La cría no es “el problema”

El País Agropecuario
Abril del 2005

Desde hace varios años y desde estas mismas páginas, [1] venimos discrepando con una visión muy extendida en medios profesionales vinculados a la ganadería de nuestro país, que considera a “la cría” vacuna como un problema específico a resolver. Y en particular al porcentaje de procreos como parámetro que, a través de sus bajos registros, estaría dando la pauta de la magnitud del problema. Como con la asunción de las autoridades del nuevo gobierno y las declaraciones de algunos de sus miembros, el tema parece haber recobrado actualidad, consideramos oportuno volver sobre el mismo.

Revisemos algunos datos objetivos. Una encuesta publicada recientemente por DIEA [2] presenta información de mucho interés sobre este tema, referida al año 2003. Algunos datos se comparan con los de una encuesta similar que se realizó en el 2001. Merece destacarse en primer lugar la confiabilidad de la información, proveniente del total de las explotaciones ganaderas que reportaron vacas de cría en el Censo del 2000 –más de 14 mil predios- que ocupan más del 70% de la superficie productiva del país y poseen más de 3,5 millones de vacas de cría.

Un segundo elemento destacable lo constituye la elevada concentración de vientres en establecimientos de tamaño considerable: el 47% del total de las vacas se encuentran en establecimientos cuyos rodeos tienen más de 500 vientres, mientras que un 75% del total está en establecimientos de más de 200 vientres. Relacionándolo con la superficie explotada, se puede estimar que ese 47% de las vacas de cría están en los establecimientos de más de 1.650 y que alcanzan un promedio de 3.250 hectáreas, y el 75% están en predios de más de 650 y con 1.800 hectáreas de superficie promedio.

En relación al porcentaje de destete obtenido en el 2003, el trabajo define dos grupos de predios: el de Alto Porcentaje de Destete (APD, agrupa a los de más del 75%) y los de Bajo (BPD, agrupa a los de menos del 75%). Ambos grupos son muy similares en número de predios, superficie y número de animales, dado que el valor de corte es muy cercano al promedio general: 73,4% de destete. El grupo APD alcanzó al 83,8% y el BPD al 64,5 % de destete. En el año 2001 el promedio general solo alcanzó al 64,1%, con 76,8% del grupo APD contra 49,8% del BPD. Esta diferencia de casi 10 puntos porcentuales en el promedio se explica en parte por las mejores condiciones climáticas existentes en el 2003 (año llovedor) respecto al 2001 (año seco).

Un dato de interés surge de la apertura de la información para ambos grupos, según aptitud de uso del suelo. Los datos muestran que no existe relación entre ambas variables, ya que el porcentaje de destete es prácticamente idéntico dentro de cada grupo, desde los predios con aptitud alta hasta los poco aptos. En el grupo APD con promedio 84%, la variación del porcentaje de destete entre los extremos de aptitud pastoril del suelo va del 83 al 85%, mientras que en el grupo BPD con promedio 65%, la variación del porcentaje de destete entre distintas aptitudes de suelos varía entre el 63 y el 67%. Como aclara el texto, tanto en número de predios como en superficie, existe una mejor aptitud pastoril dentro del grupo APD. Pero esto no explica la diferencia en porcentaje de destete entre el APD y el BPD, dado que dentro de cada uno de los grupos, los destetes son iguales en las diferentes aptitudes [3].

Otro dato muy interesante surge del análisis del resultado económico. Se define un grupo “A” con Alto Valor Bruto de la Producción (mayor a US$ 35/há/año) y otro grupo “B” con Bajo VBP (menor a US$ 35 há/año), promediando en el primer caso los US$ 55 y en el segundo los US$ 20 há/año. Ambos grupos nuevamente son similares (el corte es aproximadamente en el promedio del VBP) en lo referido a número de predios, superficie, número de animales, etcétera. Pero a pesar de las importantes diferencias en el nivel de ingresos entre ambos grupos, los porcentajes de destete no difieren significativamente: 74,1% el grupo A contra 72,5% del grupo B. En una palabra: el resultado económico es prácticamente independiente de la obtención de un mayor o menor porcentaje de destete. Y nuevamente, la aptitud pastoril también es independiente del Ingreso Neto: el grupo A, con promedio de US$ 55, presenta variaciones que van desde los 51 a los 59 US$/há [4] según las distintas aptitudes, mientras que en el grupo B, con promedio de US$ 20, la variación solo va de 19 a 20 US$/há [5] para las distintas aptitudes de uso del suelo.

