La cría vacuna en los nuevos escenarios ganaderos

Rodolfo M. Irigoyen

Toda la cadena cárnica vuelve sus ojos hacia la cría, usina básica encargada de generar el creciente número de terneros necesarios para alimentar al resto de la cadena. El sostenido y creciente incremento de la demanda, y por consiguiente de los precios de los productos finales en el mercado externo, encontró ya respuesta en todos los niveles intermedios, y llega finalmente al meollo de la cuestión, a la fase más primaria de la cadena.

El puerto funciona con fluidez, la industria frigorífica aumentó la capacidad de faena y de frío, en parte por una importante y también creciente presencia de la inversión extranjera. A nivel primario la invernada se intensificó disminuyendo la edad de faena –en promedio de 4,5 a 3 años- y mejorando la calidad de la res y los cortes, la recría no ofrece problemas, se está intensificando y lo seguirá haciendo en forma creciente, la suplementación, los silos de grano húmedo y los engordes a corral son moneda corriente en todo el país. Pero ¿y la cría?

Y además la cadena está mucho mejor articulada. La industria frigorífica pasó, de tener serios problemas de financiamiento, a ofrecer diferentes fórmulas de pago, incluyendo el contado, y el sistema de cajas negras da mucho más transparencia y seguridades tanto a los productores como al sector público. Los procesos comerciales se han modernizado haciéndose más baratos y eficientes, los remates por pantalla han marcado un hito en ese sentido. En síntesis, las expectativas de ganancia en una fase productiva pasan cada vez más por la eficiencia del propio proceso que por las posibilidades de pérdida de la otra fase. Las relaciones económicas entre criador e invernador, o el de estos con la industria son mucho más armoniosas y el relacionamiento del tipo ganar-perder (o de suma cero) se ha convertido en ganar-ganar.

Taponada por razones sanitarias la posibilidad de importar terneros desde la región, y por razones biológicas las de aumentar el número de terneros en cada gestación de la vaca –la prolificidad es patrimonio de especies menores como los ovinos- solo queda la posibilidad de la expansión horizontal, el principal mecanismo que ha sido utilizado hasta el momento.

Hasta hace poco tiempo los ovinos fueron la especie desplazada por las vacas. Durante toda la década del 90 y con altibajos en la primera mitad de la del 00, la relación ovino/vacuno varió desde el 2:1 histórico hasta el 1:1 actual, lo que implicó una disminución de 10 millones de ovinos y el aumento de 2 millones de vacunos en las existencias promedio. Las diferentes realidades económicas de la producción de carne y de lana fue sin duda la causa de este cambio estructural.

Pero reducido el número de ovinos a lo que parece algo cercano a un mínimo funcional a las explotaciones mixtas y limitados básicamente a las zonas de menor aptitud y por consiguiente de menores usos alternativos, esta vía de expansión por sustitución de especies parece agotada. Pero más importante que esto: el agresivo crecimiento de la agricultura en las zonas de mayor potencial y de la forestación en las de menor aptitud productiva, no solo no dejan crecer el área ganadera sino que la obligan a pasar a la defensiva. Y la lechería no cede terreno, en una coyuntura de precios excepcional, busca expandirse presionando también sobre las áreas ganaderas.

Bloqueada entonces la posibilidad de expansión por sustitución de rubros e imposibilitados de importar terneros[1] por razones sanitarias, frigoríficos e invernadores reclaman “que se haga algo” para aumentar la oferta de los mismos. Argumentan –acompañados por muchos técnicos del sector- que la cría no ha reaccionado a los estímulos económicos como sí lo han hecho la recría y la invernada, constituyéndose en el cuello de botella que limita el crecimiento sectorial.

No todos coinciden con el diagnóstico anterior. Los que no lo compartimos sostenemos que el productor criador reacciona con la misma racionalidad que los demás, pero que la cría es un proceso diferente y debe entenderse en toda su complejidad. Claro que para crecer se necesitan más terneros, pero estos se producirán cuando las condiciones microeconómicas de los predios criadores así lo determinen –y por un período de tiempo no menor a 2 o 3 años- y no cuando lo requieran los invernadores o los frigoríficos. Intentaremos entonces enfocar el problema desde una perspectiva microeconómica.

