Catastrofismo – Segunda parte

Rodolfo M. Irigoyen
Junio de 2015

Los transgénicos y el glifosato

Los últimos años del siglo XX fueron escenario de una revolución biotecnológica destinada a modificar, en forma irreversible, el mapa agropecuario y nutricional del mundo. Esta revolución se basó en la capacidad de leer los mapas genéticos de los seres vivos, y en el desarrollo de la ingeniería genética, por medio de la cual se pueden transferir genes, superando las barreras sexuales tanto de plantas como de animales.

Estas nuevas herramientas posibilitan la creación de los transgénicos u organismos genéticamente modificados (OGM), denominándose genómica a la ciencia que los estudia. Se generan así, en laboratorio, nuevas plantas y animales, lo mismo que nuevos microorganismos (bacterias, levaduras, etcétera) con nuevas combinaciones de material genético, que buscan satisfacer mejor las necesidades humanas, haciendo más eficientes los procesos productivos agrícolas, así como los de las industrias alimenticia, farmacéutica y cosmética, entre otras posibilidades.

El uso agrícola de cada OGM, debe ser autorizado por la dependencia gubernamental correspondiente (en Uruguay el MGAP). En los últimos años acá se han autorizado varios “eventos”[1] en soja y maíz. La primera, la “soja RR” es tolerante a un herbicida, el glifosato, lo que permite eliminar toda la competencia vegetal del cultivo, sin dañarlo a este. En el segundo, el “maíz Bt”[2] es resistente a insectos lo que evita el daño de plagas del cultivo y las fumigaciones con insecticida para combatirlas. También se ha autorizado una soja que reúne ambas características (resistencia a herbicida y a insectos).

Algo de historia 

Las modificaciones genéticas se dan espontáneamente en la naturaleza, pero desde hace unos 10 mil años, con el inicio de los procesos de domesticación de plantas y animales, la orientación de esas modificaciones progresivamente fueron determinadas por el ser humano, con el fin de satisfacer mejor sus necesidades, principalmente de alimentación y vestimenta, pero también de otros tipos como medicinales, habitacionales o militares.

Las herramientas desarrolladas con el fin de dirigir esos cambios genéticos, también sufrieron un proceso evolutivo. Cada etapa de este proceso requería de nuevos conocimientos, aumentando la complejidad técnica de los mismos, a la vez que se acortaba la duración temporal de cada una de ellas.

Luego de muchos siglos en que el mejoramiento se basó en la simple observación visual, para elegir plantas o animales “superiores”, priorizando su reproducción por sobre la de los “inferiores”, se fueron incorporando nuevos conocimientos, los que desde hace unos 200 años empiezan a revestir carácter científico, lo que aceleró el proceso de mejora, quemando etapas en la medida que dicho carácter aumentaba.

Con la revolución informática, la velocidad y precisión de la mejora genética se multiplicó significativamente, llegando, a fines del siglo pasado e inicios del presente, al ya mencionado desarrollo de la genómica, nuevas herramientas biotecnológicas que no sustituyen pero sí complementan notablemente a la genética cuantitativa precedente,

En resumen, las modificaciones genéticas en los seres vivos existen desde siempre en la naturaleza, pero el hombre ha desarrollado la capacidad de orientarlas en su beneficio. Más que el fenómeno en sí, lo que ha cambiado y con velocidad creciente, son las herramientas desarrolladas para dirigirlo.

El contexto actual

Nada de lo que consumimos es natural, en el sentido de “intocado” por el hombre. Si este desapareciera de la faz de la tierra, prácticamente todos los organismos animales y vegetales de los que deriva su alimentación, desaparecerían con él, porque en el proceso de evolución y de modificaciones genéticas, han perdido su capacidad de sobrevivir como especies. En su estado “silvestre” muchos cereales y hortalizas –como el trigo o el tomate– son absolutamente improductivas y muchas veces tóxicas. Su versión actual no es la “natural”, sino el resultado de siglos de intervención humana orientada a su mejora.

