La nueva ruralidad

El País Agropecuario
Agosto del 2008

Las visiones tradicionales

El título no tiene nada de novedoso. La “nueva ruralidad” ha sido un tema recurrente en los foros de Desarrollo Rural durante las dos últimas décadas, y alcanza una rápida visita a Internet para comprobarlo. Pero el brusco cambio de tendencia de los precios de los productos primarios en lo que va del Siglo XXI, respecto a la que habían mostrado durante toda la segunda mitad del Siglo XX, amerita, a nuestro juicio, una revisión crítica de estos conceptos. A continuación, esbozaremos algunos elementos para la discusión de los mismos.

Empecemos por repasar el concepto de “ruralidad”. Este concepto trasciende lo productivo agropecuario, reconociendo los vínculos tradicionales de suministro de alimentos y materias primas a “lo urbano”, pero agregando también la provisión de otros bienes y servicios, como los turísticos, ambientales y culturales.

Pero la ruralidad no se limita a describir los intercambios entre el campo y la ciudad. Incluye también el análisis de todos los aspectos esenciales al desarrollo de la sociedad rural, como el ordenamiento territorial, la salud y la educación de su población, sus rasgos culturales, o la creciente importancia de los servicios en su estructura productiva. Es decir que pertenecen a “lo rural” tanto la producción de carne o de soja, como la escuela rural, el Sistema Nacional de Áreas Protegidas, la Exposición del Prado o la Patria Gaucha tacuaremboense.

La “nueva” ruralidad de las décadas de los 80 y los 90, reconocía esta visión abarcadora de la sociedad rural. Para designarla con una palabra, se acuñó lo de la “multifuncionalidad” de la agricultura[1].

Superaba así a la “vieja” ruralidad, que además de la tradicional provisión de alimentos y materias primas del campo a la ciudad, solo veía la relación entre lo rural y lo urbano como el tránsito de lo atrasado a lo moderno, de la producción primaria a la industrial, de los emigrantes rurales a los inmigrados urbanos.

Pero a pesar de la superación de esta “vieja” visión, la “nueva” ruralidad de fines del Siglo XX, seguía siendo tributaria, al menos en el ámbito latinoamericano, de una percepción de la estructura productiva derivada de la teoría del “deterioro secular de los términos de intercambio” entre productos agrarios e industriales, pilar, a su vez, del pensamiento estructuralista.

El agro, y por extensión los países de base agraria, eran víctimas, en lo económico, del saqueo de sus recursos naturales, situación compatible, en lo social, con el carácter campesino de su población. Visión esta desarrollada en países de fuerte base agraria campesina, como México o Brasil, y que en Uruguay –que es la antítesis- adoptamos con ligereza.

La ruralidad del siglo XXI

¿Qué tiene entonces, de realmente “nueva”, la ruralidad del Siglo XXI?  Partiendo de la aceptación de la visión abarcadora que trasciende lo meramente productivo, ya imperante en las décadas previas, lo que ha cambiado radicalmente en la actualidad es el marco económico en el que se desarrolla y a su vez determina la ruralidad, donde la relación de los términos de intercambio se ha revertido bruscamente, transformándose el deterioro en mejora, la caída en alza, la pérdida en ganancia.

No es necesario insistir sobre las causas que dispararon la demanda mundial -y con ella los precios- de los productos primarios, en especial de los alimentos. El desarrollo económico de los grandes y superpoblados países asiáticos, la demanda por biocombustibles y la progresiva disminución de los subsidios agrícolas en los países desarrollados[2], son considerados los tres principales generadores del sostenido incremento de los precios de los alimentos. Los expertos esperan una probable estabilización, una vez desaparecidos los componentes especulativos hoy existentes, en una “meseta”  a niveles equivalentes a los existentes hace 3 o 4 décadas.

