Los mega emprendimientos – Segunda parte

Forestación, Minería, Agricultura, Lechería… ¿y la Ganadería?

Rodolfo M. Irigoyen
Julio de 2013

All Ing. Agr. Daniel de Brum, ejemplo nacional
de manejo de un rodeo de cría con sostenida
eficiencia biológica y económica

La ganadería

Cuando se analiza y se compara el dinamismo, las potencialidades y las limitaciones de las cadenas agroindustriales (comentadas en la Primera parte de este artículo) el análisis deriva, inevitablemente hacia la ganadería.  Y son varias las razones para que esto ocurra. En primer lugar, la historia y la tradición.

Porque la ganadería del cuero, el sebo y el tasajo en la etapa extractiva de la misma (siglos 17 a 19); la de la lana y la carne en la etapa del mejoramiento tecnológico de base genética, sanitaria y pastoril (desde fines del siglo 19 y todo el 20); y la actual, del siglo 21, en la que estos avances tecnológicos se profundizan por la asociación de la ganadería con la agricultura mediante el desarrollo de la alimentación en base a granos -ya sea como suplementaciones estratégicas o temporales, llegando a la terminación de los animales a temprana edad mediante el engorde a corral- han constituido la columna vertebral del desarrollo económico nacional a lo largo de nuestra historia.

En segundo término y derivado de lo anterior, la importancia estratégica de la ganadería, que fue responsable, hasta hace pocas décadas, la casi totalidad de nuestras exportaciones y  de la ocupación territorial del país. Y como lógica consecuencia, constituir, con la textil y frigorífica (a la que habría que agregar la láctea) también hasta hace pocas décadas, la totalidad de la industria nacional. En resumen: la historia económica del Uruguay, hasta fines del siglo 20, es prácticamente la historia de su desarrollo ganadero.

La comparación con los demás

Pero la ganadería en los últimos años no ha mostrado el nivel de dinamismo, las tasas de crecimiento ni la incorporación generalizada de tecnología de las otras cadenas, y eso “se le reclama” en el análisis comparado. ¿Porqué la agricultura o la lechería sí, y la ganadería no? ¿Porqué las inversiones extranjeras se orientan a esas otras cadenas, o lo hicieron hacia la forestación o eventualmente lo harán hacia la minería, pero no a la ganadería? ¿Porqué el sector primario no provee de toda la materia prima que la industria frigorífica requiere para ocupar su capacidad ociosa? ¿Y porqué, finalmente, con la carne en niveles récord de precios, el volumen físico de carne producido permanece prácticamente estancado desde mediados de la década pasada?

Intentando responder a estas interrogantes, un primer asunto a destacar es el de las dimensiones relativas de estas distintas producciones. Desde el punto de vista territorial, el 75 a 80% de nuestro suelo sigue teniendo uso ganadero,[1] 6 veces más que la agricultura (que ocupa del 12 al 15% del mismo) 12 veces más que la forestación (que explica del 5 al 7%) y 24 veces más que la lechería (que oscila del 2 al 3% del total). Pero a pesar de los importantes crecimientos, la agricultura solo ocupa alrededor de un tercio de los suelos de uso agrícola, la forestación no ha superado un cuarto de los suelos de aptitud forestal, mientras que la lechería –siempre desde el punto de vista de los recursos naturales- no tendría techo para su crecimiento.

Y es lógico esperar que la capacidad de respuesta a los estímulos económicos, de una actividad que se extiende a todo el país, con toda su diversidad de recursos (naturales, humanos, tecnológicos y de capital, de infraestructura etcétera) sea normalmente inferior a la de actividades que, además de ser más concentradas geográficamente, tienen un número mucho menor de productores, con sistemas de producción y dispersión tecnológica y de rendimientos también menores.

Por tratarse además de la actividad primigenia (al principio, todo era ganadería) constituye, también, la actividad residual. No solo se dedican a la ganadería los que quieren hacerlo, sino también todos aquellos productores que no pueden dedicarse a otra cosa. Y el “no pueden” se refiere tanto a los que los recursos naturales, o la ubicación geográfica, o su capacidad empresarial o los recursos tecnológicos o de capital no les permiten desarrollar actividades más intensivas.