En condiciones normales de producción, el rendimiento de los cultivos en el mundo llega en promedio solo al 25% de su capacidad potencial, es decir la que podría alcanzar en condiciones ideales. Esto se debe a que en la práctica, se trabaja en presencia de condiciones ambientales lejanas al óptimo. La mejora genética, incluyendo la transgénesis, busca no desaprovechar ese enorme potencial que ha generado por medio de la obtención de especies menos vulnerables a esos factores ambientales adversos, como son los suelos inadecuados, el estrés hídrico o térmico, las plagas y enfermedades, etcétera.

El reto de alimentar a la creciente población mundial,[3] no puede basarse en la intensificación de la tecnología anterior a los OGM, aumentando el uso de fertilizantes y agroquímicos, por su efecto ambiental negativo. Con los OGM en cambio, se aumenta la eficiencia en la producción, alcanzando este objetivo esencial en paralelo con la disminución del uso de agroquímicos, es decir en forma ambientalmente más “amigable”.[4]

Al aumentar la eficiencia de todo el proceso, también los requerimientos de tierra y agua por unidad de producto disminuyen, lo que objetivamente es una muy buena noticia desde el punto de vista de la dotación global de recursos. Donde la legislación del país permite usar materiales transgénicos, el uso del equivalente no transgénico prácticamente desaparece.

En 1960, para producir alimentos se dedicaban en el mundo 0,4 hectáreas por habitante, en 2015 se dedican menos de 0,2. El argumento “ambientalista” lo presenta como un descenso de las posibilidades productivas, cuando denota en realidad la duplicación de la eficiencia de la producción, que permite la mejor alimentación de la población mundial actual, cuyo número supera el total acumulado de habitantes que han existido en la historia de la humanidad.

Las plantas resultantes de cada evento transgénico son evaluadas exhaustivamente en relación con sus características agronómicas y nutricionales, y a sus posibles efectos sobre diferentes organismos, en particular el ser humano, para descartar problemas de toxicidad o de cualquier otro tipo. La generación de cada “evento” transgénico implica un altísimo nivel de conocimiento científico y costos de cientos o miles de millones de dólares, y por lo tanto es liderada por unas pocas grandes empresas transnacionales. Las mismas empresas que los crean, son las principales interesadas en que su utilización no genere ningún problema, porque si esto ocurriese, seguro las llevaría a la ruina.

Y el crecimiento es explosivo. En 1996, cuando empezaron a usarse en la agricultura, se sembraron en el mundo 1,7 millones de hectáreas con OGM; en 2014 se sembraron 181,5 millones de hectáreas. Diecinueve años de crecimiento continuo, en los que además de multiplicarse la superficie por más de 100, se multiplicaron los países por 4, y los productores son 18 millones, el 90 % de los cuales son pequeños productores (los perjudicados, según los detractores de los OGM).  Pero no se constató una sola muerte debida al consumo de transgénicos, como sí ocurrió por el consumo de los llamados alimentos “orgánicos”[5], que además son escasos y más caros.

El problema 

Bosquejados el proceso y alguno de sus beneficios, surgen varias preguntas: si son tantas las ventajas, ¿por qué tanta oposición a su uso?; ¿por qué existen en muchos países leyes que prohíben o limitan el uso de los transgénicos?; ¿por qué cada evento debe tener una autorización oficial para su utilización?; ¿por qué, en definitiva, tanta gente se dedica a realizar anuncios catastrofistas sobre las consecuencias de su consumo?

Al respecto dice la científica argentina María Antonia Muñoz de Malajovich[6]: “Algunos productos y procesos que eran impensables hace treinta años entran en nuestra vida cotidiana sin que sus bases científicas y tecnológicas hayan penetrado en nuestra cultura, a través de una divulgación amplia que abarque también a todos los niveles del sistema educativo. No existe ninguna posibilidad de construir una sociedad moderna si sus integrantes ignoran los aspectos generales de la ciencia y la tecnología”.

Al temor a lo desconocido, inherente al ser humano (en España en el siglo XVII hubo gente que prefirió morir de hambre antes que comer papas, recién introducidas en Europa desde América), se suma el alarmismo catastrofista de burocracias con intereses creados, autoproclamados “centinelas de la salud y el ambiente” y el posicionamiento político principalmente de los partidos “verdes” de Europa occidental, donde los problemas alimentarios son casi inexistentes y la agricultura es poco más que una actividad de jardinería.