Dentro de la producción vacuna (lo de “bovinos” como sinónimo de “vacunos” es un error taxonómico que no por difundido hay que dejar pasar[2]) se pueden definir 3 fases que pueden darse por separado o en conjunto: la cría, la recría y el engorde o invernada. Estos 3 segmentos del proceso productivo tienen inamovibles diferencias en lo que a eficiencia biológica se refiere. De mayor a menor, esa secuencia de eficiencia es: recría>invernada>cría.

La cría, que incluye el entore, la gestación, el nacimiento y el amamantamiento del ternero, es el proceso biológicamente menos eficiente, porque por cada kilo de “producto cría” que se logra para la venta, se debe mantener una cantidad mayor de kilos como máquina productiva. En números redondos, con 80% de destete, y para vender anualmente 40 terneros y 20 terneras (otras 20 van a reposición) y como “subproductos” 20 vacas y 1 toro de refugo [3], hay que mantener todo el año a 100 vacas, 4 toros y 20 vaquillonas de sobreaño, además de los terneros durante medio año. Unos 9.000 kg de “producto” y otros 8.500 de “subproductos” de la cría -17.500 en total- para lo que hay que mantener unos 47.000 kg en promedio durante el año. Es decir una relación producto/insumo del orden del 37%.

En la invernada (incluyendo recría) comprando terneros de 150 kg y vendiendo novillos de 3,5 años de 550 kg, se mantienen unos 1.100 kg para vender 550, lo que da una relación producto/insumo del 50%. Si en la cría hay que mantener 100 para obtener 37 y en la invernada manteniendo 100 se obtienen 50, surge que el precio relativo de equilibrio, tomando el valor del gordo como 100, debería ser para el “producto cría” de 135. Pero como la cría produce kilos de ternero y kilos de vacas de invernada, y como el precio de estas últimas es menor al de los terneros, el precio relativo de equilibrio debe ser mayor al calculado, digamos de 140.

Entonces, (si todo fuera aritmético) y en base exclusivamente de las relaciones producción/mantenimiento, solo cuando el kilo de ternero valiera un 40% más que el kilo gordo, los procesos de cría y de engorde, en las condiciones planteadas, serían económicamente equivalentes. Mientras no se llega a esa relación de precios, al criador abocado a mejorar su resultado económico aumentando su productividad, por ejemplo con mejoramientos, le convendría más realizar en los mismos alguna actividad de recría (de los terneros/as) o de engorde (de las vacas de refugo) que aumentar el porcentaje de destete. Por lo tanto, si el razonamiento anterior es correcto, el 64-65% de destete promedio del país no aumentaría hasta que una relación de precios del tipo de la anterior se alcance y se mantenga en el tiempo.

¿No se puede entonces aumentar el número de terneros? Sí, y ya se ha hecho, por 2 caminos coincidentes: aumentando el número de vacas de cría (en los últimos 10 años pasaron de 3,5 a 4,1 millones) y bajando la edad de entore, lo que implicó que, aunque el porcentaje de destete no haya aumentado, sí aumentó el Parámetro de Eficiencia Reproductiva (PER) [4] pasando en el mismo período del 38 al 45% (Caputi y Murguía, 2002). Ambos efectos explican el aumento desde 2,1 a 2,6 millones de terneros en el mismo período. Entonces ¿por qué camino seguir aumentando el número de terneros?

Vimos que, hasta ahora, el aumento se debió al incremento del número de vacas de cría, que aumentaron por sustitución de los ovinos y por rejuvenecimiento del stock (la edad promedio de faena de novillos pasó de 4,5 a 3 años), que, a igual porcentaje de destete, implica mayor PER. Pero también vimos que el primero de estos caminos estaba bloqueado por la competencia de los otros rubros agropecuarios, y el segundo ya dio un gran salto, pero el porcentaje de destete sigue constante.

