La oveja en la encrucijada

El País Agropecuario
Julio del 2008

 Al Profesor Santos Arbiza, por su más de medio siglo de docencia en ovinos

 

El contexto ambiental…

Los ovinos son originarios de las regiones áridas del Asia Menor y del entorno del Mar  Mediterráneo. La extraordinaria plasticidad de la especie le permitió adaptarse a regiones cada vez más húmedas –y por consiguiente con mejores niveles nutricionales- hasta llegar, en el extremo, a desarrollar biotipos adaptados a ambientes tropicales. Pero el aumento de la temperatura y la mayor humedad promueven también el desarrollo de los parásitos, lo que genera problemas sanitarios que limitan la productividad del animal y deterioran la calidad de la lana.

Por eso las lanas de mayor calidad, originadas en distintos biotipos derivados de la raza Merino, se producen principalmente en regiones secas de Australia, Sudáfrica y Argentina. A medida que aumenta la humedad y con ella la producción de forraje, el carácter lanero va perdiendo importancia, aumentando como contrapartida la productividad carnicera –de mayores requerimientos nutricionales- llegando al extremo de las razas tropicales que son exclusivamente carniceras, pues no tienen lana, sino pelo.

En estos temas, como en casi todo, Uruguay es término medio. Nuestro clima templado (pero de carácter errático) permite el desarrollo de diferentes biotipos, desde los más laneros a los más carniceros, aunque para la especialización en lanas finas, nuestra pluviosidad superior a los 1.000 milímetros anuales representa una restricción no menor [1].

Como además del clima también han sido erráticos los mercados y nuestras políticas económicas, en parte por el clima y en parte por la economía, nos hemos especializado en las razas “doble propósito”, como forma de minimizar riesgo y por esta vía asegurar rentabilidad –no la máxima, pero si relativamente segura- en el largo plazo. Si no fuera paradójico, podría decirse que nos especializamos en la no especialización.

…y económico

Pero los tiempos cambian. En esta década se ha agudizado una tendencia ya iniciada en los años noventa, según la cual la demanda mundial de los productos ovinos se orienta crecientemente hacia lanas cada vez más finas, o hacia carne de cordero, ambos productos de primera calidad, y por consiguiente de altos precios.[2] La demanda de lanas de finuras medias y gruesas es declinante porque se sustituye por otro tipo de fibras mas baratas.

Y en el sector cárnico, la de cordero es la carne más apreciada por su terneza y menor contenido graso. Todo lo cual pone en jaque a nuestra tradicional producción “doble propósito”, haciendo cada vez más imperativa la especialización en los extremos lanero o carnicero, o manteniendo el doble propósito pero con la lana más fina posible.

Pero otra amenaza se cierne, no ya sobre el sistema de producción, sino sobre la propia sobrevivencia del rubro ovino en el Uruguay. Un conjunto de fenómenos económicos interrelacionados, que se nuclean en torno a tres ejes definidos por:

a) el enorme incremento de la demanda de alimentos y materias primas derivado del acelerado crecimiento económico de los grandes países asiáticos;

b) por la crisis del petróleo, y

c) por la consiguiente demanda de fuentes alternativas de energía, en particular los agro combustibles, ha desatado una demanda por tierras para la producción ganadera, para el cultivo de cereales y oleaginosos y para la producción maderera, que ha trastocado radicalmente la ecuación económica de los establecimientos rurales.

Veamos algunos datos muy ilustrativos:

 

Margen Bruto por hectárea, a precios actuales:

Con sorgo de 6.500 kilos:       US$ 520

Con soja de 2.800 kilos:         US$ 541

Con lechería de 4000 litros:   US$ 714

Con Carne de 200 kilos:         US$ 110

Fuente: Ing. Miguel Lázaro, Abril/08, en base a información de Fucrea

 

Son rendimientos altos, en todos los rubros, pero aunque se redujeran, seguramente el orden sería el mismo: la agricultura y la lechería son, en la actualidad, mucho más rentables que la ganadería [3]. Y al interior de la ganadería, el margen bruto promedio de la producción ovina es menor al de la vacuna.

