La oveja ante una nueva “guerra de Corea”

El País Agropecuario
Julio del 2004

En una excelente charla brindada días atrás en Tacuarembó, Walter Beathgen [1] mostraba que el promedio de la distribución mensual de lluvias de 90 años de registros en La Estanzuela, no coincidía con ninguno de los 90 años considerados individualmente. O sea que, la probabilidad de que durante un año llueva mensualmente el promedio histórico, es cero. Es decir que desde el punto de vista de las lluvias, el “año promedio” no existe. Seguramente se podría decir lo mismo del “predio promedio” o del “productor promedio”, abstracciones con las que queremos representar sintéticamente una realidad muy compleja, pero que en sí mismas, no tienen una concreción real.

Muchas veces se comete el error de estimar el potencial productivo de un predio y en base a él se proyecta el potencial del sector, confundiéndose lo micro con lo macro. Pero cada predio es diferente, y no existe ese predio promedio que representa al conjunto. Y lo mismo para los productores.  Cuando se habla de la recuperación del stock ovino, no hay más remedio que observar su comportamiento anterior y en base al mismo, y para las condiciones presentes, inferir un determinado comportamiento futuro. Ese enfoque “macro” contiene muy disímiles situaciones “micro”, dada la gran heterogeneidad de predios y de comportamientos empresariales.

Si analizamos la situación con una perspectiva macro, observamos un comportamiento del stock como el que muestra la gráfica, que recoge la información generada por Dicose desde 1975. En la misma se observan dos períodos bien definidos: una larga fase de crecimiento de las existencias ovinas desde 1975 a 1991, y otra fase de reducción desde 1991 al 2003 (sin considerar la estimación para el 2004)

2004-7 Gráfica

En la primer fase, de 17 años de duración, se pasa de 15 a 25,6 millones de cabezas, lo que representa una tasa anual del 3,4%, aunque existen años de gran crecimiento como el 80 (2,8 millones de cabezas, 16% más que el año anterior) y el 86 (2,1 millones de cabezas, 10% más que el año anterior). En los 12 años de la fase de reducción, de 1991 al 2003, se pasa de 25,6 a 9,8 millones de cabezas (tasa anual de –7,8) con años como el 94 donde el stock se reduce un 13% (3,2 millones) y el 99 en que se reduce 12% (2 millones de cabezas).

Los años de gran crecimiento resultan de la conjunción de muy buenas condiciones económicas para la lana y de muy buenas condiciones climáticas, ambas en el año o en los dos años previos, cuando se toman las decisiones que afectan el nivel de existencias al año siguiente. Lo inverso –caída del precio de la lana y malas condiciones climáticas en el año previo- explican los bruscos descensos registrados en el 94 y 99. También los niveles de faena, altos o bajos, durante el ejercicio previo a la Declaración Jurada, inciden en el stock del año siguiente.

Si pretendemos estimar la evolución futura del stock en base a estos antecedentes, no podemos tomar el registro de un año excepcional como tasa esperada de crecimiento. A lo sumo, tomaremos la tasa de crecimiento del mejor quinquenio –75/80- que fue del 6% anual. Con esta tasa y partiendo de una base muy baja como la actual –9,5 millones de cabezas para el 2004 como estimación preliminar- en el 2010 recién habríamos llegado a 13,5 millones de cabezas. Lo que no resulta un cálculo muy alentador.

Pero este análisis macro es, como ya se mencionara, la suma de miles de casos individuales muy disímiles entre sí. Y en las inéditas condiciones económicas que hoy existen para los ovinos –buenos precios para la lana, excepcionales para la carne ovina- en muchos de los casos individuales antes mencionados –en los que cuenten con los recursos físicos y económicos para hacerlo- se justificaría un crecimiento también inédito de la producción. La principal limitante para que esto ocurra son algunos tabúes que lamentablemente siguen existiendo respecto a los ovinos.

Hoy, una buena oveja para el campo a 35 dólares es barata, si se consideran los valores de lo que esa oveja produce. Sin embargo los que la ofrecen no encuentran comprador y terminan mandándola al frigorífico, donde consiguen esa plata. Quien cuente con los recursos necesarios debería no solo comprarla, sino echarla a la mejor pradera, con un buen carnero, tratando que pariera y criara mellizos, también sobre mejoramientos. Quien haga los números verá que lo anterior no solo se justifica plenamente, sino que es la mejor opción que existe hoy en la ganadería, a pesar de  las buenas condiciones que también existen para la carne vacuna.

Pero pagar esa plata por una oveja se considera un disparate, por la sencilla razón de que nunca lo valió. Ese es el primer tabú a superar, porque el valor de la oveja no lo determina la tradición sino que está determinado por el valor de lo que esa oveja puede producir y esa producción en lana y en carne, justifica plenamente aquella inversión.

