Los productores de pobreza

El País Agropecuario
Febrero del 2004

Cuando se piensa en la pobreza, en general se la observa con una perspectiva carencial, de ausencia de riqueza. Creemos que el que es pobre –individuo, conjunto social o país- lo es porque le faltan bienes, servicios, instituciones, recursos o tecnología que, en la medida que existieran, lo alejarían de dicha condición. Y esto, sin duda, es cierto. Lo que es falso, es otra conclusión que está en general asociada a lo anterior: cuando se produce, de la forma que sea, se produce riqueza, o en el peor de los casos no se produce nada, si la actividad es inútil. Lo que pretendemos demostrar es que muchas actividades  producen pobreza, es decir que no solo no nos alejan de la condición de pobres sino que profundizan esa condición y nos alejan por consiguiente de un estado de mayor riqueza o bienestar, tanto social como individual. Demás está decir que estas acciones provienen tanto del ámbito público como del privado. Los ejemplos serían infinitos, solo trataremos de dar algunos a los efectos de redondear la idea de algo que consideramos constituye la médula de nuestro subdesarrollo.

El productor ganadero que enterró las vacunas de aftosa –el que, dicho sea de paso no ha sido identificado ni por consiguiente sancionado- y que seguramente no es el único que omitió la vacunación obligatoria, es un productor de pobreza. Él, conscientemente o por ignorancia, aumentó, en la medida de sus posibilidades el riesgo de que hubiera otro brote de la enfermedad en nuestro país, lo que nuevamente generaría un brusco empobrecimiento de todos los participantes en la cadena cárnica, y en definitiva del conjunto de la sociedad. Infinidad de factores interactúan para que esa acción tenga o no ese resultado, pero el responsable hizo su aporte para que ocurriera: produjo pobreza.

La empresa pavimentadora que deja sin tapar durante meses el pozo que dificulta el tráfico, nos hace perder tiempo, aumenta el riesgo de accidentes, ocasionalmente rompe algún vehículo. Esas empresas, o la Intendencia que las contrata y no controla (¿les paga mientras estén colocados los pilares con luces de advertencia, como si estuviera en obra?) diariamente nos administra una pequeña dosis de pobreza a los habitantes de la ciudad, como un cuentagotas infinito.

Cualquier acción corporativa, cuando excede notoriamente la legítima defensa de los intereses que representa, está generando pobreza, en la medida que el daño que ocasiona al conjunto de la sociedad es mucho mayor que el beneficio que obtiene para su agremiación, sindicato o grupo formal o informal de presión. Los ejemplos los vemos todos a diario, en la ciudad y en el campo. Gente que considera legítimo no pagar un impuesto, o que ninguna refinanciación le satisface, o que utiliza el chantaje como instrumento sindical, tomando al país como rehén para conseguir una prebenda injustificable, es gente que empobrece a la sociedad porque, nuevamente, el balance entre lo que, en el mejor de los casos, ganan unos pocos y lo que seguramente pierden muchos, es francamente deficitario.

Las innumerables trabas burocráticas a las que se enfrenta todo emprendedor que honestamente quiere desarrollar una nueva actividad, y que solo sirven para reforzar el afán de poder del jerarca o el ego del oficinista que se siente importante negando la autorización, son generadoras de pobreza en la medida que obstaculizan, cuando no impiden, la concreción de actividad económica generadora de empleo, de bienes o servicios para satisfacer necesidades del mercado interno o externo.

El bochornoso espectáculo que brindan a nivel internacional algunos buques pesqueros uruguayos empobrece en mucho mayor medida de lo que imaginamos, la imagen de nuestro país en el exterior. Además de ladrones aparecemos como depredadores de especies protegidas. Señalados como sabandijas tanto por el derecho internacional como por los movimientos ecologistas que luchan por la preservación de especies en riesgo de extinción. En la interna, nos excusamos diciendo que el dueño del barco es extranjero, que son capitales foráneos. Además de existir, tendrían que ser muy convincentes las explicaciones oficiales (de la Dinara o de quien corresponda) en el sentido de porqué estos piratas de la pesca prefieren poner sus barcos bajo nuestra bandera. ¿Qué dan a cambio? ¿A quién?

