La “agro inteligencia” – Segunda parte

Rodolfo M. Irigoyen
Julio de 2012

En el número anterior de esta Revista hicimos referencia a la evolución de algunas variables macroeconómicas determinantes de nuestra competitividad agropecuaria. No es ocioso recordar, que dichas variables –tipo de cambio real, costo de insumos básicos y de los servicios del Estado, aspectos de infraestructura vial y portuaria- son condiciones necesarias, pero no suficientes para impulsar un vigoroso desarrollo agropecuario. Más que necesarias se podría decir imprescindibles, pero también es bueno tener presente que esa imprescindibilidad no debe ser un escudo que cobije ineficiencias sectoriales.

Corresponde entonces que completemos aquel enfoque dando una mirada al potencial de respuesta que cabría esperar del sector agropecuario, cuando aquellas condiciones necesarias no sean una traba -como en general lo han sido hasta el presente- para un cabal desarrollo de nuestra economía con base en el sector primario y en su industria de transformación asociada.

Empecemos por definir que entendemos por sector primario. Los veteranos nos criamos en un país casi exclusivamente ganadero, de vacas para carne y ovejas para lana y autoconsumo. Nuestros hijos crecieron a la par que la lechería y el arroz. Nuestros nietos, con la forestación y la agricultura exportadora. Y la próxima generación seguro verá crecer la minería, y nuevos cultivos hoy incipientes.

Convengamos en que un buen sofá de 8 patas es mucho más cómodo y estable que un taburete de 3. El desarrollo y la diversificación del sector primario actual poco tienen que ver con los de mediados del siglo pasado. Sus cadenas agroindustriales, la disponibilidad de tecnología y el contexto externo tampoco son comparables, y por consiguiente el potencial de respuesta sectorial es hoy muy diferente.

La ganadería de la abundancia

Volviendo a los recuerdos juveniles, la época del estancamiento ganadero fue la de la escasez, por eso ahora rezongamos cuando los gurises no cierran las canillas o dejan luces prendidas. Las tecnologías que estudiamos y llevamos a la práctica por décadas, fueron las de minimizar costos. Los pioneros que maximizaban la producción, por regla general terminaban económicamente muy mal. Aún hoy aquellas mismas tecnologías siguen teniendo vigencia en muchas realidades productivas, pero las posibilidades de superarlas son enormemente mayores. Posibilidades que quizá no se compadezcan de nuestros viejos estilos de vida, pero ese es otro tema.

Promover mejoras “con tecnologías de costo cero”, destetar precozmente los terneros porque la comida no alcanza para madre e hijo, y otras prácticas similares, son todas soluciones subóptimas en relación al potencial productivo de la especie. Son formas inteligentes de administrar la escasez, adecuadas para predios que no pueden levantar la restricción nutricional, pero no pueden ser los objetivos últimos de las empresas modernas.

Porque a aquellas que reúnan las condiciones económicas, tecnológicas y gerenciales necesarias, hoy les conviene explotar al máximo aquel potencial, y muchas ya lo están haciendo. No es un misterio, en otros países se hace desde hace mucho tiempo. Los terneros pueden seguir al pie de la madre hasta los 8 meses y ser destetados con 240 kilos, con sus madres nuevamente preñadas, si ellas y sus hijos han nacido y se han criado sanas y bien alimentadas. Si además tienen la genética que maximiza la conversión de alimentos a carne, en solo un año más esos terneros llegarán al peso óptimo de faena con excelente calidad de carne.

Por supuesto que este esquema productivo no es el único, los hay variados, con diferentes combinaciones de pasturas y de suplementos, con comederos de autoconsumo y con corrales de engorde, pero con una constante: la interacción positiva entre el pastoreo y la suplementación. La agricultura, en forma de cultivos forrajeros y de granos y sus derivados, le devuelve con creces la tierra “robada” a las recrías y las invernadas, como la forestación, con el abrigo y la sombra para el ganado, se las puede devolver a las fases de cría y de recría.

Superadas las tradicionales restricciones nutricionales, sanitarias y genéticas (con nuevas herramientas como la identificación y validación de marcadores genéticos para crecimiento, rendimiento y calidad de producto), hoy se deben tener cada vez más en cuenta una serie de nuevos aspectos, todos encarables como problemas pero también como oportunidades.

