El juego de la oca

Veinticinco años en la ganadería uruguaya

Rodolfo Irigoyen
Mayo de 2014

La caída de los precios de los productos ganaderos iniciada en el segundo semestre del 2013, a diario genera declaraciones o artículos periodísticos en los diferentes medios, donde se observan posiciones divergentes sobre las causas, los alcances y la permanencia o transitoriedad del nuevo escenario económico del sector.

La diversidad de opiniones se justifica. Las metodologías de análisis pueden presentar diferentes combinaciones de los variados conceptos, parámetros y datos que son necesarios para el estudio de un sector tan complejo como el de la ganadería vacuna. Una cosa es la tendencia y otra la coyuntura, una cosa es producción y otra exportaciones, una cosa es manejar valores y otra volúmenes físicos, el área ganadera varía año a año, las equivalencias entre un sistema pastoril tradicional y un corral de engorde en base a granos son discutibles, las interacciones de la ganadería con otros rubros –agricultura, lechería, forestación- no tienen aún la base experimental como para evaluarlos a fondo. Además los datos provienen de fuentes públicas y privadas no siempre comparables y muchas veces discordantes. Y como si todo esto fuera poco, cada analista tiene su “corazoncito”, que lo induce a enfocar el análisis condicionado por su posicionamiento institucional o político.

Hechas estas previsiones, a continuación se revisan, a vuelo de pájaro, los vaivenes de la ganadería uruguaya en el último cuarto de siglo, definiendo y evaluando los sub períodos a partir del reconocimiento del componente subjetivo inherente a este tipo de análisis. Y se resume cada uno de ellos con el premio o el castigo que el azar define en “El juego de la oca”

1990-1998. Recién salidos de la terrible sequía del 88-89, a partir de 1990 se inicia un período de gran dinamismo, aunque diferente signo, en el conjunto de la ganadería. Las existencias vacunas, diezmadas en el bienio previo, inician un vigoroso período de recomposición y crecimiento, en paralelo con el inicio de la liquidación de las existencias ovinas, consecuencia del derrumbe de los precios internacionales de la lana, existencias que en dos décadas quedarán reducidas a una tercera parte de las de los años 80.

A lo anterior se suman, en particular en los primeros 5 años, una serie de medidas de liberalización, dentro del contexto regional de inicios del Mercosur liderado por una economía brasileña en franco período expansivo que se constituye en el principal demandante de nuestras exportaciones. Dentro de este conjunto de medidas se destaca la autorización de la exportación de ganado en pié, la eliminación del stock regulador, la liberalización de la comercialización de cueros, la reforma impositiva que elimina el sesgo antiganadero derivado de la imposición a la tierra, etcétera.

En el marco de estas políticas, aumenta la inversión en ganadería, se incrementa y mejora la calidad de la base forrajera (las praderas artificiales pasan de 200 a 500 mil hectáreas anuales y el total mejorado de 1,5 a 2,3 millones de hectáreas, lo que equivale a pasar del 10 al 15% del total del área con mejoramientos) y como consecuencia de ello, disminuye la edad de faena (de 4,5 a 3,5 años) y aumenta y se estabiliza la tasa de extracción del rodeo (del 15-16 al 19-20% anual y sin las bruscas oscilaciones de la década anterior), además de que el stock total pasa de 8,7 a 10,3 millones de cabezas, mientras el precio de exportación pasa de 1520 dólares la tonelada peso carcasa en el trienio 90-92 a 1630 dólares en el 96-98.

La fase de cría también mejora, pasando el stock de vacas de cría de 2,5 a 3,5 millones de cabezas, disminuyendo la edad al primer entore (alcanzando al 50% del total con 2 años) y, globalmente, crece el parámetro de eficiencia reproductiva (relación de terneros logrados sobre el total de hembras en edad reproductiva). En este contexto de generalizada mejora, en el plano sanitario/comercial el país accede al estatus de “libre de aftosa sin vacunación” que le abre nuevos y promisorios mercados.

En este período, además de aumentar el número de vacas entoradas, crece también el de futuros vientres (vaquillonas más terneras), y cae la relación novillo/vaca (por lo anterior y por disminución de la edad de faena de los novillos), todo lo cual denota una apuesta al crecimiento de largo plazo. Llegan a su fin las varias décadas de estancamiento ganadero, se terminan los ciclos de acumulación/liquidación de existencias y aumenta la eficiencia del conjunto de la producción vacuna, sin que existan grandes estímulos por el lado de los precios.

