Banco de prueba

El País Agropecuario
Agosto 2011

 “… tener allí para andar,
un pingo atáo a una estaca,
donde no falte una vaca,
para poder ordeñar,
ovejas para carnear,
unos bueyes aradores,
amapolas y otras flores,
un chajá de vigilante,
y un gallo para que cante,
trovas gauchas y de amores”
“Lo que quisiera tener”  (fragmento)

Juan C. Cortalezzi/Virginia Vera

Los que tuvimos la suerte de ser criados en el campo, mientras vivamos añoraremos el telurismo que impregnó nuestra infancia de amor a la libertad, a los espacios abiertos, al contacto íntimo con la naturaleza, a la comunión diaria con el caballo y el campo, el sol y el viento, el monte y el arroyo. A la temprana incorporación de los valores de la sencilla y honesta gente de campo, de los paisanos de apretón de manos de valor documental. Y también de la toma de conciencia sobre el esfuerzo y la tenacidad que exige el trabajo rural, dependiendo siempre de los caprichos de la naturaleza. Paisaje cultural que tan bien describieran nuestros poetas nativistas de inicios del siglo pasado.

Pero nuestros mayores tuvieron la sabiduría (y también la posibilidad) de abrirnos otros horizontes, educativos y culturales, de posibilidades laborales y de desarrollo humano y social, que la vida del campo no nos podía brindar. Porque somos seres sociales, porque solo cierta escala urbana puede brindar los servicios que un desarrollo integral requiere. Y lo que fue cierto para nuestra generación, más lo es para la de nuestros hijos y la de nuestros nietos. Lo que no implica, en absoluto, renegar de los valores ancestrales, que no solo conservamos, sino que cultivamos y tratamos de trasmitir, pero conscientes de que con eso no alcanza, de que esa base cultural tiene que ser complementada con todo lo que nos aporta, ahora a escala global, la vida en sociedad.

Lo cultural y lo productivo

Existe una corriente de opinión en el Uruguay, claramente manifestada a cierto nivel de gobierno, que en aras de la reivindicación socioeconómica de lo rural, apuesta a que el retorno “a los orígenes”, implique, simultáneamente, un mejor estilo de vida y un sistema productivo competitivo, frente a otras opciones de índole más empresarial. Esta es la base de las políticas de colonización, que financian la compra de tierras para entregarlas a familias del medio rural, que no tienen posibilidades económicas de acceder a la misma, para que se afinquen y desarrollen una labor productiva.

Este tipo de política parte del supuesto de que el productor favorecido accederá junto a su familia a un mejor nivel de vida, lejos de los “peligros” de la ciudad, a la vez que devolverá lo que la sociedad le financia, por medio de una productividad incrementada por la mayor dedicación que el trabajo familiar conlleva.

A nuestro juicio, esta macro visión no incorpora debidamente al análisis, una evaluación objetiva de los predios familiares ya existentes, que se cuentan por miles, tanto en la ganadería, la lechería y la agricultura, pero en particular en la granja.

No es necesario crear un banco de prueba para ver que pasa: el modelo ya existe y lo que pasa ya lo sabemos.

Las condiciones exigidas para ser beneficiario de esas políticas –residencia en el predio, límites de superficie, trabajo básicamente familiar- son las imperantes en la gran mayoría de los predios granjeros. Y los resultados que todos conocemos y a todos nos preocupan: la granja es el sector productivo que históricamente ha presentado  mayores problemas para su desarrollo. Y esos problemas se manifiestan tanto en el plano productivo, como en el social y el ambiental. Los diagnósticos y las hipótesis explicativas son muchas, y hace décadas las barajamos, pero los hechos son tercos, y ahí siguen.

Una de las hipótesis más manejadas, es la de que la granja nunca tuvo un plan o una política de estado para su desarrollo, con exoneraciones impositivas que promovieran la inversión, con activa gestión a nivel de mercados externos, con un desarrollo importante de la infraestructura para el acopio y la distribución, etcétera. Las tradicionales políticas de apoyo a la granja como la asistencia técnica gratuita o la prohibición de importaciones competitivas, habrían sido, bajo esta hipótesis, solo parches o enmiendas que nunca llegaron a generar el impulso suficiente para el despegue sectorial.