Esto también se manifiesta a nivel de los sistemas de producción, en referencia al origen de la mano de obra utilizada, sea esta familiar o asalariada. Tres de cada cuatro predios ganaderos pueden tipificarse como “familiares” mientras que en agricultura y lechería este tipo de predios ha perdido mucho peso relativo, es muy escaso en forestación y completamente inexistente en la agricultura arrocera. Como es lógico, a mayores requerimientos de capital por unidad de superficie, mayor importancia relativa de los predios de carácter empresarial.

Entonces, cuando se compara vis a vis a la ganadería con las otras actividades, se está haciendo una comparación espuria. Si se quiere realizar un análisis comparado de la respuesta sectorial a determinado contexto económico, primero habría que “depurar” cada sector de aquellas unidades económicas que, por definición, no priorizan los criterios empresariales en la toma de decisiones productivas. Es decir, todas aquellas para las que el contexto económico  resulta menos determinante. Ya se trate de predios con fines residenciales, que constituyen una fuente secundaria de ingresos o, principalmente, porque no tienen la capacidad real de acceder a otro tipo de explotación.

La heterogeneidad en la ganadería

Y todo lo dicho para la ganadería en relación con los otros rubros, se aplica también a los subsectores al interior de la misma. La clásica tipificación en criadores, ciclo completo e invernadores reproduce exactamente el mismo esquema. La “ganadería propiamente dicha” (si cabe la expresión) sería la cría, mientras que las fases posteriores del proceso productivo como la recría y la invernada y todo el conjunto, el ciclo completo, constituirían actividades más especializadas, con mayores requerimientos de capital, tecnología y gerenciamiento.

Las fases posteriores a la cría constituyen procesos productivos más sencillos, lo que no quiere decir que sean fáciles de instrumentar. Tanto la recría como la invernada consisten básicamente en alimentar a los animales ya sea para completar su desarrollo o para el engorde final, por supuesto que previendo o solucionando los problemas sanitarios. La mayor o menor eficiencia de los procesos dependerá de la cantidad y calidad de los alimentos recibidos, de la genética involucrada, y de otros factores que en general se pueden reproducir a escala, tanto en términos horizontales (cantidad de animales) como verticales (velocidad de recría y engorde).

Partiendo del campo natural y pasando por los mejoramientos, las praderas artificiales y verdeos, la suplementación temporal o permanente, y llegando por último al engorde a corral en base a granos, se avanza por una “escalera tecnológica” de incremento del nivel nutricional y por consiguiente del acortamiento de la duración de los procesos.

Los escalones tecnológicos implican a su vez escalones económicos. A mayor nivel tecnológico, mayor requerimiento de capital y gerenciamiento. Y en este plano, el de las actividades que dependen básicamente del nivel de inversiones y que son reproducibles a escala, actividades de corte netamente empresarial, la ganadería responde igual que los “sectores dinámicos” a los estímulos del contexto económico en que están insertas. La prueba la brindan los cultivos forrajeros, las reservas en forma de bolsas para silos de grano húmedo, los comederos de autoconsumo y los corrales de engorde que se ven dispersos por toda nuestra campaña.

Poniéndole algún número, según INIA, en la última década la ganadería “transfirió” a otros sectores unas 109 mil hectáreas anualmente. Si sigue produciendo el mismo volumen físico (con mayor valor por precios y calidades) en un área decreciente, quiere decir que está aumentando su eficiencia. Aunque, obviamente, recibe crecientes aportes nutricionales desde la agricultura.

La cría es más complicada

Pero la cría tiene otras reglas de juego. Si bien los aspectos nutricionales (y sanitarios) tienen tanta importancia como en las fases posteriores ya comentadas, se trata de un proceso reproductivo y por lo tanto en esencia de mayor complejidad que los anteriores, que consisten en criar y engordar a un animal ya nacido y que ha alcanzado la condición de rumiante.

Tradicionalmente en nuestro país se desteta[2] un 65 a 70% de terneros en relación al número de vacas entoradas. O sea que se necesitan 3 vacas en stock para obtener anualmente 2 terneros. Este fenómeno, que muchas veces se visualiza como un atraso a superar,  es el resultado de la interacción de factores biológicos y económicos. Dentro de los primeros, se destaca lo ajustado del ciclo reproductivo de la vaca para adecuarse a un calendario anual. A los 9 meses de gestación se le suman 2 a 3 de anestro[3] postparto, lo que lleva a que sea muy difícil que el intervalo interparto no exceda los 12 meses. Lo habitual entonces, y en particular si el nivel nutricional no es muy bueno, es que en los rodeos de cría cada vaca tenga  un ternero en dos años de cada tres, quedando en el otro en condición de “fallada”.

