El “valor agregado” por la producción agropecuaria

El País Agropecuario
Julio del 2010

A diario escuchamos expresiones del tipo “la producción primaria no agrega valor”, o “hay que avanzar en la integración de las cadenas para aumentar el valor agregado” o “mientras dependamos de los productos primarios estaremos condenados al subdesarrollo” o “tenemos que apostar a sectores de punta, con alto valor agregado” y otras por el estilo. Como suele ocurrir con los lugares comunes, algo de razón tienen. Y como suele ocurrir con los problemas complejos, siempre tienen una solución sencilla, pero está equivocada. Las dicotomías simplificadoras nos ofrecen un atajo para esquivar la relatividad de las cosas, pero nos empantanan en supuestas verdades absolutas que nos alejan de la comprensión cabal de los problemas, y por consiguiente de su posibilidad de superación.

Empezando por las definiciones 

Los productos primarios son los derivados de actividades que dependen o tienen directa relación con la explotación de los recursos naturales. Cuando hablamos de valor “agregado” estamos aceptando que el sector primario (agropecuario, forestal, pesca, minería) actúa sobre un valor ya existente, de origen natural, ya se trate de plantas, animales o minerales. En esta concepción, por definición el agregado de valor  del sector primario es muy bajo, ya que solo consiste en tomar lo que nos da la naturaleza y por medio de un proceso simple -cultivo, caza o cría, pesca, talado o extracción- se ponen esos bienes “naturales” a disposición de la industria o sector secundario, para que lo procese y se distribuyan y consuman con ayuda de los servicios, o sector terciario.

Todo esto en forma muy esquemática, por cierto. Pero suficiente para mostrar que la concepción de las Cuentas Nacionales presupone un sector primario arcaico, solo extractivo –como era hace un siglo- con posibilidad de crecimiento puramente horizontal, porque cualquier intensificación de los procesos productivos suele implicar una “fuga” de los resultados de los mismos hacia el sector secundario o el terciario, es decir hacia la industria o los servicios. Y lo que ocurre con el Producto, también se expresa en el nivel de empleo (v.g. “el sector agropecuario genera muy poco empleo”)

Existen intentos serios de superar esta visión tan parcial, a través del enfoque de cadenas, donde se analiza el aporte al Producto y al Empleo del conjunto de las cadenas agroindustriales (CAI). Hace una década, Opypa calculó que el aporte en producción y empleo desde esta perspectiva integradora se ubicaba entre el 20 y el 25% del total de la economía, en contraposición a los valores menores al 10% que surgían del enfoque tradicional.  Aunque no se han actualizado aquellos cálculos, el gran crecimiento agropecuario y forestal alcanzado en la última década hace suponer que el aporte de la agroindustria integrada pueda alcanzar a un tercio del Producto y algo menos en el Empleo.

Este nuevo enfoque reconoce la subsidiariedad de ciertas actividades industriales  y de servicios, a la base agropecuaria que les da sustento. Pero en definitiva, al sector primario solo se le sigue reconociendo el escaso aporte del enfoque tradicional, en el que todo crecimiento es horizontal, pudiendo aumentar los volúmenes en términos absolutos, pero sin modificar su participación relativa, porque su crecimiento también hace crecer a los demás sectores.

Para los que solo tienen esta percepción de la realidad, el único camino para que el sector  primario aumente su participación en la generación de valor, pasa por el logro de una creciente diferenciación de sus productos. La “descomoditización” (si me permiten el barbarismo) pasa a ser el objetivo recomendado y el “nicho” de mercado, el destino manifiesto. Carnes premium, leches diferenciadas, frutas y verduras orgánicas, cereales y oleaginosas con atributos especiales, tienen –o deberían tener- mayores precios que pagarían los consumidores nacionales o extranjeros con niveles de ingreso superior, y el objetivo del agregado de valor finalmente se concretaría. Esta estrategia se basa en la “tecnología de producto”

Pero también existe la “tecnología de procesos”, y es tan válida como la anterior. Acá el producto sigue siendo el mismo, el churrasco, la leche, el grano de arroz o de trigo siguen presentando sus características tradicionales, pero se producen en forma económicamente más eficiente, es decir a menores costos unitarios. Pero claro, se pierde el encanto del producto innovador, por lo que esta opción suele denostarse con expresiones del tipo “mientras sigamos produciendo vacas…”  que suelen ser el acápite de un discurso de promoción de las TICs[1].