Aumentar el porcentaje de destete tiene un “techo biológico” al que los productores “de punta” prácticamente han llegado, pero no todos los productores podrán llegar al mismo o les interesará hacerlo. En promedio, el porcentaje de destete podrá tener algún incremento (muy variable según el año) pero no parece ser la solución para un aumento significativo del número de terneros que permita mantener y aumentar la faena actual. Si tuviera un gran incremento promedio, digamos de 65 a 75% [5] se producirían 400 mil terneros más, solo un 15% del total faenado en el 2006. Considerando la capacidad ociosa de faena que existe en la industria, y la sostenida demanda externa, ese aumento seguramente sería absorbido por el aumento de la faena que se constataría en el mismo período. O sea que subiríamos un escalón y volveríamos a estar en las mismas.

En conclusión, para lograr aumentos importantes y sostenidos del número de terneros, es imprescindible aumentar el número de vacas de cría. Pero vimos que ese camino estaba bloqueado. Pero esta conclusión tiene un supuesto implícito: siempre asumimos que la cría tiene que ser un proceso extensivo. Discutimos si 100 vacas tienen que producir 65 o 75 terneros, pero no discutimos si en el lugar en que ponemos 100 vacas, no podemos poner 200 o 300, que sigan produciendo lo mismo.

Si se mantienen en forma sostenida las altas relaciones de precio ternero/novillo mencionadas antes, seguramente aumentará la dotación de vacas, para lo cual se les deberá dar acceso a mejoramientos, suplementar, generalizar el destete precoz, etcétera. ¿Existe el potencial para hacerlo? Por supuesto, incluyendo los animales necesarios para hacerlo a corto plazo: las vaquillonas sin entorar pasaron de 1,4 a 1,8 millones entre 2002 y 2006 y están ingresando a la fase reproductiva. Y esto ocurrirá porque las reglas del mercado se encargarán de hacerlo, y el que no pueda cumplirlas, irá quedando marginado, como ocurre ahora con los invernadores menos eficientes, que no pueden pagar lo que valen los terneros para reposición.

Dejamos de pensar en la cría como una actividad extensiva, y empecemos a pensar en darle de comer a 2 o 3 o más vacas por hectárea como ya se hace con los novillos, o incluso ¿por qué no pensar en la estabulación parcial para entorar vaquillonas de 18 meses y asegurar el 90% de preñez de las vacas? Cuando se levante la primera restricción que es la nutricional, también irán mejorando otros aspectos de los procesos productivos, como ser la mejora genética, la definición de un biotipo materno no muy grande para que mejore la relación producto/mantenimiento, no se harán “ahorros” en toros o sanidad, que representan un porcentaje menor del total de costos pero inciden en forma importante en el resultado productivo. Quizá incluso en pocos años se podrá hacer económicamente viable la tecnología del semen sexado, ya existente pero muy cara, que puede significar un salto cualitativo, tanto en la producción de carne, priorizando la fecundación con “espermatozoides machos”, como en la lechería haciéndolo con “espermatozoides hembras”.

Para que todo este dinamismo pueda materializarse, es necesario una cada vez mayor articulación, no solo de la cadena cárnica, por ejemplo con acuerdos entre criadores e invernadores (o engordadores a corral) para la provisión de categorías de reposición de forma de minimizar riesgos y asegurar la provisión de materia prima, o similares entre invernadores y frigoríficos, sino también la articulación de las distintas fases ganaderas con la agricultura. La dinamización agrícola deja cada vez más subproductos utilizables por el ganado, pero además necesita intercalar cultivos de residuos voluminosos por razones de sostenibilidad ambiental debido al aporte de materia orgánica que estos hacen al suelo. Y los mejores cultivos para cumplir este objetivo son el sorgo y el maíz, cuyo aporte a la alimentación animal es fundamental.

