El valor integrado

Rodolfo M. Irigoyen
Agosto de 2014

Asumimos conscientemente el riesgo de que, en la situación hipotética de contar con lectores consecuentes, estos nos acusen de ser reiterativos. Hay algunos temas en los que insistimos en forma recurrente. Pero por su importancia estratégica, en paralelo con el enfoque a nuestro juicio erróneo con que se los analiza permanentemente, tanto en ámbitos políticos como académicos, ameritan la necesidad de insistir sobre los mismos.[1]

El asunto se centra en las manidas expresiones, manejadas como axiomas económicos, referidas a que “el sector primario genera poco valor”, o también “poco empleo”, de donde se concluye la necesidad de industrializar nuestros productos primarios como única manera de subsanar aquellas carencias.

Relictos del viejo industrialismo de mediados del siglo pasado, que se recomiendan con ligereza, ignorando algunos aspectos esenciales de la realidad económica actual de nuestro sector agropecuario y, en general, de la economía global.

Es así como se oyen opiniones que condicionan un apoyo crítico a al cultivo de la soja –nuestro principal rubro de exportación en la actualidad- o a la futura explotación de los yacimientos de hierro existentes en el país, “siempre que se le agregue valor al producto primario”.

Los “commodities” estrictos

Los que razonan de la forma anterior desconocen, o no toman en cuenta, las escalas gigantescas que son necesarias en la soja para que los procesos industriales sean económicamente viables, ya que una planta industrial, para ser eficiente, necesitaría de toda la producción uruguaya para abastecerla de materia prima. Ni la distancia tecnológica existente entre un país que importa los clavos y el alambre con los que tienen un siglo de desarrollo de su industria siderúrgica. Ni por supuesto comparan, en una economía global, los costos de producción uruguayos con los de los chinos.

Esto no quiere decir que intentar agregar valor en esos rubros sean vías muertas que debamos olvidar. Pero sí que son objetivos de muy largo plazo –digamos una o dos generaciones- cuando las tecnologías, las escalas de producción y nuestras capacidades, sean  muy diferentes de las actuales.

Por ahora, a la soja y al hierro deberemos considerarlos como “commodities estrictos”, y la única forma de agregar valor a la actividad, es hacer de la mejor forma posible la parte del proceso que está al alcance del país, que es la fase primaria.

El valor primario

Porque –y acá está el meollo del asunto- en la fase primaria también se puede agregar valor aunque no se modifique la naturaleza del producto, pero si la de los procesos productivos que lo hacen posible. Tecnologías de procesos, no de productos.

El concepto de “valor agregado agropecuario” responde más bien a estructuras productivas actualmente superadas en nuestro país, en las que la ganadería y la agricultura eran actividades no mucho más complejas que lo que implica la recolección de lo que brinda la naturaleza.

Pero las sucesivas revoluciones tecnológicas han requerido, como condición necesaria para su ocurrencia, de un crecimiento exponencial del valor incorporado –básicamente en forma de conocimiento- ya a nivel de las primeras fases de los procesos productivos.

El grano de soja puede seguir siendo el mismo, pero si pasamos de 2 a 4  toneladas de grano por hectárea, el valor generado más que se duplica por los efectos multiplicadores que dinamizan otras ramas de actividad: transportes, combustibles, infraestructura vial, de secado y almacenamiento y portuaria, demanda de recursos humanos calificados, generación de divisas, recaudación impositiva, etc.

Entonces, un primer aspecto a destacar refiere al agregado de valor por aumento de la eficiencia de los procesos productivos primarios, lo que por supuesto, no se hace de un día para otro. El desarrollo de prácticas agronómicas y variedades de cultivos más productivos y mejor adaptados a nuestro ambiente, el uso de insumos más complejos y su utilización con mayor precisión, la adopción de implementos agrícolas más eficientes, los laboreos y el control de plagas y enfermedades con mayor cuidado del ambiente, los desarrollos de software que dirigen y controlan los procesos, etcétera, constituyen avances tecnológicos que se expresan en los aumentos de productividad constatados en las dos o tres últimas décadas.

Y si bien es importante la tecnología de insumos, que es básicamente importada (maquinaria, agroquímicos, algunas semillas) el uso de los mismos se ve potenciado por la investigación local, por la generación y acumulación de conocimiento científico y empírico que aumentan en forma acumulativa la eficiencia de los procesos de producción. Todo lo cual implica agregado de valor, con efectos multiplicadores en toda nuestra economía.

Algunos ejemplos de la simbiosis entre factores exógenos y endógenos: el ciclo de la carne vacuna se aceleró, bajando la edad de faena de los novillos de 4 a 2,5 años, se duplicó la productividad del arroz y de la leche, pasando en el primero de 4 a 8 toneladas/há y en la segunda de 2 a 4 mil litros/há. La soja, mucho más reciente, o sea con menos investigación nacional y menor experiencia de los agricultores, superó la etapa inicial de gran variabilidad en los resultados, y se ha estabilizado (relativamente) en rendimientos del orden del 20% superior a los iniciales de pocos años atrás.