En principio, las dos opciones (y sus combinaciones) son igualmente válidas. Pero tienen que aprobar el examen de microeconomía, y este es un punto que los promotores de la opción de la “tecnología de producto”,  suelen no tener en cuenta. Y el examen consiste en demostrar que en nuestras condiciones –con nuestra escala, nuestra infraestructura, nuestro clima, nuestra educación, nuestra política impositiva, tarifaria, laboral y cambiaria, etcétera- esa opción es económicamente viable.  Porque el empresario que las va a llevar adelante, no puede guiarse por el voluntarismo de las declaraciones del tipo “al país le conviene…” que sí pueden usar los académicos y/o los políticos, que no asumen los riesgos que implica su recomendación. Y en la economía actual, el único juez que arbitra respecto a la aprobación o no del examen, es el mercado, mucho más el externo que el interno.

Entonces, bienvenida la diferenciación de producto, cuando es viable en términos económicos.  Ahora bien ¿Qué razones existen -además de los prejuicios-  para que la tecnología de procesos, cumpliendo con los mismos requerimientos de competitividad, no cuente con la aprobación “social” que se le otorga a los productos diferenciados?

…y siguiendo con los hechos

En los últimos 20 años, la productividad promedio (en Kg por hectárea) de la agricultura creció al 3,7% anual, pero a partir del 2002/03 lo hizo al 7,8% anual, duplicándose en menos de una década. En el mismo período, la edad promedio a la faena de los novillos bajó de 4 a 2,5 años, sin disminuir el peso de canal y mejorando la calidad de la carne. La lechería, siempre en el promedio de los últimos 20 años, casi duplicó la productividad, pasando de producir menos de 1.500 a 2.500 litros de leche por hectárea. Mientras que en el mismo período, la agropecuaria cedía 800 mil hectáreas que hoy están destinadas a una producción maderera cuyos rendimientos no dejan de atraer inversiones para su industrialización.

Todos estos desarrollos y otros más recientes o de menor cuantía (lanas superfinas, cordero pesado, olivocultura, arándanos, viticultura, algunos rubros granjeros, etcétera) del sector primario tienen un común denominador: son cada vez más intensivos en capital y en conocimiento. Conocimiento no solo de las técnicas agronómicas en toda su complejidad, sino también de administración, del trabajo en redes, del moderno gerenciamiento, de los agronegocios. Se acabó el espacio para el crecimiento horizontal, por eso el precio de la tierra o el de su utilización (rentas) se han disparado, y solo se crece intensificando, incorporando tecnología, capacitando los recursos humanos, en síntesis: por medio de empresas eficientes y competitivas. Y las que no lo son, van saliendo, bien o mal, del negocio.

Volviendo a la contabilidad nacional ¿cómo es posible que una actividad como la agropecuaria, en cuyos procesos productivos se utilizan cada vez más insumos de alta tecnología y que requiere una administración y operación de alta calificación, siga siendo tratada desde el punto de vista de su aporte a la actividad económica, igual que hace un siglo, cuando era mayoritariamente una actividad artesanal, que se ocupaba poco más que de recoger los frutos de la naturaleza? Dejemos este tema para los macroeconomistas, y centrémonos en las características y potencialidades de esos procesos.

La actividad agropecuaria materializa un enorme volumen de conocimiento existente sobre las más variadas disciplinas, que el hombre ha acumulado a lo largo de su historia, pero que ha crecido exponencialmente en el último medio siglo. A título de ejemplo, y en titulares, mencionaremos algunas de esas disciplinas.

El mejoramiento genético convencional de animales y plantas, basado en modelos matemáticos de manejo informático, se complementa, cada vez en mayor medida, por la ingeniería genética y los marcadores moleculares. La investigación aplicada para la generación de innumerables prácticas agronómicas, genera una creciente demanda de técnicos de alta capacitación y de software y otros insumos intensivos en conocimiento. Lo mismo puede afirmarse respecto a  las incipientes agricultura y ganadería de precisión. Ramas industriales enteras como los fertilizantes, las raciones, la maquinaria agrícola, la ingeniería de riego, o las proveedoras de equipamiento para las industrias molinera, láctea, frigorífica, forestal, textil etcétera, son también cada vez más intensivas en capital y conocimiento, y solo existen y se desarrollan por el creciente dinamismo del sector primario de la economía.