Algunos elementos descriptivos adicionales son: los predios del grupo A tienen en promedio una menor relación lanar/vacuno y una mayor carga animal, con una mayor proporción de animales de invernada, y dentro de estos, una mayor proporción de animales nuevos. Pero lo más destacable es la presencia de pasturas mejoradas, que alcanza al 19,6% en el grupo A versus 7,8% en el grupo B, es decir 2 veces y media superior. Elementos todos que coinciden en probar que los predios con altos ingresos tienen un nivel de capitalización consistentemente mayor al de los predios con bajos ingresos. Finalmente el análisis del resultado de la aplicación o no de técnicas recomendadas para mejorar los procreos [6] concluye que la aplicación de prácticas de manejo aisladas no asegura mejoras en el % de destete, mientras que la aplicación del “paquete” si lo logra, aunque no se cuantifica dicho incremento.

Otro trabajo reciente realizado por Opypa [7] en base a información de Dicose, comparando la estructura por tipo de explotación entre 1989 y 2003, muestra que el número de establecimientos criadores (C) aumentó en ese período desde el 34 al 63% del total, mientras que los ciclo completo (CC) cayeron del 35 al 22%, y los invernadores (I) del 31 al 15%. La superficie ocupada por los C también aumentó (del 29 al 53%) mientras cayó la ocupada por los CC (del 43 al 32%) y la ocupada por los invernadores (del 28 al 16%) Vinculando ambas variables, se encuentra que la superficie promedio desciende ligeramente en los C (-4%) mientras que aumenta en los CC (15%) y en los I (15%). En términos absolutos, en el 2003 los C promedian en torno a 600 hectáreas, los CC en torno a 1000 y los I en torno a 700. En el mismo período el stock ovino se concentra en los C, que explicaban el 32% del total en 1989 alcanzando el 60% del total de lanares en el 2003.

 

Es decir que en los últimos 15 años aumentó la especialización en la cría, tipo de explotación que mostró además los mayores niveles de incremento de inversión en pasturas, aunque en términos absolutos los invernadores tienen los mayores porcentajes de mejoramientos. El trabajo no cuantifica estos niveles de inversión.

Hasta acá una somera revisión crítica de los trabajos mencionados. Volvamos ahora a lo del título. A la luz de toda esta información [8] ¿con qué consistencia puede afirmarse que “el problema está en la cría” y que “los bajos porcentajes de destete” así lo prueban? En primer lugar convengamos en que el porcentaje de destete es un indicador muy pobre como parámetro para estimar la eficiencia reproductiva global de un rodeo. Nada más fácil que aumentarlo: no entorando vaquillonas de 2 años, o de segundo entore, ni vacas con mal estado corporal. El porcentaje de destete aumenta, pero a costa de la disminución del número de terneros obtenidos.

En este sentido, un indicador correcto, es la relación entre el número de terneros logrados (o mejor, los quilos totales de ternero logrados) respecto al total de vientres aptos para la reproducción existentes en el rodeo (se entoren o nó) [9]. Si lo que se quiere medir es, estrictamente, la eficiencia reproductiva, debería usarse este parámetro globalizador de la misma, y no uno restrictivo como la relación entre lo logrado, respecto únicamente a los vientres involucrados en el proceso, sin contar los vientres “ociosos”.

Pero además, se mida mejor o peor la eficiencia biológica de la fase reproductiva de la producción vacuna ¿en base a qué elementos se supone que, automáticamente, la máxima eficiencia biológica coincide con la máxima eficiencia económica, que es lo que le importa –como no puede ser de otra forma- al productor? Acá está el meollo del asunto, y esta es la discusión que hay que dar, ciñéndonos a los datos de la realidad. Quizá “descubramos” que el invernar la vaca de descarte en vez de venderla flaca, tiene mayor retorno económico que aumentar unos puntos el porcentaje de destete, y que ambas actividades compiten por el  mismo recurso escaso, como es el forraje.

Una primer cosa que nos muestra la realidad es que el rodeo vacuno nacional aumentó más del 35% en los últimos 15 años, disminuyendo en simultáneo la edad promedio de faena, por lo que la producción aumentó en un porcentaje mayor, y mejorando además la calidad promedio del producto final [10]. Y esto se logró con los porcentajes de destete históricos, no es que antes eran altos y ahora cayeron. Es cierto que paralelamente el stock ovino se redujo a menos de la mitad [11], pero también es cierto que los procreos vacunos no fueron una limitante para generar la acumulación de existencias necesaria para ocupar el espacio “dejado libre” por el retroceso de los ovinos.