Pero también hay razones económicas de mucho peso para que no se supere normalmente el 65 a 70% de destete. Optimizando el nivel nutricional de la vaca por medio de su alimentación y del destete temprano del ternero (lo que también genera costos adicionales), ese porcentaje puede aumentar varios puntos, digamos hasta el 80%. Pero por lo general, para el criador, el resultado económico esperado de la mejora del nivel nutricional de vaca y ternero para aumentar el porcentaje de destete, es menor que el que logra orientando esa mejora nutricional al engorde de vacas “falladas” destinándolas a la faena, y/o a aumentar el peso para la venta de los terneros ya logrados.

El “techo biológico” de la cría puede ubicarse en torno al 90% de destete. En todo rodeo hay alguna vaca infértil que no se ha refugado, se producen abortos naturales o por enfermedades y hay alguna mortalidad neonatal de terneros que hacen que el 100% teórico sea inalcanzable. Y las vacas, salvo rarísimas excepciones, no paren mellizos[4]. Pero solo mejorando la alimentación, como se dijo antes, difícilmente se supere el 80% de destete.

Por encima de este porcentaje la mejora pasa a depender de una “sintonía fina” de manejo del rodeo de cría (toros, vacas y terneros al pié de la madre) que solo una dirección profesional muy capacitada y experimentada y con un personal de apoyo acorde, puede lograr. Y eso no se reproduce a escala.

Adicionalmente, la cría vacuna es el sector productivo donde es más difícil reducir los costos de la mano de obra por unidad de producto –por la imposibilidad de alcanzar economías de escala importantes- y por consiguiente también de los costos asociados a la mano de obra, como los nada despreciables aportes al BPS.

En sentido contrario, la cría es la fase ganadera que es factible de realizar sobre los suelos de menor potencial productivo, porque la especie animal prioriza su supervivencia como tal, y por lo tanto si el alimento es escaso, lo orienta prioritariamente al mantenimiento y la reproducción y no al engorde. En los campos “ordinarios” se puede hacer cría –con baja eficiencia por supuesto- pero no se puede hacer engorde, que requiere pasturas de mayor calidad.

En definitiva, la fase de la cría vacuna es la gran reguladora del dinamismo global del sector. Y esta fase tiene serias limitaciones biológicas para su reproducción a escala, mucho mayores que las existentes en la recría o la invernada.

La paradoja

El privilegiado estatus sanitario de nuestro país, nos impide importar terneros desde la región, por el contrario, los podemos exportar en pie a casi todo el mundo. Desde la perspectiva de la industria frigorífica, la exportación en pié equivale a lo que, para la industria topista, significa la exportación de lana sucia. Pero esta industria tiene la posibilidad de importar materia prima, y lo hace en un porcentaje no menor a la cuarta parte de la lana que procesa anualmente.

El estatus sanitario nos permite acceder con nuestras carnes a los mercados más exigentes, que pagan mejores precios, pero a la vez limita el desarrollo global del sector, porque la industria frigorífica no puede importar terneros, y el suministro de la materia prima nacional esencial para su crecimiento, está topeado por las dificultades para el crecimiento de la cría.

Para esta primavera, los tactos y ecografías realizados a las vacas de cría, hacen prever una parición que superaría los tres millones de terneros, cifra que raramente se alcanza en el país, donde el promedio es de dos millones y medio. Esta buena noticia tiene dos orígenes: el de las condiciones climáticas extraordinarias que primaron en la primavera y el verano pasados, que mejoraron la disponibilidad de forraje y por consiguiente el nivel nutricional y la fertilidad de las vacas, y por el número de vacas entoradas, que superó los 4 millones. Más vientres y mayores porcentajes de preñez.

Pero no debe tomarse este número -3 millones- como terreno conquistado y base de cálculo futuro permanente. En primer lugar porque hay que ver cuántos terneros finalmente se destetan en el otoño del 2014. Y en segundo término, porque un año de preñeces muy altas, suele ser seguido por otro de menores porcentajes de preñez (por lo de “dos de cada tres”).

Entonces, además de las limitadas mejoras coyunturales difícilmente sostenibles en el tiempo, la única forma de producir más terneros, es entorando más vacas. Y ahí aparece la competencia de la cría con las otras fases de la ganadería y con los otros rubros productivos que compiten con esta. Mientras estos brinden mayores expectativas de ganancia, la fase de cría no crecerá. Y en consecuencia tampoco crecerá el volumen físico de la actividad ganadera.