En Australia o Nueva Zelandia, lo que produce esa oveja -lana y corderos- vale un 20 a 30% más que en Uruguay, pero la oveja vale entre el 100 y el 200 % más que acá. Y no es por que los australianos o neozelandeses estén locos, sino porque la oveja, en Oceanía, produce el doble, en lana y en corderos, de lo que produce en promedio en Uruguay. Claro que las tratan muy distinto que nosotros.

Destinar a la majada de cría los mejores recursos forrajeros del predio, en Uruguay, es algo de locos. Y este es el segundo tabú a superar. Nuevamente, es cuestión de hacer las cuentas. El SUL y otras instituciones vinculadas al rubro las vienen haciendo y publicando desde hace tiempo, pero son pocos los productores que las llevan a la práctica. A lo sumo, algunos invernan corderos –menos del 5% de los productores con lanares- pero la fase reproductiva sigue relegada al campo natural, y ni siquiera al mejor.

Los inversores urbanos o extranjeros que están llegando al sector, se supone que tienen una mayor propensión al cambio, a la innovación, y por consiguiente estarían más abiertos para aceptar inversiones y priorizaciones productivas como las mencionadas. Pero claramente se prioriza la inversión ganadera en vacunos. Y es lógico que así sea por varias razones, todas vinculadas al manejo de una empresa a distancia. Las ovejas dan más trabajo, no en todos lados hay personal que sepa manejarlas, los problemas sanitarios son mayores, la oferta es reducida y difícil de conseguir en cantidad y de calidad homogénea.

Pero los productores con tradición ovejera están en condiciones de hacer excelentes negocios mejorando e intensificando su explotación ovina. La suma de lana y carne ovina quizá sea hoy equivalente a la coyuntura económica vivida por la lana hace 50 años, cuando alcanzó el pico de precios máximo en su historia. Con algunas ventajas y algunos inconvenientes.

La primera ventaja es la mayor transparencia de los mercados que existe en la actualidad. En aquel momento se vendía pero no se sabía si se cobraba, dado que eran frecuentes las quiebras fraudulentas de empresas comercializadoras. Hoy el nivel de conocimiento de las condiciones de comercialización y las seguridades del mercado son muy superiores. La segunda ventaja que presenta la situación actual, se refiere a la mayor estabilidad en los precios, en especial de la carne ovina. Los precios de la lana al inicio de los 50 subieron en forma explosiva durante un año por la guerra de Corea, pero se derrumbaron al siguiente. Por último,la ventaja que quizá sea más importante: el conocimiento técnico –en producción de forraje, mejoramiento genético, recursos sanitarios, etcétera- es hoy muy superior al de medio siglo atrás.

La principal desventaja para aprovechar cabalmente la situación actual, es que para ello se necesita llevar adelante un cambio tecnológico de importancia. La tecnología existe, pero está pensada para los vacunos. Hay que adaptarla a los lanares y en particular la invernada de corderos, si se quiere hacer en forma eficiente, es un proceso tanto o más complicado que una invernada de novillos, quizá hasta más parecido a la alimentación en un tambo.

Habría que mencionar otros elementos que juegan en contra, como ser el abigeato, la resistencia a antihelmínticos, las carencias en muchas zonas de personal capacitado para el manejo de los lanares, en algunas zonas el jabalí, pero escapan a las intenciones y posibilidades de este artículo. A pesar de estos problemas, la situación actual y las perspectivas para el rubro ovino se consideran las mejores en varias décadas.

Lo paradojal, como se intentó explicar, es que al interior de un rubro muy disminuido y del que no se pueden esperar grandes avances a corto plazo –salvo que ocurra una adopción tecnológica masiva de las que no se dan en este país- existen los mejores negocios que se pueden hacer hoy dentro de la ganadería. Quien esté en condiciones de hacerlos no debería dejarlos pasar, porque puede obtener grandes beneficios. Y aunque no lo haga con ese fin, nuestro dichoso “predio promedio” y por consiguiente el conjunto del sector, tendrán un poco más de lanares, cosa que no le vendría nada mal al país. Porque la incidencia de la producción ovina en las exportaciones, en el nivel de ocupación a nivel primario y en las industrias textil, frigorífica y del cuero, y su demanda de servicios de pre y post producción, son todos factores que coadyuvan a potenciar y dar mayor sustentabilidad al proceso de crecimiento que el país está experimentando.

[1] Ver: “La variedad climática, el cambio de clima y el sector agropecuario” W. Beathgen y A. Giménez, INIA Serie de Actividades de Difusión Nº 364

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