En cuanto al nivel absoluto de destete, es muy diferente el caso de los vacunos que el de los ovinos –que se discuten en general en paralelo- porque las vacas solo paren únicos, mientras que las ovejas pueden parir mellizos y trillizos. O sea que el “techo” biológico es muy diferente, aunque los promedios nacionales de destete en ambas especies sean similares (60 a 65%). En los vacunos el “techo” biológico teórico es 100% [12], mientras que en los ovinos puede llegar al 150 o al 200% como lo prueban –con otras razas, otro manejo, otra alimentación- la experiencias de otros países o regiones. El retraso frente al óptimo, es muy diferente en ambos casos [13]. Con esta perspectiva, el porcentaje de destete en vacunos alcanza un valor promedio del orden de los dos tercios del máximo teórico, cosa que no se puede decir de muchos parámetros productivos en el país.

 

Vinculando estos razonamientos con los datos de los trabajos antes mencionados, pueden sacarse algunas conclusiones, que no coinciden con el diagnóstico habitualmente aceptado de que “el problema está en la cría”. En primer lugar, es falsa la apreciación de que la cría la desarrollan los predios chicos. Los datos muestran que casi la mitad de los vientres están en rodeos muy grandes, de más de 500 vientres y en predios mayores a las 1.650 hectáreas, mientras que las tres cuartas partes del total de los vientres vacunos están en rodeos de más de 200 vientres, en establecimientos mayores a las 650 hectáreas. [14] El hecho de que muchos establecimientos chicos se dediquen a la cría (según nuestra hipótesis por los menores requerimientos de capital que conlleva) no quiere decir que “la cría la hacen los chicos”. Esto es de gran trascendencia ante la eventualidad de que, en base al diagnóstico que estamos criticando, se decida “subsidiar a la cría”, sin más [15]. Como los datos lo muestran, por lo menos el 75% del subsidio iría a predios medianos a grandes.

 

Pero además, dentro de una ganadería vacuna que crece, los predios criadores son los que, globalmente, aumentan en número y en superficie ocupada en detrimento de los invernadores y ciclo completo, mostrando además las mayores tasas de inversión en mejoramientos forrajeros. Lo que permite concluir que “la cría” como actividad lejos está de encontrarse en crisis, lo que no quiere decir que muchos establecimientos chicos no lo estén. Que estos establecimientos se dediquen principalmente a la cría, que requiere menor dotación de capital, es consecuencia, y no causa, de sus problemas económicos, que están dados mucho más por su reducida escala que por su especialización productiva.

Los mejores resultados económicos están asociados a mayores niveles de capital por unidad de superficie como son la mayor proporción de mejoramientos, la mayor relación novillo/vaca, la menor relación ovino/vacuno, y no necesariamente a un mayor porcentaje de destete. Lo mismo con las medidas de manejo: de a una, lo que implica un bajo nivel de inversión, no inciden en los resultados, solo cuando se aplica todo el “paquete” si lo hacen, pero esto requiere mayor nivel de gasto que predios de menor capacidad económica quizá no puedan encarar [16].

Si estos razonamientos fueran correctos –la discusión está abierta- la conclusión general podría resumirse así: La ganadería vacuna del país alcanzó, globalmente, un importante nivel de desarrollo en los últimos 15 años. Las causas del mismo fueron básicamente las medidas de liberalización de la década del 90, la mejora de nuestro estatus sanitario y de los mercados externos, todo lo cual generó un importante flujo de inversiones, provenientes principalmente de fuera del sector, hacia la producción vacuna [17] . La fase de la cría no constituyó ninguna limitante a ese desarrollo, y de hecho las inversiones realizadas no la excluyeron en absoluto.

Los mecanismos de mercado operando con libertad creciente fueron suficientes para alcanzar un importante desarrollo productivo. Pero este ha sido claramente diferenciador en función del tamaño –principalmente económico- de los predios. La cría, lo mismo que la producción lanera[18], requiere de una menor dotación de capital por unidad de superficie. Y a los predios chicos, que tienen problemas económicos por su escala productiva, no les queda otra opción que refugiarse en procesos de menores requerimientos de capital, como la cría y los ovinos, transitando, en un proceso de descapitalización, hacia el despoblamiento del predio, a la progresiva toma de ganado a pastoreo, hasta llegar a una eventual salida del sector.

Que los chicos, que tienen problemas económicos, sean mayoritariamente criadores, no quiere decir que la cría, que en términos globales la hacen principalmente los medianos y grandes, tenga esos problemas. Esta aparente contradicción nos ha acarreado no pocos problemas para lograr una objetiva focalización de las acciones a encarar para mejorar la producción ganadera.

