El país terrateniente

El País Agropecuario
Agosto del 2007

Al grupo de viaje de Fucrea a Mato Grosso do Sul, Julio del 2007

 Introducción

Difícilmente se encuentre en el mundo un ejemplo de país con tan alto potencial de producción agropecuaria per cápita como el que tiene el Uruguay. Si dividimos nuestros grandes números entre los escasos 3,4 millones de habitantes que tiene el país, nos encontramos con relaciones probablemente inéditas en una comparación internacional: 5 hectáreas de buena tierra productiva por habitante (unas 15 veces superior al promedio mundial) una de ellas de aptitud forestal (madera, papel, leña) tres de aptitud ganadera (carne, lana, lácteos, cueros) y una de aptitud agrícola (trigo, cebada, soja, girasol, arroz, maíz etcétera).

Y sobre ellas, 4 vacas y 4 ovejas por habitante, además de casi un cuarto de hectárea forestada y más de un cuarto de hectárea en producción agrícola. Y además la producción citrícola, los viñedos, la miel, aves, cerdos y caballos, horti y fruticultura.

Claro que si uno dice estas cosas, de inmediato lo asaltan con reclamos del tipo “yo no tengo ni una maseta de tierra, ni vaca, ni caballo”. Y eso por supuesto que es cierto, felizmente. Porque si los recursos productivos se dividieran “equitativamente” entre todos los habitantes, seríamos la sociedad más igualitaria de la tierra, pero también la más pobre, la más miserable, con un nivel de vida similar al de los siervos en la Edad Media.

Porque la concentración de los recursos productivos (por supuesto dentro de límites razonables) es imprescindible para la aplicación de tecnologías de mayor productividad, y esto es cada vez más notorio, aunque lamentablemente, los aumentos de la producción generen en forma simultánea importantes problemas sociales por desplazamiento de trabajadores.

En un mundo donde el desarrollo económico hace que gigantescas masas de población accedan a niveles de consumo que disparan muchas demandas, pero en primer lugar la demanda por alimentos, el potencial productivo del Uruguay –unido a su infraestructura física para la producción primaria y agroindustrial, al conocimiento técnico, al capital humano, etcétera- debería asegurarnos a cada uno de los uruguayos un nivel de vida bastante superior al que efectivamente tenemos. Pero no logramos que eso ocurra: tenemos una sociedad partida, con mucha pobreza, desempleo y emigración.

Hasta este nivel de diagnóstico es fácil ponerse más o menos de acuerdo. Mucho más difícil es hacerlo respecto a las causas de esa impotencia, y más difícil aún,  ponerse de acuerdo en como superarla.

Un siglo de negación

Desde inicios del siglo XX, cuando nuestro país, por buenas o malas razones superó la era de las guerras civiles y se embarcó en la modernidad, nuestro desarrollo discurrió siempre condicionado por la dicotomía campo-ciudad. Seguirá siendo tema de discusión si esa dicotomía había sido la causa o fue la consecuencia de las guerras civiles previas, pero no hay duda que ha pautado todo nuestro desarrollo posterior, limitándolo, al no poder definir el país un modelo integrador que aglutinara en torno al mismo al conjunto de sus fuerzas productivas.

Ya en la primera década del siglo pasado, el gobierno de José Batlle y Ordóñez dio un fuerte impulso modernizador al sector agropecuario nacional. Trajo al país la flor y nata de la investigación agropecuaria alemana, para que iniciaran al Uruguay en el estudio las ciencias agronómicas. Nombres ilustres como los de Bakhauss, Boerger y otros, dieron inicio a una larga tradición de investigación agropecuaria que nos ubicó entre los países más adelantados de América en ese terreno. La fundación de la Facultad de Agronomía y de La Estanzuela son fruto de ese impulso modernizador.

Pero la elección de la escuela alemana como desideratum agrícola al cual seguir, seguramente no fue casual. Los alemanes, sin colonias y restringida su numerosa población a sus fronteras nacionales, eran los mejores maestros de la agricultura intensiva, gran empleadora de mano de obra, pero no tenían soluciones técnicas avanzadas para las explotaciones extensivas, donde el recurso tierra era abundante y barato, y la mano de obra escasa y de baja calificación.

En cambio las ex colonias inglesas cuyas enormes superficies estaban siendo colonizadas, generaron la investigación que fue la base para su gran desarrollo agropecuario. Estados Unidos, Canadá, Sudáfrica, Australia y Nueva Zelandia son ejemplo en ese sentido.