Pero además de la ignorancia, existe un rígido posicionamiento ideológico previo que propende a que los fundamentos para el control de esas empresas y sus productos no sean técnicos como deberían ser, sino políticos. Es la oposición ideológica a esas empresas dado su carácter capitalista y transnacional, la base de la argumentación posterior que pretende descalificarlas técnicamente, a las empresas y sus productos, por más que la realidad muestre lo contrario.

El dogma sustituye al método, porque su naturaleza está contrapuesta al conocimiento científico. Y el dogma se sustenta en mentiras y medias verdades, en informes pretendidamente científicos, en experimentos diseñados para obtener un resultado predeterminado en función de los intereses del investigador. Porque no hay situación real ni argumento racional que haga flaquear la fe de los monjes de la transgenofobia.

Y el dogma se adorna con falsas dicotomías, enfrentando a los OGM con los “alimentos naturales” y “orgánicos” como si todos no lo fueran. Como si la naturaleza no fuera además pródiga en producción de sustancias tóxicas, como si no fueran naturales la sal y las grasas, componentes básicos de la “comida chatarra”.

Claro que en ciertas circunstancias se justifica la no utilización de OGM, como es el caso del cultivo del arroz en Uruguay, dado que un importante cliente como la Unión Europea no compra (por ahora) arroz transgénico, y la ganancia en el proceso productivo sería menor que la pérdida en la comercialización. Y nuestro país tiene, además, una muy estricta normativa, con las multas consiguientes, para todo productor que con el cultivo de un OGM o con el uso del glifosato, afecte intereses de terceros.

El etiquetado

Desde el 1/1/2015 está vigente para el departamento de Montevideo, un decreto de la Intendencia Municipal, que determina la obligación de que “los alimentos que han sido manipulados genéticamente o que contienen uno o más ingredientes provenientes de estos, que superen el 1% del total de componentes, deberán ser etiquetados”. La etiqueta debe incluir un triángulo amarillo con la letra T. La disposición, válida tanto para alimentos nacionales como importados, responde a una “iniciativa proveniente de la sociedad civil” y se encuentra en proceso de implementación.

El tema da para mucho más, pero no se puede de dejar de hacer algunos comentarios. En primer lugar: ¿qué fundamenta tanto la “iniciativa de la sociedad civil” y la aceptación por parte de la IMM que derivó en un decreto obligando a “denunciar”, por mínima que sea, la presencia de transgénicos en los alimentos, cuando no existe en el mundo un solo caso que pruebe el peligro de su consumo? Y téngase en cuenta que en el caso de los transgénicos, los consumidores son miles de millones de personas en todo el mundo.

¿Por qué los alimentos transgénicos y no los medicamentos transgénicos, que son tanto o más abundantes? Por ejemplo, toda la insulina producida en el mundo tiene componentes transgénicos, por lo que esa “sociedad civil” debería explicarle a los diabéticos de qué forma estaría velando por su salud cuando les advirtiera de que su uso es peligroso.

Y si de prevenir contra peligros (reales o imaginarios) se trata, más derecho tendríamos los alérgicos a que los alimentos que nos causan alergia fueran etiquetados con la “A”, o los celíacos, a que los que contuvieran gluten se etiquetaran con la “G”. Y se podría seguir con los ejemplos, pero la conclusión no cambiaría: más que equivocada y arbitraria, la disposición es ridícula.

Por último, a los “implementadores” municipales no los espera una tarea sencilla. Son innumerables los productos derivados de la soja y el maíz (dentro de los nacionales, porque con los importados la lista se amplía) como los brotes, jugos, salsas y aceites de la primera, y la polenta y otras harinas, choclos, conservas y aceites del segundo, y un largo etcétera. ¿Y los procesos en los que intervienen microorganismos transgénicos, como en la industria láctea (quesos y yogures) o la cervecera? ¿Y los alimentos derivados de animales producidos con transgénicos, como carnes de vaca, de pollo o de cerdo, huevos, lácteos, etcétera? ¿Dónde se pone el límite entre lo que es y lo que no es transgénico?