Además de la cantidad de carne producida, importan cada vez más la calidad (terneza, cantidad y calidad de grasa, color, sabor) y la inocuidad del producto, los procesos biotecnológicos involucrados, la certificación de origen de productos y procesos, la trazabilidad, la “nutrición fina”, el bienestar animal, la sostenibilidad de los recursos naturales utilizados, la huella de carbono y las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), las aptitudes culinarias y la responsabilidad social.

Porque ya no se trata de producir “novillos” o “carne”, sino de alimentos para seres humanos de sociedades cada vez más informadas y sensibilizadas sobre aspectos inherentes a los productos y a los procesos con que esos alimentos se obtienen, y sus efectos sobre el ambiente.

Todos estos cambios han modificado también los parámetros que utilizamos. Los tradicionales “kilos de carne por hectárea” o “gramos de ganancia diaria” nos dicen cada vez menos. Hoy interesan más relaciones del tipo “kilos de materia seca suministrados por kilo de carne producida” o “carne producida por tonelada de GEI emitidos”. La agronomía aplicada da paso a la interacción entre ciencias que están en su base, como la bioquímica, la ecología y la genética, y al cálculo económico que las globaliza.

No podemos cerrar el capítulo ganadero sin hacer referencia a los ovinos. Uruguay tiene hoy la tercera parte de las ovejas que tenía hace 25 años. Pero a los otros países ovejeros les ha pasado lo mismo. La producción extensiva de lana poco diferenciada y de carne de baja calidad con razas “doble propósito” es cada vez más un relicto del pasado.

Pero Uruguay, como Australia y Nueva Zelandia -aunque por supuesto con mucho mayor lentitud- se está reconvirtiendo hacia producciones más intensivas, especializándose en productos de alta calidad, como lanas superfinas y carne de corderos pesados. Las primeras, para suelos más pobres, intensivas en mejora genética y manejo, la segunda, una invernada, también con mejora genética pero sobre todo intensivos en reproducción y alimentación. Como en los vacunos, todas opciones intensivas en conocimiento.

Este bosquejo de las nuevas posibilidades y desafíos a los que se enfrenta el subsector ganadero, sendero por el que ya transita un número de productores que crece día a día, no tiene otro fin que ilustrar sobre la “agrointeligencia” cada día más vigente a nivel de este sector productivo. Lo que a nuestro juicio prueba, que aún con señales confusas y contradictorias como son las que lamentablemente da el Gobierno, el sector privado sí apuesta a la agrointeligencia, única estrategia viable para el desarrollo genuino de nuestro país.

La lechería y el arroz: los modelos de “cadenas integradas”

Por la década del 70 se inicia un vigoroso desarrollo exportador de dos nuevas cadenas productivas: la lechera y la arrocera. Si bien ambas tenían décadas de existencia, a partir de aquellos años sus tasas de crecimiento y su orientación exportadora alcanzaron niveles inéditos en el país.

Y, para romper esquemas, lo hicieron en contextos y con estrategias muy diferentes. La lechería en base a una cooperativa –Conaprole- que lideraba el sector amparada por el monopolio del abasto de leche fresca a Montevideo, lo que implicaba una fuerte protección oficial.

La cadena arrocera se desarrollaba en tanto sobre la base de una estrecha articulación entre plantadores e industriales, que implicaba suministro de insumos y asistencia técnica, con un precio base vigente a la entrega de la cosecha con posterior reliquidación una vez industrializada y exportada la misma. Todo acordado en una mesa de negociación donde también participaba el Estado, por medio del Brou, el principal financiador de todo el proceso productivo.

De ahí el estupor de los participantes de la reunión por el inicio de la zafra arrocera 2012, cuando el presidente Mujica anunció, dirigiéndose a los productores, que no iba a subsidiarlos (lo que nadie había pedido) pero que si los iba a ayudar a que tuvieran sus propias industrias. ¡El invitado de honor que al llegar a la reunión afirma que logrará que los dueños de casa se divorcien!

