Lo demás es ganadería

Rodolfo M. Irigoyen
Octubre 2015

romairigoyen@gmail.com

Al principio era la ganadería, y la ganadería era el país. Superada la etapa de simple enclave militar para la contención de los intentos de expansión del imperio portugués, la Banda Oriental  -Hernandarias mediante- se convirtió con los años en una cantera para la extracción e incipiente explotación de ganados cimarrones. A la primera “industria” del sebo y el cuero, la continuó la del tasajo, y ya en la segunda mitad del siglo XIX, puede decirse que, con la incorporación de los lanares y los inicios de la explotación más o menos integral de los vacunos, que posteriormente diera lugar a la industria frigorífica, nuestro territorio inició su camino de desarrollo como país agropecuario. Pero aún, todo era ganadería –vacunos, ovinos y caballos-  con mínimas excepciones constituidas por pequeños cultivos y huertos para autoconsumo.

En la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX, se produce el poblamiento definitivo del país. Con las oleadas de emigrantes, llegó, junto con la mayor demanda por alimentos, complementaria del crecimiento del comercio internacional de los mismos productos, la posibilidad de la diversificación productiva, porque aumentó enormemente la disponibilidad de gente con centenaria tradición agropecuaria. Se trataba de pastores, chacreros, tamberos, esquiladores, guasqueros,  además de albañiles, pedreros (posteriormente transformados en alambradores), y un largo etcétera, de gente con un saber-hacer indispensable para el fermental inicio de nuestro desarrollo como nación. A lo que se sumó, posibilitándolo, el desarrollo de las comunicaciones, en particular del ferrocarril.

Y como una vieja ley económica describe, esa diversificación y especialización productiva, se fue desarrollando en círculos concéntricos (en nuestro caso en semicírculos limitados al sur por el mar) a los centros poblados y, dada nuestra condición exportadora, también a la actividad portuaria, las que coincidían en Montevideo. La producción de hortalizas, de leche, de trigo y otros productos de primera necesidad, fue avanzando desde la capital hacia el oeste y el norte, zonas donde se encontraban los mejores suelos. Con el paso de los años, partes de Canelones, Florida, San José y de los departamentos del litoral sur, se consolidaron como las zonas de producción hortícola (luego también frutícola), de lácteos, de cereales y oleaginosos, para satisfacer la creciente demanda del mercado interno. Simultáneamente esos mismos departamentos, sumados al resto del país, seguían proveyendo la carne, los cueros y la lana en los que se fundamentaba nuestro destino exportador.

Los “desprendimientos” 

Puede afirmarse entonces que los rubros más intensivos de la producción agropecuaria que requerían de mayor disponibilidad y capacitación de la mano de obra, de mejores suelos, de mejores comunicaciones y proximidad a los centros poblados (pero que también soportaban una dependencia más estricta de nuestras siempre variables condiciones climáticas) fueron surgiendo como “desprendimientos” de la ganadería primigenia.

Pero la diferenciación no se dio  exclusivamente por especialización en distintos rubros. Dentro de la misma ganadería, y también condicionada en principio por los recursos naturales, la tecnología y luego por el desarrollo empresarial, se fue perfilando “otra ganadería”, en principio enfocada básicamente al mejoramiento genético (cabañas de vacunos y ovinos) a lo que se fueron sumando nuevas tecnologías vinculadas a la mejora de la sanidad y el nivel nutricional de rodeos y majadas, en simultáneo con la profundización de los procesos de domesticación de esas especies.

Empezando por el combate a nivel nacional de plagas y enfermedades, como la sarna en los ovinos y la aftosa en los vacunos, surgieron las primeras experiencias de mejora de la alimentación animal, como fueron los verdeos (avenas), y ya en la segunda mitad del siglo XX, las praderas artificiales, que sustituían al campo natural por una asociación de leguminosas y gramíneas, acompañada de fertilización fosfatada, que se conoció como el “modelo neozelandés”. También se desarrollaron los “mejoramientos de campo”, de menor costo y productividad que las praderas, que implican la incorporación en el tapiz natural de alguna leguminosa, como lotus o tréboles, junto con la fertilización tendiente a corregir el generalizado déficit de fósforo de nuestros suelos.

Simultáneamente, la investigación nacional buscaba mejorar el resultado de esas nuevas tecnologías, desarrollando procesos productivos más adaptados a nuestras condiciones ambientales y también económicas. Pero lo errático de nuestro clima, en simultáneo con  insumos caros y políticas que por diversos mecanismos recortaban el ingreso ganadero con fines redistributivos y de promoción industrial (cuando no directamente electorales) limitaron durante la mayor parte del siglo XX, la difusión y profundización de estas tecnologías, de mayor inversión y no siempre seguro resultado económico.

Entonces, si bien a lo largo del siglo XX se constató una diferenciación de cierta ganadería “moderna” respecto a la tradicional “estancia cimarrona” -como despectivamente se llamaba a la ganadería tradicional a nivel urbano- ese intento se vio mediatizado por las razones agronómicas y económicas sucintamente mencionadas. Lo que no implicó, por supuesto, que no existiera cierta mejora general de la productividad.

También los otros rubros “desprendidos” de la ganadería sufrían los lógicos procesos de diferenciación en distintos niveles de productividad, debidos a las distintas dotaciones de recursos naturales, humanos y económicos, subsectores que también recibían las denominaciones simplistas de “modernos” y “tradicionales”.

La comparación sesgada

Los cálculos de productividad comparada entre los diferentes rubros agropecuarios, se han (felizmente)  complicado bastante en este siglo XXI en el que vivimos. La mayor complejidad radica en la creciente interrelación entre rubros que antes se podían evaluar separadamente. Pero ahora la ganadería se asocia cada vez más con la agricultura, como siempre con la lechería, se beneficia del abrigo y la sombra de la forestación. Y el beneficio es recíproco, tanto por la productividad global alcanzada como por la mayor sostenibilidad que la interacción ganadera le brinda a otras explotaciones de uso más intensivo de los recursos naturales.

Pero la complejidad también se da al interior de la ganadería. ¿Qué producción por hectárea tiene un corral de engorde? Los parámetros tradicionales también se ven cuestionados por esas interacciones que promueven metodologías que evalúen los aportes relativos no tanto en cantidades físicas, sino principalmente en valor, en empleo, en sostenibilidad ambiental, por el uso de buenas prácticas productivas o del bienestar animal.

En definitiva 

Tan viejo como la estadística, es el error (o la trampa) de que la metodología de análisis utilizada, lleve implícitas las conclusiones a las que luego se arriba. La ganadería, no solo incluye al subsector diferenciado de mayor productividad, sino también, en forma residual, todo “el resto” del territorio, que incluye producciones de sobrevivencia, de propiedad estatal, residenciales, de ocupación territorial, etcétera. Todo lo cual constituye una “mochila” que la perjudica en una comparación productiva.

No excluir este gran sector “no diferenciado” en las comparaciones, sesgan los resultados en contra de la productividad ganadera. Una comparación más depurada solo debería tomar en cuenta al subsector diferenciado de la ganadería, y compararlo, en la globalidad antes mencionada, con los otros sectores agropecuarios “desprendidos” de la ganadería. El “atraso” ganadero se vería así muy relativizado al no formar parte intrínseca de la metodología utilizada. Y los prejuicios anti ganaderos perderían parte de su barniz cientificista.

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