El ajuste extensivo

Febrero del 2014

Con tenacidad digna de mejor causa, en el 2013 consolidamos el retorno hacia el país partido que caracterizó al mapa uruguayo durante el sXX. No a la partición entre incluidos y excluidos, porque esta se mantuvo, indiferente a las declaradas buenas intenciones de los ministerios de Trabajo, de Vivienda o Educación, durante los dos gobiernos autodenominados “progresistas”, al menos en el territorio administrado por la Intendencia Municipal de Montevideo.

A la partición a la que estamos regresando es a la de campo/ciudad, o Montevideo/Interior, que caracterizó buena parte de nuestra historia, limitando dolorosamente nuestras posibilidades de desarrollo. Justo ahora, en que cierta intelectualidad y muchos políticos y formadores de opinión se habían empezado a convencer de que el sector agropecuario era la locomotora y no el vagón de cola de nuestra economía (y como lógica consecuencia, al otro día habían empezado a dictar cátedra sobre el tema).

Justo ahora, en que se empezaba a entender que el campo no era el enemigo del progreso, de que no estaba en contra, sino en que era una plataforma de aplicación y desarrollo para las modernas tecnologías derivadas de la biotecnoloría, la informática y la genómica. Pero que había que permitirle que lo expresara.

Cuando parecía que el lugar común de que las producciones primarias “no agregan valor ni generan empleo”  empezaba a perder adherentes, porque tanto la realidad cotidiana como los trabajos de investigación de autores tan insospechados como los de la Universidad de la República probaban lo contrario, al mostrar que el agro es el sector económico de mayor poder multiplicador, “exportando” su dinamismo hacia la industria y los servicios.

Y que por esta causa, un enorme incremento de las exportaciones, que son de origen agropecuario, mientras el agro mantiene una baja participación porcentual en el también creciente PBI, es la mejor prueba de su buena salud y su dinamismo, y no la de su estancamiento. Justo ahora.

La piola siempre se revienta en el último tirón

La crisis del 2008 en el mundo desarrollado hizo trastabillar a la ganadería, aunque recuperó su crecimiento en los años subsiguientes, pero ya solo en base a la mejora de los precios internacionales, porque en volumen físico dejó de crecer como lo había hecho en los cinco años previos. Claro que anualmente le “cedía” 100 mil hectáreas a la agricultura, pero el aumento del  uso de granos en la alimentación del ganado no fue suficiente para recuperar el dinamismo de los años previos.

Mucho más afectada había sido la industria forestal, en especial la “no celulósica” productora de paneles y madera aserrada, que sufrió una brusca disminución en la demanda, golpe del que aún no se ha recuperado. Eso no evitó que, junto con la agricultura, dejaran de estar en la mira del ala dura del gobierno, por “concentradoras y extranjerizantes”, y contra ellas se creó el ICIR. Cuando la Suprema Corte lo declaró inconstitucional, fue sustituido por el impuesto al Patrimonio, doblemente gravoso. Al que no quiere sopa, dos tazas.

Nadie del ala moderada con el suficiente peso político se plantó firme (“ella o yo”) en contra de la imposición ideológica, y el castigo tributario con confusos argumentos vinculados a la caminería rural, obtuvo la aprobación de la monolítica mayoría parlamentaria. Aunque plata había, porque la recaudación de la DGI crecía desde el 2003 más que el Producto  (cosa que ha seguido ocurriendo hasta la actualidad), y además el Ministerio de Transporte y Obras Públicas no lograba ejecutar el presupuesto que tenía asignado. Pero ahí no paró la cosa, la presión fiscal sobre el agro siguió creciendo hasta alcanzar en 2013 “una cifra muy superior a la de los últimos años, debiéndose retrotraer hasta 1998 para encontrar un valor similar” (Anuario 2013 Opypa/MGAP)

El tema cambiario no le fue en zaga al impositivo. Fue necesario que nuestros competidores devaluaran sus monedas en un 30%, para que nosotros devaluáramos en 15% nuestro peso. Mientras el “componente técnico” del BCU muestra que desde 2006 perdemos competitividad año a año ante el resto del mundo, el “componente político” mantenía “planchado” al peso en los 19 por dólar, para desesperación de los exportadores y algarabía de los importadores.

Pero como antídoto a nuestro déficit comercial que ya supera largamente los mil millones de dólares, el Presidente Mujica recorre el mundo anatemizando al consumismo, para algarabía y consuelo de los pobres de la tierra. Como para no aspirar al Nobel de la Paz.

