Basta de “paisito”

El País Agropecuario
Diciembre del 2009

La suma de las superficies de Bélgica, Holanda y Luxemburgo, es inferior a la parte de nuestro territorio que se ubica al Norte del Río Negro. Pero mientras que en el Benelux viven más de 27 millones de personas, en esa parte de nuestro país vive apenas medio millón. Y mientras el Producto Bruto Interno per cápita de esos europeos es del orden de los 46 mil dólares anuales (BM, 2007) el de los uruguayos es del orden de los 9 mil (BCU, 2008).

En definitiva, nuestro PBI per/cápita medido en dólares (atraso cambiario mediante) es una quinta parte del de los europeos. O sea que en un territorio que es solo el 40% del nuestro, pero con una población 8 veces superior, cada uno de estos ciudadanos europeos genera, en promedio, una riqueza 5 veces mayor a la que genera cada uruguayo.

No es intención de este artículo comparar un territorio de Europa Occidental donde residen culturas varias veces centenarias, con un pasado colonialista y un presente de pujante integración en la Unión Europea, con un despoblado rincón de un joven país latinoamericano, “en vías de desarrollo”. Sí intenta, corroborando que la superficie es un indicador muy parcial del “tamaño” real de un país, aportar al reconocimiento de las potencialidades actuales del Uruguay, para superar su autocomplaciente complejo de “paisito”.

De país a paisito

Uruguay no es un país chico, es un país despoblado. Tampoco es un país pobre, es un país potencialmente rico. Solo potencialmente. Quiere decir que podríamos generar mucha riqueza, no que la misma la tengamos disponible, al alcance de la mano, dado que la riqueza, al contrario de lo que muchos uruguayos piensan, se crea, se genera, no se la encuentra en estado libre en la naturaleza. Lo que a su vez podría (también en condicional) darnos un muy buen nivel de vida a los habitantes de este país.

Pasamos de “país” a “paisito” en la segunda mitad del siglo pasado. El crecimiento del PIB per cápita solo alcanzó al 0,84% anual entre 1956 y el 2003, mientras que entre 1900 y 1955 había sido del 1,87% anual[1]. Pero esa “pequeña” diferencia, a largo plazo tiene implicancias enormes: mientras en el primer medio siglo el PIB per cápita creció un 175%, en el segundo solo lo hizo en un 48%. Más que una tasa baja permanente, este pobre desempeño promedio enmascaró períodos de caída del Producto alternando con otros de crecimiento, fluctuaciones vinculadas a cambios en el contexto externo, a variaciones en los niveles de competitividad producto de las políticas económicas internas, y coyunturalmente, a desarreglos climáticos graves.

El siglo XXI pintó muy diferente. Superado el terrible primer bienio del mismo[2], entre el 2003 y el 2008, el PIB per cápita creció al 6,8% anual, lo que acumula un crecimiento del 40% en solo 5 años, poco menos de lo que crecimos en todo el medio siglo previo. Y, más que nunca, el sector agropecuario fue la locomotora de ese crecimiento: a los buenos precios de exportación, el sector respondió, en la mayoría de sus rubros, con un formidable incremento de la productividad.

La pregunta clave, la gran interrogante, es si estamos ante uno de los tantos ciclos de precios que han determinado nuestra evolución pendular, o se trata de un cambio de tendencia histórico, luego de medio siglo de caída tendencial de los precios de los productos agrícolas. En el 2008, cuando empezó la crisis financiera mundial y la siguió la depresión del mundo desarrollado, la primera opción pareció ser la correcta, pero el nuevo equilibrio de precios alcanzado luego de superada la burbuja especulativa de ese año, ha vuelto a fortalecer a la segunda.

La gráfica adjunta, presentada por el economista Pablo Rosselli en la última jornada anual de Fucrea, nos ilustra sobre ambas posibilidades. Partiendo de la misma serie de datos, se pueden definir dos funciones, ambas con buen nivel de ajuste, que grafican las dos opciones antedichas. Como vemos, las matemáticas cuando se aplican a las ciencias sociales, suelen no dar respuestas terminantes. 