Quien pide o da una coima, es un productor de pobreza. Ese pequeño o gran aporte a la corrupción, ese “atajo” al cumplimiento de la ley, nos retrotrae en pequeña o gran medida a estadios mas primitivos del desarrollo social, nos regresa, poco o mucho, a la ley de la selva. Por supuesto que la ley o norma cuyo cumplimiento se elude por esta vía puede ser errónea, incluso absurda, pero ese es otro problema, y nuestra obligación como ciudadanos es tratar de cambiarla. Así se beneficiaría el conjunto social, mientras que “por el atajo” solo se beneficia el infractor y el corrupto responsable de la aplicación de la ley, preservando la existencia de la norma absurda que a todos perjudica.

El mismo razonamiento, pero elevado a un nivel mucho mayor, y por consiguiente de gran poder multiplicador sobre la capacidad de generación de pobreza, se puede aplicar a las causas de la crisis económica que padeció el país. La rapacidad de banqueros ladrones, probablemente en connivencia con los burócratas responsables de controlar sus actividades, empobreció enormemente a nuestra sociedad. Pero no menos –seguramente mucho más- la empobreció la irresponsable política cambiaria que este y los dos gobiernos anteriores le infligieron al país. La crisis del 2002 fue la explosión de la pobreza generada y disimulada durante la década previa. Esos banqueros y sus aliados estratégicos o circunstanciales, esos responsable económicos y los beneficiarios de sus políticas, generaron mucha de la pobreza que hoy sufren la mayoría de los uruguayos. Quien hoy se indigna por los resultados, cuando le parecieron muy correctas las causas, porque lo beneficiaban, lo hace por ignorancia, o por hipocresía.

Siempre existe la posibilidad –de hecho todos en alguna medida la utilizamos- de disculpar nuestros errores denunciando la existencia de culpables de otros males, esos sí graves. La clásica “claro, se fijan en esto pero dejan pasar…” Se pretende eludir así la responsabilidad individual invocando la presunta complicidad de alguna autoridad con culpables de males mayores. Es el caso de cuando absolvemos o practicamos el pequeño contrabando o aceptamos como normal el que roben algunas ovejas. Como en cada nivel de culpabilidad se puede esgrimir el mismo argumento, nunca se llega al “verdadero” culpable, y mientras tanto cada uno hace la suya, la que empobrece al conjunto.

Esto no pretende ser el decálogo de la moral jesuítica, ni la síntesis del “deber ser” ciudadano. Además, nadie está tan libre de culpa como para sentirse autorizado a tirar la primer piedra. Ocurre que nos sentimos, y en realidad somos, cada vez más pobres, aunque como país tengamos cada vez más aparatos electrónicos o autos por habitante. En una palabra, somos cada vez más subdesarrollados, si entendemos por desarrollo el acceso de las grandes mayorías de la población a niveles decorosos de bienes y servicios básicos como la vivienda, la alimentación, la salud, la educación, la cultura.

Y las causas últimas de ese creciente subdesarrollo no hay que buscarlas en la globalización, ni en los organismos multilaterales, ni en las empresas transnacionales, ni en el mal vecino o el peor imperio. Hay que buscarlas en todos esos pequeños o grandes productores de pobreza, a que aludían los ejemplos anteriores, que seguramente cada lector podrá editar corregidos y aumentados. Si cada uno asume su pequeña o gran cuota de responsabilidad para no generar pobreza, esos “males” foráneos, por menos inocentes que sean, no podrán ser un obstáculo para nuestro genuino desarrollo como sociedad civilizada. Hay muchos ejemplos en el mundo de países que se han desarrollado a pesar de estar sometidos, como nosotros, a esos “grandes males” a los que le echamos la culpa de todos nuestros fracasos. Si no fuera así, no habría lugar a la esperanza.

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