Los aspectos sociales eran, y en gran medida siguen siendo, también muy diferentes en ambas cadenas: en la lechería las tres cuartas partes de los productores, socios de la cooperativa, eran predios familiares, mientras que en el arroz no existe esa categoría de productores, ya que el 100% eran, y son, empresariales, según la clasificación del MGAP (Diea, 2005)

Dos formas de articulación, ambas exitosas, en gran medida responsables de la creación de un mito perdurable hasta hoy: el de que la articulación mediante alguna forma de contratos de producción entre productores e industriales, es condición sine qua non para que una cadena agroindustrial se desarrolle.

Lo anterior se trae a colación porque es importante mostrar  que la articulación de las cadenas, en ninguna de sus formas, es una precondición para el desarrollo sectorial. Articulación no es sinónimo de agrointeligencia, su conveniencia depende de muchas cosas. A los dos ejemplos anteriores, se contrapone el de la cadena cárnica, desarrollada en un 95% en el mercado libre, y por nueva oposición, la de la cebada, hoy en un mínimo histórico al transformarse la industria cervecera prácticamente en un monopolio (y ejercer prácticas monopólicas), pero que en su momento se desarrolló en base en preacuerdos entre agricultores e industria. O también la de los granos, antaño parcialmente acordada, pero en la actualidad mayormente liberalizada.

La lechería en los últimos años crece en el país con tasas de dos dígitos, de la mano de una profunda reestructuración de la cadena. La rápida incorporación de tecnología, los aumentos de la escala de producción, la progresiva estabulación de los animales (que en algunos países ya permite la robotización del manejo del tambo), en una palabra la transformación de una actividad mano de obra intensiva en otra capital intensiva, hace crecer la productividad pero también la concentración, con una progresiva marginación de los predios menores o menos eficientes.

Yendo a los aspectos estrictamente técnicos, el creciente nivel de estabulación, junto a una estrecha asociación con actividades agrícolas que sustituyen progresivamente la alimentación pastoril, ha modificado también el foco de la problemática lechera, desde la tradicional, enfocada a la producción de forraje, hacia los nuevos problemas sanitarios y de hacinamiento generados en la producción bajo techo.

La tradicional producción “anualizada” (un parto por año en otoño o primavera, lactancia de 10 meses) viene siendo sustituida, en base a las mejoras genéticas y nutricionales, por lactancias extendidas, de hasta 20 meses de duración, con lo que se obtiene una mayor producción a lo largo de la vida de la vaca, aumentando los contenidos de proteínas de la leche.

Además con lactancias extendidas se reducen costos asociados a servicios y partos de las vacas, a la sanidad, por menores refugos de vacas vacías, a la vez que se simplifica el trabajo, y aumenta el bienestar animal por menor estrés metabólico, por menor número de partos inducidos y mayor longevidad.

Como en todos los sectores, los temas ambientales son cada vez más relevantes, tanto en lo relativo a la sostenibilidad futura de la producción, como en el plano del comercio internacional. El desarrollo de la huella de carbono como indicador del aumento o la disminución de los GEI, es un requisito de creciente importancia comercial.

Felizmente los desarrollos tecnológicos modernos permiten, cuando se llevan a cabo correctamente, aumentar la productividad sin comprometer la sostenibilidad ambiental. El mantenimiento de un área de pasturas en las rotaciones agrícolas aumenta la capacidad de secuestro de carbono (hasta 2% acumulativo anual), los patios de alimentación diseñados para permitir el reciclaje de efluentes para fertilizar las pasturas, la generalización de la siembra directa con la consiguiente reducción de los procesos erosivos, son algunas de las prácticas conservacionistas actuales.

En el caso del arroz, poco cabe agregar después de recordar que Uruguay ostenta el récord mundial en la producción de arroz con riego, en rotación con pasturas, habiendo alcanzado en la zafra 2010-2011 los 8500 kg de arroz por hectárea, oscilando en los últimos años entre los 7500 y los 8500 antedichos. Solo esta extraordinaria productividad mantiene a flote el cultivo, estabilizado en un área de 180 a 200 mil hectáreas, dado que los costos actuales hacen que el “punto de equilibrio” entre costos e ingresos se ubique en el orden de los 7500 kg.