La contracara la constituyen el gran retroceso de la producción ovina, que colabora para viabilizar la expansión vacuna, pero, por sobre todo, el “atraso cambiario” (caída del 27,4% del tipo de cambio real entre el 90 y el 96) derivado principalmente del combate a la inflación de fines de los 80, que se mantiene durante el período 96/98 y representa un fuerte deterioro del ingreso real de los sectores exportadores. En términos del Juego de la Oca: “Avanza cuatro casilleros” 

1999-2001. Puede denominarse el “trienio negro” de la ganadería. En enero del 99 Brasil devalúa en más de un 40% su moneda. Era el principal destino de nuestras exportaciones (carnes, lácteos, arroz, cebada cervecera) y su devaluación representó una brusca caída de nuestra competitividad. El atraso cambiario, que nos hacía poco competitivos frente al resto del mundo, nos generó una “Brasil dependencia” debido a que el fortalecimiento del Real en los 90 había sido aún mayor que el del Peso.

La conducción económica de nuestro país apuesta a que en Brasil, en pocos meses la inflación que generará la devaluación erosionará la ganancia de competitividad derivada de la misma, pero se equivoca completamente. Brasil queda mucho más “barato” que Uruguay, y los sectores exportadores, encabezados por la carne vacuna, sufren un impacto devastador.

Nuestra “buena letra” en el plano sanitario y comercial permite paliar en algo la situación derivando exportaciones a otros mercados, pero en condiciones económicas menos favorables. Porque sobre el sector más competitivo de una economía abierta como la uruguaya, los equilibrios o desequilibrios macroeconómicos tienen mucho mayor incidencia que las políticas sectoriales.

En el 2000, el siglo se despide con una sequía relativamente corta, pero de gran intensidad. Las enseñanzas acumuladas en las anteriores y en un contexto de mayor desarrollo tecnológico (mayor disponibilidad de reservas forrajeras, fabricación e importación de raciones, etcétera) mitigan en cierta medida los daños, pero estos no dejan de ser de importancia.

Y como las desgracias nunca vienen solas, en octubre del mismo año se produce un brote de aftosa en Artigas y en el otoño del 2001 el virus nos invade desde Argentina, cuyas autoridades sanitarias negaron durante meses su presencia. Aunque los daños a nivel productivo no fueron muy significativos porque inmediatamente se vacunó a todo el rodeo nacional, actuando con total transparencia (lo que aumenta la confianza en el país en los mercados compradores), el daño económico derivado del cierre de mercados, en particular los de mejores precios, es muy importante.

Alberto Bensión, Ministro de Economía de un país ganadero, declaró ante las cámaras de televisión, con gesto sorprendido: “nunca imaginé que la aftosa pudiera tener este impacto”: “Retrocede cinco casilleros”

2002-2006. Es el período de los reequilibrios macroeconómicos y de mayor tasa de crecimiento de la producción. Después de la crisis del 2002, que, como la aftosa, en gran medida “se importa” desde Argentina, salvados del default por un golpe de timón en la política económica que deja flotar el Peso y consigue -in extremis- de los organismos internacionales (BID, BM) y del gobierno de EEUU los créditos imprescindibles para paliar la crisis financiera, se produce una devaluación que alcanzó, en un primer momento al 100%. Son instrumentados mecanismos de pago de deudas bancarias con bonos de deuda del Gobierno, los equilibrios macroeconómicos tienen a restablecerse y todo el sector competitivo de la economía reacciona vigorosamente.

Y aunque se paga un alto precio en términos de empresas quebradas, de desempleo, caída de salarios y emigración, quedan sentadas las bases para el crecimiento de la economía aprovechando la consolidación de la tendencia ascendente de los precios mundiales de los alimentos. Como lógica consecuencia, se produce una gran revalorización de activos, en particular de los precios de la tierra, que empiezan a parecerse a los de la región.

