¿De dónde sacaremos más terneros?

El País Agropecuario
Setiembre del 2007

La pregunta se la hacen a diario los invernadores que no dan abasto para satisfacer la creciente demanda de los frigoríficos. Y los recriadores que tienen compromisos de provisión de novillos jóvenes con los engordadores a corral. Y también los diferentes operadores como escritorios rurales y rematadores que reciben demandas de las fases finales de la cadena cárnica, y no le pueden dar respuesta satisfactoria.

Y como el maniqueísmo es un deporte nacional, se sale a buscar culpables de este desabastecimiento. Como el clima siempre hace de las suyas, se lleva una bien ganada parte de la culpa, porque el “efecto año” le imprime gran variabilidad al resultado de los coeficientes reproductivos, en una actividad que se desarrolla a cielo abierto y con estricta dependencia de la producción de las pasturas, tanto naturales como artificiales.

Y el culpable siguiente, mejor dicho, el gran culpable, los criadores. Toda la cadena ha incorporado tecnología y mejorado la productividad, menos estos atrasados que no reaccionan, por más que se les demuestre que producir más terneros es buen negocio. Por eso seguimos con un 65% de promedio de destete. Y después, las consabidas interpretaciones del porqué: porque muchos no saben como hacerlo, porque no lo necesitan o no lo quieren hacer.

La sociología y la psicología meten baza y explican que los criadores “son diferentes”. Antes todos lo ganaderos “eran diferentes”, hasta que el precio del novillo subió generando una terapia que derivó en un nivel de inversiones en la fase de invernada que disminuyó en más de un año la edad promedio de faena [1].

Y todos sostienen que, para solucionar el déficit, los criadores deben aumentar el porcentaje de destete. Pero hay varios argumentos que apuntan a que por este camino no se logrará ese objetivo. Veamos algunos.

  1. A los criadores les tiene que convenir hacerlo. Aún el criador que vende todos sus terneros al destete, vende también los refugos de vacas y vaquillonas, que representan una cantidad similar de kilos, que la de los terneros machos más el refugo de las hembras. Esto quiere decir que tiene, además de la actividad de cría, la alternativa de hacer recría e invernada y le puede convenir más alguna de estas opciones, que mejorar el porcentaje de preñez. Según estimaciones propias, el kilo de ternero tiene que valer en torno a un 40% más que el de novillo, para que la cría y la invernada tengan un resultado económico similar, por los mayores requerimientos de mantenimiento que tiene la cría. Y recién en este año se alcanzó esa relación de precios.
  2. El resultado económico no pasa (o pasaba) por ahí. Un trabajo de DIEA-MGAP de diciembre del 2004, divide los productores encuestados en un grupo de Alto VBP [2] y otro de Bajo VBP, y analiza varios parámetros para explicar estas diferencias. Uno de ellos es el porcentaje de destete, que solo varía en ambos grupos en menos de un 1% respecto al promedio. Lo que equivale a decir que el resultado económico depende de otros factores, pero no de obtener mayor o menor porcentaje de destete.
  3. La eficiencia reproductiva ha mejorado (con igual % de destete). Según estimaciones de Caputi y Murguía, con un porcentaje de destete del 64%, dada la disminución de la edad promedio del rodeo, la PER [3] aumentó en los últimos 10 años de 38 a 45%, en tanto que el porcentaje de extracción, que muestra la eficiencia global del rodeo nacional habría aumentado de 16 al 22% en el mismo período. Lo que indica que la eficiencia de todo el sistema ha mejorado, y también la cría, aunque esto no se refleje en el porcentaje de destete, porque no es un indicador adecuado para medir la performance reproductiva global del rodeo.
  4. Y en definitiva ¿cuánto se podría mejorar? El porcentaje de destete, en vacunos [4], tiene un “techo biológico” teórico del 100%. Pero hay vacas que no entran en celo, pérdidas embrionarias, abortos y mortalidad entre el parto y el destete, por lo que el destete máximo en condiciones comerciales, se ubicaría, digamos, entre el 85 y el 90%. Con este “techo” y con la gran variabilidad existente entre los distintos productores, un aumento importante del promedio para el total del país, podría ser, digamos de 10 puntos porcentuales, lo que representaría pasar del 64-65% actual al 75%. Ese aumento representa 400 mil terneros más, que, descontada la mortandad promedio, aumentarían la faena en un 15% dentro de 2 o 3 años. Con el dinamismo y la capacidad instalada actual de la industria, ese incremento sería inmediatamente absorbido, y estaríamos nuevamente ante el mismo problema, y sin el “chivo expiatorio” del bajo destete. Por otra parte, ese 10% que se lograría, es menos que la diferencia de procreos que resulta “naturalmente” entre un año climáticamente favorable (primavera/verano llovedores) y uno desfavorable (de sequía)

