El rumbo de la ganadería

El País Agropecuario
Febrero del 2010

Los 15 años de El País Agropecuario, coincidiendo con el cierre de un período de gobierno, invitan a una reflexión de carácter general sobre el rumbo que lleva nuestra ganadería. No en el sentido de “marcarle el rumbo” que debe seguir –somos críticos de esos tipos de mesianismo- sino en el de evaluar, con la mayor objetividad posible, los puntos fuertes y débiles con que cuenta la hasta ahora principal actividad económica del país, con el fin de coadyuvar a su mejor desarrollo futuro.

En los vacunos

Lo primero a tener en cuenta –no por sabido hay que dejar de destacarlo- es el gran crecimiento, producto de la dinamización del conjunto de los procesos productivos involucrados, que ha experimentado la producción de carne vacuna en el Uruguay. Crecimiento que se iniciara en la década de los 90 y se profundizara en la que estamos terminando.

Los datos son conocidos, solo reiteremos alguno más significativo. La tasa de extracción[1] que resume en alguna medida la dinámica sectorial, pasó del histórico 15 a 16% al 20,5% en el promedio de los últimos 5 ejercicios. Tasa comparable a la de las ganaderías pastoriles más eficientes del mundo. Esto solo es posible disminuyendo la edad de faena para acelerar el conjunto del proceso.

Hace 20 años 1 de cada 4 novillos faenados era de dentición incompleta (joven), hoy lo son 3 de cada 4, sin que haya disminuido el peso de faena. Lo que además de aumentar la cantidad producida –por acortamiento del ciclo de producción- mejora la calidad del producto final. Todo esto llevó a que el volumen físico exportado se haya duplicado en estas dos décadas, sin dejar de abastecer a un voraz mercado interno. Y si esto lo valorizamos, tenemos que los 200 a 300 millones de dólares que se exportaban en la década pasada, se han cuadruplicado, rondando hoy los 1.000 millones anuales.

Dos aclaraciones pertinentes. La primera: no estamos analizando un breve período seleccionado, de bonanza de clima o mercados. En estas dos décadas hubieron 2 o 3 sequías históricas, una crisis sanitaria (la de la aftosa) y crisis económicas mundiales, regionales y locales. Y la segunda: si bien los precios internacionales de la carne aumentaron, la productividad del conjunto del proceso productivo lo hizo en una medida similar. Esto es un cambio estructural, algo intrínsecamente diferente a un mero ciclo de precios favorables.

De lo anterior surge una conclusión ineludible: el sector productor de carne vacuna, en el conjunto formado por la cría, el engorde, la industrialización y la comercialización, con sus servicios asociados, constituye una cadena agroindustrial que funciona bien. Quizá cabría decir: muy bien. Lo que implica admitir que no existen subsectores que representen una rémora, un freno, al desarrollo del conjunto de la cadena. Lo que no quiere decir que cada uno de estas fases productivas, ya sea a nivel primario, secundario o terciario, no puedan y deban mejorar. Y a todos se nos vienen ejemplos a la cabeza, porque conocemos los árboles, pero también hay que ver el bosque. Las inversiones que fluyen hacia las distintas fases de la cadena, son la prueba concluyente de lo anterior.

Se menciona reiteradamente como “asignatura pendiente” a la productividad de la fase de cría, en el sentido que la baja tasa reproductiva que el ganado de carne tendría en nuestro país, constituye un freno para el desarrollo sectorial. Reiteradamente, desde estas páginas, hemos discrepado con esa visión. El hecho de que en Uruguay el porcentaje de destete se ubique en promedio en el 65%, siendo el techo biológico por lo menos del 90%, no necesariamente limita el crecimiento sectorial, y no lo ha hecho. También la ganancia diaria promedio de la vida de un novillo es de unos 400 gramos, pero su potencial es de más del doble. Si nos atuviéramos solo a este tipo de argumentos referidos a la brecha entre la realidad y los potenciales biológicos, concluiríamos  que la fase de recría y engorde es más limitante que la de cría.

La especie de los vacunos, como todas, privilegia su sobrevivencia como tal, a cualquier otro objetivo, como por ejemplo el aumento de peso de sus individuos. Por eso la cría es lo que se puede hacer con recursos escasos –en campos más pobres- porque el metabolismo de la vaca privilegia el uso de la escasa nutrición que recibe hacia la fase reproductiva. Es un negocio de menos capital (el campo “criador” es más barato, la vaca vale menos que el novillo) y por consiguiente de menores ingresos, no necesariamente de menor rentabilidad. Si los recursos forrajeros mejoran, en general conviene orientar esa mejora al engorde, porque los ingresos generados por esta actividad, que requiere más capital, son mayores. Los productores criadores, cuando mejora su dotación de recursos productivos, prefieren engordar vacas o meterle más kilos a sus terneros, que mejorar porcentajes de destete, cosa perfectamente lógica porque así mejoran sus ingresos y su rentabilidad. Con más razón esto se aplica a los predios de ciclo completo, que producen 2/3 del total de los terneros.