La tecnología utilizada, tanto en lo referido a prácticas agronómicas y rotaciones, como en la generación de variedades, es básicamente nacional. Incluso variedades uruguayas son de  amplia utilización en otros países de la región. El sector en su conjunto decidió no utilizar materiales transgénicos, no por ninguna razón “ética” o “ecológica” sino porque al ser la producción uruguaya de la calidad requerida por los exigentes mercados europeos, algunos de los cuales rechazan los OGM, en el balance de pérdidas y ganancias, se estimó que el resultado era, en las condiciones actuales, negativo.

Y también en el plano ambiental la producción arrocera es “agrointeligente”, a pesar de que, como todo cultivo con largos períodos de suelo anegado, genera emisiones de óxido nitroso, un potente GEI. Pero Uruguay ha demostrado, en las reuniones internacionales sobre el tema, que cuando las emisiones totales de GEI se refieren no a la hectárea cultivada sino a los kilos de arroz producidos, que es lo que finalmente interesa, las de nuestro sistema, dada su productividad, son las más bajas en cualquier comparación internacional.

La forestación y el “boom” agrícola

 En los años 90 se inició la forestación en gran escala en el país, por una medida “agrointeligente” de los 4 partidos políticos del momento, que promulgaron la Ley Forestal. Hoy, con cerca de un millón de hectáreas forestadas, es un sector consolidado, en proceso de expansión industrial, que viene sobrellevando una seria crisis de mercado, en particular en la industria de paneles.

Ha tenido que superar también los embates fundamentalistas de entrecasa y del vecindario, situaciones críticas manejadas con sensatez por los gobiernos de turno y los inversores extranjeros, que han demostrado que las tecnologías de última generación que utilizan, son respetuosas del ambiente.

El mayor limitante actual para su expansión, además de los problemas de mercado, son los aspectos logísticos de traslado y embarque. Como todo producto voluminoso, de bajo valor por unidad de volumen –con los granos ocurre algo parecido- el transporte y la logística en general, si no son muy eficientes, se convierten en un cuello de botella para el desarrollo del sector.

Máxime tratándose de una producción con una localización determinada por los suelos, alejados de los puertos de embarque. Seguir produciendo y exportando, a pesar de tener que trasladar madera a 400 o más km en camiones y por rutas en mal estado, es la mayor prueba de agrointeligencia que puede dar el sector. Y con las actuales perspectivas de producción, se estima que esta situación empeorará drásticamente en los próximos años.

En la década de los 90 también recibió un fuerte impulso la producción de carne, por algunas medidas agrointeligentes que instrumentó el gobierno en la primera mitad de la década, liberalizando la actividad, en simultáneo con otras de signo opuesto, como el gran atraso cambiario que padeció el país. En la segunda mitad de la década, la mejora del estatus sanitario completó la mejora del contexto. Después otros gallos cantarían…

Los cultivos de secano durante el siglo pasado parecían tener una “vocación” de autoconsumo. Aunque se llegaron a cultivar áreas importantes, los rendimientos eran bajos, y habían años en que se llegaba a importar trigo porque la producción nacional era insuficiente. Hoy nos abastecemos con la cuarta parte del trigo producido, en parte porque los rendimientos se duplicaron, pero básicamente por la difusión de la tecnología de la “siembra directa” que además de ser más amigable con el ambiente, disminuye los costos en relación a la siembra convencional. Pero el escenario agrícola es dominado por la soja, que en una década pasó de 0 a 1 millón de hectáreas, aunque los rendimientos recién en la última zafra alcanzaron niveles promedio aceptables.

Este “boom” sojero, que es mundial, también responde a la demanda asiática de alimentos, en cantidad y crecientemente en calidad, ya que un alto porcentaje de la soja se transforma en materia prima para la producción de proteínas animales de alta calidad, por medio de raciones para producir leche, huevos, y carne de cerdo y de aves.

Y el gran disparador de esta revolución agrícola mundial, mejoradora de la alimentación de muchos centenares de millones de personas en el mundo, es quizá la muestra de “agrointeligencia” más notable del último siglo: la creación de los organismos genéticamente modificados (OGM), los “malditos transgénicos”

En el 2010, los cultivos transgénicos superaron las mil millones de hectáreas acumuladas en el mundo, solo 15 años después del inicio de su comercialización. Y que se sepa, no se ha reportado (seriamente) ni una sola “muerte por transgénico”. Pero estos datos no le mueven un pelo a los detractores de la tecnología, autoproclamados defensores de los desposeídos del planeta. Ni tampoco el hecho de que en el conjunto de los países en desarrollo, el 90% de los productores que siembran transgénicos, sean pequeños agricultores.