El glifosato

Finalmente, el glifosato. Se trata de un herbicida no selectivo que se utiliza para eliminar hierbas y malezas. En agricultura, al eliminar la vegetación que compite con el cultivo a instalar, se genera un “barbecho químico” sobre el cual se puede sembrar, mediante el proceso llamado de “siembra directa” que evita el laboreo convencional con arados y rastras, disminuyendo costos, reduciendo los riesgos de erosión y mejorando la estructura física del suelo. En contacto con la tierra, el glifosato se inactiva al cabo de unas 6 horas, y se puede aplicar aunque la vegetación a eliminar esté siendo pastoreada por vacunos y ovinos. No existe ninguna prueba de que esa ingesta provoque efectos nocivos a esos animales, ni de los productos de estos a los humanos.

Como el uso del glifosato se ha difundido ligado a la siembra de transgénicos, ha sido igualmente “condenado”. Y ahora la OMS lo calificó como A2, lo que significa que es “probablemente cancerígeno”. Como no se conocen a ciencia cierta las causas últimas del cáncer, es muy difícil afirmar que algo no es potencialmente cancerígeno.

Por consiguiente, el grupo A2 de “probablemente cancerígeno” incluye muchos alimentos y otras sustancias cuya inocuidad no se ha probado en forma fehaciente. Por ejemplo, agroquímicos como el glifosato o componentes de alimentos como la cafeína –que poseen el café, el té y el mate– y que según esa denominación también podrían provocar el cáncer, Pero se elimina el “probable” en los titulares de prensa, quedando el mensaje de “el glifosato es cancerígeno” sin mencionar a ninguna otra sustancia del mismo grupo.

Además, en el caso del glifosato se conoce su fecha de creación. ¿Hay algún estudio que demuestre que la mortalidad por cáncer aumentó a partir de ese momento, como debería ocurrir si fuera efectivamente cancerígeno? Es de suponer que no, porque su difusión habría sido masiva, y no se ha dicho una palabra al respecto.

En definitiva 

La expresión más gráfica del absurdo de la condena a los transgénicos, directos responsables de la gran mejora de la alimentación mundial, la dio un científico norteamericano que expresó: “los que se oponen al uso de los transgénicos deberían asumir las consecuencias de sus acciones, y definir quiénes son los mil millones de personas que morirían de hambre si los transgénicos se prohibieran en todo el mundo”[7].

El derrumbe de un paradigma impulsa la creación de otro que lo sustituya. Como las empresas que producen los OGM, obviamente ganan dinero haciéndolo, se las considera intrínsecamente perversas, llevando el absurdo al extremo de que dichas empresas basarían sus ganancias y consolidarían su liderazgo mundial produciendo alimentos que matan a la gente, en vez de alimentarla.

Y como se trata de algo nuevo cuyo consumo despierta los consabidos temores “a lo desconocido”, se vuelve una nueva herramienta para la vieja práctica del catastrofismo atemorizante. Alcanzándose además tal grado de soberbia, que a todo el que plantea sus  discrepancias, irresponsablemente se lo acusa de asalariado de Monsanto, que entre sus costos tendría el de financiar a un ejército de mercenarios dispersos por el mundo.

Escrito en la primer semana de Junio del 2015

 

[1]                      Se denomina “evento”  a un determinado proceso de transferencia de uno o más genes.

[2]                      Por la incorporación de genes del Bacilo turingiensis, un insecticida natural que se encuentra en los suelos.

[3]                      Lo que se viene logrando con mucho éxito en las dos últimas décadas (ver 1ª parte de este trabajo)

[4]                     Por ejemplo, antes de la existencia del Bt, el maíz requería de varias aplicaciones de insecticida durante el ciclo del cultivo, para  controlar las larvas de lepidópteros.

[5]                        En 2011, en Europa murieron decenas de personas y más de mil resultaron intoxicadas por alimentos orgánicos contaminados con E. coli, bacteria presente en fertilizantes de origen animal, como el estiércol, que son los únicos que este tipo de producción permite.

[6]                         “Biotecnología” Universidad de Quilmes, Argentina, 2006

[7] Citado por Walter Beathgen en “El agro en los tiempos que vienen” Seragro/El País/IICA 2012

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