El tema da para mucho, y el espacio es reducido. Solo se pretende dejar sentada la posición de que no hay “fases atrasadas”. Los cambios en los precios relativos del producto cría (Kg. de ternero) y del producto engorde (Kg. de novillo gordo) varían en función de la escasez relativa de cada uno generándose así los ajustes necesarios al funcionamiento del conjunto del proceso. Actualmente, en que el kilo de ternero vale un 30% más que el de novillo, la cría se ve estimulada, y a corto plazo aumentará su eficiencia relativa (destetes más numerosos o más pesados) o su tamaño económico (más vacas entoradas), o más probablemente una mezcla de ambos factores.

¿Esto quiere decir que no hay nada que hacer, que se debe dejar todo como está? Por supuesto que no, los procesos productivos deben ser de mejora continua.  En los predios individuales, en las organizaciones de productores, en los institutos de investigación y los laboratorios, en la industria, en los servicios de apoyo, la tarea es permanente. Ya se mencionó algo sobre la distancia entre la realidad y los potenciales biológicos, siempre habrá margen para mejorar, nuevos productos a desarrollar, mejor adaptación  a los requerimientos de los mercados. Esto implica prepararse para las nuevas exigencias de los mercados vinculadas a lo ambiental, como lo de la producción “Limpia, Verde y Ética” [2]

Y como el avance tecnológico hace a la actividad ganadera cada vez más intensiva en el factor capital, se generan también problemas sociales por la marginación de los productores o empresas de menor potencial económico. Problema a encarar por los carriles correspondientes,[3] que no son los de la interferencia con el crecimiento sectorial, que solo logra “emparejar para abajo”.

En los ovinos

La producción ovina ha sufrido una fuerte pérdida de importancia relativa dentro de la ganadería y del conjunto de la actividad económica nacional. En parte porque es lógico que así sucediera por la pérdida de importancia, a nivel mundial, de la lana como fibra textil. En todos los países laneros ocurrió lo mismo. Pero en parte también porque los drásticos reacomodos de los mercados mundiales, no se compadecen de los tiempos de reacción de los uruguayos. Con la descomposición de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría, la lana como producto básico entró en caída libre, y los intentos para evitarlo interviniendo en el mercado, como los de la Corporación Lanera Australiana, solo lograron (como suele suceder) acelerar esa caída,.

Hace 20 años que el mercado internacional da señales inequívocas de que con las ovejas hay que producir lana fina o carne de calidad, si se quiere competir en los mercados internacionales de mejores precios. Que hay que dejar de producir productos básicos y en su lugar, ir a los productos especiales[4]. O sea dejar las lanas gruesas y la carne de animales adultos, y especializarse cada vez más en lanas finas (y ahora superfinas) y en la tierna carne de cordero, pero con cortes similares en peso y volumen a los de adulto.

Toda una especialización productiva que nos llevó varios años aceptar (bueno, es una generalización) pero que desde fines de los 90 empezamos a instrumentar con el “Proyecto Merino Fino” del INIA, SUL y SCMA [5] y el “Club Merino Fino” de la cooperativa Central Lanera Uruguaya. Y a nivel de la carne, con el “Operativo Cordero Pesado” que se inicia a nivel piloto en 1996 impulsado por el SUL, CLU y el Frigorífico San Jacinto, que inició un proceso de adaptación de una producción tradicional del país a las nuevas exigencias de los mercados mundiales. Claro que siguen existiendo mercados para los productos más tradicionales como las lanas de finuras medias y gruesas y la carne de ovinos adultos, pero los precios de ese tipo productos no hacen competitiva a la producción ovina frente a otros rubros alternativos.

Vista con la perspectiva de la especialización, la caída de las existencias ovinas de los 25 millones de los años 80 a los menos de 10 de la actualidad, no debe verse como un drama. Aquel stock era funcional a un producto de muy baja diferenciación, las especialidades que el mundo hoy nos pide pueden producirse con el stock actual [6] Es que el número de animales, no es un buen indicador de la importancia económica del sector. Es preferible tener menos animales pero que produzcan más valor, sobre menor superficie pero con más tecnología y mayor especialización. Porque la tierra es cada vez más cara, porque cada vez un mayor número de rubros compiten por ella, y son más rentables que la ovinocultura tradicional a la que estábamos acostumbrados.

Pero debemos profundizar los senderos de mejora que se están transitando. La carrera por el afinamiento de la fibra no se detiene, por lo que debemos consolidar la producción de lana superfina y empezar a desarrollar la producción de lanas ultrafinas. Son 3 o 4 micras menos de diámetro, pero lleva mucho tiempo y trabajo conseguirlo. En la carne disponemos de buenas razas terminales, pero necesitamos biotipos maternos prolíficos sobre los cuales usar esas terminales. Se está trabajando en esto sobre la base de nuestras razas tradicionales, pero son actividades incipientes.

