La semilla del estancamiento

El País Agropecuario
Abril del 2008

Cuando los más viejos casi habíamos logrado olvidarnos del “estancamiento productivo”, y los más jóvenes quizá ni lo hayan oído nombrar, el fantasma de una de sus principales causas se nos vuelve a aparecer. Las “detracciones” a los precios de los principales productos de exportación, empiezan a ser evocadas como un válido mecanismo de redistribución del ingreso.

Un poco de historia

Como somos muy desmemoriados, y hay que aprender de la historia para no repetir los errores del pasado, recordemos brevemente en que consistió el “estancamiento” y el papel jugado por las detracciones en el mismo. Durante casi toda la segunda mitad del siglo pasado, la economía uruguaya creció, en una visión de largo plazo [1] con tasas francamente insuficientes.

Y el sector agropecuario era considerado el responsable de este bajo nivel de crecimiento global, debido a lo que se denominaba “estancamiento productivo”, ya que este sector tampoco crecía en forma sostenida, lo que condicionaba, en forma negativa, todo el funcionamiento de la economía.

Tanta importancia tenía el fenómeno, que las “interpretaciones del estancamiento” fueron materia de estudio académico y de encendida polémica, durante los años sesenta,  setenta y ochenta. Tanto es así, que aún hoy, casi medio siglo después del inicio de aquellas polémicas, las “interpretaciones del estancamiento” es lo único vinculado al sector agropecuario que se estudia curricularmente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República, en un país de economía de base agropecuaria [2]

Los hechos, con su reconocida tozudez, han demostrado durante las dos últimas décadas que dos de aquellas interpretaciones, quizá las de mayor recibo popular, eran erróneas. Tanto “la del Instituto de Economía” de la misma Facultad, que sostenía que, en última instancia, el estancamiento era producto de la dependencia económica del país respecto a los del primer mundo –en particular los EEUU- como la interpretación “de la CIDE” [3] que hacía responsable del estancamiento a los problemas de tamaño y tenencia de los predios, poco tienen que ver con la realidad.

En efecto, en el mundo globalizado de hoy la “dependencia” es absoluta –todos dependen de todos- y el espectacular crecimiento del sector agropecuario se da particularmente en predios “con problemas de tamaño y tenencia” respecto a lo que se consideraba ideal: en la agricultura los predios más productivos son cada vez más grandes y operan principalmente en régimen de arrendamiento.

En cambio la tercera interpretación, derivada de estudios de Opypa [4], que sostenía que el motivo principal del estancamiento eran los recortes que, por distintos mecanismos de política económica, en particular las detracciones, se le hacían al ingreso agropecuario, desestimulando así la inversión tecnológica, ha sido legitimada por la realidad, ya que, en la medida que esos mecanismos se fueron eliminando a partir de la década de los noventa, el crecimiento agropecuario se fue consolidando.

Alguno que lea esta muy apretada síntesis, dirá que “con el diario del lunes todos sabemos de carreras”, y tendrá razón. Pocos podrán tirar la primera piedra respecto a estos asuntos, y quien pueda hacerlo probablemente haya cometido pecados mayores en otros aspectos de la política económica del país.

En mayor o menor medida todos somos tributarios de las líneas de pensamiento dominantes en cada momento histórico, empezando por quien esto escribe, y el tiempo termina demostrando que muchas de ellas estaban equivocadas. Pero mucho más grave que equivocarse, es el empecinamiento en la negación de los hechos, cuando los mismos no se compadecen de nuestras opiniones o prejuicios.

Las implicancias de las detracciones

Las detracciones –a las que en Argentina llaman “retenciones” como si fueran dineros retenidos para el pago de alguna deuda-  son sinónimo de sustracción: por lo menos en semántica, los uruguayos somos más honestos que los argentinos. Porque no es otra cosa que una sustracción lo que se practica sobre el precio de exportación de un producto [5] con el objetivo o el pretexto de la redistribución del ingreso. Esta puede ser directa, según el destino dado a esos fondos, o indirecta, por el abaratamiento de esos productos en el mercado interno.

La distribución  del ingreso (sin el prefijo “re”), es un componente normal de la actividad económica de una sociedad. Los distintos empresarios obtienen diferentes ganancias o pérdidas por sus distintas actividades, los empleados y trabajadores obtienen diferentes remuneraciones según sus capacidades o poderes de negociación, los pasivos según sus aportes previsionales y así sucesivamente. O al menos así debería ser [6] El prefijo “re” implica la introducción de un cambio en esa distribución “normal”, en el sentido deseado por quien lo realiza, generalmente el Gobierno.

