Destinos y destetes

El País Agropecuario
Febrero del 2006

La discusión

 En la discusión permanente sobre las fortalezas y debilidades de nuestra producción ganadera, los porcentajes de destete que se alcanzan en las actividades de cría de las dos principales especies explotadas, ocupan un lugar relevante. Los promedios generales a nivel nacional de ambos indicadores, tanto para vacunos como para ovinos, se ubican en el entorno del 65%. Es decir que por cada 100 vacas entoradas u ovejas encarneradas, se logran anualmente 65 terneros o corderos destetados.

Y la conclusión, también en general, es que este coeficiente que tiene un potencial biológico para acercarse al 100% en los vacunos y para superar con holgura esa cifra en los ovinos, está denotando un rezago tecnológico de importancia, sintomático del atraso o extensividad con que se realiza en nuestro país la producción ganadera.

El corolario de la conclusión anterior es que aumentar significativamente el valor de dicho parámetro es condición imprescindible para mejorar la eficiencia no solo reproductiva sino también productiva del conjunto de nuestros rodeos vacunos y ovinos, y por consiguiente para lograr una mejora del resultado económico de las empresas. En lo personal, desde hace años vengo argumentado en contra de dicho razonamiento, y nuevamente lo haré ahora aprovechando la invitación realizada en el número de enero de El País Agropecuario para seguir debatiendo sobre el tema de la cría.

La aparente obviedad del razonamiento anterior esconde contradicciones que la generalización enmascara. Un enfoque a darle a la discusión, es diferenciar el destino productivo del rubro en cuestión. Podemos definir dos dentro de cada especie en el Uruguay: la producción de carne o la de leche en los vacunos, y la de lana o carne en los ovinos.

En los vacunos

 Empezando con los vacunos, son muy diferentes las consecuencias del 65% si se hace referencia a los vacunos de carne o a la lechería. En los primeros, y en contra de la opinión generalizada, la información objetiva demuestra que este porcentaje de destete no ha sido limitante para el crecimiento sostenido del stock, ni es un impedimento para mejorar los ingresos incluso en los productores criadores “puros”[1].

El cuadro siguiente muestra por medio de modelos de simulación que la eficiencia productiva del conjunto de la ganadería de carne, medida por medio de los principales parámetros que la determinan (tasa de extracción, edad a la faena, hembras en edad reproductiva entoradas) aumenta hasta los mayores niveles sin que el porcentaje de destete se incremente significativamente, manteniéndose dentro del rango de nuestros promedios históricos (Caputi y Murguía, 2002)

Indicadores Sistema 1 Sistema 2 Sistema 3
Tasa de extracción (%) 16.0 19.2 22.3
Edad promedio de novillos a la faena (años) 4.5 3.7 3.1
Novillos boca llena dentro del total faenado (%) 71.0 52.6 30.3
Parámetro de Eficiencia Reproductiva (PER, %) 41.6 43.6 49.6
Hembras mayores de 1 año entoradas (%) 64.9 70.4 72.9
Destete (%) 64.0 62.0 68.0
Mortandad promedio (%) 3.9 3.4 3.3
Machos en el total (%) 41.3 38.9 37.5
Sistema 1: “Tradicional”; Sistema 2: “Actual”; Sistema 3: “Mejorado”
“Análisis del crecimiento ganadero a través de un modelo de equilibrio”
Caputi, P. y J. M. Murguía, Facultad de Agronomía, 2002

Es interesante observar que la eficiencia global del proceso de cría, directamente determinada por el PER, crece linealmente del sistema 1 al 3, sin que el porcentaje de destete lo haga en la misma forma. Lo que en buen romance quiere decir que, dentro de los rangos que se manejan en nuestra ganadería, se puede aumentar la eficiencia del proceso de cría con un porcentaje de destete constante [2].

Por lo tanto, podemos mejorar la productividad de nuestro rodeo vacuno -por lo menos hasta niveles equivalentes a los de la provincia de Buenos Aires- sin que nuestros actuales porcentajes de destete se vuelvan limitantes. Esto no quiere decir que a un productor criador no le convenga –y así lo manifiesta- obtener un porcentaje de destete mayor al que normalmente obtiene, pero lo desea siempre y cuando ese incremento se logre sin un esfuerzo mayor en inversión, en tecnología, en trabajo.

Porque los hechos demuestran que si se está dispuesto a incurrir en ese mayor esfuerzo, suele ser más redituable orientarlo en otro sentido [3], como el de invernar las vacas de refugo, hacer la recría de terneros o terneras o comprar un ganado flaco, que lograr unos puntos porcentuales más de destete [4].

Y lo que cualquier productor busca, es obtener el mayor rédito en su actividad, y no maximizar el valor de un parámetro que no necesariamente se asocia con el mejor resultado económico.