La escuela americana era la más apropiada para las condiciones de nuestro país, pero los propietarios de nuestras grandes extensiones eran los enemigos políticos del batllismo, que siempre quiso desarrollar la producción granjera como respuesta “moderna” a la “estancia cimarrona”. Felizmente acá hubo algunas experiencias que fueron modelo, durante décadas, de la producción extensiva eficiente. Estancias como Rincón de Francia, El Cardo y Nueva Mehlem por nombrar algunas de las más conocidas, son prueba de lo anterior.

De esa época viene el atavismo que aún hoy se oye en la radio e incluso se sigue enseñando en la Universidad, y que asimila, como si fueran sinónimos, a lo extensivo con lo ineficiente, y a lo intensivo con lo eficiente, cuando en realidad son cosas totalmente independientes.

La función de producción que utiliza mucha tierra y poca mano de obra por unidad de producto, a la que se denomina extensiva, puede ser eficiente o ineficiente, lo mismo que la función de producción que utiliza poca tierra y mucha mano de obra.

El prejuicio anti-ganadero generado desde el Estado controlador de contribuciones inmobiliarias y rentas portuarias, enfrentado a la producción primaria necesariamente extensiva en un país-pradera casi vacío, se retroalimentaba con el enfrentamiento político que derivaba de esa temprana dicotomía campo-ciudad.

La función de producción más adecuada a nuestra disponibilidad de factores productivos –mucha tierra y poca mano de obra por unidad de producto- quedó estigmatizada como la “estancia cimarrona”, y su propietario, como el “latifundista retardatario”.

En cambio la función de producción que exigía mucho de lo que nos escaseaba –mano de obra- y poco de lo que nos sobraba –tierra- se erigió en el modelo a seguir, recibió el decidido apoyo del gobierno y pasó a conformar la fracción rural de su electorado. La realidad no se adapta a nuestros prejuicios: problema para la realidad.

Claro que el “estanciero panzón” denostado desde todas nuestras expresiones sociales y culturales, no es un personaje simpático. Tampoco lo es un industrial de Balzac o un prestamista de Dovstoieski. El error está en atribuirle las despreciables características de la persona, del plutócrata, al tipo de actividad en la que este amasó su fortuna. Obviamente que ni la ganadería, ni la industria, ni la actividad financiera son culpables de que muchos de los que pueden hacer fortuna en ellas, sean, o se vuelvan una vez enriquecidos, personajes detestables.

Pero al Uruguay le pasó. Como nuestros ricos eran ganaderos –la actividad primera, la más competitiva- le atribuimos a la ganadería todos los vicios de la riqueza. Y la contrapusimos –no la complementamos- con otras actividades definidas como benéficas porque ocupaban mano de obra: la agricultura, la granja, la industria.

Que eran viables en la medida que a los productos de la ganadería se les recortara, al pasar por la industria o el puerto, una buena parte de su valor, con lo cual se apoyaban las “buenas” actividades. Donde, dicho sea de paso, estaban los votos.

Sobran en el mundo los ejemplos de países de todo tipo, que sin robarle nada a nadie, se han desarrollado a partir de sus ventajas comparativas –paulatinamente transformadas en competitivas- de base agropecuaria, que se han ido luego complementando con industrias –primero livianas, luego complejas y del conocimiento- y servicios afines y no antagónicos con el desarrollo agropecuario.

Países muy grandes como Australia o Canadá, medianos como Nueva Zelandia o Finlandia o chicos como Irlanda o Dinamarca, son ejemplo de un desarrollo integral agrointeligente.

Pero en Uruguay decretamos tempranamente que nuestra gallina de los huevos de oro era la mala de la película –quizá porque era ostentosa en el cacareo- y nos dedicamos a dejarle solo lo necesario para que siguiera poniendo, acusándola además de ineficiente por no poner con mayor frecuencia.

Incluidos los blancos

Volviendo a nuestra historia, las 6 décadas de batllismo signadas por el enfrentamiento campo-ciudad, fueron clausuradas en 1959 por el acceso al gobierno del Partido Nacional, histórico representante de los intereses rurales. El agotamiento del modelo de desarrollo basado en la captación y redistribución del “excedente”, la “renta” o parte de la “ganancia” de la ganadería (según el enfoque teórico-ideológico del que se partía) porque este (o esta) había desaparecido, fue determinante para ese cambio de gobierno.

Pero no solo en Uruguay los modelos se agotaban. En 10 años, las economías europeas destrozadas por la guerra se habían recompuesto, no pertenecíamos al Commonwealth como las ex colonias británicas, el GATT se armaba de acuerdo al paladar de los países industrializados y en contra de los agroexportadores, todo lo cual llevó a que, a partir de mediados de los 50, los precios de las materias primas que exportábamos iniciaran una tendencia descendente que, con altibajos, duró hasta fin de siglo.