Para justificar la intromisión del Gobierno alterando la distribución del ingreso resultante de la actividad económica, es decir para redistribuir, deben tener respuesta afirmativa dos grandes preguntas: a. si el objetivo de dicha intervención realmente favorece al conjunto de la sociedad en el largo plazo, (porque en el corto ya se sabe que favorece a algunos y perjudica a otros), lo que en principio legitimaría la detracción y b. si el Gobierno tiene la capacidad (y las intenciones) para realizar correctamente esa tarea, en buen romance, si no va a ser peor el remedio que la enfermedad [7]

La respuesta que da nuestra historia a estas preguntas depende, como siempre, de la perspectiva de cada uno. Para los apologistas del batllismo, “la Suiza de América” fue el resultado de lo acertado de la intervención y de lo honesto de su administración. Pero la Suiza de Europa sigue, y la de América se terminó hace décadas, y de inmigrantes nos transformamos en emigrados.

Resulta que, mientras la competitividad dependía de los recursos naturales, la lana era una fibra estratégica y los europeos se despedazaban guerreando entre sí –digamos durante la primera mitad del siglo XX- los ingresos generados en la producción de lana y alimentos eran altos en los países de clima templado, y “había margen” para las detracciones, con cuyos ingresos el Estado financiaba otras actividades productivas o directamente el consumo.

Pero en realidad, el “beneficio” es solo para algunos y nunca dura mucho, dado que la detracción baja el precio del producto, se desestimula y por consiguiente cae su producción, disminuyendo la base imponible y por consiguiente su poder redistribuidor, y así sucesivamente, con uno o más productos [8].

Se constituye así un “círculo vicioso del estancamiento” como el que tuvimos durante décadas, sustitutivo del “círculo virtuoso del crecimiento” que se establece cuando las condiciones económicas son favorables y se deja actuar a la distribución, sin el prefijo “re”.

Esto no implica negar la posibilidad de redistribuir el ingreso, sí de hacerlo por mecanismos que, como las detracciones, obtienen un resultado inverso al esperado, al distorsionar la forma lógica de la toma de decisiones determinantes de los procesos productivos.

Si se quiere abaratar un alimento, que se lo subsidie en forma explícita, y que el subsidio salga de rentas generales, y que estas se nutran de impuestos a las rentas, provengan estas del agro, o de cualquier otra actividad económica.

La situación actual

Algo parecido a lo que ocurría hace más de medio siglo, aunque en un contexto muy diferente, ocurre ahora. La colosal demanda de alimentos y materias primas de los BRIC [9], a lo que se suman las especulaciones en los mercados a futuro de algunos de esos mismos productos y la gran caída del valor del dólar en el mundo –todos elementos interdependientes- han elevado los precios de estos productos, al menos en términos nominales, a niveles nunca vistos.

Esa situación tan favorable, mas el infaltable “ejemplo argentino”, aumentan el apetito recaudatorio, bendecido por la “buena intención” de abaratar los alimentos. Un toque de eufemismo en el nombre (por ejemplo “regulación” y no “detracción”) y el paquete está pronto.

Las noticias de las revueltas populares ante la suba de precios de los alimentos, y la represión de las mismas que ya han provocado decenas de muertes en diversos países, le da mayor dramatismo a la situación. Pero es necesario analizar las cosas en forma desapasionada.

Un primer elemento que no destacan las noticias, es que esas revueltas se producen en países muy pobres, e importadores netos de alimentos. O sea que las subas de precios agravan los crónicos problemas de “Seguridad Alimentaria” [10] que sufren esas sociedades. Las medidas de control de precios de los alimentos son normales en estos países, lo que ahora se pide que aumente es su cuantía.

Pero Uruguay es un país de renta media a nivel mundial, sin problemas de Seguridad Alimentaria (Fida, 2007) salvo situaciones de marginalidad, y el que presenta una de las mayores –sino la mayor- relación mundial de alimentos exportados/alimentos producidos (Nueva Zelanda quizá sea el único que nos iguale). Por lo tanto, está en las antípodas de esas terribles realidades.

Nuestra elevada productividad agrícola  unida a nuestra reducida población, es la causa de que exportemos más del 90% del arroz y de la soja que producimos, más del 80% del pescado, alrededor de dos tercios de la carne, la leche y los cítricos. Otros productos primarios no alimenticios, como la lana, los cueros y la madera, también se exportan en porcentajes superiores al 90% de lo producido.

En general los grandes exportadores de alimentos son también países muy grandes, como EEUU, Brasil, Argentina, Australia, Canadá y algún otro. Pero como simultáneamente tienen importantes mercados internos, el beneficio relativo que recibe el país por la suba de los precios de exportación de los alimentos es menor, dado el encarecimiento global de la alimentación de su gente.