En definitiva cerramos el 2013 con inocultables señales de enlentecimiento de las tasas de crecimiento promedio de la década previa, en casi todos los rubros agropecuarios. El nivel de los costos internos actuales solo es compatible con precios internacionales también en niveles récord. Esto no tiene por qué ser necesariamente malo, si el enorme excedente potencial se hubiera recortado para desarrollar una sólida mejora de la infraestructura, o para financiar programas educativos realistas y eficientes, que fueran la plataforma de desarrollo de un genuino incremento de la competitividad en el futuro inmediato.

Por el contrario, el gobierno sigue laudando en todos los sectores productivos aumentos salariales muy superiores a los aumentos de productividad (aunque los salarios estén en récords históricos) mientras el número de funcionarios públicos crece indefinidamente. En tanto, las empresas públicas, repletas de empleados inamovibles, fijan por sus productos y servicios precios y tasas monopólicas, cada vez más atentatorias contra la intensificación de los procesos productivos determinantes de nuestra competitividad.

Además, los límites entre las políticas públicas y la gestión de las empresas del Estado, son cada vez más difusos. Lo mismo que entre los objetivos “de la sigla” de las empresas y de otras iniciativas más o menos productivas que se le ocurran al Gobierno o a los jerarcas de turno. Para muestra, un par de botones. La tan onerosa como innecesaria experiencia de Alur es mostrada por Ancap como “inversión social” mientras sus combustibles siguen siendo los más caros de la región, y la deficitaria Antel incursiona en el “desarrollo urbano” proyectando la construcción y gestión de complejos polideportivos. Para que seguir con la Ute y su visión del “desarrollo rural” expresada en los costos de la electrificación del campo, o con Pluna, el ferrocarril y la red vial, a la vista de las prioridades de inversión del ministro Pintado.

Con este panorama interno, ya no nos alcanza con que China crezca al 5 o el 6%, necesitaríamos que lo siguiera haciendo al 8 o el 10% como en años anteriores, para que su voracidad por nuestras materias primas siguiera determinando precios internacionales que más o menos nos permitieran cerrar las cuentas.

Paradojalmente desde el punto de vista de nuestra historia, la paulatina salida de la crisis del mundo desarrollado ahora no nos favorece, dado que fortalece al dólar y provoca el descenso del precio de muchos productos agrícolas  demandados por las grandes economías emergentes. Y el riesgo de inflación no nos permite internalizar positivamente, por vía devaluatoria, toda la posible disminución de los costos internos derivados del aumento del valor del dólar.

En definitiva, una evaluación primaria del 2013, parece haber confirmado los temores tantas veces expresados, en el sentido de que se nos iban los años de la “década dorada” 2003-2012 sin que los aprovecháramos para consolidar las bases de un desarrollo “agrointeligente”, el más factible al alcance de nuestro país. Y una rápida revisión de la situación de nuestros principales rubros productivos agropecuarios resulta bastante elocuente.

Si la economía no convalida la intensificación, la equivocada es la intensificación.

La ganadería vacuna, a pesar de seguir beneficiándose de precios internacionales de la carne muy altos, apenas crece inercialmente, y la caída de los precios internos de todas las categorías ocurridos en el segundo semestre del año pasado, aún con niveles bajos de oferta, mostró que los precios internos del 2012 eran incompatibles con la actividad industrial sana y vigorosa que el sector demanda para su desarrollo. En este contexto, se refuerzan los temores de que los tan manidos 3 millones de terneros (que incluso, no alcanzaron a ser tantos) nacidos en la primavera pasada, no son una muestra de vigor sectorial, sino más bien la expresión de una coyuntura productiva de dudoso retorno económico.

Si esto se confirma en los próximos meses –que los precios se estabilicen un 20% por debajo de los de un año atrás- la ganadería necesariamente deberá realizar un “ajuste extensivo”, disminuyendo sus inversiones, procurando, por esa vía, que sus costos de producción disminuyan con una tasa superior a la de su nivel de producción, como forma de reducir sus costos unitarios. Que quede claro: la productividad disminuye, pero con ella, inevitablemente, el ingreso de los distintos sectores involucrados, y en particular la demanda por aquellos factores productivos relativamente más caros.

Dentro de ellos, se destacan la energía (en particular los combustibles) y los recursos humanos más calificados, lo mismo que la formalización de los mismos y el uso de algunos insumos productivos como fertilizantes, semillas mejoradas u otros. Y por supuesto, la menor productividad disminuirá el valor de los otros activos involucrados, en particular el de la tierra y sus rentas, y en definitiva afectará al Estado y al conjunto de la sociedad por caída de la recaudación, de la actividad industrial y de servicios vinculados, y de las exportaciones.