2009-12 Basta de paisito Graf

A la búsqueda del tiempo perdido

Creemos que se trata de un cambio de tendencia, por los argumentos conocidos. El crecimiento exponencial de la demanda de alimentos por los grandes y superpoblados países asiáticos[3] y por los del Este europeo, el aumento del valor agregado en los alimentos que demandan los países desarrollados[4], la progresiva desaparición, por haberse vuelto insostenibles, de los esquemas proteccionistas de la producción interna de esos mismos países, y la demanda agregada por los agrocombustibles como respuesta a la crisis energética, sustentan esta interpretación del “cambio estructural”.

La región del Mercosur tiene el mayor potencial de respuesta a esa demanda incremental. Y en ese contexto regional, Uruguay presenta una incomparable potencialidad en la producción de alimentos relativa a su población[5].

¿Entonces, nos podemos quedar cruzados de brazos esperando, con la tranquilidad del rentista, la riqueza que nos vendrá del mundo? Todo lo contrario. Como nunca, nuestros esfuerzos se verán recompensados por un contexto favorable, y que por consiguiente, también como nunca, la pérdida por omisión en la acción o por los errores que podamos cometer, será más imperdonable. Corresponde pues, echar una mirada para dentro de nuestras fronteras.

Seguir poniendo la casa en orden

Con idas y venidas, con apoyos y oposiciones itinerantes, en las últimas dos décadas el Uruguay  ha desarrollado algunas políticas de Estado que han promovido la inversión, y con ella el desarrollo, cosa que no se produce de un día para otro. La apertura a las inversiones agropecuarias, de las que la Ley Forestal de 1987 fue el primer eslabón, la apertura a la competencia de los seguros, de la actividad portuaria, de las telecomunicaciones, el control de la inflación y de las cuentas públicas, el buen manejo de la crisis del 2002, la estabilidad democrática y otras acciones de ese tipo han hecho del Uruguay un país predecible, confiable, que respeta los contratos, diferenciándonos, junto con Chile, de un vecindario que no se caracteriza por esos buenos modales.

Este contexto político-institucional, más la disponibilidad de tecnología con la que el país cuenta, porque la ha sabido generar, hizo posible la gran respuesta productiva ante el contexto favorable que se inicia en el 2003. La crisis previa dejó por el camino a buenos productores que tuvieron que salir del sector -muchas veces para pagar sus deudas- en momentos de bajos precios. Luego, la competencia por la tierra también marginó a otros, pero ya en un contexto de precios más remunerativos. Son los dolores del crecimiento, el costo social derivado del ingreso de nuevas empresas, con nuevas escalas económicas y tecnológicas, de moderno gerenciamiento, de trabajo en redes, de inserción global. Por otro lado, cada vez hay más empresas de diversos servicios agrícolas, que ocupan a mucha gente: no hay desempleo en el agro, y la carencia de mano de obra calificada se vuelve cada día una limitante mayor al desarrollo rural.

Las asignaturas pendientes también son numerosas, y de difícil solución. Las mejoras en la educación, que no se arregla solo con plata, sino que es tarea de especialistas con visión de país y de futuro, y no de corporaciones analfabetizantes, las carencias de infraestructura vial y portuaria[6], la tan prometida y nunca iniciada reforma del Estado, incluyendo algunos monopolios de probada ineficiencia[7] que son un atentado a nuestra competitividad, la mejor inserción internacional por medio de acuerdos bilaterales con nuestros principales clientes – como hace Chile -, para lo cual, las embajadas deben ser ocupadas por funcionarios idóneos, y no “premio consuelo” para el político “que no llegó”, son algunos obstáculos de difícil remoción. A veces por los montos de las inversiones, pero sobretodo, por la falta de voluntad política para encararlos colectivamente, sin tomar en cuenta quién está en el gobierno y quién en la oposición. Por no asumir el riesgo de perder votos. Más de uno dirá ¿y quien no sabe estas cosas? Todos las sabemos, pero no las resolvemos.

