La “deuda interna” de las empresas agropecuarias

El País Agropecuario
Octubre del 2003

Mucho se ha escrito y discutido -y se lo seguirá haciendo- sobre el proceso de sobre endeudamiento agropecuario generado durante la década del atraso cambiario. Muchos buenos productores tienen su patrimonio comprometido por esta causa. Otros no tan buenos agregan sus quejas a los reclamos legítimos, enturbiándolos. Finalmente, algunos deudores históricos aprovechan el borbollón para presentarse como víctimas, cuando tendrían que haber sido ejecutados hace años.

Algunos mecanismos de refinanciación como el pago parcial con bonos y, según trascendidos, otros mucho menos transparentes, han ido licuando, con menor celeridad de lo deseada, este endeudamiento. En palabras del Presidente del BROU, la deuda agropecuaria se ha reducido en un 20 a 25% desde la instrumentación de estas formas de pago, situándose a la fecha –mediados de setiembre- en 977 millones de dólares

Pero no es a este endeudamiento “de porteras afuera” al que queremos referirnos en esta nota, sino al de “porteras adentro”. A la “deuda interna” que tienen la mayoría de las empresas, que se suma a la anterior. Esta “deuda” no es otra cosa que las inversiones no realizadas durante los últimos 5 años, los mantenimientos postergados, el deterioro de la infraestructura productiva que es perentorio recuperar para que el potencial productivo sectorial se manifieste plenamente, ahora que las condiciones económicas así lo posibilitan.

Prueba de ello es que todo campo que se vende, siendo adquirido por un empresario que dispone de recursos para, además de la compra encarar esta “deuda”, se puebla inmediatamente de alambradores, tractoristas, postes, piques, fertilizantes, semillas, algún albañil o carpintero rural, algún agrónomo o veterinario, que le devuelven a la empresa la productividad que fuera perdiendo a lo largo de los años, por falta de inversiones. La prueba complementaria a esta, es el encarecimiento que, por mayor demanda, están experimentando estos insumos productivos.

Hace poco más de un año, en este mismo medio, escribíamos sobre “el costo y los beneficios de reactivar el agro”, donde estimábamos –en forma muy primaria y con datos para ese año- en US$ 150 millones, el costo de poner al día los mejoramientos forrajeros, muy deteriorados en su capacidad productiva por la conjunción de la sequía del 2000, la falta de refertilizaciones durante 2001 (crisis de la aftosa) y 2002 (crisis financiera), en un contexto de elevada presión de pastoreo dada la inédita dotación de vacunos existente en el país. La inexistencia de ganado gordo sobre el final del invierno recién terminado, es otra expresión de lo anterior.

Al monto necesario para los mejoramientos, habría que agregarle lo requerido por la recuperación de las inversiones fijas, como alambrados, bretes, tubos, baños, aguadas, galpones etcétera. En el siguiente cuadro se realiza una estimación de esas inversiones, manejando varios supuestos, y partiendo ahora de la información básica del Censo Agropecuario del 2000.

El primer supuesto es que se necesita recuperar la superficie de mejoramientos forrajeros, en un monto equivalente a su nueva instalación. Esto se fundamenta en la caída de productividad por falta de mantenimiento a partir de 1999, y al sobrepastoreo producto de la elevada dotación vacuna de los últimos años. Aunque obviamente no todos los mejoramientos se han perdido, se asume que los existentes son los necesarios para atender las necesidades generadas por el aumento del stock, del orden del 20% por sobre el promedio histórico.

En las inversiones fijas, partiendo de las existencias registradas por el Censo del 2000, se estiman montos de mantenimiento anual, y se asume que solo se ha realizado la mitad de ese mantenimiento (lo que se considera un supuesto “optimista”), por lo que las necesidades de inversión alcanzarían al 50% de la suma original. El monto así calculado se expande a los 5 años (1999-2003) que se están estimando.

En base a estas condiciones de cálculo, se llega a una cifra de US$ 256,9 millones. La misma debe ser tomada como una referencia general, un orden de magnitud para dimensionar el problema, nunca como una cifra exacta.

 

Estimación del monto de inversiones a realizar para recuperar la pérdida de potencial productivo ocurrida en los últimos 5 años

2003-10 La deuda interna....

 

El monto anual de mantenimiento de las inversiones fijas (22,3 millones de dólares) estimado mediante esta metodología, arroja un promedio por hectárea algo inferior a US$ 1,50 anuales para el conjunto del sector. Registros del Ing. Miguel Lázaro de predios individuales para dos grupos de productores, durante 7 años, arroja valores promedio anuales de US$ 2,00 en un grupo de predios de alrededor de 1000 hectáreas de superficie, y de US$ 2,29 para el otro grupo que promedia las 3000 hectáreas. La estimación acá realizada aparece entonces como conservadora frente a estos datos reales, con todas las relativizaciones que caben a una metodología tan general.

Otro elemento que se suele mencionar como determinante en la descapitalización ganadera, es el de la caída de las existencias de ovinos ocurrida en la última década. En números redondos, el promedio de las existencias vacunas y ovinas en los últimos 30 años ha sido de 10 y 20 millones de cabezas respectivamente. Actualmente –Dicose lo precisará en breve- las existencias se ubican, también en números redondos, en 12  millones de vacunos y 10 de ovinos, es decir que las variaciones respecto a los promedios históricos, son de una ganancia de 2 millones de vacunos (con una disminución sensible de la edad promedio del conjunto del rodeo) y una pérdida de 10 millones de ovinos.

Las equivalencias entre ovinos y vacunos son muy discutidas en términos biológicos –sobre todo en relación a la presión de pastoreo de ambas especies- y muy variables en términos económicos, por la volatilidad de los precios absolutos y relativos de las mismas. Pero al nivel de agregación que se está planteando, una hipótesis razonable es reconocer que la pérdida en ovinos se compensó por la ganancia en vacunos. Si bien ambas cifras alcanzan montos muy significativos, y por consiguiente pequeñas variaciones en las mismas pueden implicar grandes aumentos o disminuciones de los activos, se considera en definitiva que el balance es cero. Trabajos más detallados podrán corregir en el futuro, al alza o la baja, esta estimación primaria.

Volviendo a las cifras anteriores – US$ 977 millones de deuda con el BROU y US$ 257 de “deuda interna” con las propias empresas productoras- se puede manejar, como una aproximación razonable, que por cada 4 dólares que el sector agropecuario le debe a la banca (no se considera la banca privada), hay otro dólar de inversiones a realizar al interior de la empresa para recobrar la productividad normal de la misma. Y esas inversiones no realizadas, son una restricción de gran importancia para la reactivación productiva que el sector está iniciando y el país tanto necesita.

Las carencias de financiamiento bancario impiden que esta restricción se levante vía crédito de mediano plazo, tal como ocurriría con un sistema financiero funcionado. Las buenas condiciones económicas de producción que hoy existen para todos los rubros agropecuarios de exportación, generarían la demanda de crédito para restituir la plena capacidad de respuesta del sector. Pero como esto es impensable en el corto plazo, corremos el riesgo de dejar ir una excelente oportunidad –de las que se dan muy de tiempo en tiempo- de aprovechar una coyuntura particularmente favorable. Para que esto no ocurra, debemos extremar nuestra creatividad a los efectos de generar mecanismos de financiamiento alternativo que, con la celeridad requerida, hagan llegar al sector los fondos frescos imprescindibles para su rápida rehabilitación, de la que el conjunto de la sociedad será la principal beneficiaria.

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