De todos los países del mundo, Uruguay es uno de los países más favorecidos por estos procesos. Conviene aclarar: el Uruguay, todo el país, no solo los productores agropecuarios. La elevada competitividad de nuestro país en la producción de alimentos le permite capitalizar todos los efectos positivos del incremento de la demanda mundial.

Por otra parte, su escasa población determina una reducida “factura” alimentaria, lo que deja un saldo ampliamente positivo como exportador neto de alimentos. En efecto, exportamos más del 90% de la soja y el arroz que producimos, el 80% del pescado, el 70% de la carne, los lácteos y los cítricos, y proporciones menores, pero también con saldo positivo, de otros alimentos. De otros productos primarios no alimenticios como la lana, la madera y los cueros, también se exportan proporciones mayores al 90%.

La respuesta de nuestro sector primario y agroindustrial a los estímulos de la demanda, ha sido categórica. La gran intensificación de la producción por adopción de tecnología, hizo que entre el 2001 y el 2007 el PBI agropecuario haya crecido al 9,5% anual, lo que implica su duplicación. Y las exportaciones crecieron al 14% anual, aumentando en el período un 120%, hechos inéditos en el país desde que se llevan registros.

Y este año crecerán mucho más. Y aunque el “efecto precios” ha sido determinante de este crecimiento, cerca de la mitad del mismo se debe al aumento de la productividad, que con diferentes intensidades, se ha dado en todos los rubros. Las cadenas agroindustriales son el motor de la economía, atraen crecientes inversiones extranjeras y nacionales, y probablemente expliquen en la actualidad más de un tercio del PBI y del empleo, además de generar un importante poder multiplicador en el área de los servicios.

En este escenario, y aunque al interior del sector agropecuario existe una gran heterogeneidad de empresas, es evidente que cualquier emprendimiento rural requiere, cada vez más, de una elevada dotación de capital. El elevado costo de la tierra,  ya sea en propiedad o en arrendamiento, y el de todos los insumos productivos, en particular los derivados del petróleo (combustibles, fertilizantes, fletes, etc), elevan sustancialmente los costos de producción.

Se trata por lo tanto de producciones cada vez más caras, y que cada vez conviene hacer a mayor escala. Las empresas que tengan la capacidad de producir con menores costos unitarios, por su escala y su nivel tecnológico, serán las más competitivas. En pocas palabras, se trata de actividades que cada vez son más intensivas en el factor capital.

Los pequeños productores

En nuestro país, el 74% de los predios se definen como de “Agricultura Familiar” (DIEA- MGAP, Censo 2000). Pero esta definición se basa en el origen de la mano de obra predominante en el predio, no implica en absoluto que se trate de productores campesinos o de autoconsumo. Son predios capitalistas, en el sentido que producen fundamentalmente para el mercado. Pero son, por lo general, pequeñas empresas, cuya mayor restricción es la escasez de capital. Precisamente, el factor productivo cada vez más determinante de la competitividad.

Hay consenso en nuestro país –igual que en muchos del mundo- sobre la necesidad de evitar la emigración de esos pequeños productores hacia la ciudad, por todo lo que ello implica de desarraigo, de marginación de los procesos productivos, de las dificultades de reinserción en un medio urbano muchas veces hostil. En una palabra, de pérdida de su estilo de vida. Estamos de acuerdo en el “que”, más difícil es ponerse de acuerdo en el “cómo”.

Creemos que no se trata ya de las tradicionales acciones de “ayuda al campesino”, como subsidiar el acceso al crédito, a los insumos, a la tecnología. En primer lugar porque esas acciones han demostrado ser bastante ineficientes como herramienta para la mejora de la productividad y por lo tanto de las posibilidades de permanencia en el sector productivo. Se transforman en una máscara de oxígeno, no temporal, como se pretende que sea, sino permanente.

Y en segundo término, porque con los actuales valores de la tierra, muchos pequeños productores poseen un capital de centenares de miles de dólares, y es socialmente muy difícil justificar la necesidad “de ayuda” a ese productor, por parte de una sociedad en la que la gran mayoría de sus integrantes ni sueñan con poseer esa cantidad de dinero.