En resumidas cuentas, la situación se nos presenta como particularmente favorable. Con más razón, se dirá entonces, se justifican las detracciones: con un poco que se recorte, a los que están ganando mucho, se pueden atender las necesidades de nuestra reducida población.

La otra cara de la moneda

Pero las apariencias engañan. Porque ese recorte ya se está realizando, y a niveles tales que está poniendo en peligro la posibilidad de seguir aprovechando, productivamente, el muy favorable contexto externo.

Un primer ejemplo de redistribución es el del subsidio al transporte urbano, financiado básicamente por el precio que pagan por el gasoil los productores rurales, en todos los trabajos de producción y transporte agropecuario. El sueño del “gasoil productivo” se transformó en la pesadilla de un precio que ya supera los US$ 1,50 por litro, monto inimaginable poco tiempo atrás.

Pero “el gran redistribuidor” es la baja permanente del tipo de cambio, especie de “detracción gigante”, que afecta a todas las producciones exportables. Esto disminuye los ingresos en una proporción sustancialmente mayor, a una eventual caída de los costos por abaratamiento de los insumos importados. Esto es así porque muchos costos son en pesos, como mano de obra, impuestos, tarifas y otros, e incluso cuando se trata de insumos importados, se le incorpora un componente nacional vinculado a los costos de introducción e intermediación, fletes, etc.

En conclusión, que los costos expresados en dólares soportan una inflación de dos dígitos desde hace más de dos años, mientras que la inflación que tanto preocupa al Gobierno, la que afecta al salario real y al consumo -y sobre la que operan los alimentos para el mercado interno- oscila entre el 6 y el 8% anual.

O sea que “la estampida” de los precios de los productos primarios, afecta más, vía caída del dólar y aumento de insumos primarios como gasoil, fertilizantes y semillas, al sector productivo, que a los consumidores uruguayos vía precio de los alimentos.

Y esto implica una situación de riesgo alta, dado que a cualquier baja de los precios internacionales, que disminuye inmediatamente el valor de la producción, nos puede hacer quedar en números rojos, por la menor elasticidad a la baja de los componentes de los costos.

El gran incremento de la productividad que ha experimentado nuestro sector agropecuario, no puede hipotecarse con medidas populistas y contraproducentes. Lo que ocurre en Argentina debería servirnos de ejemplo actual, si es que hemos olvidado nuestra historia. Un axioma en economía dice que el capital es cobarde, y huye de donde lo acosan.

Los productores argentinos no pueden llevarse el suelo, pero sí los factores móviles de la producción, como el capital, la tecnología, las redes de negocios, y nosotros, que como país somos competidores, nos hemos favorecido, porque los trajeron para acá. No le devolvamos la gentileza, porque estaremos, no redistribuyendo el ingreso, sino resembrando la semilla del estancamiento, justo ahora en que el contexto internacional nos permite crecer como hace más de un siglo no crecíamos.

[1] La alternancia de breves períodos de crecimiento con crisis subsiguientes promediaban niveles de aumento del PIB apenas superiores a la de por sí baja tasa de crecimiento de la población (1% anual) lo que nos ubicaba en una posición francamente desfavorable en cualquier comparación internacional.

[2] Recordemos que la Economía es la ciencia que estudia la producción y distribución de bienes y servicios para la satisfacción de las necesidades humanas.

[3] Comisión de Inversiones y Desarrollo Económico, tributaria del pensamiento económico “estructuralista” de la Cepal.

[4] “Plan de Desarrollo Agropecuario” Opypa 1972

[5] Al detraer sobre el precio, se afecta todo el valor de la producción, no solo el valor agregado, como haría un impuesto a la renta. Para el productor que corre con el 100% de los costos, una quita del 30 o el 40% suele resultar confiscatoria del total de su ganancia. Y corre con todos los riesgos.

[6] Cosa que parece ignorar la señora Cristina Fernández,  Presidenta de la Argentina, que en uno de sus recientes discursos afirmó que si la distribución del ingreso no la hace el Gobierno ¿quién la va a hacer?

[7] Quien adhiera a la “fe liberal” dirá que ambas preguntas son improcedentes, porque las respuestas en todos los casos deben ser negativas, dado que la asignación de recursos o la distribución del ingreso que hace el mercado, es siempre la mejor.

[8] En la medida que se pueda cambiar, los productores abandonarán los productos “detraídos” para producir otros, que crecerán lo que los hará atractivos para la detracción, etc.

[9] Sigla que identifica a las 4 grandes economías emergentes: Brasil, Rusia, India y China

[10] Por Seguridad Alimentaria se entiende la capacidad de un país para que toda su población acceda por lo menos a los niveles alimentarios mínimos, en cantidad y calidad.

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