La cosa es ponerle fecha

Rodolfo M. Irigoyen
Abril de 2013

Allá por finales de la década de los 90, un prestigioso economista argentino dictó una conferencia en Montevideo sobre la situación económica de su país. Palabra más, palabra menos, empezó diciendo: “Cuando Cavallo instrumentó la convertibilidad, el 90% de los economistas argentinos, entre los que yo me incluía, aseguramos que el sistema era inviable, y que no duraría más de dos años. Sigo pensando que es inviable, pero tiene ocho años de vida, y sigue funcionando”

Por supuesto, dos o tres años más tarde el sistema explotó. Y como siempre ocurre, cuanto más se alarga la agonía con parches y emplastos de todo tipo, mayores y más indelebles son las salpicaduras, en el tiempo y en el espacio, que la explosión genera.

Anunciar crisis no tiene gracia, la cosa es ponerle fecha. Y si además de la fecha, se predice la profundidad, se da alguna idea de la magnitud de la crisis, mayor es el mérito del que hace el pronóstico. Pero como eso es prácticamente imposible, por la infinita cantidad de decisiones y actividades que interaccionan y se retroalimentan condicionando la concreción o no de la crisis, los economistas prudentes se abstienen de hacer ese tipo de anuncios. Los más aventurados suelen hacerlo, y les suele ir como al del párrafo inicial.

Que va a haber una crisis, ya se sabe, las mismas son inherentes al funcionamiento del sistema económico, que es cíclico, pero los ciclos pueden ser de meses, de años, o de décadas, o pueden existir varios “ciclos cortos” al interior de un “ciclo largo”. Pero este mismo sistema  siempre se las ha arreglado para, a la corta o a la larga (tampoco se sabe el plazo) recomponerse. La crisis terminal que, sin disimular el tono esperanzado, algunos reiteradamente anuncian, tampoco ha ocurrido ni se sabe si alguna vez ocurrirá.

La economía y la política

Los parches son económicos, pero los fines son políticos. Asegurar la reelección, del presidente o del partido, siempre es el objetivo final. Por eso, en democracia, los tiempos electorales son determinantes de los tiempos económicos. Por ejemplo, el presidente actual de un país tratará de terminar su período de gobierno sin sobresaltos, y pospondrá por cualquier medio los ajustes que se requieran –apretarse el cinturón siempre es impopular- para evitar una crisis, sobre todo si su partido corre riesgo de perder la elección.

En cambio, si se cree que de todas formas se ganará la elección, para aceptar la postulación el futuro candidato del partido de gobierno le exigirá (a no ser que está desesperado por acceder al cargo) al actual que cambie el rumbo de la política económica, que haga los ajustes necesarios por dolorosos que sean, de forma de dejar la “cancha limpia” al nuevo gobierno que él presidirá. Es decir que tomará sus recaudos para no cargar con la famosa “herencia maldita”.

En base a estos principios generales, y a la marcha de la economía, nadie duda que la Argentina se encamina a una crisis. O mejor dicho, que ya está en plena crisis, aunque aún no haya ocurrido la “explosión” final, con caída del Gobierno y del “modelo” económico.

Y en base a la experiencia histórica, no se duda que poco tiempo después de la crisis argentina, se producirá la uruguaya. También es cierto que la sana globalización que ha experimentado nuestra economía durante lo que va del nuevo siglo, ha disminuido la dependencia del país respecto a la economía argentina, pero esta sigue teniendo importancia, en particular para algunos nichos comerciales que los restos del Mercosur mantienen con vida. Y los vínculos financieros, pero sobre todo los turísticos, siguen siendo muy importantes para nuestra economía, por lo que la crisis de los vecinos para nada nos dejará indiferentes.

No sabemos la fecha ni la magnitud que tendrá, pero sabemos que nos va a llegar. Hasta hace 2 o 3 años, cuando rápidamente nos recuperamos de los daños –relativamente menores- provocados por la crisis del 2008 en el mundo desarrollado, el horizonte de corto y mediano plazo era bastante más despejado. Pero con la nueva década, la cosa empezó a cambiar. La crisis europea se profundizó, las tasas de crecimiento de los países emergentes, en particular China, se redujeron, y la región anda mal. Pero el gran problema está en el plano interno, y las luces amarillas comenzaron a encenderse.

La falacia distributiva

No habrá sido por falta de advertencias, pero lo que no podía pasar, pasó. No hay Esopo ni Lafontaine que valgan, pasamos el verano cantando y en invierno salimos a pedir. Los mejores años del auge económico pasaron y no hicimos nada para mejorar nuestra competitividad, determinante del futuro inmediato de nuestra economía. Los datos del BCU muestran que la competitividad frente al resto del mundo se deterioró, año a año, desde el 2005 a la fecha.

No hicimos nada por disminuir nuestras carencias de infraestructura  (desde el plano oficial, se entiende) y profundizamos nuestros vínculos con las más endebles economías regionales, pero no logramos profundizar el canal Martín García ni el acceso a la banda ancha, que nos vincularían mejor con el mundo. Prácticamente sin ferrocarril, mal de carreteras, con Nueva Palmira al borde del colapso, una gran cosecha de granos como la que se está levantando se percibe antes como un problema que como la excelente noticia que en realidad es.