Competencia o convivencia

Ante este escenario de competencia por la tierra, la viabilidad del rubro ovino quedará restringida a los sistemas productivos más especializados y eficientes y que, a la vez, minimicen la competencia frente a los otros rubros. Descartando que los ovinos puedan competir –a no ser en casos excepcionales- en pie de igualdad con los demás rubros agrícolas, forestales y ganaderos, la ovinocultura especializada deberá lograr una “convivencia pacífica”, básicamente con la ganadería vacuna.

Es interesante observar que las buenas empresas ganaderas ovejeras, las que se destacan por el resultado económico del rubro ovino, y son descriptas como casos exitosos de adopción tecnológica para este rubro, son empresas de ciclo completo que presentan relaciones ovino/vacuno del orden de 1 a 1, es decir que no se trata de empresas netamente ovejeras.

Si esa relación se lleva a Unidades Ganaderas, implica que del total de los recursos forrajeros, menos del 20% se destina a los ovinos, y más del 80% a los vacunos. Si se corrigiera además por la distinta calidad de los recursos forrajeros que se destina a uno y otro rubro, probablemente esa diferencia aumentaría, y lo recibido por los ovinos, en términos de nutrientes totales producidos en el predio, sería de poco más del 10%.

Esto demuestra que los ovinos pueden no solo sobrevivir sino también ser competitivos, como socios menores de la ganadería vacuna. Porque con presiones relativas de pastoreo de ese orden, los ovinos, más que competir con los vacunos, los complementan, tanto por los hábitos de pastoreo como por la selección botánica que ambas especies realizan.

Y si se las entiende como actividades complementarias, pierde sentido la comparación en términos de márgenes brutos de una y otra producción. Porque el margen por hectárea de la producción conjunta, sería mayor que el de tener solo vacunos, y por supuesto mayor aún que el de tener solo ovinos.

Si esta es la estrategia que en el escenario actual hace viable una “convivencia  pacífica” entre vacas y ovejas, deberíamos olvidarnos de algún objetivo perseguido hasta ahora por las instituciones vinculadas al rubro ovino, como el de “la recuperación del stock”, y cambiarlo por el del “mantenimiento del stock”.

Porque además, este agregado ganadero vaca/oveja, deberá a su vez alcanzar una “coexistencia pacífica” con los rubros de mayor rentabilidad: agricultura y lechería en las tierras de buena calidad, y forestación en las de menor potencial.

Asociarse, no enfrentarse

¿Cómo lograr que la coexistencia sea pacífica si los distintos rubros compiten por el mismo recurso escaso, que es la tierra? Para que exista y sea pacífica, la única posibilidad es que sea simbiótica.

El silvopastoreo, aunque hasta ahora no ha sido investigado seriamente en el país, muestra resultados empíricos muy interesantes, ya que el abrigo y la sombra abundante, generan un hábitat que mejora el resultado productivo del ganado, a la vez que este, mediante el pastoreo, elimina, o por lo menos disminuye, la necesidad de limpiezas de caminos y cortafuegos, bajando los costos de mantenimiento del bosque, además de aprovechar las pasturas de las zonas bajas, de buena productividad forrajera, que por ser demasiado húmedas en general no se forestan. Claro que esto implica inversiones adicionales en alambrados, diferente manejo del ganado, etc.

En los predios donde entra la agricultura, los cultivos marginan a la ganadería a los suelos de menor potencial. Pero la posibilidad de incorporar pasturas en las rotaciones mejorando de paso la sostenibilidad ambiental, y la posibilidad de destinar algún porcentaje reducido de la agricultura a generar alimento para el ganado o corderos en engorde (silos, fardos, etc) puede compensar aquella reducción, incluso mejorando la disponibilidad y la calidad de la alimentación animal.

Por supuesto que todo esto depende de relaciones de precios y rentabilidades relativas corregidas por riesgo, pero es una posibilidad real que está disponible. Los predios puramente agrícolas, al estilo de la pampa bonaerense, son muy escasos en el Uruguay, tanto por razones topográficas como de calidad y sostenibilidad de los suelos, por lo que la existencia de cierto “componente ganadero” es lo habitual en cualquier predio agrícola.

¿Qué ovejas, y en dónde?