Desde nuestra óptica el verdadero problema en el ámbito de la producción ganadera no radica en una fase productiva en particular, sino en la marginación de un importante número de productores de escasa dimensión económica, como consecuencia del crecimiento alcanzado por el sector, crecimiento que, en ausencia de medidas específicas con ese fin, es inevitablemente excluyente. Las acciones orientadas a mitigar estos efectos negativos del crecimiento sectorial, deberían por lo tanto focalizarse en el apoyo a los predios de escasa dimensión económica, [19] más que en aspectos técnicos específicos de alguna fase del proceso productivo. Lo que no implica, por supuesto, desconocer la importancia que la mejora tecnológica representa no solo para la fase de cría, sino para el conjunto de las actividades productivas agropecuarias [20]. En esta perspectiva, más que “tecnología para la cría” lo que debería desarrollarse serían propuestas tecnológicas específicas para predios pequeños o de escasa dotación de capital.

 

 

 

[1] Ver por ejemplo “Cuatro vacas locas” de agosto de 1997, “¿Tecnología para la cría?” de Noviembre de 1998, “Dos dinámicas divergentes” de junio de 1999, “La faena de vacas preñadas” de setiembre del 2004

[2] “Encuesta ganadera 2003. Algunos aspectos de la Cría Vacuna” Serie Encuestas Nº 226, Dic. 2004

[3] Esta conclusión difiere de la que plantea DIEA que, a pesar de estos datos, concluye que la calidad de los suelos “definitivamente tiene incidencia en la performance reproductiva”. Este es un aspecto que seguramente requiere estudios de mayor profundidad.

[4] Y ni siquiera en el orden “esperado”: el mínimo (51) es en predios con aptitud “apta” y el máximo (59) en predios con aptitud “apta con limitaciones”

[5] Tampoco esta conclusión coincide con la de DIEA, que destaca el hecho de que la mayor parte de suelos de mejor calidad se encuentra en el grupo “A”. Pero esto no es óbice para que, como muestran los datos, el ingreso neto no varíe en función de la aptitud, tanto en el grupo de altos como en el de bajos ingresos.

[6] Las mismas son: inseminación artificial, revisación de toros, diagnóstico de preñez, pastoreo de los vientres en lotes separados, clasificación de vientres por estado corporal, clasificación por escala fotográfica, destete precoz y destete temporario con tablilla nasal.

[7] Ver “Estructura productiva de la ganadería” de Gonzalo Muñoz y Jorge Acosta, Anuario Opypa 2004.

[8] El análisis que sigue se refiere a la evaluación de las decisiones y resultados económicos privados. Desde el punto de vista del interés social, la evaluación seguramente es muy diferente.

[9] Indicador conocido como PER (Parámetro de Eficiencia Reproductiva)

[10] La faena de novillos de dentición incompleta pasó del 20 al 50% del total en el mismo período.

[11] Respecto a los promedios históricos, en el 2004 registramos 2 millones más de vacunos y 10 millones menos de ovinos, lo que en términos biológicos es aproximadamente equivalente.

[12] Lo que supondría ninguna pérdida embrionaria o neonatal, lo que es prácticamente imposible

[13] En los ovinos las grandes limitantes son las mortalidades neonatales (básicamente por problemas nutricionales y climáticos) y el hecho de que las razas predominantes en el país no se destacan por su fecundidad.

[14] Estos datos corresponden a la totalidad de los vientres, independientemente del tipo de explotación en que se encuentren (C, CC ó I)

[15] Por ejemplo con sistemas del tipo “premio por ternero nacido”. En cambio una estrategia del tipo de la utilizada en el Proyecto Ganadero, de apoyos recibidos contra cumplimiento de metas, puede ser muy útil para mejorar la situación de predios chicos, independientemente de su especialización productiva.

[16] Dentro del gasto se incluye la mayor dedicación y necesidad de mano de obra.

[17] Escapa a los objetivos de este artículo el incursionar en los efectos negativos del atraso cambiario según subperíodos dentro de esos 15 años, ni en su discriminación en contra del sector ovino frente al vacuno.

[18] La producción ovina ha mejorado su rentabilidad a partir del 2002, en particular en lo referido a la producción de carne de calidad (cordero pesado) pero esta actividad, de mayor nivel de inversión y complejidad tecnológica, no puede ser realizada por todos los productores laneros.

[19] Esto se justifica no solo por razones de equidad social, sino también en términos estrictamente económicos, dada la pérdida de capital humano y el vaciamiento territorial que la marginación implica, y por la falta de opciones de inserción laboral en otros sectores, a la que se enfrenta la población marginada. Otros aspectos relevantes se vinculan con la pérdida del estilo de vida, de identidad cultural etc.

[20] Tampoco implica desconocer otros importantes aspectos de fuera del ámbito estrictamente productivo, como el desarrollo institucional, y otros temas que trascienden el alcance de este artículo, algunos de los cuales fueron tratados en el número 120 de febrero de este año con el título: “¿Duplicaremos la producción agropecuaria?”

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