Las “Criollas ambientalistas”

Noviembre de 2013

Los jinetes van llegando al ruedo de la Criolla, algunos a caballo, la mayoría en moto, con el casco reglamentario que no impide llevar, terciado a media espalda, al tradicional sombrero aludo. Al apero “de subir” lo llevan hecho un fardito, del que asoman las rodajas de las espuelas, desafiladas y sin trabar, como exige el reglamento de las jineteadas. La sobrecincha asegura espuelas y apero a la parrilla del acompañante. Rebenque no se necesita, porque el reglamento autoriza a “castigar” al potro solo con el ponchito de verano, es decir, en forma simbólica. Es que hoy en día todo está reglamentado, tanto para motos como para baguales. Porque incluso en las jineteadas, son tantas las moras o las gateadas, como las yumbos o las winners que alternativamente montan los paisanos.

“La Criolla” empieza con una “Rueda de Aficionados” donde muchos de los jinetes son menores de edad. Para autorizarlos “a subir” a un potro crudo, alcanza con el consentimiento de uno de los padres, que firma en un cuaderno que maneja la comisión administradora. Nada que ver con el permiso para trabajar, para el que los padres y el empresario que lo contrata tienen que trasladarse a la capital departamental –que puede estar a 200 kms- y hacer los trámites correspondientes ante el Ministerio de Trabajo. Y además el menor, para trabajar, ahora en un caballo manso, se verá obligado a dejar el sombrero y colocarse el casco, aunque sepa andar a caballo desde los tres años de edad.

Después de la jineteada, el paisanito corre a la laptop del fotógrafo que está al borde del ruedo, busca su mejor foto, allí mismo la imprime y la compra en 200 pesos. La prueba de su coraje y destreza puede ser un recuerdo, o mejor, en el baile de la noche, una carta de presentación para la novia pretendida.

Después de los aficionados vienen los profesionales, del “pelo” y del “basto”, mayores de edad pero no tanto: 38 años es el máximo que admiten los reglamentos. Los primeros, sin otro sostén que las clines del potro y sus espuelas (cuyo pigüelo no puede sobrepasar los 10 cm de largo y su rodaja los 8 picos) deben aguantar 8 segundos sin caer. A los del basto –un recado en su mínima expresión, no demasiado apretado por la cincha, complementado por espuelas de pigüelo corto y rodaja grande- la campana que marca el final de la jineteada suena a los 10 segundos. Luego, a todo galope los “sacan” los apadrinadores, si antes, a todo corcovo, no los sacó el bagual. Son segundos que para el espectador parecen eso, segundos, pero para el jinete, una eternidad.

Cada jineteada es controlada detalladamente por el Jurado –por lo general jinetes retirados de reconocida trayectoria- que, aplicando el reglamento correspondiente a la categoría de jineteada de que se trate, van otorgando los puntajes que al final del día definirán los premios. En el ruedo, la autoridad la ejerce el Capataz de Campo responsable de toda la operativa y de hacer cumplir los reglamentos. Sus decisiones, como las del Jurado, son inapelables.

Respecto a los caballos, tanto o más que por los reglamentos, son protegidos por los tropilleros, es decir por sus dueños. Para estos, los potros son su capital, y lo cuidan. Ningún bagual se monta más de una vez por mes, y las criollas se desarrollan aproximadamente desde setiembre hasta abril o mayo, no en los meses de invierno. O sea que a lo sumo “sufre” unas 8 montas anuales, de 8 a 10 segundos cada una. El resto del tiempo, en libertad, pastorea buenos potreros, porque al dueño le conviene que se mantenga en muy buen estado, porque mejora su cotización.

El espectáculo es “animado” por un relator que desde un estrado y por una red de altoparlantes, transmite la jineteada en “vivo y en directo” identificando previamente a quien monta y al pago al que representa, dando detalles del potro y la tropilla a la que pertenece, y poniéndole “color criollo” al éxito o al fracaso de la actuación del jinete. Por lo general, el relator es secundado por un payador, que a continuación de cada jineteada y su correspondiente relato, improvisa unos versos con las dosis de humor o heroísmo que las circunstancias ameriten.

En los tiempos muertos entre ruedas y jineteadas, y como las fiestas no son para hacer silencio, desde el estrado le llueven a la concurrencia todo tipo de ofertas. Desde las gastronómicas –chorizos, asado, tortas fritas, pasteles- los brebajes -refrescantes o espirituosos- rifas de ponchos o puñales, la invitación al baile de la noche, los artículos de talabartería o electrónica que ofrecen los tenderetes que se arman al costado del ruedo, y que llega a incluir la oferta más espiritual de alguna iglesia evangélica, o la más artística de una payada de contrapunto.

