Cultura meteorológica

Rodolfo M. Irigoyen
Enero de 2014

“Un reloj bastante imponente
marcaba cada segundo con la
certeza arrogante de trabajar para
una empresa eterna: el tiempo”

David Foenkinos “Los recuerdos”

 

Intentar predecir el tiempo debe ser uno de los más antiguos desafíos a los que se ha enfrentado el hombre a lo largo de su proceso evolutivo y de su historia conocida. El futuro inmediato, en términos incluso de vida o muerte del individuo, su familia o la aldea, dependía en gran medida del acierto o el error en la predicción de las variaciones del tiempo.

Ponerse a resguardo de los fenómenos naturales, encontrar los tiempos oportunos para la caza, la agricultura, la reproducción, la migración o la guerra, más adelante conocer los vientos para la navegación, y a medida que se desarrollaban las sociedades, la influencia determinante de las modificaciones climáticas en innumerables actividades y procesos productivos, han sido hitos que pautaron permanentemente los éxitos o fracasos del hombre en su eterna lucha por la supervivencia y el desarrollo.

Hasta hace poco más de un siglo, los métodos de predicción eran básicamente artesanales, y se basaban en la experiencia y el poder de observación de personas que dedicaban su vida al desarrollo de esas habilidades. En las últimas décadas el vertiginoso desarrollo tecnológico, en particular desde el inicio de la revolución de la electrónica y de las comunicaciones vía satélite, en paralelo con los avances en los modelos matemáticos procesados en potentes computadoras, han dado un salto significativo tanto en la capacidad de predicción, como en el desarrollo de la conciencia sobre las limitaciones de ese mismo poder predictivo.

La enorme complejidad y aleatoriedad de las estimaciones meteorológicas, hace que las mismas tengan validez solo relativa. Las certezas son casi imposibles, o de muy corto plazo, solo de horas. Más allá de 2 o 3 días lo probabilístico adquiere creciente importancia, y más allá de una semana, casi que no se puede afirmar nada. Por lo tanto,  es fundamental entender que las predicciones, si son serias, solo pueden hablar de probabilidades, mayores o menores, pero nunca pueden tener carácter determinístico, y mucho menos brindar precisión de horas.

“El 75% de los pronósticos de ciclones en los Estados Unidos son erróneos, pero la gente valora positivamente la actividad predictiva  porque los pronósticos que son correctos, salvan muchas vidas” explicó Alexandre Aguiar,  Director de Comunicaciones de Metsul, empresa meteorológica de Río Grande del Sur, ante cuestionamientos recibidos desde Uruguay por los anuncios de Metsul de vientos y lluvias anormalmente altos para los días 24 y 25 de Diciembre pasados, que finalmente no se concretaron.

Los pronósticos de Metsul tienen alcance regional, incluyendo Sur de Brasil, Uruguay y Noreste de la Argentina. En Uruguay Metsul adquirió  notoriedad por haber sido la única institución que predijo el gran temporal del 23 de Agosto del 2005, que dejara en nuestro país una decena de muertos y enormes daños materiales. También se destaca el hecho de tener menos de 10 funcionarios, casi todos técnicos de alta calificación, y por manejar tecnología de última generación.

Del lado uruguayo, la Dirección Nacional de Meteorología, dependencia del Ministerio de Defensa, con una red nacional de Estaciones Meteorológicas y más de 300 funcionarios, se rige con las pautas generales de las dependencias públicas del país.

Ante críticas recibidas por los paros, la ausencia de pronósticos en algunos momentos o el error en los mismos, y la comparación subyacente o explícita con Metsul, voceros de Meteorología atacaron a la empresa brasileña acusándola de “mercantilismo” lo que motivó una enérgica réplica de aquella explicando que no tenía ningún cliente uruguayo –ni le interesaba tenerlo- y que sus pronósticos incluían a Uruguay por ser de carácter regional.

Como lamentablemente ocurre en estos casos, la disputa se tiñó de ideología (privado vs público) y peor aún, de nacionalismo (uruguayos vs extranjeros), cuando analizada en forma proactiva, podría haber arrojado mucha luz sobre una problemática que nos aqueja a los uruguayos y que con mucha razón -y discreción- señaló el citado Director de Comunicaciones de Metsul, y que es la falta de “cultura meteorológica” que existe en nuestro país.

