La revolución agropecuaria y la lógica del reparto

Revista “La Palabra”
Mayo del 2007

Hace 40 años, en Uruguay se sembraban 1 millón de hectáreas para la producción agrícola, lográndose con ellas 1 millón de toneladas de granos. Hace 20 años, se seguían produciendo 1 millón de toneladas de granos, pero sembrando solo 600 mil hectáreas. Actualmente, se vuelven a sembrar 1 millón de hectáreas, pero con ellas ahora se obtienen 3.5 millones de toneladas. Los rendimientos pasaron de 1.000 kg por hectárea en los años 60 a 1.700 en los 80, y a 3.500 en la actualidad.

Este crecimiento es importante, pero no extraordinario. Lo extraordinario, es que ese último crecimiento se produjo no en los últimos 20, sino en los últimos 5 años. En efecto, en 2002/2003 el área agrícola había caído a 620 mil hectáreas con las que se producían 1:5 millones de toneladas. Es decir que en los últimos 5 años el área creció 60% (de 620 mil a 1 millón de hectáreas) pero la producción lo hizo en un 230% (de 1,5 a 3,5 millones de toneladas).

Esto significa que la productividad en los primeros 20 años creció con una tasa del 2,7%, y en los últimos 20 años la tasa de crecimiento fue del 3,7 anual. Pero si solo tomamos en cuenta los últimos 5 años, esa tasa se eleva al 7,8% anual. Pero como también aumentaron los precios, el valor de las exportaciones de productos agrícolas pasó en esos mismos 5 años de 200 a 500 millones de dólares, lo que equivale a una tasa de crecimiento del 20% anual. Y esto es extraordinario en cualquier parte, si se trata, no de un rubro aislado, sino de la producción total de granos. Son tasas de crecimiento del mismo orden de magnitudes que las de China, que tanto asombran al mundo.

Pero no se trata solo de un fenómeno agrícola, también en la ganadería de carne y leche pasan cosas similares. La faena de vacunos pasó de 1 millón 600 mil cabezas en el 2001 a 2 millones 660 mil cabezas en el 2006, lo que implicó mejorar el coeficiente de extracción (relación entre animales faenados sobre el total de las existencias) del 15% histórico a un 23% en el 2006, el valor más alto de las ganaderías de la región, y uno de los mayores del mundo dentro de las ganaderías pastoriles. En el mismo período el valor de las exportaciones pasó de 220 a 970 millones de dólares, nuevamente por combinación de aumento de la productividad (66%) y de los precios de exportación (80%).

Aunque el valor inicial haya sido bajo por efecto de la aftosa del 2001, el crecimiento del valor de las exportaciones no deja de ser espectacular: 35% acumulativo anual. Y esto se ha dado con una superficie total destinada directamente a la producción de carne que ha disminuido, por el aumento de otros usos alternativos de los suelos, como la agricultura y la forestación. Esto solo ha sido posible  –además del efecto precio- por el gran dinamismo de las inversiones y la modernización en las diversas formas de alimentación del ganado.

Y aunque las “naves insignia” de estos procesos de crecimiento han sido la soja y la carne vacuna, casi todos los demás rubros también crecen con tasas poco frecuentes en el país. Los cereales para uso principalmente humano, como trigo y cebada, y para consumo animal como maíz y sorgo, también crecen, en parte por demanda directa pero también por sus asociaciones en las rotaciones de cultivos lideradas por la soja. Por su parte el arroz también participa del crecimiento, asociándose en forma simbiótica con la producción de carne vacuna por medio de rotaciones arroz-pasturas.

Dentro de la ganadería, la lechería ha acelerado su histórico crecimiento, en particular por el importante aumento, en los dos últimos años, del precio internacional de la leche en polvo, el commodity básico de la industria láctea. Esto ha llevado a que las exportaciones de lácteos prácticamente se duplicaran en los últimos 5 años, llegando en el 2006 a 250 millones. Estas excelentes condiciones económicas han permitido que la lechería contenga, al menos por ahora, el avance agrícola sobre las tierras con buena aptitud productiva.

La producción ovina no termina de recuperarse de la histórica caída de los años 90, aunque la tendencia declinante del stock se ha revertido, y la producción de la carne ovina sigue creciendo, a la espera de la apertura de los muy promisorios mercados de EEUU y México.

La producción forestal ha iniciado la etapa de la madurez, con la fase primaria en plena producción y con importantes inversiones industriales, no solo por las plantas de celulosa en construcción o por iniciar las obras, sino también por numerosas iniciativas en el norte del país, en la producción de tableros y distintas formas de madera aserrada, primeras etapas de una industria en desarrollo. Otros rubros como los cítricos, los frutales de pepita y la miel, junto con industrias derivadas de la producción primaria como la de los cueros y las raciones, aunque con diferentes tasas de crecimiento, también participan activamente de la dinámica agroindustrial.