La lista de los servicios de post producción intensivos en conocimiento también es difícil de agotar. Las tecnologías de secado o maduración, de conservación y empaque, de fletes internos y externos, los requerimientos de infraestructura y logística de almacenamiento y traslados, y un largo etcétera, demandan y a su vez generan continuamente nuevo conocimiento que se incorpora al conjunto de los procesos productivos de los bienes primarios. Y la mayor eficiencia en estos procesos, no se alcanza siguiendo un protocolo o un manual de procedimientos, es el producto de una larga acumulación de conocimiento y experiencia.

Cuando pasamos de producir 4 a 8 toneladas de arroz por hectárea, el grano de arroz sigue siendo el mismo, el producto no ha cambiado. Cuando duplicamos la producción de carne o de leche en la misma superficie, “la vaca” sigue siendo el pacífico rumiante de siempre (el ejemplo más recurrido para caricaturizar la velocidad de los cambios en el campo). ¿Pero cuánto del enorme caudal de conocimiento antes mencionado se incorporó a esos productos? Ser el más eficiente ¿no es también un “activo especializado”? ¿Cuánta innovación fue necesaria para multiplicar la eficiencia de los procesos productivos? En muchos casos, seguramente bastante más que la necesaria para diferenciar un producto, de estos o de los otros ejemplos ya citados.

Conclusiones

El sector agropecuario no debe preocuparse porque en las cuentas nacionales aparezca generando poco valor agregado. Es más, debe alegrarse, porque cuanto más aumente en términos absolutos, menos aportará en términos relativos, ya que el efecto multiplicador que deriva de su dinamismo impacta positivamente y en forma más que proporcional a nivel de la industria y los servicios. Por eso el Producto agropecuario de Australia no llega al 5% del PBI. Lo mismo pasa con el empleo: genera poco en forma directa, pero mucho indirectamente.

Sí debe preocuparse, porque la mayoría de los decisores políticos y muchos de sus asesores parecen no entender algo tan simple, y “la vaca” sigue siendo la caricatura del atraso, la ocupación del paisano ignorante. De donde derivan las recomendaciones “políticamente correctas” de promover actividades de dudosa –o al menos no probada- competitividad, en desmedro de las probadamente competitivas, por el pecado de ser tradicionales.

Para colmo del absurdo, en general no existe ninguna incompatibilidad entre las tradicionales y las intensivas en conocimiento. Por lo contrario, como se trató de demostrar anteriormente, la intensificación de los procesos productivos de las primeras, solo se logra con un uso intensivo de las segundas. Las demandas de nuestras CAI suelen ser la plataforma de lanzamiento para la generación de software que luego nuestras empresas informáticas exportan al mundo entero.

Las tecnologías de producto y las de procesos tampoco son antagónicas, sino que se pueden desarrollar en paralelo, y muchas veces en forma complementaria. Hay que terminar con las dicotomías  de los productos modernos y tradicionales, como si fueran buenos y malos. Sin duda que cada uno se adapta a realidades diferentes, los productos diferenciados se asocian más a las escalas reducidas, con mayor dedicación personal, en algunos casos vinculados con la producción familiar, mientras los productos no diferenciados, donde la tecnología de procesos minimiza costos, se asocian más a las escalas medianas y grandes, propias de la producción empresarial.

Si somos los más eficientes del mundo en la producción de algunos productos primarios para los que nuestras condiciones naturales son favorables, seremos un país desarrollado. Pero para ser los más eficientes del mundo, no alcanza con la naturaleza, se requiere muchísimo conocimiento y tecnología, y que además vaya a favor y no en contra de la naturaleza. En algunos productos –arroz, carne, leche- seríamos semifinalistas en un mundial de eficiencia en que se tomara en cuenta todo, incluyendo los impactos ambientales. En otros, estamos en cuartos o en octavos de final, pero podemos avanzar mucho más, como demuestra la experiencia reciente.

Seríamos un país desarrollado, con alto nivel de ingreso, y no existiría ningún motivo para que el mismo no se distribuyera con equidad y en forma acorde a las necesidades de ese desarrollo, por la enorme dinamización de los servicios –incluyendo los intensivos en conocimiento-y de la industria de primera transformación que dichas producciones primarias generarían. La principal restricción actual para lograrlo pasa por nuestras  carencias en educación y en formación científico-tecnológica de nivel medio y superior. Y el mayor riesgo, en que el sistema político decida que él sabe cómo hacerlo mejor. También en esto tenemos ejemplos cercanos, y sabemos cómo terminan: los eliminan por goleada.

Escrito en la segunda semana de Julio del 2010

 

[1]  Tecnologías de la Información y el Conocimiento

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