Pero el desafío principal para la producción ovina no pasa, a nuestro juicio, por las restricciones biológicas, sino por las dificultades para alcanzar un buen nivel de integración entre la disponibilidad de recursos con las opciones de producción. La producción lanera debería realizarse básicamente sobre los suelos duros de mayor aptitud ovina, que son una cuarta parte del territorio, pero poco más allá de los mismos. Allí también deben producirse los corderos para carne que conviene engordar en otras zonas de mayor potencial, donde pueden competir y complementarse con los vacunos, el tambo o la agricultura. La plasticidad de la escala de este tipo de invernada intensiva, es una ventaja no menor frente a otras opciones de producción.

Pero estos reordenamientos no se hacen por decreto. Pensamos que las organizaciones de productores –gremiales, sociedades de criadores, cooperativas, etc- deben trabajar más en este sentido, asumiendo las dificultades que implican los cambios de costumbres muy arraigadas, la superación de desconfianzas seculares. Un cambio no menor es que estas mismas organizaciones sean también más eficientes, asumiendo nuevas responsabilidades, superando las visiones cortoplacistas, olvidando que “la culpa la tiene el otro”. Y sin olvidar que la industria textil y frigorífica están (o deberían estar) en el mismo barco.

Hacia adelante

Hay gente que sigue muy convencida, y quizá por eso pontifica sobre el tema, de que la producción de productos primarios es un síntoma de atraso. Como si después de la revolución industrial no hubiera pasado más nada, y los alimentos siguieran surgiendo de la actividad de bueyes y campesinos analfabetos, operando torpemente sobre insumos de origen celestial, como el agua, los suelos o la fotosíntesis. No se han enterado que la tecnología es tanto de productos como de procesos, que si somos los más eficientes del mundo produciendo arroz o carne, es porque estamos muy avanzados en muchas cosas, y no importa que el grano de arroz o el churrasco sean intrínsecamente lo mismo desde hace siglos. Una primera conclusión, entonces, es que seguir produciendo y procesando productos primarios, si lo hacemos cada vez mejor, es un camino correcto de desarrollo, seguro el mejor que tenemos, y para nada enfrentado, además, con otros más incipientes como el turismo o la informática.

La segunda conclusión, es que en la pista de la competitividad mundial, no podemos correr con una mochila con piedras, por más que nos expliquen que hay otros factores además del peso, como el entrenamiento y la vida sana. El tipo de cambio se ha vuelto una vez más, una carga insoportable para la competitividad del país, y no valen las explicaciones de que la misma también depende de otros factores.

Y tampoco de que el valor del dólar cae en todo el mundo. Porque si en ese escenario nuestra competitividad se derrumba como los propios datos del BCU muestran, es porque acá cae más que en los demás países. Esto es aritmética, y no hay argumentación macroeconómica que lo pueda negar. Ya no se trata de los televisores plasma, ya tenemos ladrillos de República Checa. Tenemos que entender que esto no es sinónimo de adelanto, sino característica de republiqueta petrolera. Asumirlo y corregirlo, aunque cueste votos, es un deber ineludible del nuevo gobierno, si realmente apuesta a un país “agrointeligente”.

Finalmente, los temas generales que todos repetimos. La reforma del sector público (otra mochila ¿o la misma? que sigue aumentando de peso indefinidamente), la necesidad de darle un fuerte sacudón a las estructuras anquilosadas que traban el desarrollo educativo, en especial a nivel medio y superior (los recursos humanos, en particular de nivel técnico, son una limitante cada vez mayor para el desarrollo agropecuario), las obras de infraestructura (la necesidad de un ferrocarril que funcione parece ser la más urgente) y, para no hacerla más larga, la imprescindible continuidad en políticas de estado bastante consolidadas, el no “toqueteo” de la política impositiva, del marco jurídico, de todos aquellos elementos que le dan confiabilidad al país.

Estos aspectos generales tienen directa incidencia en el futuro de nuestra ganadería y de nuestro sector agropecuario, un embajador comercialmente activo puede ser el mejor extensionista. Y no olvidar, ni por un instante, de que vivimos en un mundo de balances entre lo productivo, lo social y lo ambiental, sin lugar para fundamentalismos de ningún signo, aunque ostenten el rótulo de “políticamente correctos”.

2010-2 El rumbo de la ganadería graf

 

[1] Número de animales faenados anualmente en relación al total en existencias, expresado en porcentaje.

[2] Expresión que refiere a temas ecológicos como la emisión de gases de efecto invernadero, a la huella de carbono, al bienestar animal etc.

[3] Como se encara la marginación urbana, educando, capacitando para la reconversión, apoyando nuevas actividades, eventualmente con subsidios pagados por el conjunto de la sociedad, y no por el sector al que originalmente perteneció el desplazado de la actividad productiva

[4] Para los angloparlantes que tanto abundan, “commodities” y “specialities” respectivamente

[5] Instituto Nacional de Investigaciones Agropecuarias, Secretariado Uruguayo de la Lana y Sociedad de Criadores de Merino Australiano

[6] En este punto caben las mismas referencias hechas en el caso de los vacunos, respecto a los costos sociales por marginación de productores primarios e industriales, resultado de la reestructura sectorial.

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