Y esto sin entrar en los temas ambientales, donde los OGM, asociados al uso de glifosato y a la siembra directa, usan menos tierra, menos agua, y menos agroquímicos por unidad de producto generado, en relación a las tecnologías convencionales. Uruguay autorizó el uso de los primeros eventos transgénicos en soja y maíz, con lentitud, a regañadientes, con marchas y contramarchas.

En 2004 los detractores locales de los OGM ponían como ejemplo a Brasil, que no permitía aún el uso de los mismos. Uruguay demoró 5 años en aprobar 5 nuevos eventos, en cambio Brasil, en el mismo plazo, aprobó 27.  Eso sí, la adopción por parte de los productores es inmediata: actualmente en soja y maíz (en los que hay eventos autorizados) el 95% del área se cultiva con OGM.

Pero no nos quedemos con la idea que todo la “agrointeligente” en la agricultura pasa por los OGM. En titulares: la agricultura de precisión, con mapas de aplicación de fertilizantes y otros insumos, lo que ha permitido ir creando una base de datos georeferenciada para la zona agrícola, capaz de optimizar el uso del recurso más escaso, que es la tierra; la adopción de nuevas formas organizacionales y gerenciales para la producción, los logros en el mejoramiento genético convencional (ya mencionados en el caso del arroz) que ha generado materiales locales a los que se le pueden adicionar los eventos transgénicos creados por las empresas transnacionales; las prácticas agronómicas de todo tipo; las rotaciones que asocian productividad con sustentabilidad; la certificación de productos y procesos, y un largo etcétera, son todas áreas en cuyo desarrollo ha sido fundamental el aporte de las Tecnologías de la Información  y el Conocimiento (TICs), que mucha gente considera ajenas a lo agropecuario.

En conclusión

De nuevo: más que una estrategia acertada, creemos que la de la “agrointeligencia” es la única viable para el desarrollo del país, sin desmerecer otros aportes nada antagónicos como pueden  ser las industrias del conocimiento, el turismo, o quizá en el futuro la minería. Y de hecho, el desarrollo que el país ha tenido, tanto en la historia lejana como en la reciente, es de origen agropecuario.

Estamos hablando de un presente con realizaciones concretas, pero sobre todo de un futuro con un gran potencial a desarrollar.

Para que esto se materialice, se necesita, por un lado, que las políticas oficiales sean, en los hechos, estables y coherentes con la visión de país que se ha definido como meta. Y por otro, que se cuente con un sector privado alineado estratégicamente con esos objetivos, y con capacidad empresarial para invertir y adoptar con inteligencia la tecnología disponible, de forma de dar la mejor respuesta a las siempre renovadas exigencias de los mercados.

En estas dos entregas hemos intentado mostrar que, a nuestro juicio, el cumplimiento de la primera condición deja bastante que desear, mientras que el de la segunda se cumple en la medida que las condiciones macroeconómicas lo permitan. Por supuesto que no todo es homogéneo. Hay rubros en pleno auge, como los cereales de secano y la lechería, otros cuyo crecimiento, por distintas razones, se ha detenido o por lo menos enlentecido, como la carne vacuna, el arroz, y la forestación. Pero todos están vivos, buscando permanentemente nuevas opciones productivas, creando asociaciones entre ellos, buscando ampliar y consolidar su desarrollo institucional.

Tenemos el potencial para ser un país desarrollado. Es cierto que es algo que no se logra de un día para el otro, pero tampoco lleva tanto, en una generación puede lograrse y en el mundo existen ejemplos con puntos de partida mucho más bajos que el nuestro. No todo el mundo estará de acuerdo con las medidas a tomar, y muchos productores no podrán o querrán adaptarse al nuevo ritmo, ya sea por imposibilidad de adoptar los cambios necesarios, por convencimiento de que no lo deben hacer, o por simples razones culturales y etarias. Pero tenemos que darnos la oportunidad. Nuestros nietos nos están mirando.

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