado que se encarecen los productos e insumos importados, y por esta vía muchos bienes y servicios producidos internamente.

Y acá queda planteada una oposición dialéctica: priorizar el ingreso real de los que reciben un salario porque tienen trabajo, o propender a aumentar el nivel de empleo, mejorando la rentabilidad de las empresas y a través de ella las inversiones. Un tema no menor en la dilucidación de este enfrentamiento es el de que los asalariados tienen la posibilidad de hacerse oír a través de la acción gremial, y los desocupados no.

Centrándonos en el sector agropecuario, tampoco se puede decir que la inflación en dólares lo perjudica de manera uniforme. Lo hace mayormente con los rubros de exportación a  los que le baja el valor de venta, y a los que utilizan mayormente insumos nacionales que no se benefician de la baja del valor del dólar. Estos son la gran mayoría, los más importantes, pero el ejemplo más acabado es el de la lana, de la que se exporta más del 95% y todo hacia fuera de la región, por lo que no la ayuda el mercado interno ni el regional, donde suele haber alguna inflación en dólares mayor que la nuestra. Y tampoco le disminuyen los costos, dado el reducido componente importado de los mismos. En el otro extremo está un “cultivo del atraso cambiario” como es la papa, ya que todo lo producido va al mercado interno cuyo poder de compra está aumentando, y tiene una elevada utilización de insumos, casi todos importados, por lo que el menor valor del dólar disminuye significativamente su elevado costo de producción.

Si hay que sacar una conclusión de todo este enredo, es, una vez más la de siempre: que no hay verdades absolutas. Ambas posturas son relativas a un gran número de factores. Y los que se mencionan cuando se es oposición, pueden rebatirse cuando se es gobierno. Porque la determinación del tipo de cambio real de equilibrio, que debe ser la base de la comparación, no es nada fácil ni hay una única metodología para definirlo.

Lo que si es claro, es que detrás de cada posición, hay una visión de país, una estrategia política. Cuando se defiende el dólar barato, se prioriza lo distributivo por sobre lo productivo, el corto sobre el largo plazo, el rédito político inmediato. [8] A la inversa, cuando se combate la inflación en dólares, se busca aumentar la competitividad de nuestras empresas a la vez que se tiende a aumentar las inversiones y con ellas el nivel de empleo en el mediano y largo plazo. En una palabra, se apuesta realmente a “el país productivo”.

Los gobiernos anteriores apostaron al corto plazo, y así le fue al país (y a ellos). El gobierno actual no se diferencia en este aspecto de los anteriores, y las promesas pre electorales solo quedaron en eso, en promesas de país productivo. El gatopardismo se ocupa de lo demás. Pero no carguemos las tintas en el equipo económico: el superior gobierno (y los principales opositores) que por razones electorales apoyaron la demencial “reforma del agua” hoy niegan sus tan obvias como nefastas consecuencias mediante artilugios interpretativos que harían palidecer de envidia al mismísimo Giuseppe Lampedusa. De tal palo, tal astilla.

La gráfica, en base a información del BCU, muestra la evolución reciente de los 4 indicadores de competitividad mencionados: Global, Extrarregional, Argentina y Brasil. Y acá vale la pena detenerse un momento en el tema del año base de las comparaciones. Los 4 indicadores se presentan como índices, con base 1995=100, a pesar de que el BCU los calcula a partir de enero de 1977. En 1995 ya se había acumulado casi todo el atraso cambiario generado en los noventa, lo que equivale a decir que la competitividad estaba baja en una comparación histórica [9]. Comparando con una base baja, es más fácil que los resultados aparezcan como positivos.

2005-6 La inflación contumaz

 

Volviendo al momento actual, se observa el salto de la competitividad a partir de la devaluación del 2002, el ligero aumento que se siguió constatando en el 2004 y la caída en los valores ya mencionados en este último año. En resumen, nuestra actual competitividad está globalmente solo un 10% por encima de la del año 95, muy por encima a nivel extrarregional pero por debajo ante Argentina y Brasil, en particular ante el primero de estos países.

 

[1] No confundir con el refrán criollo “de noche todos los gatos son pardos”

[2] El sindicato bancario, uno de los favorecidos por el modelo anterior, fue el adalid de esta postura, después de la crisis bancaria, por supuesto.

[3] Por lo tanto la caída del tipo de cambio por si sola no implica necesariamente atraso cambiario, porque el tipo de cambio real de equilibrio también puede estar cayendo. Pero sí genera inflación en dólares.

[4] Esta y otras afirmaciones que se comentan fueron realizadas por el equipo económico en el Foro de  ACDE de mayo pasado

[5] Asumiendo un tipo de cambio real de equilibrio constante, lo que en el corto plazo en general es cierto.

[6] Excusar el tipo de cambio desfavorable mencionando la mala performance de otras variables que influyen en la competitividad, es como que alguien que le pega un tiro a una persona, relativice el hecho aduciendo que la víctima ya tenía el colesterol muy alto o que padecía de hipertensión arterial.

[7] Un borracho llega a un bar y pide, a la vez,  4 grapas. Se las toma y pide tres, se las toma y lo mismo con dos, y al final con una. Ya en plena borrachera dice “parece mentira, cada vez tomo menos y lo mismo me cae mal”

[8] Los mal pensados dicen que quienes defienden esta posición, lo hacen porque ellos mismos son “vendedores de no transables”, es decir beneficiarios de la inflación en dólares. Y a este gremio pertenecen los políticos y sus técnicos asesores.

[9] En los primeros 4 años de registros (1977 a 1980) las 4 series presentan valores significativamente mayores a 100.

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