No es objetivo de este artículo discutir la pertinencia de una propuesta como la esbozada, y menos su contenido. Lo       que si pretendemos, es analizar la coherencia entre los objetivos actuales de esas políticas, con los resultados esperables de un plan de desarrollo de gran alcance, que intente, seriamente, promover el desarrollo del sector granjero. Y para eso observaremos los aspectos que pautaron el dinamismo de los sectores productivos agropecuarios de mayor desarrollo en las dos últimas décadas.

Lo que cabría esperar

En términos generales puede afirmarse que a partir de los años 90, pero en particular luego del 2002, varios sectores del agro uruguayo mostraron un nivel de dinamismo -en sus inversiones, en su adopción de tecnología, en su productividad y por consiguiente en sus niveles de producción y sus exportaciones- inédito en el país. Toda la economía se ha visto beneficiada del derrame de riqueza generada por estos procesos, y los niveles de ingreso y ocupación que hoy exhibe el país, son por demás significativos. Esta Revista ha acompañado esos procesos con abundante información sobre los mismos.

En todo el mundo, el incremento de la demanda por alimentos generado por la presión demográfica y los aumentos de ingresos de grandes masas de población, es el elemento disparador para la generación de una revolución en las ciencias y en las tecnologías agropecuarias, produciéndose un gran número de innovaciones, en la ingeniería genética, en las industrias químicas y de maquinarias, en las del conocimiento y logística, etcétera. La permanente oferta de nuevas tecnologías, obliga a las empresas agrarias a su adopción, so pena de quedar marginadas de los procesos productivos, porque la globalización va terminando con los nichos regionales donde las tecnologías tradicionales se van refugiando.

¿Qué consecuencias podría tener un “Plan de Desarrollo de la Granja” que fuera exitoso? En primer lugar, al mejorar el retorno económico de las inversiones en los rubros granjeros –ineludible condición de partida- una mayor cantidad de inversiones se orientarían al sector, proceso que no muchos de los actuales productores podrían acompañar. Aumentaría por lo tanto el peso relativo del factor capital al interior de las diferentes funciones de producción existentes o que se creen.

Esas inversiones se orientarían a diversos fines, que podríamos resumir en tres niveles: los de la innovación tecnológica, el  de desarrollo de infraestructura y la capacitación de empresarios y trabajadores (o más rápido, sustitución por otros ya capacitados). La experiencia indica que los productores de menores posibilidades financieras, o más reacios al cambio, irían quedando marginados de su actividad empresarial, no necesariamente de sus posibilidades laborales.

Las nuevas tecnologías adoptadas, muy probablemente exigirían mayores escalas de producción –seguramente en las escalas económicas, en algunos casos también de las escalas físicas, como la superficie del predio- lo que haría aumentar la concentración, tanto en la propiedad como en el uso de la tierra. Y como estamos globalizados, en nada sorprendería que entre los nuevos inversores, muchos no fueran de nacionalidad uruguaya, o que se difundieran formas organizativas “novedosas” como las sociedades anónimas, con formas de financiamiento también “novedosas” como la emisión de obligaciones en Bolsa, etcétera.

El aumento de la productividad, en un mercado relativamente saturado como el nuestro, se canalizaría inevitablemente hacia la exportación, lo que exigiría nuevas capacidades a nivel productivo, e implicaría la participación de otros agentes a lo largo de la cadena, cierto nivel de trabajo en redes, con proveedores de servicios productivos, logísticos, de comercio exterior. Seguramente, también se produciría una mayor especialización productiva, como forma de poder cumplir y a la vez aprovechar las nuevas exigencias en calidad, presentación, fechas de entrega, etcétera.

También la mayor productividad permitiría que el consumo interno accediera a productos de menor precio o de mayor relación calidad/precio. Consumo interno que en volumen, proporcionalmente iría perdiendo importancia relativa al aumentar la de la demanda externa. Ello no implicaría, como ocurre ahora, que una buena producción fuera la ruina del productor porque el precio del producto se derrumba. Por el contrario, una gran cosecha pasaría a ser una buena noticia.

Por tratarse de producciones a desarrollar a distancias reducidas de centros de distribución, de puertos y aeropuertos, los transportes no deberían significar una restricción importante a la competitividad, como ocurre actualmente con la forestación. Pero toda la logística vinculada a presentación, empaque, plazos de entrega y cámaras de frío, debería funcionar muy bien.