Porque no alcanza con demostrar en el papel que invertir para aumentar el porcentaje de destete en vacunos es un buen negocio. Es necesario demostrar que es la mejor decisión de inversión, comparándola con las otras inversiones alternativas que se pueden realizar en la ganadería.

Si el destino de los vacunos es la producción lechera, el porcentaje de destete no es tema de discusión. Los nacimientos se acercan al máximo biológico (85 a 90%, aunque los destetes son más bajos por mayor mortalidad en la cría en “la estaca”) porque para que la vaca entre en lactancia debe parir, y es obvio que en un tambo se busca maximizar la producción de leche, que es el producto de venta básico. Por ello las vacas paren todos los años, para estar produciendo la mayor cantidad de leche, y con este fin se trata de darles la alimentación, sanidad y manejo que  requieran, siendo el intervalo entre partos, en promedio, de 13 a 14 meses. Como una parición menor es, ahora si un mal negocio porque representa menos leche, el tambero no se permite mantener vacas falladas, y por consiguiente trata de refugarlas y sacarlas del rodeo.

En los ovinos

En la producción ovina, la mejora en los coeficientes reproductivos es un tema que ha adquirido especial relevancia desde la caída del stock ocurrida en los últimos 15 años. Porque la recomposición de estos inventarios se aceleraría aumentando los porcentajes de destete, cosa que el más elemental cálculo aritmético demuestra.

Pero al igual que en la producción vacuna, el destino productivo [5] que espere a esos corderos es determinante para que el porcentaje de destete sea o no un parámetro relevante en el cálculo económico del productor ovejero.

Empezando por la producción lanera, esta tuvo largos períodos de auge en el país sin que el porcentaje de destete fuera un objetivo priorizado, generando el promedio histórico del 65%, dado que, al convivir en la majada varias generaciones no solo de hembras sino también de machos (capones) la necesidad de reposición se reduce sustancialmente [6]. El “excedente” de corderos producidos generalmente se vende al destete (si es gordo mejor) porque la productividad lanera del cordero en su primer año de vida es baja, y su vulnerabilidad sanitaria mayor a la del adulto.

Por supuesto que el productor puede aumentar ese porcentaje de destete, o el parámetro de eficiencia reproductiva (PER). Pero nuevamente se plantea el dilema de hacia donde orientar ese mayor esfuerzo productivo –implique inversión en plata o solo en trabajo-, donde se obtendrá el mayor retorno económico por el mismo.

Si el objetivo prioritario es la lana, se puede por ejemplo “esperar” a las borregas para encarnerarlas recién a los 4 dientes, para que se desarrollen mejor y den 1 kilo más de lana, con lo que seguramente aumentará el porcentaje de destete (aunque habrán menos corderos totales) pero disminuirá el PER.

Si se trata del uso de un mejoramiento de campo, este otorga distintas posibilidades además del aumento del nivel nutricional de las ovejas de cría, tanto dentro de los ovinos como de los vacunos que normalmente también forman parte del establecimiento.

En definitiva, la toma de decisiones en la explotación gira en torno a la lana y su precio. Solo si esta presenta buenas perspectivas, no solo en términos absolutos sino también relativos a los otros productos finales que tenga el establecimiento, los mayores esfuerzos productivos se orientarán a aumentar el stock para ampliar la base productiva. La carne, proveniente de los animales de refugo y de los corderos “excedentes”, es un subproducto, en parte de autoconsumo, y por lo tanto no se busca maximizar su producción. Resumiendo: si la lana es el principal producto, el porcentaje de destete no es un factor relevante, y el 65% es funcional al esquema productivo [7].

Nuevamente, si el destino productivo es otro, el porcentaje de destete pasa a ser determinante del resultado económico de la explotación. En los ovinos la alternativa es la producción de carne de cordero de calidad, pasando la lana a un plano secundario. Ahora sí, un destete elevado pasa a ser imprescindible para, luego de cubrir las necesidades de reposición de hembras (en promedio 20%), tener el máximo de corderos para engordar o vender, maximizando los kilos vendidos del producto principal.

El feliz advenimiento del “cordero pesado” como opción productiva a mediados de los años 90, abrió la posibilidad de encarar la producción de carne ovina de calidad –en base a corderos gordos- como opción principal del rubro, y no ya como un subproducto de baja calidad.

Pero esa posibilidad no está disponible para todos los productores laneros, dado que los requerimientos en cantidad y calidad de forraje, en escala productiva, en disponibilidad de recursos tecnológicos y financieros, son muy diferentes a los de la producción lanera tradicional, dado que la invernada de corderos es una actividad tan exigente como la de invernar novillos jóvenes.

Lo anterior queda demostrado por el hecho de que, aunque nadie cuestiona la rentabilidad de esta actividad, y sí haya estado cuestionada la de la lana, en los 10 años de existencia de los “operativos cordero pesado” solo un 5% de los productores laneros han accedido a este nuevo rubro. Porque la lanera es una actividad de bajo nivel de recursos por unidad de producto, mientras que la del cordero pesado lo es de alta.