 La mayor integración de los procesos

Pero además de que a nivel primario se agrega valor por mejora de la eficiencia de los procesos, ocurre que, de la mano del desarrollo tecnológico, el número y la calidad de esos procesos crece y se diversifica. Esto lleva a que la clasificación tradicional en sectores primarios (agro) secundarios (industria) y terciarios (servicios), sea cada vez menos adecuada para la descripción de la actual realidad económica.

Porque con el desarrollo tecnológico, los servicios invaden, no solo a las actividades propiamente productivas, como las de pre-producción (todo tipo de insumos) y los de post-producción (transporte, secado, almacenamiento, etcétera).

Los encadenamientos se ramifican y aumentan su complejidad, interactuando unos sobre otros. La diversificación industrial lleva a que se multipliquen e intercalen actividades que pueden verse como la fase final del proceso primario, o la inicial del secundario

La materia prima para la industria láctea es la leche en polvo, así se cotiza y comercializa en el mundo. Pero antes de eso, además de producirla, hubo que enfriarla, transportarla, pasteurizarla y desecarla. Lo mismo puede plantearse para la celulosa y la industria papelera, para la lana peinada y  la industria textil lanera, y muchas ramas de la industria alimenticia ¿Dónde termina lo primario y empieza lo secundario y terciario?

Las primeras fases de los procesos industriales se superponen con las últimas de los procesos primarios, y todo el conjunto es viabilizado por una gran cantidad de servicios. Un laboratorio de suelos o de calidad de la leche ¿debemos considerarlos servicios o parte de la producción primaria, ya sea ganadera, agrícola o láctea?  Las partes de un tambo que se mecanizan y pueden llegar a robotizarse ¿constituyen actividades primarias o industriales? ¿Dónde quedan las clasificaciones tradicionales?

Entonces, las posibles formas de agregado de valor (y de la generación de empleo) y su imputación contable dependen de una serie de factores, en general vinculados con la naturaleza biológica y económica  del producto, que relativizan las bondades económicas de la industrialización.

Por ejemplo, su perecibilidad (la leche se tiene que empezar a industrializar en el campo, fibras y minerales se pueden almacenar durante años como productos primarios) o su escala de procesamiento, en general en razón inversa con el agregado de valor del proceso. Más artesanal en “alimentos boutique” de alto valor, o gigantesca en soja, hierro o celulosa de bajo valor por unidad de producto. La primera, razón para considerar el valor del producto agroindustrial en forma integrada, y la segunda para cuestionar la “obligatoriedad” de solo exportar productos manufacturados.

Por lo tanto, la diversificación y el aumento de la complejidad de los procesos productivos agroindustriales constatados en las últimas décadas, obligan a tener una visión integrada de los procesos de agregado de valor y empleo.

Un puerto granelero de última generación  en la costa rochense quizá dé empleo directo a pocas decenas de personas, pero su impacto en la dinamización de las cadenas agrícolas y forestales en el este del país sería enorme.

Una batería de silos moderna es manejada por una decena de personas, pero puede viabilizar la actividad agrícola en 50 mil hectáreas de su entorno, generando un importante polo de desarrollo con miles de nuevos empleos.

En definitiva

Un litro de leche sigue siendo un litro de leche. Pero el de ahora se produce con menos tierra e insumos por unidad de producto que el que se producía hace veinte años. Y es de mejor calidad, porque tiene un mayor porcentaje de proteínas, y ya a nivel de campo, presenta menos células somáticas y menor recuentro bacteriano. Por eso es intrínsecamente diferente y tiene mayor valor. Y lo mismo se aplica a un churrasco, a una naranja, al grano de arroz o al de trigo.

Más que definir si se agrega valor en tal o cual fase de los procesos productivos (agro, industria y servicios), deberíamos preocuparnos por el “valor integrado” en el conjunto de la actividad económica

Cuyas fases, además, son cada vez más difíciles de compartimentar, porque la innovación tecnológica y los nuevos procesos hacen que los límites entre las mismas sean cada vez más difusos.

Por otra parte, si pretendemos que se avance en la cadena de procesamiento industrial, el valor del producto transformado tiene que ser como mínimo igual al valor del producto anterior (materia prima o producto con industrialización intermedia) más el costo de la nueva transformación, corregido por riesgo.

Porque si no, para el empresario, en vez de valor  agregado, es plata perdida. Y nadie pierde plata por gusto. Más que recomendaciones estratégicas voluntaristas, debemos atender las determinantes microeconómicas que posibilitan o impiden el “agregado de valor” que se reclama.

Para la apuesta estratégica al desarrollo agro inteligente, no debería preocupar  la “paternidad” del valor agregado, y si la promoción de una visión integradora de productos y procesos, más acorde con la realidad actual, que apunte a maximizar el valor generado en el conjunto de la actividad económica del país.

 

El País Agropecuario, Agosto de 2014

 

[1]  Consultar en esta Revista “Producto Bruto y producción agropecuaria” de agosto del 2005;  “Valor agregado: misión casi imposible” de noviembre del 2006; “El Valor Agregado por la producción agropecuaria” de julio del 2010; “El valor primario” de setiembre del 2011, y varias “Tertulias Agropecuarias” en Espectador.com

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