El desembarco de la inversión extranjera en las alicaídas cadenas agroindustriales es inmediato. En la forestación y las plantas de tableros y celulosa (españoles, finlandeses, norteamericanos), en la agricultura (principalmente argentinos), en las industrias de primera transformación (principalmente brasileños), acompañan al relanzamiento de la ganadería de carne que recupera la mayoría de los mercados perdidos cuando la aftosa, e intensifica el conjunto de los procesos productivos propios (mejoras forrajeras) y en interacción con la agricultura (corrales de engorde, suplementación con granos, rotaciones arroz-pasturas).

En 2006 se alcanza el máximo de faena (en parte por “arrastre” del crecimiento del número de novillos del período previo) y del volumen de exportaciones de carne. La faena llega a 2,66 millones de cabezas (contra 1,6 millones en el 2001) y el valor de las exportaciones pasa de 220 a 970 millones de dólares, por combinación de aumento de la productividad (66%) y de los precios de exportación (80%). Y aunque el valor inicial haya sido bajo por efecto de la aftosa del 2001, el crecimiento del valor de las exportaciones no deja de ser espectacular: 35% acumulativo anual.

En definitiva, el valor generado por el conjunto de la actividad ganadera crece linealmente durante todo el período, distribuyéndose esos incrementos al interior de toda la cadena cárnica. Y esto se dio con una superficie total destinada directamente a la producción de carne que disminuye por el aumento de otros usos alternativos de los suelos, como la agricultura y la lechería: “Avanza cinco casilleros”

2007-2009. El nuevo gobierno instalado en 2005 impulsa un enfoque “refundacional” en términos de política macroeconómica y sectorial. Se anuncian grandes cambios pero la conducción económica, con otros hombres, conserva los grandes lineamientos posteriores al 2002. Los programas sectoriales (Trazabilidad del ganado, Programa Ganadero y otros), se cancelan pero se vuelven a instalar, con  otros nombres, un par de años después.

La ganadería estabiliza sus existencias en torno a los 11,7 millones de cabezas durante este período, en tanto la faena cae a los 2,2 millones, aunque el valor de las exportaciones sigue creciendo por el aumento de los precios de la carne, que continúa hasta el inicio de la crisis de los países desarrollados en setiembre del 2008.

Empieza a tomar fuerza a nivel oficial la sensación de que “todo va bien” porque los precios internacionales siguen creciendo, y con ellos el valor de la producción del conjunto de la cadena cárnica, aunque los indicadores de producción dejan de mejorar y se estabilizan en un escalón inferior al del final del sub período anterior.

Por otra parte se vencen los plazos razonables para el cumplimiento de las promesas electorales para la mejora de la competitividad que no solo no se cumplen sino que sus indicadores se deterioran. Tal el caso del “gasoil productivo”, de la reactivación del ferrocarril, de las mejoras de infraestructura y de la capacitación de los recursos humanos y de la educación técnica.

En el último trimestre del 2008 estalla la crisis en EEUU –primero inmobiliaria, en seguida financiera- que se expande a Europa donde alcanza al conjunto de la economía, en particular de los países mediterráneos. Se enlentece el ritmo de crecimiento de la economía global, dificultando la entrada de nuestros productos a algunos mercados (aunque el número de estos se había ampliado en los años previos).

El sector ganadero pierde competitividad, en parte por estos factores externos, pero principalmente por el deterioro del tipo de cambio, iniciado en el 2005 que se repite año a año, y por el inicio de la escalada de los costos de producción en particular de los vinculados con el Estado, como el combustible, las tarifas y los impuestos. “Retrocede dos casilleros”

2010-2012.  En este período el frente externo recupera parte de su dinamismo por la consolidación del crecimiento de los grandes países emergentes (los BRICs) que nuestro país supo aprovechar reorientando porciones crecientes de sus exportaciones hacia esos destinos, con la consiguiente pérdida de importancia de los mercados europeos tradicionales, que continúan en crisis.

Pero en la región, el Mercosur es una caricatura de un acuerdo regional, donde las violaciones a los acuerdos son la norma y no la excepción y donde además, vía tipo de cambio, seguimos perdiendo sistemáticamente competitividad frente a Brasil, ahora competidor en los mercados cárnicos.

Y además, el gobierno se niega a establecer tratados de libre comercio (como el que tuvo oportunidad de aprobar con EEUU) siguiendo el camino opuesto al de nuestros competidores.