Bosquejada así la inédita etapa de crecimiento que vive nuestra agropecuaria y su industria de transformación asociada, y por consiguiente nuestras exportaciones, se impone la pregunta de por qué sucede esto. En primer lugar los datos muestran en forma inequívoca que se trata de una extraordinaria fase de expansión de la demanda externa de alimentos y materias primas, que lidera China, a la que se suma la demanda de cereales y oleaginosas para la producción de etanol y biodiesel, como respuesta a la crisis energética.

Esto es condición necesaria pero no suficiente. Solo se materializa por un segundo factor: la gran capacidad de respuesta vía incorporación de tecnología que ha mostrado el sector agropecuario uruguayo. Todos los analistas coinciden en lo primero, algunos siguen sin convencerse de lo segundo.

Ante esta situación ¿Cuál es la actitud de nuestro gobierno? La lógica del reparto que ha hecho de Uruguay el país con mejor distribución del ingreso pero peor nivel de inversión de América Latina, se impone una vez más por sobre la lógica de la acumulación productiva. Si hay alguien que gana plata, se entiende que hay alguien a quien se le puede sacar.

Hay que reconocerle al gobierno que no usa eufemismos: ante la queja de los sectores productivos por la subvaluación del dólar que hace perder competitividad por aumento de los costos, dice sin tapujos que eso no es relevante porque los precios de exportación de nuestros productos siguen altos. Y eso da luz verde al recorte y reparto, emparejando para abajo. Por el momento el principal instrumento para recortar es el “impuesto cambiario” –que traslada ingresos de los sectores exportadores al resto de la sociedad- y para repartir, el gasto público.

Pero como el precio de la tierra se dispara dada la competencia de los inversores por ese recurso finito, se grava su venta con el 5%. Y se argumenta que la tasa no es importante ni afecta el nivel de las inversiones, porque los precios de la tierra son altos.

Parte del “problema de la tierra” es la nacionalidad de los inversores. Como muchos son extranjeros, “el problema” se considera grave. No se toma en cuenta que además de los capitales, han aportado nuevas estructuras empresariales y formas de organización, de funcionamiento con redes de empresas –proveedoras de tecnología, de gerenciamiento, de logística, de comercialización- que han potenciado la incorporación de tecnología y con ella la productividad y la mejora en las condiciones de trabajo y su remuneración. Nuestros abuelos, que también eran extranjeros, eran buenos, porque eran pobres y venían a trabajar. Estos extranjeros de ahora son malos, porque traen capital –en sus distintas formas- y con él pretenden ganar plata.

Claro que el uso intensivo del factor capital, con su aumento de las escalas de producción, requiere menos del factor trabajo, aunque requiera ahora mayor calificación y es mejor remunerado. Y esto genera exclusión, aunque también abre oportunidades en nuevas actividades que se generan por el propio dinamismo sectorial. Pero ante el inevitable fenómeno de la exclusión, al que no ha escapado ningún proceso de mejora tecnológica en el mundo, en vez de promover la reinserción laboral por medio de la capacitación y la facilitación de las acciones emprendedoras, se trata de frenar los cambios, poniéndole palos a la rueda.

Porque no se puede entender de otra forma medidas como la suspensión, en principio por 18 meses, del tratamiento de nuevas solicitudes de autorización para la introducción de eventos transgénicos, decretada en enero pasado. Es preferible nuestro maíz dulce saturado de insecticidas, pero cultivado por productores familiares, que la semilla inmune a las plagas, porque la produce una empresa transnacional. El consumidor uruguayo subsidia al agricultor argentino, que produce el maíz transgénico, más sano y más barato, que todos comemos. La peor señal para “el país productivo” y la innovación tecnológica. Y lo mismo con las sociedades anónimas, mecanismo facilitador de inversiones y de la movilidad del capital. Es válido en el resto de la economía, pero no en el agro, por “las peculiaridades del recurso tierra”.

Pero no todas son verdes. El tema sanitario se ha priorizado reconociéndole la enorme trascendencia que tiene. Y aunque siempre quedan controles que mejorar, el país sigue siendo reconocido por su seriedad en el tratamiento del tema, conservando un estatus sanitario privilegiado. La trazabilidad del ganado, aunque se suspendió durante dos años sin razones a la vista, finalmente se reinició marcando distancia ante nuestros vecinos y otros competidores. Bienvenidas estas iniciativas.

Ojala se pase a privilegiar las acciones inherentes a un estado moderno, como la regulación y control de actividades en que solo el Estado puede –y por consiguiente debe- representar genuinamente los intereses de la sociedad. La promoción de la capacitación, del ordenamiento territorial, de la preservación del ambiente –rural, marítimo, hídrico, forestal, urbano- o la legislación y control de todo lo referido a las nuevas tecnologías vinculadas a la ingeniería genética, a las comunicaciones, o a procesos productivos de riesgo ambiental. Pero encarados con criterios modernos, sin ideologizar las decisiones ni ceder a presiones corporativas, y sin inmiscuirse en los procesos productivos ni en la remuneración de sus factores, porque siempre que el Estado lo hace, disminuye el bienestar del conjunto de la sociedad. En una palabra, sacudiéndose definitivamente los reflejos sesentistas para apostar sin titubeos al crecimiento y al desarrollo, sin caer en la tentación populista del reparto que empareja hacia abajo.

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