De paisito a país

Precisamos más gente. Con ideas, con ganas de emprender nuevas actividades, de crear empresas o de emplearse en ellas, en una palabra: de trabajar, en cualquiera de las opciones que nuestros recursos, capacidad, capacitación o forma de ser nos habilite. Hoy nuestro país ofrece oportunidades, solo de nosotros depende que esas oportunidades mejoren, se multipliquen y se hagan accesibles para más gente.

Pero hay que asumir riesgos. El concepto de riesgo está implícito en el verbo “emprender”. También es condición ineludible para el éxito. La opción “cero riesgo” no existe, o si existe es una condena a la mediocridad, la triste defensa ante el peligro del país que se achicaba ante la falta de oportunidades. Debemos superar el complejo, prohibir la solución “atadita con alambre”[8], ir a más, no a menos.

Dejar de lado la imagen-objetivo de la microempresa, siempre dependiente del apoyo estatal, cuya meta es apenas la sobrevivencia. Es mucho mejor ser empleado de una empresa con una dimensión económicamente viable, que apueste a la innovación y al futuro. Que depende de sus recursos humanos, porque los necesita y se pueden ir a la competencia, y por eso los cuida, capacita, y remunera correctamente. Como en los países en que se vive bien, en los que hay futuro, a donde la gente quiere ir, y no de los que la gente se va.

Para ello es indispensable conservar la imagen de país serio y cumplidor. Esto no nos asegura altas tasas de crecimiento permanentes, pero sí nos reduce el riesgo de las crisis recurrentes, principales responsables del estancamiento productivo del medio siglo previo, por la pérdida de confianza y la desinversión que las mismas implicaban.

Todo esto lo podemos hacer. Que el nuevo Gobierno, que asume sin “herencia maldita”, con mayoría parlamentaria y gran apoyo popular, empiece a  dar señales en ese sentido, para que el empleo público deje de ser el sueño del habitante del paisito, y pase a ser solo una opción más, para quienes tengan vocación por esa clase de servicios.

Todo lo contrario del ejemplo que dio este mes la Intendencia de Montevideo, que anunció un nuevo fracaso en el proyecto de instalación de “contenedores naranja” para la mejora ambiental, pero el éxito en el remate de cabras que desde el año pasado organiza. Prioridades propias del “paisito” que tenemos que dejar atrás.

 

[1] Fuente: Nora Berretta, Fac. Ciencias Sociales, en base a BCU y Luis Bértola

[2] En el 2001, sobre la sequía del 2000 cayó la aftosa, y en el 2002, el desastre financiero y la crisis.

[3] Crece la población, pero además crece el ingreso de esa población, mayor ingreso que se destina principalmente al consumo de alimentos (dado que son niveles todavía bajos de ingreso, superando la línea de pobreza), que además se dejaron de producir por la familia campesina que se traslada hacia los empleos industriales en la ciudad.

[4] Seguridad alimentaria dada por la calidad e inocuidad de los alimentos consumidos (producción “limpia, verde y ética”)

[5] Sobre este tema ver el artículo “El país terrateniente” El País Agropecuario No. 150, Agosto 2007

[6] El ferrocarril, las carreteras transversales y un puerto de aguas profundas parecen ser las más graves

[7] En el momento pico de cosecha y siembra,  cuando el clima deja pocos días para levantar la gran cosecha, Ancap distribuye gasoil con interrupciones imperdonables. Ni que fuera barato.

[8] Con el mayor respeto por el Pepe Guerra, querido amigo que tan bien describiera nuestros sueños chiquitos, en la canción a la que hacemos referencia.

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