La tierra y sus contaminantes

El País Agropecuario
Mayo del 2004

Aunque mantiene un ruido de fondo permanente, en años electorales, “el tema de la tierra” adquiere una resonancia particular. Ya provengan del reflotamiento de los reclamos de Reforma Agraria o de su extranjerización, de los problemas ambientales derivados de su contaminación y la de sus napas hídricas, o por temas directamente económicos como la tributación agropecuaria, los ecos sobre “la tierra” vuelven a oírse en estos meses previos a las elecciones.

El tema de la Reforma Agraria está pasado de moda. Las propuestas de dividir la propiedad de la tierra emanadas tanto de un diagnóstico productivo equivocado como de una visión romántica de la vida en contacto con la naturaleza, demostraron estar doblemente equivocadas: el desarrollo tecnológico exige escalas productivas cada vez mayores si se quiere ser competitivo, y el desarrollo urbano con la mejora en las comunicaciones y las mayores oportunidades de empleo y de disponibilidad de servicios en las ciudades, provocan una emigración del campo a la ciudad de muy difícil reversión. Por consiguiente el tema de la Reforma Agraria ha quedado reducido a reclamos cada vez más huecos, que solo apelan a resabios ideológicos en busca de votos.

El grave problema de la marginación urbana no es consecuencia de la ausencia de Reforma Agraria, sino la prueba de que la subdivisión de la tierra no soluciona sino agrava la expulsión de mano de obra rural derivada del avance tecnológico, que requiere cada vez menos mano de obra para producir cada vez más. Algunos, que viven en otro planeta, proponen soluciones como las de la Unión Europea, que mantiene con costos siderales una estructura productiva agraria artificial. Lo pueden subsidiar porque son muy ricos y competitivos en otros sectores, pero nosotros, que somos pobres y dependemos de la competitividad de nuestro sector agrario, no tenemos de donde sacar para darnos esos lujos. Ojalá pudiéramos.

También viejo, pero manteniendo actualidad, el tema de la extranjerización de la tierra se ha fortalecido con la ola de compra de campos por parte de argentinos y brasileños ocurrida en el último año. La aprobación, a fines de los noventa de la ley que permite las Sociedades Anónimas en el agro facilitó este proceso.  Combatir la extranjerización que aporta inversiones, genera producción y divisas, demanda mano de obra y servicios, permite pagar deudas al Brou (las cifras del último año son elocuentes) es ir contra las consecuencias, y no las causas de los problemas económicos en el agro. Esos problemas –el más reciente fue el atraso cambiario, pero han habido diversas formas de desestimular la inversión en el agro a lo largo de la historia- hacen que la tierra en Uruguay sea barata en relación a su productividad, en comparación con los países vecinos.

En los momentos de auge agropecuario como este –por los buenos precios de los productos y el tipo de cambio realista- la rentabilidad aumenta y se atraen inversiones, muchas de ellas extranjeras, a lo que colaboró la política de detracciones aplicada en Argentina. Pero de lo que aportan los extranjeros, lo que se pueden llevar a sus países es la ganancia, digamos como mucho, en un promedio de largo plazo el 5% anual sobre el total invertido, porque la tierra, los alambrados y aguadas, las instalaciones y obras de infraestructura, las maquinarias, fertilizantes y semillas usadas, no se la pueden llevar.           Mas que extranjerizarse la tierra, ocurre que se uruguayiza el inversor. O, desilusionado del país se va unos años después de venir, vendiendo barato lo que compró caro. Mal negocio para un extranjero, y bueno para dos uruguayos, el que le vendió, y el que le compró. Pero muchos ven en esto un tema de soberanía, que no observan, por ejemplo, en la piratería pesquera que se realiza bajo el amparo del pabellón nacional.