Si los razonamientos anteriores son correctos, no es válida la expectativa de incrementos en el stock ovino basándose en la rentabilidad del cordero pesado. Porque como se dijo la gran mayoría de los productores laneros no pueden acceder a la misma, y los mecanismos de integración entre criadores e invernadores no han tenido hasta el momento el éxito que en un primer momento se esperaba. Y para los segundos, el suministro de corderos para engordar se resuelve con las ventajas o desventajas de los mecanismos normales de mercado.

Solo si la lana, a través de un incremento sustancial y sostenido de sus precios, mejorara lo suficiente las expectativas de los productores laneros, podría esperarse un incremento también sostenido del stock. Pero por mejor negocio que sea el cordero pesado, su producción puede aumentar largamente sin que por ello el stock reciba los estímulos suficientes para crecer.

Lo anterior se extiende a la asignación de recursos, que como se sabe, son escasos y los fines a los cuales orientarlos, múltiples. Si no mejora en forma sostenida el panorama de la lana, las ovejas en la mayoría de los establecimientos seguirán “en el potrero del fondo” destetando el 65%, y dando 3 o 4 quilos de vellón.

Porque el estímulo de precios proveniente del cordero pesado le llega muy marginalmente, dado que de los 3 o 4 millones de corderos que se producen anualmente, el mercado solo demanda para invernar alrededor del 10% de los mismos. La faena de corderos debería multiplicarse por 4 o por 5 para que incidiera significativamente en la evolución del conjunto del stock ovino.

 En definitiva

 Tanto en vacunos como en ovinos, hablar sin más ni más del porcentaje de destete como una limitante al crecimiento sectorial, es, a nuestro modesto entender, un error proveniente de generalizar incorrectamente situaciones particulares. En ambas especies, los destinos más asociados a flujos de producción, como la lechería y el cordero pesado, requieren sí de porcentajes de destete elevados como condición imprescindible para un buen resultado económico, mientras que los destinos más asociados a actividades de manejos de stocks, como los ciclos completos de la ganadería vacuna y ovina, no tienen, en los modestos (en términos biológicos) niveles históricos de destete, un factor limitante a su crecimiento.

Y como estas últimas actividades involucran a la gran mayoría de los animales tanto en vacunos como en ovinos, los promedios históricos de destete, en ambas especies, muestran una consistencia de muy difícil reversión. Por más que un estudio de margen bruto del rubro muestre que el productor que aumente el número de terneros por vacas entoradas o de corderos por ovejas encarneradas,  hace un excelente negocio.

[1] En esta misma revista en abril del año pasado, en el artículo “La cría no es el problema”,  se trató este tema más en profundidad y se presentaron datos objetivos avalando esta afirmación.

[2] Y a la inversa, puede disminuir la eficiencia global, aumentando el porcentaje de destete. Por ejemplo, no entorando ninguna vaquillona hasta los 3 años, o ninguna vaca sin el estado corporal claramente suficiente para quedar preñada.

[3] Y así lo visualiza el productor, porque todos sabemos como aumentar el porcentaje de destete, dándole de comer más y mejor a las vacas

[4] Un criador “puro” aún destetando el 80%, si inverna las vacas de refugo, vende tantos quilos de “producto cría” como de “producto invernada”. En el primer caso, para 100 vacas entoradas, y suponiendo un 20% de reposición de hembras, vende 60 terneros/as de, supongamos 150 kg al destete, lo que representa 9.000 kg de “ternero”. Las 20 vacas si las inverna hasta 450 kg también generan 9.000 kg de “vaca gorda”. Esto quiere decir que el impacto de orientar el esfuerzo de mejora (en este caso los recursos para la invernada de las vacas) en sentido diferente al de aumentar el % de destete, puede ser –y generalmente lo es-  más redituable que aquel. Otra sería la cuenta si el kilo de ternero valiera, por ejemplo, un 50% más que el kilo de vaca gorda, cosa que ocurrirá si continúa el auge de la ganadería.

[5] En los vacunos el destino productivo ya está predeterminado por la raza (para carne o leche) y el tipo de predio (ganadero o tambo), no así en los ovinos donde la gran mayoría de las razas que tradicionalmente se explotan en el país, son en mayor o menor medida “doble propósito” es decir que sirven para la producción de lana y de carne, que se hacen en el mismo establecimiento.

[6] Un genetista, al que le interesa maximizar el diferencial de selección, no estaría de acuerdo con esta afirmación, pero convengamos en que el progreso genético no es un objetivo priorizado en un predio lanero comercial, que atiende este objetivo vía la compra de carneros, más que por un refugo muy exigente de los vientres.

[7] Reiteradamente recordamos que en 1991 habían 26 millones de ovinos y ahora solo 11. Pero olvidamos que en el 1974 habían 13 millones, que duplicamos en menos de 20 años, siempre con el tan denostado promedio del 65% de destete.

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