En definitiva:

el porcentaje de destete no es un buen indicador del resultado económico de la cría, porque hay otras opciones de mejora, hasta ahora más atractivas en función de los precios relativos del ternero y el novillo. Ni siquiera es un buen indicador de eficiencia reproductiva, la que sí ha aumentado cuando se la mide bien (con el PER) lo mismo que la eficiencia global del proceso productivo. E incluso aún si el porcentaje de destete mejorara el máximo esperable, su impacto no sería mayor al que deriva de un año climáticamente favorable.

El productor criador es entonces perfectamente racional haciendo lo que hace. Esto no quiere decir que no se pueda o deba mejorar la eficiencia de la cría, pero lo mismo se puede decir de la recría, la invernada, la industria, el transporte, la investigación o cualquier otra actividad que forme parte del sector cárnico.

¿Cuál es la solución?

Desde nuestro punto de vista, lo primero es cambiar la mentalidad de que la cría es una actividad extensiva. Eso se ha marcado a fuego en nuestros productores por décadas de estancamiento productivo [5], que relegaba al sector más primario de la cadena a precios residuales, lo que obligaba a una estrategia productiva minimizadora de costos, y por consiguiente de baja productividad. Pero eso cambió.

Desde hace 5 años, el Uruguay, libre de aftosa (y de “efecto K”) crece con un dinamismo inédito en el país, respondiendo a las señales que emite un mercado cada vez más firme, amplio y demandante. Los estímulos económicos vía precios se extienden desde la industria a las fases finales de la cadena cárnica, y llegan finalmente a la cría, la más primaria de todas. Pero además la que tiene un período de maduración de las decisiones más largo, porque desde que se decide entorar una vaca al momento en que el ternero se puede vender luego de destetado, pasa como mínimo un año y medio.

Cuando al fin se dan, como ocurrió este año, las relaciones de precios que justifican la intensificación de la cría, cuando al fin una vaca preñada vale más que sus kilos de carne en frigorífico, esto empezará a ocurrir. Pero la única solución de impacto, es aumentar la máquina productiva, es decir tener más vacas en producción. ¿Dónde, si la ganadería está acosada por la agricultura, la forestación, la lechería? En el mismo lugar, pero dando de comer.

Dejemos de pensar en que solo puede haber 1 vaca por hectárea. Pongamos 2, 3 o las que hagan falta. Y démosles de comer, con praderas, verdeos, silos o raciones, asociándola al dinamismo agrícola, y con silvopastoreo. Sabemos como hacerlo, lo hacemos con los novillos. Hagamos una cría intensiva y eficiente. Y toquemos madera, para que un accidente climático o sanitario o una loca virazón de los mercados mundiales o de la política criolla no nos hagan, como en el “Juego de la Oca” volver al casillero de salida.

 

[1] En los últimos 15 años el porcentaje de novillos de dentición incompleta pasó del 20 al 70% del total

[2] Valor Bruto de la Producción = Ventas – Compras + Diferencia de inventario

[3] Parámetro de Eficiencia Reproductiva: Terneros logrados en relación al total de hembras en edad reproductiva que hay en el rodeo (se entoren o nó)

[4] La prolificidad es patrimonio de especies menores, como los ovinos.

[5] Este tema fue tratado en el número anterior de esta revista, en el artículo “El país terrateniente”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.