El tema impositivo está muy vinculado con lo anterior, y es también de muy larga data. La historia económica del país está jalonada por períodos donde diversos instrumentos impositivos, explícitos o no, fueron aplicados al agro para financiar el gasto del Estado. Detracciones, retenciones, diversas formas de administración del tipo de cambio, impuestos específicos para el financiamiento de una actividad o al uso de un insumo, constituyeron una batería de mecanismos que tuvieron siempre algo en común: gravaron la producción, o alguno de los insumos utilizados para alcanzarla o aumentarla. Los efectos son conocidos: a mayor presión  impositiva o mayor abaratamiento del dólar que reduce el valor real de la producción, menor inversión, menos tecnología, mayor extensividad, menor producción, mas “estancamiento”.

Y todo por la razón del artillero: la función de producción se define de acuerdo a los precios relativos de los factores que la componen, utilizándose más del factor productivo más barato (la tierra que se abarata porque el negocio es malo) y menos de los más caros (gasoil con Imesi, todos los que pagan IVAs que no se descuentan etcétera) Lo que debe gravarse es la renta del empresario, provenga del agro o de cualquier sector, no la producción de la tierra, buscando soluciones alternativas para los pequeños predios rurales familiares que no tienen un funcionamiento empresarial.[1]

Otro tema de creciente vigencia vinculado con la tierra, es el de su contaminación en el sentido usual del término, es decir con productos químicos. Pero, en años de elecciones, se lo utiliza también con fines electorales. La administración frenteamplista de Montevideo no quiere que una planta de tratamiento de residuos industriales sólidos se instale en “su territorio”, por los riesgos de contaminación. La administración colorada de Canelones, tampoco. Y la administración blanca de San José, tampoco. En conclusión, la planta sigue sin existir, que es la peor de las soluciones para el conjunto de la sociedad. Cada uno hace campaña política como defensor del medio ambiente, mientras el mismo se deteriora por nuestra incapacidad de definir una política de Estado suprapartidaria, basada en definiciones técnicas, con razonables garantías de inocuidad y “recompensas” para el departamento que asuma la responsabilidad de aceptar su instalación.

Los ejemplos de contaminación de la tierra y los recursos hídricos son desgraciadamente numerosos, tantos como las muestras de nuestra inoperancia para solucionarlos. Ahora está sobre el tapete el del MTBE (metil-ter-butil-éter) usado por Ancap para producir todas sus naftas  sin plomo, pero resulta que, según algunos entendidos, más contaminante es la acetona que usan las/los usuarias/os de esmalte de uñas para removerlo. O las pilas de radio o linternas que van a la basura y de ahí a la tierra. Pero como de eso somos culpables todos, ni se menciona, no tiene rédito político.

El tema de los contaminantes provenientes de todo tipo de residuos y de los procesos productivos es tan importante que sería un atrevimiento tratarlo con ligereza y brevedad. Enfrentados a estos problemas lo que hacemos en general es echarle la culpa al resto del mundo: empresas productoras de agroquímicos (por acción), al gobierno (por omisión o complicidad), a la oposición (por irresponsable), al vendedor de insumos (por no informar), al vecino (por estar aguas arriba), a los países vecinos (por las dudas). Raramente se reúnen las partes involucradas para tratar el problema con seriedad, con fundamento técnico, sin intentar capitalizar la situación con fines políticos, y en particular, tratando de resolver el problema con sentido común, sin planteos utópicos, sino en un contexto donde las actividades productivas deben mantenerse e incrementarse.

En definitiva, la sufrida tierra uruguaya soporta contaminantes químicos, económicos e ideológicos, que en años electorales aumentan su virulencia. A pesar de ello, sigue siendo la base de nuestra economía, y todo indica que cualquier estrategia de desarrollo nacional deberá partir de esta premisa. El primer paso de esta estrategia es anteponer los objetivos de producción y sustentabilidad ambiental, a los intereses particulares o partidarios que en años como este, muestran toda su insolente mezquindad.

[1] Cabe aclarar que en ciertos momentos el atraso cambiario abarata algún insumo importado, pero este efecto positivo parcial es mucho menor que el negativo que genera sobre el total de las producción, las que mayoritariamente son exportadas.

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