En la agricultura, la caída del orden del 15 al 20% registrada en los precios internacionales de la soja y el trigo, promueve un retorno hacia el límite definido por los suelos de mayor potencial, en los que los costos unitarios son menores dada la mayor productividad de los mismos. Con todo, las mejoras tecnológicas (genéticas y de manejo) acumuladas en los últimos años pueden suavizar el aterrizaje en niveles productivos menores.

El arroz constituye un verdadero milagro, porque aún con buenos precios internacionales producto de la diversificación de mercados, es necesario igualar el récord mundial de producción (8 toneladas de arroz seco, sano y limpio por hectárea) para empatar con los costos de producción. Esto ha provocado que desde hace algunos años ya no se alcance el máximo histórico de las 200 mil hectáreas sembradas, pero tampoco ha caído significativamente. Pero bastarán un par de zafras de clima adverso y malos rendimientos, para que se produzca un derrumbe de la producción y el desastre económico. Toquemos madera.

La lechería es quizá el sector con mejores precios de exportación, lo que ha dado marco a un permanente aumento de la producción. Eso sí, limitando los procesos industriales al mínimo imprescindible para exportar (minimizando el “costo país”) como es la producción de leche en polvo. Ni soñar con mayores aumentos de valor agregado a los productos, con excepción del queso vendido a Venezuela, con precios “políticos”, determinados, como los de las casas prefabricadas, por mecanismos muy diferentes a los de mercado, cuya evolución o mantenimiento es imposible de prever.

La producción forestal, como ya se dijo, fue el sector más afectado por la crisis de las economías desarrolladas. En consecuencia, el inicio de la recuperación de éstas, puede marcar un cambio de tendencia en la demanda de otros productos, aparte de la celulosa. Pero son procesos lentos de los que no cabe esperar resultados espectaculares en el corto plazo.

Otros rubros de menor peso económico pero de gran importancia social, como la lana y la carne ovina, la fruticultura, la horticultura y la granja, no escapan a estas consideraciones generales. Algunas mejoras en accesos a mercados, como la entrada de carne ovina a EEUU y carne ovina con hueso a China, perspectivas de mejoras en la comercialización de cítricos, algunas exportaciones incipientes de carne aviar y frutales de carozo, abren posibilidades comerciales que no se deben subestimar, pero que están lejos de generar condiciones que reviertan, globalmente, las condiciones poco favorables a las que se han enfrentado estos rubros. La horticultura, que no ha podido desarrollar una estrategia exportadora, limitándose al abastecimiento del mercado interno, sin duda enfrentará problemas crecientes, si efectivamente se concreta una retracción en el ritmo de crecimiento de la economía.

En definitiva

El ajuste extensivo, la disminución del nivel de inversión en los procesos productivos agropecuarios y por consiguiente de la productividad de los mismos, es la respuesta económica natural a la acumulación de desequilibrios macroeconómicos, derivados de la necesidad de financiar el enorme gasto público, en un contexto internacional de relativa disminución de la demanda de productos primarios.

Este cambio en las principales tendencias del ciclo económico, luego de una década de vigoroso crecimiento del sector agropecuario, que dinamizó al conjunto de la economía, puede provocar un retorno a enfrentamientos sociales basados en posiciones dicotómicas del tipo campo vs ciudad, que en los últimos años se habían mitigado, pero pueden resurgir al amparo de un ingreso económico decreciente.

Y cuando las cosas se ponen difíciles, lo habitual es que se busquen culpables. Sería bueno, que en esta oportunidad, primara la sensatez, y se entendiera que el ajuste lo hace la economía, y no los empresarios que tienen que adaptar sus decisiones a las condiciones que el contexto les determina. Porque el país tiene un siglo de triste experiencia en este tipo de enfrentamientos y mutuas recriminaciones. En este plano, evitar que en el sXXI se empiece a repetir lo que ocurrió a lo largo del sXX, sería una muy saludable señal de madurez de la sociedad uruguaya.

Por supuesto que el Gobierno podría realizar algunos ajustes para suavizar el aterrizaje en este nuevo contexto, menos favorable que el de años anteriores. Pero serían ajustes cuyos costos económicos se traducirían en costos políticos, justo ahora, que estamos en año electoral. ¡Justo ahora!

 

Escrito en segunda semana de Febrero

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