Pero en el otoño pasado, en Criollas de pueblos del departamento de Tacuarembó y limítrofes, interrumpiendo la verborragia del relator, se intercaló un llamado a la solidaridad, en tono de “cruzada patriótica”. No se trataba en este caso de los habituales “bonos de colaboración” con algún jinete accidentado, la policlínica o la escuela del pueblo. No se apelaba a la solidaridad monetaria, sino a algo mucho más profundo: la iniciativa de la “Comisión por la vida y el agua” pedía la firma para declarar al departamento de Tacuarembó como “Libre de minería metalífera a cielo abierto”.

Como es lógico dadas las circunstancias, la solicitud no abundaba en detalles. Solo aclaraba que dicha minería destruía el ambiente, y al igual que la soja transgénica, no dejaba nada a cambio. Grandes intereses transnacionales estaban detrás de estos emprendimientos, por lo que se hacía un llamado a la consciencia de los orientales para que, con su firma, apoyaran la iniciativa. Y se agradecía a los organizadores de la Criolla por autorizar la difusión de este mensaje. La planilla donde había que firmar circularía durante  la tarde entre la concurrencia. Y circuló. Un escueto encabezado aclaraba los objetivos, y en dos columnas se estampaba firma y documento.

En campaña la gente, por lo general, es educada. Algún paisano puede que no sea muy ilustrado, pero es educado. Y esa educación incluye “la obligación” (moral, obviamente) de colaborar con el bono, de comprar la rifa, de firmar la planilla. No porque sean montos bajos o adhesiones gratuitas, sino porque el no hacerlo se entendería como un desaire a quien se lo ofrece o se lo pide. Y eso no se hace.

Seguramente poco tiempo después la mayoría de los firmantes no recordaba haberlo hecho, ni mucho menos recordaba que era lo que proponía la planilla. Y lo que no sabe ni jamás imaginaría es que probablemente, la persona que le pidió la firma para prohibir la minería, también quiere prohibir las Criollas y las jineteadas.

Porque la mayoría de los reclamos que se definen como ambientalistas, en forma individual, son difíciles de entender, pero barajados, es imposible. Dentro de los primeros, recordemos la oposición que se le hizo a la forestación, luego a la instalación de plantas de celulosa (posición que cambió cuando el Frente Amplio subió al poder), a la energía nuclear, a la soja y otros productos transgénicos (aunque no se conozcan, como ocurre con otros muchos alimentos y la mayoría de los medicamentos de uso humano), y ahora a la minería y al puerto de aguas profundas. Y otras “oposiciones menores” imposibles de detallar.

Pero cuando se presentan “en paquete” la cosa se complica mucho más. Como ejemplo, nada mejor que la “Quinta marcha nacional en defensa de los bienes naturales”, realizada en Montevideo en Octubre pasado, con  caballería gaucha y descendientes de los charrúas incluidos, que recorrió 18 de Julio protestando “contra Aratirí, el puerto de aguas profundas, y la regasificadora”. Junto a los gauchos montados en caballos gordos, desfilaban hurgadores en carros tirados por caballos flacos. Los gauchos al menos se dicen perjudicados por el proyecto minero, los hurgadores no se entiende en que forma se verán afectados por cualquiera de las tres iniciativas denunciadas. A no ser que su presencia en la manifestación solo se deba a una muestra de pura conciencia ambientalista, no demasiado consecuente con su conducta laboral cotidiana.

Finalmente en Tacuarembó se recolectaron 13.000 firmas, que el Obispo de la Diócesis de Tacuarembó-Rivera (de la Iglesia Católica) entregó en Junio pasado a la Junta Departamental, dando lectura a una proclama alusiva. Pero la Corte Electoral no habilitó la realización de un plebiscito a nivel departamental, por lo que la iniciativa de la “Comisión por la vida y el agua” no logró declarar a Tacuarembó libre de nada.

Esta noticia, al igual que las implicancias de la firma, seguramente pasó también desapercibida para la mayoría de los amantes de las Criollas, de sus jineteadas y sus exhibiciones de destrezas gauchas. No se enteraron de que la sensatez de la Corte Electoral impidió que, sin saberlo, dieran apoyo a la cruzada ambientalista. Porque esta, en su interminable lista de oposiciones, incluye el “No al maltrato animal” promovido por el “colectivo Acción y Reacción” que anualmente manifiesta en la Semana Criolla del Prado, y cuya vocera este año declaró a la prensa: “Nosotros no cuestionamos este espectáculo ni la tradición. Pero sería bueno que se hiciera sin animales”.

 

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