Al final del período la carne alcanza el máximo de precios en términos nominales, y en consecuencia también lo alcanza el valor de nuestras exportaciones, cuyos volúmenes físicos siguen estancados o en leve declinación. Pero como siguen aumentando los costos de producción, se sigue perdiendo competitividad, creciendo la sensación de que se está dejando pasar una gran oportunidad de desarrollo: “Continúa en el mismo casillero”

2013-2014?.  Por el momento (mayo del 2014) pinta para ser “el final de la ilusión”. No solo la del sector, sino la de la apuesta al país agrointeligente, con todo lo que ello implica para el desarrollo del conjunto de la sociedad. A partir de mediados del año pasado, casi todos los precios de exportación empiezan a bajar, granos y leche en torno al 20%, y aunque los de la carne más o menos se mantienen, el ajuste interno impuesto por la industria, disminuye el precio al productor, tanto del ganado gordo como, en un porcentaje similar, de las categorías de reposición,. El sector externo ya no disimula más a la irrefrenable subida de los costos internos de producción.

Y aunque el tipo de cambio aumenta en el último año entre un 15 y un 20% siguiendo la tendencia mundial de revalorización del dólar, nuestros competidores lo hacen a una tasa mayor, y los costos de producción internos no dejan de crecer. A la energía eléctrica y los combustibles más caros de la región, se suman el pésimo estado de caminos y carreteras y un ferrocarril inexistente, para determinar los costos de transporte también más caros, a pesar de ser el país con menores distancias producción-puertos de toda la región.

“El Tren de los Pueblos Libres” fue un símbolo del resultado que iba a tener la tan promocionada renovación del ferrocarril, y en general, el desarrollo de la infraestructura productiva llevada adelante por el actual gobierno. Y todo lo que el Estado toca, se encarece. Además del gran aporte a la Impositiva que los combustibles realizan vía Imesi, el gasoil subsidia con unos 60 millones de dólares anuales al transporte urbano de pasajeros. Y nadie sabe lo que cuesta Alur, ni lo que va a costar el “Antel Arena”.

Pero además de los combustibles y la energía, desde hace 5 años los Consejos de Salarios (arbitrados por el Ministerio de Trabajo) laudan aumentos que duplican el crecimiento del IPC, los aportes al BPS se han duplicado en términos reales, y esto pega por igual a los grandes y a los chicos. Y los impuestos a la tierra, que se creían sepultados en el Uruguay dada su triste historia  de freno a las inversiones productivas, vuelven por sus fueros, primero con el ICIR, luego con el Patrimonio. Y se rumorea que vuelve el de Primaria, aunque ahora ya esté incluido en el Imeba, mientras el Presidente de la República promueve la confusión entre los montos del impuesto y los principios impositivos.

En lo estrictamente referido al sector cárnico la extranjerización de la industria frigorífica, profundizada a partir del 2002, implicó un importante aumento de la inversión en el sector, con incremento de la eficiencia de los procesos, de la escala y de la capacidad de frío, pero sobretodo, de la capacidad financiera.

Pero en la medida que se concentra y oligopoliza, también aumenta su capacidad de determinación de los precios del ganado en forma directa, o indirecta por medio de los volúmenes de faena. Y cuando la exportación en pié no es una amenaza, quedan dadas las condiciones para que esa capacidad se exprese en hechos concretos.

La “paradoja” de nuestro privilegiado estatus sanitario se expresa en el hecho de que al ser el mejor de la región, impide la importación de ganado, ya sea para faena o para la reposición. Con lo que la provisión de materia prima para la industria queda definida, exclusivamente, por la producción nacional de ganado, cuya oferta es muy inelástica en el corto plazo.

En definitiva, cuando el mercado externo le pone fin a la “bicicleta” del aumento interminable de costos a cuenta de futuros aumentos de precios, quedan al desnudo las disputas internas (entre el Estado y los privados y de estos entre sí) por la distribución del valor agregado sectorial. Y por más que nos hayamos ilusionado en sentido contrario, se hace evidente que una vez más dejamos pasar el tren, porque el sistema político uruguayo no ha sido capaz de desarrollar políticas de Estado sólidas y consistentes capaces de consolidar un sendero de crecimiento ganadero de largo plazo. “Regresa al casillero de partida”

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