Pero lo peor quizá no sea la ignorancia, que al fin y al cabo podría irse subsanando con un buen proceso educativo. Como en otros ámbitos de la educación y la cultura, lo peor no es el estancamiento, sino el retroceso. Porque no de otra forma debe calificarse el resultado esperable del carácter confrontativo, de la competencia “de camiseta” entre predictores privados identificados con algunos medios radiales o televisados, de la perspectiva “de club” que adoptan los ciudadanos que se hacen “hinchas” de tal o cual predictor, y sobre todo, porque, con honrosas excepciones, son los propios predictores los que fomentan, con sus actitudes, este carácter confrontativo, el “yo acerté” y el “fulano le erró”, como si se tratara de carreras de caballos.

Por el lado del sector público la cosa no es mejor. Meteorología hace largos paros exigiendo mejoras presupuestales, tanto para sueldos como para equipamiento, prioriza los intereses corporativos  frente a las demandas de más y mejor información de los ciudadanos, y el Ministro del ramo no se da por aludido. La tendencia mundial de asociarse con otras instituciones  (que incluso podrían ser del mismo Ministerio) para hacer un uso más eficiente de equipamientos ya existentes, como los radares, no es de recibo, cada cual quiere tener su propio equipamiento, porque supone que eso le da mayor poder. Total, paga el Estado, y mientras no lo hace, se tiene un buen pretexto para no mejorar los servicios que se brindan. La culpa, como siempre, la tiene el otro.

La intensificación de los procesos productivos que ha generado el desarrollo agropecuario en las últimas dos décadas, y que tanto ha beneficiado al país, es un formidable demandante de predicciones correctas. Sobre todo en la agricultura, conocer si va a existir una “ventana” de 3 o 4 días para acelerar al máximo la preparación de tierras, siembras o cosechas, tiene creciente poder determinante del éxito o fracaso de todo el cultivo. En fruti y horticultura, la predicción de fenómenos extremos como granizos, vientos fuertes o heladas fuera de época, pueden hacer la diferencia entre una buena cosecha o la pérdida total de la misma.

Por otro lado, en el plazo más largo,  pretender, por ejemplo, saber si el próximo otoño va a ser llovedor o el invierno seco, es una utopía, porque como se mencionó antes, es imposible predecir con precisión en plazos mayores a una semana o poca cosa más. Apenas, se puede decir, con fundamento, que la probabilidad de que el nivel de lluvias o de temperaturas en el próximo trimestre puede ser en algunos puntos porcentuales mayor o menor al promedio histórico. Y esas variaciones, que dependen de la temperatura del agua en la zona ecuatorial del Océano Pacífico, (efecto “Niño” o “Niña”) solo presentan correlaciones significativas para primavera y verano.

Pero acá se usan para todo el año, y lo peor, se minimiza o pasa por alto su carácter probabilístico. Pero esto no es fácil de aprehender  para el público en general, que no tiene la formación estadística básica para poder entender el carácter  relativo de estos pronósticos. La gente quiere respuestas de “si” o “no” a preguntas cuya única respuesta correcta es “depende”. Y si un “alerta rojo” transcurre sin novedades, se denosta a la institución que hizo la advertencia, sin entender que esa no ocurrencia del fenómeno extremo era una posibilidad de menor probabilidad, pero que también podía ocurrir. A la inversa, por cubrirse, la institución no puede emitir “alertas” continuamente, porque pierde toda credibilidad. Lo del pastor mentiroso.

En definitiva, es muy importante que los productores agropecuarios –para mejorar el resultado de los procesos productivos- y toda la ciudadanía -para mejorar sus condiciones generales de vida- desarrolle una “cultura meteorológica” de la que hoy en gran medida carece. Estará así en condiciones de interpretar con mayor precisión los anuncios que diariamente le llegan sobre las perspectivas del tiempo.

Estos anuncios se originan en la información que la tecnología actual pone a disposición para que las instituciones y los predictores públicos y privados analicen y difundan. Pero para que esta necesaria cultura se desarrolle, es imprescindible que estos mismos agentes sean los principales difusores de los criterios a tener en cuenta para una correcta interpretación de los pronósticos realizados.

Estamos hablando de una ciencia, no exacta por supuesto, pero que no debe confundirse con un tiro al blanco. La meteorología es particularmente compleja y en pleno proceso de desarrollo en todo el mundo. Debemos de sumarnos a ese desarrollo en forma proactiva, no trivializándolo con objetivos de mejora de porcentajes de audiencia televisiva. Pero para que el desarrollo sea genuino y podamos avanzar, se deberán dejar de lado actitudes payasescas, rivalidades personales y nacionalismos trasnochados.

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