Planteadas las cosas en estos términos, la producción ovina se encuentra en una encrucijada. Tiene que especializarse en la producción de lana fina o de carne de cordero, en ambos casos, de la mejor calidad. Para ello, y ante la competencia por la tierra de otros rubros más rentables, debe replegarse territorialmente, a hábitats específicos para esas producciones y donde pueda competir en condiciones más favorables: los suelos más duros y de menor producción de forraje en el caso de la lana fina, y hacia suelos de buena productividad, probablemente con cierto aporte agrícola, para la producción intensiva de carne de cordero.

En ambos casos, recurriendo al paquete tecnológico disponible, a ser aplicado integralmente. Esto quiere decir, entre otras cosas, que la raza ovina no puede ser una especie de “coto privado”, como si fuera la religión del productor, y no entrara en la discusión.

Se deben buscar los biotipos más adecuados a cada tipo de producción, sin preconceptos ni temas tabú, en el mismo plano en que se busca el mejor manejo o la mejor sanidad. Como se remarcó en el Seminario de Mejoramiento Genético desarrollado en Junio pasado en Termas del Arapey “si quiere obtener resultados diferentes, no haga siempre lo mismo”

Y por último, si se pretende, desde perspectivas personales o institucionales, defender al rubro ovino, no se lo puede hacer en base a argumentos que la realidad demuestra que son erróneos, y solo se sostienen con voluntarismos inconducentes. Tal el caso de las viejas explicaciones del tipo “cómo no van a estar los ovinos como están, si se los tiene en el último potrero, sin acceso a mejoramientos, con bajos niveles reproductivos, etc”

Esa visión, que es correcta desde el punto de vista agronómico, debe incorporar la imprescindible perspectiva económica. Cuando se hace, se demuestra que eso no es la causa, sino  la consecuencia. Si se los tiene en un plano secundario, o sumergidos, es porque de ellos se espera, a igual nivel de inversión y esfuerzo, un retorno menor, o nulo, frente al que se espera con otra producción alternativa, generalmente los vacunos.

Explicarlo al revés, presupone que el productor prefiere perder plata a ganarla. Y eso no es así, sea cual sea el tipo de productor: bueno o malo, innovador o conservador, con propensión al gasto o al ahorro, eficiente o ineficiente, grande o chico.

Cualquier tipología que se adopte, tiene en común el hecho de que la actividad se realiza en busca de ganancias. Si la de los ovinos es mayor, y se los castiga productivamente, se estaría yendo en contra de ese principio. Es el viejo razonamiento estructuralista que presupone la irracionalidad del productor en la toma de decisiones.

Y no vale el consabido argumento de que produciendo mejor, los ovinos dan mayor ganancia. Porque lo que está en discusión son las ganancias relativas, no las absolutas. Si ese mayor esfuerzo productivo se aplica a la otra especie, también da más ganancia. Cambian los valores absolutos de ambas, pero no la relación entre ellas.

En el Seminario de Mejoramiento Genético del INIA y el SUL ya citado, estos temas subyacían a la discusión sobre genética ovina. Es oportuno explicitarlos, y discutirlos, porque determinan el contexto en que esas sendas de mejora se deben enmarcar.

Existieron muy interesantes aportes que mostraron todo lo que se puede avanzar mediante la incorporación de nuevas tecnologías, expuestas por jóvenes y excelentes técnicos nacionales que están trabajando en estos temas, en el país y en el extranjero, lo que dejó un mensaje de optimismo, junto a una toma de conciencia de cuánto debemos avanzar si queremos ser realmente eficientes.

En este sentido, nada más ilustrativo que el “lapsus” de la Dra. Elly Navajas, quien exponiendo sobre el uso de marcadores moleculares como herramienta de mejora, se refirió al uso de las DEPs como “la técnica de mejora convencional”. Cuando en nuestro país la mayoría de los carneros se siguen seleccionando sin más datos que los que proporciona la mirada humana…

 

[1] En Australia, la lana Merino se produce en regiones con pluviosidad menor a los 800 mm anuales.

[2] El mercado lanero está claramente segmentado en diferentes grupos de productos según la finura y calidad de la lana. Lanas superfinas para prendas muy livianas (coolwool) de gran calidad, lanas finas para casimires, lanas medias para tejidos de punto, y lanas gruesas para alfombras y tapicería.

[3] Si bajan los rendimientos, el margen bruto proporcionalmente bajará más en los rubros más intensivos, como los agrícolas y la lechería. Con el 50% de esos rendimientos, probablemente solo sea económicamente viable la ganadería.

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