Pero algo hay que hacer, porque en el agro de hoy, un capital de esa magnitud es claramente insuficiente para generar un nivel de ingreso genuino que la permita, al pequeño productor y su familia, vivir decentemente en el predio. La solución fácil, “que liquide y se vaya” nos vuelve al punto de salida.

Otra opción a desechar es la búsqueda de soluciones que derivan del supuesto antagonismo entre grandes y pequeños productores. Lo que existe más bien es complementariedad donde los grandes lideran la innovación tecnológica y la organización en redes, que los favorece a todos.

La “lucha de clases” en el agro no existe ni soluciona nada, su única utilidad es la de proveerle de votos rurales y también urbanos al que la plantea, por la natural tendencia de la gente a solidarizarse con el más débil.

Aunque no hay recetas, más que repartir cosas a costillas del conjunto de la sociedad  o del recorte de los ingresos de los más grandes, con el consiguiente riesgo de “corrupcidio” (término proveniente de la vecina orilla que significa “subsidios + corrupción”) el camino parece ser el de apoyar la transformación de los pequeños productores, de capitalistas individuales, a capitalistas integrados a los procesos productivos de mayor escala y más eficientes, como empleados o prestadores de servicios.

Y en este sendero, nada fácil por cierto, el papel del Estado es fundamental. Pero no se trata del Estado paternalista y clientelístico, que reparte bienes ajenos a cambio de votos. Esa es la tradicional, y la más fácil. El Estado moderno lidera las acciones tendientes a la igualación de las oportunidades, en primer lugar a través de la educación, dándola en cantidad y calidad.

Ese ejemplo extraordinario que es el Plan Ceibal debe multiplicarse a nivel secundario, de carreras técnicas y universitarias, no necesariamente repartiendo computadoras, pero si dotando de las carreras adecuadas, los docentes idóneos y los equipamientos acordes con el nivel tecnológico requerido por los procesos productivos actuales.

En segundo nivel podría mencionarse el de la creación de infraestructura, donde los déficits son importantes, y el ferrocarril es el ejemplo más patético. Un buen desarrollo infraestructural es un elemento dinamizador pero también igualador de oportunidades para los que no tienen posibilidades propias de solucionar las carencias existentes.

La lista es larga, y no se trata de agotarla. Podría seguirse con la salud y la correspondiente infraestructura hospitalaria, con los programas de reconversión, con las posibilidades de acceso a Internet y por su intermedio al trabajo en redes, para la capacitación, la comercialización, la innovación, la coordinación y prestación de servicios, etc.

En definitiva

El Siglo XXI nos presenta una nueva ruralidad, con las características multifuncionales de la previa, pero en un contexto económico de creciente prosperidad y dinamismo del sector agropecuario.

Las consecuencias indeseadas -inherentes a estos procesos- de marginación de pequeños productores de la actividad productiva, adquieren por lo tanto características diferentes, al existir cada vez más oportunidades de reinserción generadas por el dinamismo sectorial.

Esta fortaleza debe ser bien direccionada, sin caer en viejos vicios, y sabiendo aprovechar el enorme potencial que la innovación tecnológica proporciona. Educación, capacitación, infraestructura, trabajo en redes de empresas productivas y de servicios, parecen ser los senderos que deberíamos transitar, para mejorar la equidad y generar la consciencia que preserve y aumente la sustentabilidad de los procesos.

 

[1] Término muy usado entonces en Europa para fundamentar la necesidad de subsidiar, por distintos medios, a la producción agropecuaria, ya que la misma cumplía muchas otras funciones además de la producción de alimentos, como la ocupación territorial, la preservación del ambiente y la cultura rural, etc

[2] “Industrializados” como sinónimo de “Desarrollados” es una categoría que, en la era del conocimiento, cada vez tiene menos sentido

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