La ganadería le aportará además a la agricultura la posibilidad de tener demanda local para su producción de granos –lo mismo podrá ocurrir con los biocombustibles- con lo que se hará posible la producción agrícola en zonas alejadas de los mercados finales, o con problemas de infraestructura para sacar la producción. En una palabra, actividades dinámicas que compiten por el recurso escaso, la tierra –eventualmente también por el agua- tienen la posibilidad de complementarse y potenciarse mutuamente. En la medida que las condiciones económicas que lo hacen factible se mantengan, esos efectos simbióticos pueden llegar a multiplicar, en forma insospechada, tanto la producción de carne o leche como la de granos. Y otro tanto puede decirse de la integración arroz-ganadería, conocida y practicada desde hace años, pero que hasta ahora, no mostraba en forma consistente el dinamismo necesario para expresar todo su potencial productivo.

Por supuesto que serán pocos los productores que puedan acceder a estos niveles de productividad en forma individual. Las asociaciones al interior de la cadena y con otras cadenas proveedoras de insumos o compradoras de productos, y con otras pertenecientes al sector primario como lo ya mencionado en el caso de la agricultura pero también con la forestación, serán posibles en la medida que los productores puedan organizarse, no para repartir la miseria, sino para acceder a oportunidades de negocios y acceso a servicios que posibiliten la incorporación tecnológica que genere los incrementos de productividad que hoy son posibles. La operación en redes de servicios y negocios irá sustituyendo al conservador individualismo que caracteriza a las actividades rurales.

Para que el 2020 nos encuentre ante un panorama como el esbozado líneas arriba respecto a la cría vacuna, de modo que sea la base primaria para todo un desarrollo ganadero y agroindustrial, muchas condiciones tendrán que darse, algunas las podemos prever ahora, otras irán surgiendo a lo largo del tiempo. Las más evidentes son el respeto a los mecanismos de mercado, responsables en gran medida del desarrollo sectorial actual, otro sin duda que es el mantenimiento y mejora de nuestro estatus sanitario, de forma de no perder competitividad por restricciones de mercados. Completar el proceso de trazabilidad de los vacunos e incursionar en forma temprana en los temas de bienestar animal y de buenas prácticas agrícolas, sin duda serán también imprescindibles, lo mismo que la mejora y la descentralización de cursos de capacitación de nivel medio y superior, porque tenemos –aunque nuestro imaginario colectivo piense lo contrario- serias restricciones en lo que a capital humano se refiere.

Debemos tener claro que estamos entre países de gigantesco potencial para la producción de carne con los cuales –avatares políticos mediante- debemos competir en los mercados internacionales, y todo lo que dijimos sobre las asociaciones también se les aplica. Por lo tanto es muy importante que nos mantengamos siempre un paso delante de ellos para poder competir favorablemente por calidad, porque por escala productiva no tenemos ninguna posibilidad de éxito. Hoy eso nos lo da el estatus sanitario, pero ellos también lo pueden lograr. Otros elementos pasarán a ser determinantes de la calidad, y tenemos que ser los primeros en poder asegurárselos a nuestros clientes. Y por último, una política comercial que optimice nuestra inserción en los mercados externos, también es condición esencial para que todo nuestro potencial de producción pueda manifestarse.

 

[1] Lo que no deja de ser una suerte, porque toda la demanda de la cadena dinamiza nuestra cría y no la de los vecinos. Además, si se pudieran importar terneros, sería porque los vecinos tendrían igual o mejor estatus sanitario, y tendríamos mucho mayor competencia en los mercados compradores

[2] La Familia de los Bóvidos o Bovinos incluye a las Subfamilias de los Vacunos, Ovinos, Antílopes y Cabras.

[3] Para simplificar no se toma en cuenta la mortandad, algo mayor en hembras que en machos

[4] El PER es un indicador más preciso de la eficiencia reproductiva que el % de destete, porque indica el número de terneros destetados en relación al total de hembras en edad reproductiva.

[5] Eso implicaría que todas las vacas, en vez de parir 2 de cada 3 años como hasta ahora, pasen a hacerlo 3 de cada 4 años, lo que parece algo cercano al “techo biológico” para el conjunto del país.

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