Por supuesto que este tipo de desarrollo no admitiría la existencia de estructuras organizativas que impidieran la ocurrencia de estos cambios. Por ejemplo, una agrupación de productores que no admitiera en su seno a extranjeros o a sociedades anónimas, estaría limitando sus posibilidades de desarrollo y auto marginándose del proceso de crecimiento. Las formas organizativas nuevas y el trabajo en redes pasarían a ser más la norma que la excepción.

La dinamización sectorial tendría el correspondiente impacto en la demanda de insumos, en el uso del riego, en el consumo de energía en sus distintas formas. Todo lo cual implicaría un efecto multiplicador sobre otras industrias y sobre la recaudación fiscal, como ya viene ocurriendo por el crecimiento de otros sectores rurales.

A nivel social, se incrementaría la demanda de mano de obra y, al tratarse de un sector geográficamente concentrado, y diversificado en rubros, fechas de siembra y cosecha, sería, crecientemente, una mano de obra de alta movilidad, con residencia urbana y capacidad de desplazamiento a su lugar temporal de trabajo. Se trataría de mano de obra contratada, no necesariamente (más bien excepcionalmente) integrante de la familia del productor, cuyo nivel de ingreso obviamente se incrementaría, por la mayor demanda y la ocupación más permanente.

En términos ambientales, los efectos esperables son variados. La zona granjera es la de mayor deterioro ambiental –básicamente por erosión de suelos- producto de una historia de producciones agrícolas y hortícolas intensivas realizadas con antiguos métodos de laboreo del suelo. La mayor especialización podría provocar un uso más intensivo del suelo, que podría implicar un riesgo ambiental, pero están disponibles opciones tecnológicas –además de las que se irán generando- que permiten mantener esos riesgos bajo control, por la adopción de prácticas de cultivo más amigables con el ambiente, con rotaciones con pasturas, incorporación de abonos verdes, etcétera.

En definitiva, la valorización de los recursos naturales propendería a un mayor cuidado de los mismos, por lo que, al ya existir opciones tecnológicas que lo habilitan, es de esperar que los riesgos ambientales no se incrementen, y sean manejados correctamente.

En definitiva…

De nuevo: no estamos proponiendo un Plan de Desarrollo (otro más…) para la granja, aunque no se descarte su necesidad. Sí estamos esbozando, a la luz de lo ocurrido con otros sectores que felizmente han cobrado un dinamismo no habitual en el país -y del que todos sus habitantes nos beneficiamos- las principales consecuencias que se podrían esperar, en los planos económico, social y ambiental.

Y estas consecuencias se contraponen con algunos objetivos definidos como estratégicos por el gobierno, para cuya consecución se han impulsado diversas iniciativas parlamentarias, algunas ya aprobadas, otras en proceso de aprobación. La realidad puede gustarnos o no gustarnos, pero no podemos decir que está equivocada. El gobierno tiene todo el derecho de querer modificar la realidad agraria en el sentido que considere más justo. Pero tiene que entender que ciertas medidas producen determinados resultados, y no otros. O dicho al revés, que para alcanzar ciertos objetivos hay que hacer determinado tipo de cosas, y no otras.

El carácter empresarial de la producción, el volumen creciente de capital por unidad de superficie (las escalas son mucho más económicas que físicas) es condición cada vez más necesaria para hacer competitiva la producción (ver cuadro), incorporar tecnología, intensificar la producción y mejorar la cantidad y la calidad del producto.  El profesionalismo en la gestión, la capacitación de todos los intervinientes en procesos productivos modernos, los requerimientos logísticos y organizativos, las necesidades de infraestructura, el acceso competitivo a los mercados externos, y un largo etcétera, son todos elementos imprescindibles para el desarrollo, de la granja o de cualquier otro sector. No importa si son de nuestro agrado o si no nos gustan.

2011-11 Banco de prueba cuadro

Los gustos reservémoslos para otro tipo de cosas. A que dedicarnos, donde vivir, adonde ir de vacaciones o los fines de semana, que valores trasmitir a nuestros hijos y nietos. Pero no los mezclemos con las condiciones objetivas que en pleno siglo XXI se requieren para el crecimiento y el desarrollo rural, como nuestra propia historia reciente se ha encargado de demostrarnos.

 

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