Los países de América Latina reaccionaron de diversa manera ante este panorama internacional. Revoluciones, golpes de estado, populismo, satrapías de diversa laya, son fenómenos frecuentes de la época. Pero también esfuerzos serios por entender la crisis y buscar salidas a la misma, como el realizado por la Comisión Económica para América Latina (Cepal), dependencia de Naciones Unidas fundada en 1948 con sede en Santiago de Chile.

En Uruguay la acción de la Cepal se materializó en la Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico (Cide) que teniendo como Director Nacional al Cr. Enrique Iglesias y como principal impulsor al por entonces Ministro de Ganadería Wilson Ferreira Aldunate, realizó a inicios de los 60 un estudio profundo y pormenorizado de la economía nacional, con las correspondientes recomendaciones para superar la crisis.

El cuerpo teórico de la Cepal, el Estructuralismo, se había ido desarrollando a partir del estudio de otras realidades latinoamericanas, en particular las de Brasil y México. El nombre deriva de que según su diagnóstico, “los problemas estructurales” (no coyunturales) como el tamaño inadecuado de los predios y la tenencia precaria de la tierra, eran los determinantes de la baja productividad agropecuaria, condicionante fundamental del subdesarrollo de la región. Al “dualismo latifundio-minifundio” que quizá explicara muchas cosas en otros países, se le obligó a explicar nuestro estancamiento productivo.

Pero predios medianos, “bien dimensionados” y sin problemas de tenencia (explotados por el propietario) había miles en Uruguay, y producían, empecinadamente, lo mismo que los chicos o los grandes. Nuevamente la realidad no se compadecía de nuestros prejuicios: nuevamente problema para la realidad.

Siguiendo las conclusiones de la Cide, Wilson se aleja del liberalismo tradicional de los blancos y, paradojalmente (¿involuntariamente?) convalida, en los hechos, el sesgo antiganadero tradicional en el país. La completa intervención del Estado en la economía quedaba así justificada: desde hacer la reforma agraria –que no se concretó- a los impuestos sobre la tierra –que se ampliaron y profundizaron- y a la consolidación del manejo macroeconómico distribuidor: como antes habían sido los tipos de cambio múltiples, vendrán las detracciones (Kirchner no inventó nada) y recurrentemente el atraso cambiario.

El pachequismo y la dictadura continuaron, con mayor torpeza que sus antecesores, la senda estatista, aunque quizá deba exceptuarse de este juicio el breve período “aperturista” de Végh Villegas (1974-75).

Con la democracia vuelve el batllismo hasta finalizar el siglo, con el paréntesis blanco de Lacalle y su mélange de un fuerte empuje liberalizador del brazo del mayor atraso cambiario de la historia, generado durante su administración, preámbulo obligado de la grave crisis a desatarse pocos años después.

¿Y la izquierda?

Si de algo acusó al batllismo, no fue por la medicina utilizada, sino porque la dosis era baja. Los reclamos a favor de una mayor intervención redistributiva de la política económica fueron la constante durante todo el siglo. Posición que se renueva con el retorno de la democracia, con una permanente demanda de mayor gasto público.

Cuando por fin llega al Gobierno, es coherente con sus enunciados: el gasto público se dispara aprovechando la que quizá sea la mejor combinación de precios externos de nuestra historia, la burocracia y sus remuneraciones crecen, el atraso cambiario como herramienta redistributiva vuelve por sus fueros. Pero en la interna, medio partido de gobierno está en pie de guerra ¡porque la dosis es baja! Otra forma de coherencia.

En definitiva

Nunca como ahora las condiciones para el desarrollo han estado tan a nuestro alcance. Precios récord y sostenidos para todos nuestros productos, tasas de interés bajas, mayor libertad comercial, inversores que se nos ofrecen. Pero el “síndrome del batllismo” parece perseguirnos. Tenemos la mejor distribución del ingreso de América Latina, pero simultáneamente la peor distribución intergeneracional (favorable a los más viejos en perjuicio de los más jóvenes) y también la peor tasa de inversión de América Latina.

A pesar de ello, seguimos priorizando la distribución por sobre la defensa de la competitividad y el crecimiento, condiciones imprescindibles para el desarrollo. Toda una pintura de un país que hipoteca su futuro, que perjudica a las futuras generaciones en beneficio de la presente. Mejor dicho: de una parte de la presente. Toda una cuenta que tendremos que rendirle a la Historia.

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