La DGI trabaja a tiempo completo pero el déficit crece. Se gastan sumas cuantiosas en educación pero la educación no mejora, en desarrollo social pero la marginalidad no disminuye, en salarios pero la conflictividad continúa. El desempleo es bajo, pero téngase en cuenta que los que no buscan trabajo (¿los Ni-Ni?) no están incluidos en el 6 y pico por ciento que enorgullece al Gobierno.

Una cosa que se le debe reconocer a este gobierno, es que rara vez en el Uruguay, tanta gente ha vivido bien, sin hacer prácticamente nada. Pero no pasa un día sin que desde el gobierno, y en particular por medio del primer mandatario, no se reclame o justifique, según sea el caso, la intervención estatal para redistribuír el ingreso, “sacándole un poco al que tiene mucho, para darle al que no tiene nada”. Todo en tono de justicia insoslayable.

Tan generosos en lo adjetivo como ahorrativos en lo conceptual, plantean, como verdad evidente, que “si no distribuye el Estado, ¿quién lo va a hacer?, pasando por alto que la distribución del ingreso es una de las funciones naturales del libre funcionamiento económico.

Pero además con el falaz argumento implícito de que la única manera de que el pobre tenga más, es que el rico tenga menos, el famoso “achicamiento de la brecha”. Falaz, en primer lugar, porque si la economía crece, como lo ha hecho en la última década, tanto ricos como pobres pueden ganar más, aumentan todas las tajadas, porque el tamaño de la torta económica es siempre variable, a diferencia de la de repostería.

Y en segundo término, porque al pobre (discúlpeseme la jerga, pero sigo a la oficial para que nos entendamos mejor) lo que le interesa es que aumente su ingreso real, no que disminuya la brecha que existe con el del rico. A este último, que suele ser un empresario o un inversor, le interesa en cambio que no le quiten en forma injustificada, no porque le vaya “a mover la aguja” en lo personal (acá se cuela otra falacia en tono paternal “que les hace dar un poquito de lo mucho que tienen”) sino porque es una mala señal para su empresa o inversión, y puede desinvertir para buscar vientos más propicios. Y esto sí le mueve la aguja, para abajo, “al pobre”, que más que la limosna redistributiva, le conviene el crecimiento, que es la base del desarrollo, que es pan para hoy y para mañana.

Pero nuestro gobierno no se conforma con estos toqueteos redistributivos, va por más. Y con entusiasmo que no deriva de ninguna evaluación seria de resultados, las empresas públicas incursionan en ámbitos diferentes a sus cometidos originales. Lo de Ancap con Alur viene desde el 2005, aunque el “compromiso político” aducido por el Doctor Vázquez para su creación, hace años que dejó de existir.

Ya no quedan “peludos” macheteros. Se han reciclado –felizmente- a empleados industriales, pequeños productores u oficinistas. La cosecha de caña y de otros cultivos, la hacen los señores John Deere, Massey Ferguson y otros, con sus grandes cosechadoras de medio millón de dólares. Y con 400 millones de pérdidas en el último año, Ancap no solo no elimina o reduce sus aventuras agroindustriales, sino que anuncia su ampliación.

Antel no le va en zaga. Como la Intendencia de Montevideo no pudo hacerlo (nadie se presentó a la licitación), decidió gastar 40 millones en reconstruir el Cilindro y su entorno (con nombre gringo, por supuesto, porque somos modernos). Y sostiene que para nada es algo ajeno a sus funciones.

OSE en tanto, reconoce que el agua contaminada seguirá siendo un problema en Montevideo, porque carece de los 30 millones que saldría instalar el sistema de filtros que lo solucionaría. ¿Y la “Reforma del Agua?” Bien gracias.

En definitiva

Por supuesto que estos ejemplos no agotan la lista. Sobran las muestras del empecinamiento gubernamental en seguir el camino opuesto al que aconseja la experiencia de los países exitosos. En ellos, el Estado funciona como el “gendarme” que asegura las condiciones que dan marco a las transacciones entre los particulares. Como los mercados no son perfectos (nadie postula ese disparate) se necesita de una fuerza pública independiente, que garantice el cumplimiento de las normas, que asegure el funcionamiento del Estado de Derecho, de que lo jurídico esté por encima de lo político.

Por supuesto que estamos lejos de la situación de Argentina o de Venezuela pero la atracción ideológica de estos “modelos” es un peligro latente para nuestra economía. Son países mucho más ricos que Uruguay en recursos naturales, pero empobrecidos por la erosión permanente del “capital social” que representa la confianza y credibilidad en sus instituciones, que nosotros hemos logrado crear, pero que no cuidamos con el esmero que merecen.

Con el agravante de que las amenazas a la preservación de este capital suelen provenir del mayor nivel jerárquico del gobierno, justamente de aquel a quien más debería preocuparle su cuidado. Sabemos cómo terminan esas aventuras. Lo que no sabemos es la fecha, pero el final es conocido.

 

Escrito en la segunda semana de Abril del 2013

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