Por otra parte, el número de vacas entoradas también depende de las relaciones de precios o el retorno económico esperado entre cría y engorde, y estas relaciones cambian en igual medida que las expectativas de los agentes económicos involucrados. Expectativas cuya volatilidad se ve estimulada por el “así como te digo una cosa te digo la otra”.

En definitiva

Creemos que más sensato que comparar rubros, desde el punto de vista del país, es visualizar al sector agropecuario como un todo, a cuyo interior sus partes constitutivas varían en forma diferencial, ganando o perdiendo importancia relativa en función de los cambios en las condiciones económicas y, coyunturalmente, climáticas.

Si el conjunto gana, si la torta se agranda, no debe preocupar que la tajada correspondiente a la ganadería, que tiene restricciones estructurales para crecer en una superficie cada vez más acotada, pueda hacerse cada vez más delgada. No es “culpa” de la ganadería, se trata de crecimientos diferenciales de distintos rubros por razones económicas objetivas.

El sector agropecuario uruguayo –la economía uruguaya- luego de una década (2003-2012) de desarrollo y crecimiento inéditos en el país, se enfrenta en la actualidad a una coyuntura de incertidumbre, resultado del cruce de dos variables negativas para este desarrollo[5]: el debilitamiento de la demanda externa de algunos de nuestros principales productos de exportación, y en particular, en la interna, por la imposibilidad de consolidar una estrategia-país, un acuerdo social para el desarrollo.

Aunque seguimos creciendo, son cada vez más numerosas las “luces amarillas”. Hoy mucha madera se pudre en los montes porque es antieconómico su procesamiento, el inicio de la explotación minera languidece en interminables discusiones sobre su autorización o instrumentación, importantes empresas agrícolas inician un proceso de retirada del país, los arroceros para “empatar” tienen que obtener rendimientos que son récord en el mundo, la lechería se “primariza” con inversiones que no van más allá de la leche en polvo, la mayoría de los corrales de engorde ganadero están vacíos.

En tanto el gobierno borra con el codo lo que escribió con la mano y pone nuevos impuestos con fundamentos ideológicos (ir contra la concentración y en un futuro ya anunciado contra la extranjerización de la tierra) y hace la vista gorda ante desmesurados reclamos sindicales –con el consabido argumento de que los precios de los productos agropecuarios son altos- incluyendo ocupaciones de plantas industriales impidiendo el procesamiento de productos perecibles. Sin entrar, para no ser repetitivos, en las carencias de infraestructura, en los costos de los combustibles y las tarifas públicas o en las limitaciones en la educación y capacitación de los recursos humanos.

Siendo más modesto en las pretensiones, si no puede haber un acuerdo social inteligente, al menos que el Gobierno promueva una posición de neutralidad y no de hostigamiento hacia el sector competitivo de nuestra economía. La continua politización de los temas, los arcaicos posicionamientos ideológicos como muletilla para la resolución de asuntos técnicos, la permanente escalada sindical atentatoria, no ya del agregado de valor industrial, sino incluso de la viabilidad misma de nuestras agroindustrias, es una actitud suicida, que los intereses electorales o distributivos de muy corto plazo jamás deberían promover.

Porque si se politiza, se radicaliza. Pero el camino para el desarrollo de la economía y la sociedad se sustenta en la búsqueda de los equilibrios que constituyen la médula de la ciencia económica, y no en la permanente confrontación entre opuestos irreconciliables.

Escrito en la segunda semana de Julio del 2013

 

[1] La “aptitud de uso” es una expresión agronómica que define el destino potencial de un suelo, en función de sus condiciones edafológicas y topográficas. Los mejores suelos permiten usos más intensivos (agrícolas) y los peores un uso menos exigente (forestales), siendo la aptitud ganadera intermedia.

[2] El destete consiste en la separación del ternero de su madre, en torno a los 6 meses de edad y con su capacidad de rumia (digestión de alimentos fibrosos) ya desarrollada

[3] Período post parto en que la vaca no ovula y por lo tanto no puede quedar preñada

[4] La prolificidad está en relación inversa con el tamaño del animal y la duración de su gestación. En la oveja, esta dura 5 meses y son frecuentes los mellizos e incluso trillizos

[5] La excepción la constituye la agricultura sojera, que con aumentos de rendimientos y precios sostenidos sigue siendo la “locomotora” sectorial

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